Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Disculparse

Estoy sentado en el sillón que hay junto a su cama, mirándola mientras duerme, debatiéndome entre el dolor que sentí al verla con Nathan y la vergüenza de saber que, cuando despierte, su mirada me hará sentir aún más culpable de lo que ya me siento. Incluso aunque sus palabras no lo hagan.

Anoche me ofreció una sonrisa, la dulce calidez de sus brazos alrededor de mi cuello y unas palabras que me dejaron tan fuera de juego que no supe responder a la altura; pero ahora sé que despertará hecha una furia, que me gritará y me repetirá que no quiere volver a verme, que me pedirá que me vuelva a Londres y que me olvide de ella, porque le he mentido y ni siquiera he intentado disculparme por ello.

Y solo de pensar que jamás pueda volver a contemplar cómo sus ojos se iluminan al verme, que jamás pueda volver a besar esos labios que me hacen perder la cordura, me dan ganas de tirarme al Támesis con una piedra colgando del cuello.

El problema es que no tengo ni la más remota idea de qué debo hacer o decir para que ella me perdone y me entienda, así que aquí llevo desde que la dejé anoche en la cama, esperando a que despierte mientras me debato entre arrodillarme directamente para que me dé la oportunidad de explicarme o mostrarme sereno para que no tenga ni la más remota duda de que lo que ha visto no es lo que parece, por muy difícil que sea de creer.

Y como no sé cómo abordar esto, no he dormido nada, aunque no siento cansancio, solo preocupación.

Son ya las once de la mañana, ella empieza a moverse más entre las sábanas, señal inequívoca de que estará despierta en breve, así que aún me pongo más nervioso.

Y me doy mucha pena al darme cuenta de lo poco que sé de las relaciones románticas, de lo inexperto que soy en ese ámbito y de lo difícil que es para mí comportarme a la altura.

Imagino que ella esperará cierto comportamiento de mí, que yo debería saber ya de sobra cómo tratar a una mujer, que tengo que portarme como el hombre que soy y aportarle la seguridad que merece; pero en realidad, soy un muchacho asustado que no sabe muy bien cuáles son las reglas de este juego tan difícil y que está a punto de enfrentarse con el dragón de los celos sin lanza ni armadura, y sin experiencia alguna.

Mi única arma es la verdad. Y el amor que siento por ella.

Está abriendo los ojos…

***

Dios, ¡qué dolor de cabeza!

El sol se clava en mis pupilas, se ceba conmigo lanzándome pequeñas agujitas en forma de rayos de luz que horadan mi cerebro, el cual siento tan hinchado como seca mi garganta.

¿Por qué coño me tuve que beber todo lo que me bebí anoche?

¡Ah, sí! Porque mi novio me ha puesto los cuernos con la diosa esa, y encima me he tenido que enterar por terceras personas.

Giro la cabeza porque siento que algo se ha movido a mi lado y doy un pequeño respingo al encontrarme a Sebastian sentado junto a mi cama, mirándome con expresión de no haber roto un plato en su vida y con unas ojeras que le llegan a los tobillos.

Entonces recuerdo todo lo que pasó anoche.

Y me ablando un poquito. Solo un poquito.

—Hola —me dice en voz baja. Intento incorporarme para poder mirarle a los ojos, pero el movimiento provoca una terrible punzada de dolor en mi sien.

—¡Dios! ¡Mi cabeza!

—No te muevas, toma. Te he traído un analgésico y un vaso de agua. —Sebastian se acerca al borde de la cama, se sienta en ella y me ayuda a tomarme lo que me ha traído—. Verás que dentro de unos minutos te vas a sentir mucho mejor.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí sentado? —pregunto cuando termino de tragar.

—Desde que te traje anoche —responde en voz grave.

—¿No… has dormido?

—No podía dormir.

Conmovida, intento seguir hablando para que él no se dé cuenta de cuánto me afecta su confesión, pero la nebulosa que se ha instalado en mi cabeza me lo impide.

Lo miro a los ojos fijamente, intentando así centrar mis pensamientos y olvidarme de cómo me late la cabeza.

Y de repente, las palabras me salen solas.

Y las lágrimas, también.

—Sebastian, cómo has podido…

—¡No! ¡No llores, por favor! —exclama aturdido, avalanzándose sobre la cama—.

Necesito que me escuches antes de que digas nada más.

Llevo dos días dándole vueltas a esto porque no sé cómo explicarte todo lo que ha ocurrido, pero ahora que te tengo delante sé lo que tengo que hacer, por fin sé lo que tengo que hacer.

—Lo que tienes que hacer es irte —murmuro sin fuerzas.

—Christine, fue una trampa, una maldita y estúpida trampa que me tendió Ava en la que caí como un principiante, pero te juro que no pasó nada entre nosotros. Jamás te haría eso, jamás te sería infiel con nadie y…

—Sebastian, no es solo eso…

—No me imagino lo que has debido pasar —continúa, como si estuviese leyendo un texto de corrido—. Cuando ayer te vi en brazos de Nathan, cuando vi cómo te tocaba, me volví absolutamente loco…

Yo es que lo mato…

—¿Serás imbécil? —exclamo, muy enfadada—. ¿Vas a comparar lo que viste anoche con tu foto? ¡Por favor, esto es lo último que me faltaba! ¡Vete a Londres y déjame en paz!

—No, ¡no! Christine, escúchame por fav…

—¿Qué pasa? ¿Que hasta que no me has visto con otro hombre no te has dado cuenta de cuánto duele sentirse traicionado? ¿Eres así de frío, Sebastian? ¿No sabes lo que es la empatía?

Sebastian me mira confundido y asustado, no sabe qué responder ni en qué orden, y farfulla una disculpa que no llega a formular del todo porque está completamente sobrepasado.

—Yo…, ¡no! ¡Claro que sé que te hice sentir fatal! ¡Lo que quería decir es que…!

—¿Qué? ¿Eh? —lo insto, mirándolo con altivez—. ¡Vamos, hombre! ¿Qué?

Sebastian respira hondo, deja caer los hombros y me mira a los ojos. Está intentando organizar su discurso, y por un instante siento pena, porque sé que la situación lo sobrepasa. Pero no aflojo la tensión, no se lo merece.

—Lo que quería decir es que duele mucho más cuando lo ves que cuando te lo imaginas —expone muy despacio—.

Lo que quería decir es que lamento mucho haberte hecho daño, pero ahora lo lamento aún más porque he experimentado lo que se siente por primera vez.

Desde anoche soy mucho más consciente de cuánto duele ver a tu pareja alejarse de ti, de cómo angustia ver a la persona que amas en brazos de otro.

Es sincero, ¡maldita sea, es sincero! Lo sé, sé que lo es, es una de las cosas que más me atrajeron de él, su cruda sinceridad; el problema es que así puedo odiarlo menos de lo que debo.

—Pues imagínate verlo besando a otra mujer…

—Yo no la besé, ella me tendió una trampa —masculla entre dientes.

—Mira, Sebastian, ahora mismo, eso es lo que menos me importa —respondo, intentando serenarme—.

Quedaste con ella a mis espaldas y no tuviste el valor de decírmelo, incluso aunque te lo pedí explícitamente.

Eso, cariño, es imperdonable, la sinceridad es lo que genera confianza, y la confianza es una condición sin la cual la pareja no funciona.

Si no hay confianza, la pareja, simplemente, no existe —sentencio con dureza—.

Estar con alguien no es solo echar un polvo, Sebastian.

—¡Eso ya lo sé! —ruge desesperado—. ¡Y me arrepiento de no haber sido franco desde el principio contigo! Solo puedo decir que mi intención era buena, que no quería preocuparte…

—¿Ah, no? ¡Pues vaya manera de no preocuparme! —exclamo, abriendo mucho los ojos.

—No quería que te alarmases, creía que lo solucionaría con facilidad y que podría volver aquí aquella misma noche…

—Es que no me lo puedo creer… —lo interrumpo, aún más indignada—. ¿Me estás diciendo que si no llego a enterarme por Nathan, no me lo habrías contado?

—¡No! ¡Por supuesto que te lo habría contado!

¡Pero cuando hubiera vuelto! ¡Te lo habría contado mirándote a los ojos, y no por teléfono!

—Sebastian me mira con una avidez fuera de lo normal, necesita que yo lo comprenda, que deje de juzgarle mal; el problema es que no quiero hacerlo, que ahora mismo no puedo creerle.

Sin embargo, hago de tripas corazón, respiro hondo y me incorporo para poder hablar con un poco más de entereza, para poder escucharlo a él, y no al cabrón del tío que me ha puesto los cuernos con otra.

Me quedo mirándolo a los ojos con un interrogante en mi mirada, esperando, dándole una pequeña oportunidad—.

Christine, yo jamás te ocultaría nada, solo quise…

Solo quería que no te preocuparas, que no tuvieras que salir corriendo a Londres porque supuse que sería capaz de resolverlo yo solo sin tener que molestarte.

Dijiste que necesitabas desconectar y descansar, que querías estar con tus padres y…

¿Es que no sabe cuándo debe terminar una frase?

—¡No! ¡Si ahora, la culpa va a ser mía! —lo interrumpo, mirándolo incrédula y malhumorada.

—¡No! ¡Me equivoqué! Me equivoqué y lo peor es que lo sabía al mismo tiempo que lo hacía —añade agitado—.

Lo he hecho todo mal y por eso ha ocurrido lo que ha ocurrido.

Ava se aprovechó de mí y de la situación y ha logrado con creces su primer objetivo: crear una brecha en nuestra relación.

Y yo he sido tan imbécil como para no verlo venir.

Se queda mudo, mirando al suelo avergonzado. Mi primer impulso es abrazarlo, decirle que no pasa nada; pero es que sí que pasa.

—Me has hecho mucho daño —murmuro.

—Lo sé. Y tienes todo el derecho a odiarme, incluso tienes todo el derecho a dejarme, si es eso lo que te pide el cuerpo; pero, por favor… —Sebastian levanta de nuevo su mirada y la clava en la mía con un desamparo que me llega al corazón—, no lo hagas.

—No quiero seguir hablando, me duele mucho la cabeza —musito. Dejo de mirarlo porque no quiero ceder y me cuesta mucho seguir enfadada con él cuando me mira de esa manera.

—Te sentirás mejor en unos cinco minutos —responde preocupado.

—Voy a ir a refrescarme.

Me arrastro hasta el borde contrario de la cama y me meto en el cuarto de baño para aclararme las ideas. Me lavo la cara y, al mirarme al espejo, me doy cuenta lo horrible que estoy, y me vuelvo a enfurruñar.