Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Vuelta a Londres

Sebastian, que no había dormido en toda la noche, cayó rendido sobre su cuerpo y se sumió inmediatamente en un profundo sueño, sintiéndose tranquilo y en paz por primera vez en las últimas cuarenta y ocho horas.

Christine continuó acariciando su pelo, imbuida de dicha, feliz de tenerlo de nuevo entre sus brazos.

Logró dormitar un poco más bajo el peso de su amante, pero el hambre hizo su aparición repentinamente y decidió levantarse para desayunar, dejando a su pareja a solas para que pudiese descansar un rato.

Al llegar a la cocina, Olivia y Meredith estaban charlando muy acarameladas, pero tal y como la vieron llegar, le dirigieron una sonrisa cómplice que Christine se apresuró a imitar.

—Buenos días —dijo, un poco avergonzada.

—¡Estás radiante! ¡Cómo se nota que el mejor remedio para la resaca son los mimos de tu hombre! —dijo Meredith con una amplia sonrisa.

—Mi hombre se ha ocupado de mí —respondió Christine, alzando una ceja—, me ha traído un analgésico y…

—Ya, ya, un analgésico…

Las tres mujeres se echaron a reír con picardía mientras Christine se servía una taza de café humeante y ponía el tostador a funcionar.

—Entonces, ¿ya no es el cabrón desalmado? —preguntó Meredith—. ¿Vuelve a ser Sebastian otra vez?

—Creo que ha aprendido la lección, y creo que estoy demasiado enamorada de él como para mantener este sinsentido más de un par de días.

—Christine sonrió, recordando lo dulces que le habían sabido sus besos, el mar de sentimientos que había descubierto en su mirada mientras le explicaba lo ocurrido y lo feliz que la había hecho al confesarle su amor una vez más—.

Todo ha quedado aclarado, él se ha ocupado de borrar todas las dudas que tenía sobre lo que ocurrió en Londres.

—Sabía que el cabeza hueca de tu novio no podía ser tan necio —terminó Meredith, tomando un sorbo de su café.

—¿Dónde está Bianca? —preguntó Christine.

—Con tu madre, que no puede dejar de jugar con ella —respondió Meredith, encantada—. Le estaba diciendo a Olivia que vamos a tener que mudarnos aquí —bromeó.

—Podéis venir cuando queráis, mis padres os recibirán siempre con los brazos abiertos —sonrió Christine—, aunque me temo que hoy tendremos que volver a Londres, ¿no es así, Olivia?

—¿No te ha puesto Sebastian al día?

—Digamos que ha estado ocupado en otros menesteres más… acuciantes —respondió Christine, sonrojándose.

—Ya imagino —sonrió Olivia—. Deberíamos salir cuanto antes, creo que tienes trabajo pendiente.

Olivia se ocupó de detallar los pormenores de lo que habían descubierto dos noches atrás, sin entretenerse demasiado en la intervención de Ava. Cómo enfrentar ese asunto lo dejaría a criterio de Sebastian, a la luz de cómo había afectado a su relación.

—Necesitamos que analices la muestra que recogimos, es la única pista que tenemos por ahora, y ya hemos perdido demasiado tiempo debido a…, al malentendido.

—Entiendo. —Christine asintió, terminó su café de un sorbo y empezó a devorar su tostada de queso fresco, miel y nueces—. Dejemos que Sebastian descanse un poco, me consta que no ha dormido nada y no nos servirá de mucho si está exhausto. En cuanto se despierte, salimos para el aeropuerto.

—Voy a echar mucho de menos esto —murmuró Meredith, mirando hacia el jardín.

—Yo también.

***

El regreso a Londres estuvo marcado por arrumacos, sonrisas y una charla animada entre los cuatro, aderezada de cuando en cuando por el llanto de Bianca, quien parecía no estar de acuerdo en absoluto con la idea de volver tan pronto a casa.

Pero en cuanto pisaron suelo británico, Sebastian cambió de talante y colocó su cara de póquer, inmerso en sus cavilaciones.

Olivia sugirió ir directamente a su apartamento para que Christine pudiera analizar el compuesto y así salir de dudas, pero Meredith alegó que debía volver a casa para tranquilizar a la niña, que no había dejado de llorar desde que salieron de Prunetta.

Así que Olivia las acompañó, dejando a solas a Christine y a Sebastian, con la promesa de que la pondrían al corriente en cuanto estuvieran seguros de lo que tenían entre manos.

—Esto es fertilizante, de lo más normal y corriente —concluyó Christine tras el análisis.

—Ya lo imaginaba —murmuró Sebastian, pensativo—. Miles de bolsas almacenadas en los pasadizos subterráneos que atraviesan el Támesis…

—Imagino que sin ventilación —apuntó Christine—. ¿Cuántas bolsas son miles?

Sebastian se metió en un buscador y, tras un par de minutos, localizó varias páginas web que, en conjunto, permitían hacerse una idea de la extensión que ocupaban los túneles para así poder hacer un cálculo aproximado del número de cámaras que los poblaban.

—Si tenemos en cuenta que debe haber unas diez cámaras a lo largo de los pasadizos, y suponiendo que Olivia y yo viésemos la más grande, yo diría que unos quinientos mil sacos.

—¿De cuántos kilos?

—Unos cien —estimó Sebastian—. Lamentablemente, la muestra que traje conmigo no indica el peso. No había mucha luz, que digamos —se excusó.

Christine respiró hondo y empezó a explicarse mientras realizaba unos cálculos a mano sobre un papel.

—La mayoría de los fertilizantes actuales contienen muchos ingredientes químicos.

En este caso, el ingrediente principal es el nitrato de amonio, una sustancia muy común en jardinería por su alta solubilidad en agua, pero también es un elemento muy inflamable por descomposición.

Es por eso por lo que, combinado convenientemente con algunos hidrocarburos…

—Se convierte en una bomba casera —completó Sebastian, preocupado—. Una bomba capaz de pasar por delante de las narices de los supervisores de mantenimiento sin despertar sospecha alguna.

—El lugar no se ha elegido al azar, es idóneo por sus condiciones ambientales. Ese tipo de compuestos son extremadamente volátiles, pero necesitan temperatura para poder descomponerse. Imagino que en esos pasadizos la humedad campará a sus anchas, elevando la temperatura…

—Mucho. Olivia y yo estábamos sudando cuando llegamos a la segunda cámara —añadió Sebastian.

—Exacto. El fertilizante por sí mismo no supondría ningún riesgo; pero si se produjese una chispa en el lugar de mayor concentración…

—Sembraría el terror en todo Londres. —Sebastian y Christine se miraron a los ojos, comprendiendo la magnitud del desastre que podría desatarse si aquella bomba explotaba—. Me gustaría equivocarme más a menudo. ¡Maldita sea!

—¿Qué pretenden? ¿Que el río se desborde? —preguntó Christine, cada vez más alarmada—. ¿Qué ganarán con eso? ¿Quién ganaría algo con eso?

—Alguien con intereses en la zona —se aventuró Sebastian—. ¿Qué probabilidad hay de que eso explote sin que haya un detonante?

—La probabilidad es casi nula. De hecho, ni siquiera sería muy tóxico para el ser humano en las zonas de menor concentración.

No estoy segura de si podría llegar a ahogar a alguien en las cámaras donde la temperatura sea más elevada, tendría que acceder a una de ellas para estar totalmente segura; pero algo o alguien ha de desencadenar la explosión.

Sebastian pensaba a toda velocidad, intentando unir todos los cabos, pero sabía que le faltaban bastantes piezas del rompecabezas aún para llegar a comprenderlo por completo.

—Pues ese alguien es nuestro hombre. Puede que no sea el ejecutor, pero sí el encargado de la operación, e incluso podría ser el organizador —se aventuró.

—Pero, ¿por qué ahora? —dijo Christine—. Almacenar esa ingente cantidad de fertilizante ha debido tomar años a quien sea que esté tan loco como para querer volar el centro de Londres. ¿Por qué han elegido este momento para hacer su aparición los terroristas? ¿Qué es lo que va a ocurrir?

—Quizá alguien metió las narices donde no debía, quizá hayan esperado al verano para que la temperatura sea aún mayor, o quizá simplemente sea la fase final de un plan milimétricamente creado para desestabilizar a la corona, como imaginé; la cuestión es que me faltan datos para estar seguro.

En ese momento, sonó el timbre de la puerta. Sebastian acudió a abrir y Olivia entró como una exhalación, loca por saber.

—Por vuestra expresión, entiendo que estabas en lo cierto, ¿verdad? —preguntó, mirando a Sebastian.

—Como suponía. Tenemos una bomba gigantesca en el centro de la ciudad lista para ser detonada —respondió, mirándola con expresión grave—. Es un proyecto que ha debido forjarse hace tiempo, ya que en introducir esa cantidad de sacos de fertilizante no se tardan dos días, precisamente.

—Un proyecto que no sabemos a quien achacar porque el único vínculo que tenemos con esa bomba es la célula terrorista que prácticamente se entregó a Scotland Yard, y ellos no han pedido nada.

Se limitaron a denunciar a Richard y a permanecer en silencio hasta que sus equipos de abogados los liberen de todos los cargos que se les imputan —añadió Olivia.

—Lo que está claro es que esas detenciones son señal de que, sea lo que sea lo que se esté tramando, está a punto de ocurrir —dijo Christine—. Olivia, si no me equivoco, solo con aplicar una chispa en el lugar adecuado, el centro de Londres desaparecería engullido por el Támesis.

—No es la primera bomba con la que se amenaza a la capital —murmuró Olivia—. La cuestión es, ¿quién? ¿Por qué? Y sobre todo, ¿qué tienen que ver Ava y Richard con todo esto?

—Necesito información —enunció Sebastian, tras unos segundos de reflexión—, toda la que pueda conseguir. Primero tenemos que averiguar qué organización es la que está implicada, quién saldría lucrado de todo esto o quién codicia una decisión política favorable a sus intereses.

—Internet —dijo Christine, entrando sin demora en su ordenador.

—Internet —corroboraron Olivia y Sebastian.