Capítulo 21
Tregua
Sus lágrimas cierran el nudo de mi garganta aún más, ese que empezó a ahogarme cuando abrió los ojos y me miró decepcionada.
Sé que no merezco que me esté diciendo que me ama, sé que no tengo derecho a pedirle que me deje compensarla bañándola en besos y caricias, pero es en lo único que puedo pensar ahora mismo.
Solo deseo adorar cada centímetro de su piel, porque así sabrá que soy suyo, que jamás ha habido un atisbo de duda en mi entrega, que he sido sincero al pedirle perdón.
Y porque necesito llenarme de ella para poder recuperar la razón.
—No llores, por favor —ruego en un suspiro.
Y la beso suave, enredo mis dedos en su melena y abro mi boca un poco más para intentar que olvide todo lo que ha sentido mientras no estaba a su lado; pero no soy capaz de lograr que cese su llanto, así que me separo de sus labios y la abrazo de nuevo con fuerza.
La acuno mientras acaricio su pelo y la arrullo con mi voz.
No sé por qué lo hago, solo sé que algo me dice que es esto lo que necesita de mí.
—Lo siento, es que no soy capaz de borrar la imagen —solloza en voz baja.
—Ven aquí.
Me muevo hacia la cama para que se siente en ella, para intentar que se calme sobre mi pecho, y no dejo de acariciarla ni un segundo.
Poco a poco, el llanto remite. Levanto su mentón con mis dedos para buscar su mirada, pero el efecto que sus ojos verdes arrasados de lágrimas provoca en mí es devastador.
—Te juro que jamás volveré a ser causa de dolor para ti, aunque para lograrlo tenga que prescindir de tu afecto.
Y, aunque me duela, lo digo siendo plenamente consciente. Jamás volveré a permitir que ella se entristezca por mi causa, aunque tenga que separarme de ella para conseguirlo. No soy tan egoísta, no pienso cargarla con mi incapacidad para hacer felices a los demás.
Ella se recompone, traga saliva y, con una súplica en sus ojos, se acerca para besarme.
—No prescindas de nada, Ash. Solo quédate conmigo.
—No sabes cómo me duele saber que el sufrimiento que me gritan tus ojos lo he provocado yo, cuando soy yo quien debería evitártelo.
—Me olvidaré, solo necesito tiempo —susurra.
Me tumbo en la cama y la coloco de nuevo sobre mi pecho, acaricio sus hombros y ella pasea sus dedos lánguidamente por mi cuello.
En silencio, pasamos un rato largo sin querer movernos ni separarnos, solo sintiéndonos, recuperándonos.
Y, en un momento concreto, sé que ella me ha perdonado, que las barreras han desaparecido; entonces la miro, ella me mira y busca mis labios con los suyos.
Y sé que ahora debo darle toda la seguridad que le he hecho perder.
—Te necesito conmigo en Londres, tengo que volver cuanto antes y meterme de lleno en la investigación, pero te necesito a mi lado.
—Lo sé, aunque no me hace gracia la idea de tener que volver a ver a esa mujer —murmura, con su mirada fija en algún punto de la pared.
—Olvídate de ella, no le des el gusto de conseguir lo que se propone, te lo ruego. —Deslizo mis dedos bajo su mentón para que me mire a los ojos e intento transmitirle todo el amor que siento por ella con los míos—. Chris, solo estamos tú y yo, solo nosotros. Todo lo demás no importa.
Ella me mira en silencio, en sus ojos ya no hay lágrimas, sino un intenso deseo de creerme, de olvidarse de todo lo que ha pensado, de todo lo que ha sentido estas últimas cuarenta y ocho horas.
La acerco a mis labios y me fundo con ella en un beso cálido, lleno de todo lo que siento cuando estoy con ella, loco por que vuelva a confiar en mí de nuevo.
Mis manos acompañan a mis besos acariciando su costado, apretándola fuerte contra mi pecho, arrancando un suspiro del suyo.
—Estoy loco por ti —susurro entre sus labios, rendido por completo—, por favor, créeme.
—Quiero que me lo enseñes.
Separo mi cabeza unos centímetros para volver a mirarla a los ojos, para estar seguro de qué es lo que quiere decir exactamente con sus palabras. Esa necesidad de creerme que he visto antes ha… cambiado, ahora es otra cosa lo que ella necesita.
—¿Quieres que…? ¿Estás segura? —susurro.
—No lo he estado más en toda mi vida.
Cierro los ojos, abrumado por sus palabras, por el cambio de actitud, por saber que todo está bien entre nosotros.
Mis sentimientos también me abruman, agitados después de la montaña rusa que han sido estas últimas horas, y no puedo evitar exhalar un suspiro de alivio al volver a besarla.
Puedo volver a ser yo con ella, podemos volver a ser nosotros, amándonos sin medida.
—Te amo, Christine…
Mis manos se vuelven más atrevidas, se deslizan hasta el borde de su camisón y, acariciando su muslo al paso, arrastran la tela hacia su cintura.
No pensaba que me sería tan fácil encenderme, no después de la incertidumbre, de la falta de sueño y del dolor de verla llorar por mi culpa; pero la pasión prende rápido en mi cuerpo al tocarla, mis besos se vuelven más osados, y antes de darme cuenta, estoy sobre ella, arrasando su piel con mis labios, listo para recordarle cuánto la deseo.
Ella jadea para mí al besar su cuello, al descender por su garganta, al perderme entre sus pechos.
Eso me hace feliz, me excita más de lo que me gustaría reconocer y siento unas ganas tremendas de ir más rápido; pero sé que hoy no es eso lo que ella necesita.
Hoy quiere que me entregue, que me detenga en despertar cada rincón, por mucho que yo desee hundirme en ella, por mucho que sus caderas se alcen para provocarme.
Incluso aunque su cuerpo aún no lo sepa.
—Deja que te lo muestre, no tengas prisa —susurro con voz grave. Ella suspira al oírme porque le encanta que le hable así, deseoso e indecente, pero también al mando.
Mi boca se desliza sobre la tela del camisón a la vez que mis manos descubren su vientre, donde me detengo para besar su ombligo y su divina cintura mientras hago desaparecer su ropa para poder tenerla desnuda por completo.
Mis besos se vuelven húmedos al ascender por su esternón, mis manos recorren sus brazos hasta llegar a las suyas para entrelazarse con ellas y, al mismo tiempo que subo a sus labios, elevo sus brazos sobre su cabeza y sujeto sus muñecas con una sola mano, la otra dedicada a acariciar su mejilla, su hombro y su brazo de nuevo.
Y la beso con todo el deseo y el amor que le profeso.
—No podría estar mejor en ningún sitio que aquí, haciéndote el amor con todo mi ser —murmuro en su oído.
Christine gime al escucharme y sus caderas vuelven a alzarse hacia mí, balanceándose sin control.
Ella busca mis labios de nuevo para saciar su sed, pero ahora mis besos son para su oreja, para la preciosa línea de su mandíbula, para su cuello tentador.
No la suelto, no quiero ceder el control porque sé que, en cuanto me toque, me rendiré por completo.
Aprovecho estos instantes en los que aún me queda algo de cordura para encender su piel al paso de mis labios, para rodear sus pechos con mi lengua, para provocar que sus pezones se yergan aún más duros para mí; y cuando me permito el placer de meter uno de ellos en mi boca, Christine se arquea hacia mi cuerpo, rogándome que cese con esta deliciosa tortura que me he propuesto infligirle.
—¡Ash…!
—Voy a darte todo lo que quieres, no te apresures, amor mío.
—Tócame…
Mi mano libre se apiada de ella y, mientras mi lengua se dedica insistente a rozar sus pezones, a erizarlos al máximo para que disfruten de mi atención, mis dedos se deslizan sobre su hendidura, que no solo está húmeda de anticipación, sino que vibra de puro anhelo.
Al sentirme, Christine ahoga un grito de sorpresa, eleva su pelvis para acompasarse con mis caricias y su cuerpo se contorsiona para poder obtener todo lo que desea de mí.
Suave, mis dedos solo acarician su sexo por encima, sin adentrarme entre sus labios, pero ofreciéndole la suficiente presión como para calmar su ansia y me permita continuar disfrutando del delicioso sabor de sus pechos.
Mordisqueo un pezón al tiempo que mis dedos separan sus labios un poco más, y Christine delira al sentirme, se suelta de mi agarre y hunde sus dedos en mi pelo, apretándome contra su pecho para que me lo meta entero en la boca, para que avance, para que no me detenga.
—Asshhh… te necesito…
—Lo sé, amor mío.
Aunque lamento que el recreo entre sus dos montículos llegue tan pronto a su fin, la complazco sin dilación bajando con mi boca hasta su ombligo.
Beso sus caderas, me abro paso deslizando mi lengua por sus ingles, me demoro solo un poco a lo largo de sus fuertes muslos y ella tironea de mi pelo para indicarme dónde quiere exactamente que llegue.
Sonrío en secreto, sonrío porque adoro que ella me pida tan abiertamente lo que desea, y dejo de desobedecer.
—¡Aaa-aah!
El goce se abre paso entre sus labios al sentir los míos apretando suavemente su clítoris, chupándolo con una delicadeza que quizá sea demasiada en este instante, pero que la vuelve tan loca como a mí.
Mis dedos acarician su entrada sin atreverse a ir más allá, pero al notar cómo su placer escala exponencialmente, me adentro un poco más en su cuerpo.
—Cariño, así… así…
Christine inicia un ritmo imparable con sus caderas, un ritmo que sé que ya no tiene vuelta atrás.
Mis besos en su sexo arrecian, mi lengua se enrosca sobre su clítoris al mismo tiempo que mi boca lo succiona ejerciendo esa presión que provoca el principio del fin, y mis dedos se detienen en trazar círculos dentro de su cuerpo, horadando hasta encontrar esa prominencia que la desata por completo.
Ella exclama una maldición seguida de mi nombre, se agarra aún más fuerte a mi pelo y deja que sus caderas cabalguen mi boca como la amazona en celo que es.
—Ash…, eres… ¡Dios! Me voy a correr…
—Eres deliciosa…
—No hables… nnno haabbbleees…
Sus pelvis se eleva un poco más para que le otorgue le bendición del orgasmo, su garganta inicia una letanía de sollozos y gemidos que me hacen perder la razón y me endurecen tanto que el colchón empieza a ser un estorbo para mis pantalones.
Yo también gimo, flotando en la concupiscencia más delirante al saber cuánto la estoy haciendo disfrutar, y acelero, succiono intermitentemente con un ritmo enloquecedor, ejerciendo más presión con mis labios.
Me hundo un poco más profundo en su cuerpo y golpeteo sobre ese punto increíble a la vez que mi lengua lo hace sobre su capuchón…
—Ash… me corro… me corro… ¡Ooo-oooh… sí!
Christine se abre como una flor para mí, su sabor inunda mi boca y ella va navegando cada pico de placer con una exclamación de gozo, seguida de mi nombre balbuceado por sus labios.
Mis dedos la acompañan para alzarla en cada cresta y el orgasmo se alarga un poco más, dejándola paralizada al afrontar los distintos estímulos al unísono…
—Oh, Dios —tartamudea cuando está terminando—, eres… increíble.
Suelto su pequeño capullo para poder responderle y ella se estremece una vez más. Mis dedos continúan acariciando su interior, y veo cómo su boca entreabierta sigue gimiendo, cómo sus ojos aún permanecen cerrados, disfrutándome.
—Soy tuyo, Chris. Solo eso.
Ella me mira por fin, sonríe pletórica de dicha y tira de mí para que suba a buscar sus besos con premura.
Y cuando minutos más tarde culmino en su cuerpo, dejándola totalmente ahíta de placer, vuelve a besarme como si fuese la primera vez, como si hiciese años que no estábamos juntos.
Como si yo fuese el único hombre en su vida.
Y eso me hace el más feliz de todos.