Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Al rescate

Al llegar a comisaría, Olivia y Sebastian se encontraron con un revuelo que no era nada habitual a aquellas horas. Miraron a derecha e izquierda, buscando a algún detenido peligroso, o a alguien que estuviese formando jaleo, pero no vieron nada inusual.

—Logan, ¿qué pasa? —preguntó Olivia, acercándose a su superior.

—Nos vamos, si queréis podéis uniros también. Acabamos de saber el paradero de un testigo crucial tras el que llevábamos ya algún tiempo, vamos a detenerle en su casa.

—¿Un testigo? ¿De qué caso?

—Alguien relacionado con la célula terrorista que…

—Ava Lutman.

La voz grave de Sebastian se elevó sobre el griterío general, dejando a Logan boquiabierto y al resto del equipo tan asombrado y extrañado como su jefe.

—¿Cómo lo sabes? —acertó a preguntar el jefe de policía.

—Porque si Scotland Yard tuviese dos dedos de frente, le habría comunicado a su inspectora en qué estaban trabajando, así no duplicaríamos esfuerzos; pero como eso solo podría ocurrir en un universo paralelo, se impone la lógica más aplastante.

Logan dudó unos instantes, no sabía a ciencia cierta si había comprendido del todo la respuesta del detective.

—¿Eso quiere decir que venís con nosotros?

Sebastian puso los ojos en blanco al escuchar la pregunta, pero Olivia asintió y agarró a su compañero del brazo para llamarlo al orden.

—Me temo que Richard va a tener que esperar un poco más —murmuró Olivia, solo para que Sebastian la escuchase, y empezó a caminar hacia la puerta de la comisaría.

—¿Ves por qué me necesitáis? —masculló Sebastian, mientras Olivia lo arrastraba hasta el coche patrulla más cercano—. Ahora lo que falta es que encendáis las sirenas cuando lleguemos a casa de Ava…

***

Dos furgones policiales se detuvieron a un par de manzanas de la dirección en cuestión, una casita pequeña y poco ostentosa de Notting Hill. El equipo de reconocimiento empezó a desplegarse en silencio, pero Sebastian bajó del coche y fue directo hacia Logan.

—¡Por Dios bendito! ¡Es solo una mujer! ¡No necesitas a la mitad del cuerpo de policía para detenerla!

—Una mujer con fama de salirse siempre con la suya.

—Es solo una… Mira, déjame que entre yo primero, solo. Conseguiré que salga y se entregue sin oponer resistencia.

—De ninguna manera, Sebastian. La misión está organizada y tú no estás autorizado a…

—Está bien, ya me ocupo yo —lo cortó.

Sebastian se giró sobre sus talones, agarró a Olivia del brazo y la empujó hacia la calle más cercana, una paralela a la ubicación de la casa franca.

—¿Adónde me llevas? ¡No pretenderás entrar tú solo en serio!

—Para cuando el equipo de reconocimiento consiga entrar en casa de Ava, ella ya se habrá esfumado. Es lo que ocurre cuando metes un furgón policial hasta la cocina, Olivia.

—Esto es una locura, puede que mis compañeros te confundan con un ladrón y te peguen un tiro…

—Eso es lo que tú quisieras —la interrumpió—. Anda, ayúdame.

Sebastian cruzó dos calles a través de uno de los callejones que dividen las casas de la zona y, en menos de dos minutos, se encontraban en la parte de atrás del edificio en cuestión.

—Muy bien, Einstein. ¿Y ahora qué? —dijo Olivia, al descubrir que no había ninguna puerta trasera.

Sebastian miró hacia arriba y, sin decir palabra, dio un salto digno de un atleta y se enganchó a la escalerilla de la salida de emergencia del edificio en la que, como siempre, Olivia no había reparado.

Enfurruñada ante la evidencia de sus carencias, se acercó a Sebastian para ayudarle a bajarla del todo.

—Tú quédate aquí y vigila, no quiero que alguno de tus compañeros me detenga por allanamiento o una estupidez similar —ordenó Sebastian, subiendo la escalera con rapidez.

—Pero es que…

Él ya no la escuchaba, había desaparecido a través de la ventana del primer piso, y Olivia se quedó con un palmo de narices, sintiéndose estúpida una vez más al compararse con su arriesgado colega.

***

Sebastian se extrañó mucho al ver que la ventana de acceso al dormitorio de invitados estaba abierta, no era propio de Ava un descuido semejante; pero al colarse a través de ella, se dio cuenta de que el pestillo interior había sido manipulado para poder abrirse desde fuera.

Se armó de valor, a sabiendas de que ella no estaba sola, e imaginó toda suerte de escenarios posibles.

Alguien había logrado finalmente llevar a cabo las amenazas que ella había recibido, solo esperaba que no fuese demasiado tarde.

En silencio, se movió como un jaguar al acecho para no descubrir su presencia.

Se dirigió hacia el salón, guiado por el murmullo de una conversación.

A medida que se acercaba, acertó a distinguir diferentes voces masculinas, al menos tres, y fue testigo de que la conversación iba tornando en disputa, dado la subida del tono de voz de los implicados.

Durante un instante creyó que los asaltantes habían ejecutado su fatídico plan, al no escuchar ninguna voz femenina, pero respiró aliviado al reconocer la voz de Ava ofreciendo una respuesta o una disculpa a su interlocutor.

Asomó la cabeza subrepticiamente para hacerse una idea de la situación.

Ava estaba de rodillas en el suelo, con las manos detrás de la cabeza, rodeada por tres hombres que hablaban en un idioma que Sebastian no tardó en reconocer, y que discutían sobre qué iban a hacer con ella, a lo que Ava respondía con amenazas vanas, intentando intimidarles sin éxito.

Decidido a actuar antes de que la policía irrumpiese en el piso y lo echase todo a perder, Sebastian entró en la estancia con paso largo y pausado, llamando inmediatamente la atención de los tres malhechores.

—Buenas tardes, caballeros. Creo que han cometido el tremendo error de entrar en esta casa sin tomar las medidas de precaución oportunas… —pronunció Sebastian en perfecto croata, provocando que los captores de Ava se girasen hacia él, totalmente sorprendidos.

—¿Pero qué…?

Todo sucedió muy rápido. Aprovechando el despiste, Ava golpeó al hombre que la sujetaba por los hombros en el estómago, provocando que este se doblase hacia delante, y aprovechó el movimiento para propinarle un puñetazo en la nariz que lo dejó inmediatamente fuera de juego.

Se hizo con su pistola y encañonó al hombre que estaba más cerca de Sebastian, quien se había lanzado sobre él para tumbarlo.

El tercer hombre disparó sobre Sebastian, quien tuvo que utilizar a su agresor como escudo humano para detener la bala que llevaba su nombre, la cual impactó de lleno en el pecho del asaltante, acabando con su vida en el acto.

—Suelte el arma, imbécil —ladró Ava, sujetando con firmeza el revólver.

En shock por haber causado la muerte de su compañero, el asaltante que aún se mantenía en pie obedeció su orden y levantó las manos en señal de rendición.

Con la adrenalina corriendo a toda velocidad por sus venas, Sebastian se lanzó sobre él y lo tiró al suelo de un puñetazo.

El hombre intentó levantarse, pero Sebastian no quiso darle oportunidad de recuperarse: agarró un jarrón de porcelana y se lo estrelló en la cabeza, dejándolo inconsciente.

—¿Siempre te codeas con personas de esta calaña? —preguntó Sebastian con ironía.

—¿Siempre te cuelas en las casas ajenas por las ventanas? —respondió Ava, mientras que Sebastian inmovilizaba y ataba al hombre que acababa de derribar—. Anda, no remolonees, termina con ese y ayúdame a atar a este otro, antes de que vuelva en sí.

—¿Tienes lápiz de ojos? —preguntó Sebastian al terminar de atar y amordazar a los intrusos.

Ava frunció el ceño ante la pregunta, pero asintió. Abrió su bolso, que estaba tirado de cualquier manera sobre el sofá, y le tendió lo que pedía.

—¿Qué te propones?

—Una maldad —sonrió Sebastian.

***

Escaparon por la misma ventana por la que Sebastian había entrado y se dejaron caer a la calle ante la mirada llena de sorpresa de Olivia, que no daba crédito.

—Buenas tardes, señorita Abberline —la saludó Ava con una sonrisa—. No sabe cuánto me alegro de volver a verla.

—¡Olivia! ¡Corre! —la instó Sebastian, encabezando la comitiva a través del callejón que habían recorrido minutos antes.

Olivia salió de su ensimismamiento y se apresuró tras ellos, dejando a un lado sus reticencias sobre si aquello había sido obstrucción a la justicia o protección de un testigo en apuros.

Sebastian atravesó varios callejones a toda velocidad hasta que consiguió llegar a la avenida principal, a la que se precipitó para detener un taxi.

—¿Sabéis que estáis locos? —dijo Olivia cuando todos estuvieron sentados en el interior del vehículo.

—Iban a matarme, Olivia.

Ava temblaba, toda su entereza parecía haberse esfumado al pronunciar aquellas palabras. Olivia intercambió una mirada con Sebastian y asintió, comprendiendo que lo que había ocurrido no era ninguna broma.

—Tienes muchas cosas que explicarnos —sentenció Sebastian, mirando a Ava con severidad.

Ava bajó la cabeza y, aún temblorosa, asintió.

***

Cuando Logan Callum entró en el piso donde había ocurrido todo, se encontró con dos hombres maniatados y con un tercer hombre muerto sobre el parqué.

Frunció el ceño, jamás había llegado a una escena del crimen en la que los culpables ya hubieran sido detenidos y esposados, pero al acercarse a los dos hombres, que ya habían vuelto en sí y forcejeaban para intentar liberarse, Logan notó que tenían algo escrito en la frente.

“Un regalo. Para Logan”, rezaba la inscripción, repartida entre ambas cabezas.

Durante un instante, Logan no comprendió el mensaje, pero segundos más tarde, la expresión de superioridad de Sebastian se coló en su cabeza.

¡Maldito Sebastian Fairchild!