Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Al volante, Sebastian tomaba las curvas del sinuoso sendero con increíble temeridad, pisando el acelerador a fondo como si los persiguiese el mismísimo diablo.

Olivia se agarraba con fuerza al asidero del techo, temiendo por su vida, pero incapaz de pronunciar palabra.

En cada curva tomada a la velocidad del rayo, miraba a Sebastian con una mezcla de admiración y pánico difícil de superar.

—¿Dónde has aprendido a conducir asi? ¡Si vas a todas partes en taxi!

Sebastian se limitó a mirarla de soslayo con algo parecido a lástima en sus ojos, pero volvió enseguida a ponerlos sobre el camino para evitar que el coche terminase boca arriba en la cuneta.

Después de unos cinco minutos, Sebastian divisó las luces de la fiesta de Nathan, que brillaban intensamente en medio de la oscuridad reinante, y supo que ya no estaban lejos, así que se atrevió a acelerar un poco más.

Algo le decía que debía llegar allí cuanto antes, que si no lo hacía, todo se iría al garete.

Pero a Olivia se le cerró la tráquea al ver cómo los árboles pasaban a su lado sin que a ella le diera tiempo a verlos siquiera.

—¡Sebastian, por Dios! ¡No quiero morir en medio de un campo italiano! —exclamó cuando ya no pudo soportar más la tensión.

—Tranquila, no vas a morir hoy. Aunque quizá sí que tengamos un fiambre al final de la noche.

Tres minutos más tarde, el coche de alquiler frenaba abruptamente frente a la puerta de la mansión Brewer. Sebastian casi se apeó con el coche en marcha, tal era su angustia, y fue Olivia quien se ocupó de darle las llaves al aparcacoches, perdiendo a su amigo de vista momentáneamente.

Pero pronto le dio alcance, ya que Sebastian se detuvo a valorar cuál de las tres entradas al recinto iría más directa al jardín donde se desarrollaba la reunión.

La música se escuchaba a todo volumen e inundaba el espacio, por lo que se hacía bastante difícil tomar una decisión sobre qué camino tomar, así que fue Olivia quien, agarrando a su amigo de la mano, eligió el sendero central para adentrarse en el pequeño bosquecillo de arbustos y árboles crecidos que servían de escudo a la imponente mansión que se alzaba justo detrás del inmenso jardín.

—¿Ahora dudas? ¿Se te han olvidado las prisas? —lo picó, suscitando un bufido de los labios de su amigo, que cada vez estaba más ofuscado.

Avanzaron casi corriendo, guiados por la música y por el sonido de las voces de los invitados, y cuando salieron del laberinto de arbustos, se encontraron con una imagen difícil de olvidar: un enorme de grupo de jóvenes bailaba frenéticamente al ritmo de la ensordecedora música, con un grado de alcohol en sangre que rozaba la ilegalidad, a juzgar por lo errático de sus movimientos.

Sebastian buscó a Christine con la mirada en el centro de aquel grupo tan heterogéneo, seguro de que ella no habría podido evitar ser objeto de todas las miradas, incluso aunque no lo deseara, porque no habría podido resistirse a bailar rodeada de aquella algarabía que se movía sin control.

Pero no la veía. Y eso lo estaba poniendo de los nervios.

Y así se lo encontró Meredith, petrificado al borde de la pista de baile cuando, sorprendida, se acercó a ellos para darles la bienvenida.

—¡Hola, chicos! —Olivia la miró de arriba a abajo, disfrutando con la visión que su pareja le ofrecía vestida con aquel exquisito vestido de firma, y no pudo evitar acercarse a ella para tomarla entre sus brazos y besarla apasionadamente—. ¡Vaya! Yo también me alegro de verte…

—Estás… espectacular —susurró Olivia, embobada.

—¿Qué es lo que estáis haciendo aquí? —preguntó Meredith, abrazada a Olivia—. ¿Ya habéis resuelto el caso?

—¿Dónde está Christine? —soltó Sebastian, impaciente.

—Siento decirte que hace un rato que la he perdido de vista —respondió Meredith, mirándolo con desaprobación.

—Tengo que encontrarla, ya.

Sebastian se encaminó hacia la pista, pero antes de que hubiese dado dos pasos, Meredith lo detuvo agarrándolo por la manga de su chaqueta.

—Sebastian, ella está muy dolida —le advirtió—. Lleva todo el día destrozada y estará muy susceptible.

—Lo sé, tiene derecho a estarlo —murmuró apesadumbrado.

—¿Cómo has podido hacerle eso? —se atrevió Meredith—. ¿Es que no tienes escrúpulos?

—Tiene una explicación, te lo aseguro, Olivia te pondrá al corriente, pero ahora necesito encontrar a Christine.

Su voz se quebró por la preocupación, y para Meredith fue una señal inequívoca de sus sentimientos hacia Christine. Le sonrió con dulzura y se acercó a su oído.

—Nathan se la ha llevado, no sé adónde; pero, por favor, compórtate como un caballero. Ella no se merece un espectáculo delante de toda esta gente que la conoce.

—No puedo prometerte nada, pero gracias.

Sebastian empezó a adentrarse en el grupo, formado por unas cien personas, según pudo estimar, aprovechando la ventaja que le confería su altura para mirar por encima de las cabezas de todos ellos; pero no tuvo éxito.

No fue hasta que cruzó la jungla de brazos que se alzaban intentando tocar el cielo, y de cuerpos bamboleantes que se rozaban sin pudor unos contra otros, que logró encontrarla.

Aunque perdió la capacidad de respirar en cuanto lo hizo.

Christine estaba sentada en un taburete alto, con un vestido tan corto que casi dejaba ver su ropa interior en aquella postura, en completo estado de embriaguez.

Nathan la sujetaba entre sus brazos, acercándola a su pecho para que ella pudiera apoyarse en él, y parecía que estaba a punto de besarla…

Sebastian sintió un vacío en el estómago que casi le provocó una arcada, sintió cómo las fuerzas lo abandonaban momentáneamente y abrió su boca para poder respirar; entonces, llegó la rabia, la ira provocada por ser testigo de que otro hombre tocaba a Christine, de que estaba a punto de rozar sus labios con los suyos, y cegado por los celos más primitivos, se lanzó sin pensar hacia la pareja.

No lo vio venir. Lo único que sintió Nathan fue que alguien tiraba de él con tanta fuerza que no pudo evitar caer al suelo de culo.

Dolorido y abochornado, Nathan levantó su mirada y se encontró con los ojos verdes de Sebastian, tan helados que parecían de color azul, mirándolo con una amenaza demasiado real para ser ignorada.

—¿Pero a ti qué te pasa tío? —escupió, como débil defensa a la humillación que acababa de sufrir.

—No… la… toques…

Sebastian lo miraba apretando los puños más fuerte que nunca en su vida, su mandíbula inferior se veía acentuada por la presión que ejercía sobre la superior y todo su cuerpo temblaba como una hoja en otoño.

Su voz sonó trémula, no por falta de decisión, sino por el esfuerzo titánico que estaba haciendo por contener sus deseos de partirle la cara a Nathan delante de todos.

Entonces, escuchó a su espalda la voz de Christine, que sonaba empalagosa, arrastrando sus palabras con dificultad.

—¿Cómo te atttreves Aaassh? —consiguió articular—. ¡Vete al puto… Londres con tu amante! ¿No era eso lo que queríasss? ¿Librarte de mí para poder tener vía libre con ella? ¡Pues ya… está! ¡Lo has conseguido! ¡Eressss… libre! ¡Y yo también!