Capítulo 20 #2
¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Perdonarlo y aquí no ha pasado nada? ¿Me he llevado dos días hundida en la miseria y ahora llega él, me pide perdón, me dice que es imbécil y ya está? ¿Arreglado?
Esto es un despropósito, y es indignante.
—Así que eso es todo, ¿verdad? —continúo al salir del baño. Sebastian sigue en la misma postura y me mira con esa expresión de fragilidad que me rompe el corazón, incapaz de averiguar qué es lo que tiene que hacer un hombre para que una mujer le perdone.
—No… comprendo.
—Llegas aquí, pides perdón y ya está. ¿Es eso?
—No. Verás, quiero explicártelo bien —susurra, levantándose para venir a mi lado—. Ava estaba en casa cuando llegamos Olivia y yo…
—¿Quéééé? —Mi enfado acaba de subir diez niveles. Frunzo el ceño y creo que voy a empezar a hervir—. ¿Cómo que estaba en casa?
—Me estaba esperando. Volvió a amenazarme y me forzó a quedar con ella para cenar porque quería hablar conmigo a solas y no pude negarme…
¡No puede ser tan imbécil este hombre! Empiezo a negar con la cabeza, cierro los ojos y me acerco a él porque me apetecería zarandearlo, estrangularlo, pero me limito a señalar hacia la puerta del dormitorio con determinación.
—Sebastian, creo que será mejor que te vayas —escupo indignada—. No quiero seguir escuchando.
E, inexplicablemente, mi hombre por fin reacciona. Se coloca a mi lado de un salto, me agarra por la cintura y me pega a él, tanto que solo puedo ver sus ojos verdes llenos de dolor, fijos en los míos.
—Lo siento —gruñe—, he sido un imbécil por quedar con ella, por no decírtelo, por creer que no era para tanto, pero no te estoy engañando.
—Sebastian, márchate —ordeno, aún enfadada.
—No. No voy a marcharme hasta que me escuches y me creas. —Sebastian me aprieta aún más fuerte contra sí y baja dos notas su tono de voz—. Te amo a ti, Christine, tú eres la única que hace vibrar mi corazón, y lamento profundamente haberte hecho daño.
—Pues quizá no sabes lo que es amar a alguien, por eso utilizas el término tan a la ligera —apunto con crueldad.
—Quizá tengas razón, pero estoy aprendiendo.
—Pues búscate a otra que esté dispuesta a ser tu conejillo de indias.
Su mirada es un cúmulo de sentimientos. Veo dolor, incertidumbre y determinación al mismo tiempo; sin embargo, no cede en su abrazo, aunque tarda unos segundos en volver a hablarme, mientras busca las palabras que necesita con desesperación.
—No volveré a fallarte, lo prometo —susurra.
Mi coraza se está resquebrajando, no soy de piedra.
Amo demasiado a este hombre tan tonto que tengo delante y no me entusiasma verlo sufrir así.
Sus brazos me aprietan fuerte, su aroma me envuelve y me hace bajar las defensas, y por mucho que me reviente reconocerlo, me encanta cómo me está haciendo sentir.
—Te pedí que me llamases si ella aparecía… —me quejo en voz baja.
—Me equivoqué, fui un imbécil, pero he aprendido la lección. Quiero demostrártelo, pero no podré hacerlo si me apartas de tu lado.
—Sebastian…
—No me apartes, Christine, por favor…
Y para rematar su ruego, Sebastian me toma por los pómulos y me da un beso en los labios.
Es un beso suave, un beso que solo busca tantearme, un beso que encierra miedo, pero también decisión.
Y en cuanto comprueba que no lo rehuyo, Sebastian toma una bocanada de aire y arrasa mi boca con la suya, fundiéndome sin remedio en un beso lleno de pasión.
—Perdóname —susurra, deteniéndose un instante—, no volveré a ocultarte nada, nunca más.
—Sebastian, es que tienes que entender que…
—Que no podría vivir sin ti, eso es lo único que entiendo —musita contra mis labios—. Sin ti, yo ya no sería yo, sería un hombre gris con un corazón negro, sin objetivos ni causa alguna. Tú eres mi ancla y mi guía, Christine, ya nada tiene sentido sin ti.
—Ash, no digas eso…
—Dime que podemos borrar lo que ha ocurrido, dime que puedes amarme todavía, por favor…
Puedo seguir protestando, pero ya no lo deseo. Sé que dice la verdad y eso es suficiente para mí. Subo mis brazos para rodear su cuello, me aferro a sus rizos y le obligo a mirarme a los ojos.
—No quiero borrarlo, al contrario. Quiero que perdure entre nosotros, que recuerdes que me has hecho daño.
—Sebastian frunce el ceño y abre la boca, mostrando una tristeza tremenda con su expresión, y me duele tanto verlo así entre mis brazos que me apresuro a aclarar mis palabras—.
Quiero que recuerdes que me hiciste tanto daño porque, aunque seas un cabeza hueca, te amo mucho más de lo que puedas llegar a creer.
Su expresión muda al instante, mostrando un alivio que me hace sonreír.
Sebastian me abraza muy fuerte, tanto que casi no puedo respirar, y entierra su cabeza en mi cuello, respirando entrecortadamente.
Yo sonrío, sonrío porque la tortura ha llegado a su fin.
Respiro hondo, ya no me duele la cabeza, así que dejo que su aroma me invada y, feliz de tenerlo entre mis brazos, empiezo a dejar pequeños besos a lo largo de su cuello.
—Te he echado tanto de menos… —murmura—. Creía que te había perdido. He pasado mucho miedo.
—Me has hecho mucho daño, Ash —repito en un murmullo, cerrando mis ojos.
—Pues déjame borrar ese dolor con todos los besos que he soñado darte desde que abandoné tu cama en mitad de la noche.
Sebastian se separa de mí, me mira a los ojos arrobado, temeroso, decidido pero expectante, y las lágrimas ruedan por mis mejillas, incontrolables al saber que, por mucho que me duela, es amor lo que siento por él.
Y, despacio, doy mi consentimiento.