Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Ni corta ni perezosa, Christine se bajó del taburete, dispuesta a ayudar a Nathan a levantarse y a restaurar su maltrecho orgullo, pero Sebastian la agarró de la muñeca con fuerza, atrayéndola hacia su pecho, buscando su mirada con su ojos.

—Christine, escúchame…

—¡No quiero… escucharte! ¿Me oyes? ¡Solo quiero perderte de vista de una vez!

Sus palabras se clavaron en su pecho como dos estacas, pero Sebastian se obligó a recordarse que ella no estaba en condiciones, así que luchó contra aquel maremágnum de sensaciones que revoloteaban en su pecho y mantuvo firme su agarre en torno a ella.

En aquel instante, fue dolorosamente consciente de lo mal que debió haberse sentido ella cuando vio la maldita foto-trampa, y un sentimiento de profunda compasión lo invadió, sumándose al asombro, a la rabia y al dolor que había sentido al verla entre los brazos de Nathan.

Abrumado por sus sentimientos, la abrazó fuerte por la cintura y la atrajo a sus labios, dispuesto a besarla; pero su intento se vio interrumpido por un agarrón de Nathan, que tiraba de él para devolverle el empujón.

Y se encaró con él.

—¿No has tenido suficiente con todo el daño que ya le has hecho? —escupió indignado—. ¿Es que no tienes límite, Fairchild?

—Nathan, no te metas si no quieres salir malparado —lo amenazó imponente—. Estoy seguro de que todo esto es obra tuya, aún no sé de qué manera; pero no te preocupes, lo averiguaré más pronto que tarde.

—Lo que tienes que hacer es desaparecer de su vida, ya la has oído, ella no quiere verte.

—¡Esso! ¡Lárgate, maldito traidor!

Dolido por la acusación, Sebastian volvió a girarse hacia Christine y, sin previo aviso, la cogió en volandas y se encaminó con ella hacia la salida, sin mirar atrás y sin detenerse un segundo, dejando a Nathan con un palmo de narices.

—¡Suéltame! ¡Bájame ahora mismo, Sebastian! —protestó Christine, mientras pataleaba y se retorcía, golpeando los hombros de Sebastian como una auténtica damisela en apuros.

—Haz el favor de estarte quieta —gruñó con voz profunda cuando se cansó de luchar con ella—. No estás en condiciones de seguir con la fiesta.

—¡No quiero! ¡No quiero volver a verte, ya te lo dije! ¡Y no quiero estar cont-tigo! ¡Déjame ahora mismo en el sssuelo, Sebassstian!

—No —respondió tajante—. Nos vamos directos a tu casa, tienes que dormir la mona. Mañana hablaremos de todo esto. ¡Y estate quieta de una vez si no quieres que te dé unos azotes aquí mismo!

Christine lo miró enfurruñada, pero dejó de patalear.

Desde que había llegado a la fiesta, había albergado secretamente el deseo de que él apareciese, cual caballero andante al rescate de su dama.

Deseaba que llegase arrepentido, dispuesto a arrodillarse y pedirle perdón, pero a medida que el tiempo transcurría, se dio cuenta de que aquello no iba a ocurrir.

Empezó a tontear con Nathan, intentando olvidarse de su pareja, y se dejó llevar por la vehemencia de su amigo; pero cuando estuvo con él a solas, y aunque tenía cristalino lo que Nathan pretendía, el dolor la sobrevino, debido al alcohol, y no pudo evitar echarse a llorar desconsolada.

Y así era como la había encontrado Sebastian, derrumbada entre los brazos de su amigo, que intentaba reconfortarla con palabras de cariño; pero justo cuando empezaba a recuperarse, Nathan había salido volando del asiento, como arrastrado por un huracán.

Asustada, Christine buscó con su mirada el motivo de que su amigo yaciera en el suelo, y entonces vio a Sebastian de pie junto a él, celoso a todas luces.

Una alegría inmensa se apoderó de su pecho al ver su expresión, pero solo duró un instante, ya que la imagen de aquel maldito beso la asaltó para torturarla una vez más.

Su fugaz alegría tornó inmediatamente en dolor, y este, en ira.

Sin embargo, acurrucada entre sus brazos, volvió a sentirse en casa.

El aroma de Sebastian invadió sus fosas nasales, reconfortándola hasta lo indecible, y aprovechó la situación para obtener ventaja de su supuesto estado de embriaguez.

Aún estaba un poco adormecida por el alcohol, pero ya no estaba ebria, era plenamente consciente de sus actos.

Así que, intencionadamente, se abrazó al cuello de Sebastian y apoyó su cabeza sobre su pecho, sonriendo feliz.

Y la alegría volvió a inundar su mente cuando sintió cómo el cuerpo de su hombre temblaba al sentir su abrazo.

—Ash… Has venido… —susurró con dulzura, cerrando los ojos y apretujándose todo lo que pudo contra su cuerpo.

Confundido, Sebastian la miró, pero su preciosa sonrisa desterró todas las reticencias de su mente.

No entendía qué había ocurrido para que ella cambiase de opinión, creía que aún lo odiaría más por haber interrumpido su fiesta; sin embargo, ella lo abrazaba como si no hubiera pasado nada entre ellos.

No entendía absolutamente nada, pero dejó de pensar en ello y se limitó a disfrutar de aquel abrazo, de aquel momento tan íntimo que ella acababa de regalarle, incluso aunque estaba enfadada con él.

Y al sentarla junto a él en el asiento del copiloto, profundamente dormida, se sintió tan poderoso como un héroe mitológico que acababa de arrancar a su amada de las garras de una hidra, enorme y muy peligrosa.