Capítulo 19
La fiesta de los Brewer
Christine había escogido un precioso vestido verde esmeralda bastante corto que se adaptaba perfectamente a su silueta, resaltando sus curvas femeninas.
Lo acompañó de unas sandalias de tacón alto, cuya única sujeción consistía en una tira cruzada sobre sus dedos y en dos largos lazos que se enroscaban a lo largo de sus gemelos, alargando así aún más sus piernas.
Se maquilló en tonos dorados y verdes y, aunque no abusó del lápiz de labios, sí que eligió una deslumbrante gargantilla que resaltaba su largo cuello.
—¡Estás espectacular! —admiró Meredith al ver el resultado final.
Ella también estaba preciosa, había elegido un vestido por encima de la rodilla en color burdeos, que si bien no era tan ceñido como el de Christine, dibujaba perfectamente su cuerpo y realzaba su figura.
Meredith había quedado asombrada al contemplarse en el espejo, jamás había podido probarse un vestido de alta confección y se dijo que tenía que conseguir ahorrar para poder comprarse uno en algún momento, tan preciosa se encontró.
—Meredith, esta noche vas a tener que quitarte a unos cuantos moscones de encima —dijo Christine, sonriendo.
—No me interesan los hombres —bromeó Meredith—, aunque nunca está de más sentirse atractiva.
—También habrá mujeres pendientes de ti, no te preocupes —añadió Christine, guiñándole un ojo—. Verás qué bien lo pasamos. Tengo ganas de presentarte a mis amigos. ¿Nos vamos?
El chófer de la familia las esperaba en la puerta, como si fuesen las princesas de un cuento, y en cuanto se pusieron en marcha, Christine puso una animada playlist en la radio del coche para ir entrando en calor.
En un par de minutos, ambas mujeres se movían al compás del nuevo tema de Madonna, Danceteria .
—Tengo muchas ganas de fiesta —dijo Meredith a gritos para que Christine pudiera escucharla.
—Yo también, aunque creía que no me apetecería. Solo me preocupa no ser la compañía idónea esta noche, imagino que en algún momento me dará bajón y me pondré a llorar por las esquinas —se lamentó Christine.
—Eso suele ocurrir cuando te pasas con el alcohol.
En la última fiesta en la que estuve, hace diez mil años o así, me lo estaba pasando en grande y, de repente, todo me resultaba súper dramático y me dio por llorar.
En realidad no había cambiado nada, solo fue que me tomé dos copas seguidas y me subió todo de golpe.
Así que será mejor que bailes mucho, para compensar —sonrió Meredith.
—Menos mal, creía que me ibas a decir que no bebiese…
—Ni de coña.
Ambas se echaron a reír y, cuando sonaban los últimos acordes de Murder on the Dance Floor , el Mercedes de los Pearl se detuvo frente a la impresionante mansión Brewer.
—¿Lista? —preguntó Meredith, mirando a los ojos a Christine.
—Bueno…, sí —respondió con una pequeña sonrisa.
—Anda, saca a Sebastian de esa cabecita y vamos a tomarnos un par de copas —dijo Meredith, guiñándole un ojo.
Christine sonrió ampliamente, alzó una ceja cómplice y abrió la puerta del coche.
—Vamos, nena, vamos a pasarlo bien.
***
El jardín de la mansión Brewer estaba a rebosar de invitados que reían y charlaban con entusiasmo.
Meredith quedó profundamente impresionada por las dimensiones del mismo, pero aún más impactada al ver la exuberante fuente que presidía la selecta reunión desde el centro del espacio, cuyos chorros de agua cambiaban de color cada pocos segundos.
Todo lo que la rodeaba gritaba lujo y derroche.
Cuatro gigantescas cubiteras de hielo, en forma de dios Baco, demarcaban la zona designada para los invitados, exhibiendo botellas de Don Perignon listas para ser consumidas.
Meredith era incapaz de cerrar la boca ante aquel despliegue, así que cuando Nathan se acercó para darles la bienvenida, se quedó mirándolo a los ojos como si hubiese visto un fantasma.
—El glamour más delicioso acaba de llegar a mi casa para elevar el caché de la reunión —las halagó Nathan, con una sonrisa enorme.
—¡Menuda fiesta! —acertó a decir Meredith, conmocionada.
—¡Gracias! Me alegro de que te guste. ¡Estáis impresionantes, las dos! —Nathan colocó ambos brazos en ángulo para escoltar a las muchachas hacia la reunión—. ¿Puedo tentaros con una copa de Don Perignon? Es del cincuenta y nueve…
Christine abrió mucho los ojos, incluso a ella le impresionó la añada, y se enganchó al brazo que tan galantemente Nathan le tendía.
Él la miró a los ojos para comprobar su talante, pero al recibir una preciosa sonrisa como muda respuesta, no pudo más que imitarla, asentir y empezar a caminar hacia la barra principal, ubicada en un lateral del suntuoso jardín.
A su paso, Christine iba saludando a algunos conocidos, pero Nathan no permitía que se detuviera demasiado en charlar.
Estaba ansioso por que empezaran a beber, tenía un plan bien elaborado que se basaba principalmente en que Christine se achispase lo suficiente como para sacar de su cabeza la profunda decepción que había sufrido aquella mañana.
Así que, en cuanto llegaron a la barra, les ofreció a las chicas sendas copas de champán y entabló conversación con un destacado miembro de la industria farmacéutica para involucrar a Christine en la conversación.
En menos de quince minutos, ambas ya se sentían cómodas y el champán corría a raudales.
Meredith, como bien le había advertido Christine en su casa, llamaba la atención de muchos caballeros, que se acercaban para que Nathan los presentara y se enzarzaban rápidamente en una animada conversación sobre cualquier tema banal, provocando risas y brindis a diestro y siniestro.
Nathan sonreía y hablaba sin parar, encantado con la situación, y en cuanto pudo, separó a Christine de Meredith para llevarla al centro de la pista de baile.
La conocía bien, sabía cuánto le gustaba bailar y ya había instruido al DJ para que sonasen ciertos temas concretos cuando ambos saliesen a la pista.
En cuanto empezó a sonar Parfum D'Avenir , de Arthur Félix, Christine sonrió con ganas y se entregó a una de las cosas que más le gustaba en el mundo y que, de repente, se dio cuenta que había dejado de hacer desde hacía ya algún tiempo: bailar como si no existiese nadie más a su alrededor.
—¡Cómo lo echaba de menos! —exclamó, mientras movía sus caderas al sugerente compás de la música—. ¡No sé por qué no hacemos esto más a menudo!
—Demasiado trabajo, Christine. Hay que disfrutar más…
Nathan comenzó a acercarse a ella despacio, no quería forzar el momento.
Gran bailarín como ella, empezó a acompasarse con sus pasos antes de tocarla, probando con su mirada si ella le permitiría agarrarla.
Ella lo miró de soslayo y, sonriendo con picardía, giró sobre sus talones y se colocó de espaldas a él, ofreciéndole el espacio que requería.
Nathan no desperdició un segundo y la agarró por la cintura, pegó sus caderas a las de ella y se dejó llevar por el cadencioso ritmo, acompañando al cuerpo femenino con el suyo hasta que terminó la canción.
Excitado tras el contoneo de cadera, se vio sorprendido por un cambio de registro, al sonar un tema mucho menos sensual que le arrebató el privilegio de tener a Christine entre sus brazos, ya que ella empezó a saltar como una posesa en el centro de la pista, separándose de él.
Aunque se preguntaba por qué el DJ había desobedecido sus órdenes, no se alejó de ella, sino que se permitió contemplarla a placer mientras él se movía mucho más despacio, admirando su precioso cuerpo de mujer.
Meredith los había estado observando preocupada, y justo cuando se iba a acercar para separarlos, se le había ocurrido pedirle aquella alocada canción al DJ.
Le sería mucho más fácil actuar en las sombras con Nathan, estando en su territorio.
Él era el rey absoluto allí, y a Meredith le quedó cristalino que su objetivo de la noche era perderse entre los altos arbustos acompañado de Christine.
Y si era con ella borracha, mejor.
Poco a poco, los amigos de la infancia de Christine fueron llegando, arrebatando el protagonismo a Nathan quien, sin embargo, se comportó como el perfecto anfitrión.
Christine se abrazó a Coleen cuando la vio llegar, y se quedó profundamente sorprendida al saber que se había casado con su novio de toda la vida, al cual no conoció hasta aquel preciso instante.
Enfrascadas en ponerse al día a toda velocidad, ambas mujeres se retiraron a la barra para pedir otra copa, acompañadas de cerca por Nathan y por el marido de Coleen, y por supuesto, por Meredith, quien se había propuesto la titánica labor de no quitarle la vista de encima a Christine.
Al pequeño grupo se añadieron, minutos más tarde, Blair y Constance con sus respectivas parejas, y el jolgorio inicial del reencuentro se duplicó.
Todo eran abrazos, sonrisas llenas de alegría y muestras de cariño sincero.
Meredith fue acogida como una más enseguida y, aunque no se sentía parte de la reunión, debido a las conversaciones sobre anillos de pedida, viajes de novios y planes en común, en cuanto Blair comentó que estaba embarazada, Meredith se adueñó de la conversación.
Tanto Blair como Constance se encontraban en ese momento de su reloj biológico, por lo que la asediaron a preguntas, haciéndola sentir importante.
Y logrando que ella se despistase un poco de su objetivo primordial.
—Me muero por que pruebes un cóctel que descubrí en El Cairo —murmuró Nathan a Christine al oído, haciéndola sonreír.
Ya estaba bastante tocada, así que le dio exactamente igual tener que separarse del resto del grupo para acompañar a Nathan a la barra de cócteles, ubicada en uno de los laterales más íntimos del jardín.
***