Capítulo 18
Un viaje relámpago
—Tendrías que haberle insistido a Meredith para que me dejase hablar con ella.
Sebastian estaba muy nervioso. No había dejado de temblar cada vez que trataba de componer una disculpa a la altura de su metedura de pata, pensando en la ira reflejada en el rostro de Christine, en todos los argumentos que ella iba a echarle en cara, en toda la razón que tendría con cada uno de ellos.
Ni siquiera había sido capaz de dejar de sentirse fatal durante el breve encuentro con Richard en el calabozo de la comisaría, incluso aunque este le exigiera que se centrase para poder entender el galimatías que Sebastian intentaba explicarle a toda velocidad.
—No te preocupes, estamos en ello —alegó en su defensa, cuando Richard lo miró incrédulo al escuchar que aún no sabían exactamente a qué se enfrentaban—, pero es imperativo que vuelva a Italia de inmediato. Es un asunto de fuerza mayor —explicó taciturno.
—¿De fuerza mayor? ¿Mayor que sacarme de aquí? —exclamó Richard, muy enfadado.
—Te aseguro que intentaré solucionar mi problema en el menor tiempo posible, pero ahora mismo, es de suma prioridad.
Richard lo miró condescendiente, echó un vistazo a Olivia y enseguida volvió a mirar a Sebastian.
—O sea, que has metido la pata…
—Hasta el fondo —apuntó Olivia con severidad, lo que le granjeó una mirada de odio de su amigo.
—No es solo por eso —se excusó Sebastian—, es porque necesito que Christine examine la muestra que tomamos en los pasadizos.
—Dijo el licenciado en química, con tesina en orgánica —se burló Olivia.
—Ella tiene mucha más experiencia que yo, no todo es teoría, Olivia —se defendió.
—Eso ha quedado más que patente en este punto de vuestra historia, colega: careces totalmente de práctica en la mayoría de los aspectos.
Sebastian arrugó sus cejas y le lanzó una mirada asesina a las de Olivia, que se alzaban con superioridad.
—Está bien, comprendo la situación —dijo Richard—, pero, por favor, sea lo que sea lo que tengas que arreglar con ella, no tardes demasiado.
Puede que aquí esté a salvo, pero conmigo encerrado, los que están organizando todo este tinglado tienen las puertas abiertas para hacer y deshacer a su antojo.
—No te preocupes, Richard, tengo a tres equipos en el caso, uno de ellos, infiltrado —dijo Olivia con superioridad.
—Lo sé, por eso estoy preocupado. —Richard alzó una ceja y negó con la cabeza—. Solo espero que los demás no lo sepan también.
Olivia carraspeó avergonzada y se giró hacia las escaleras para forzar a Sebastian a moverse.
—Prometo arreglarlo, tío. No sé cómo, pero lo haré.
—Intenta mantener a raya a Ava en tu ausencia, con eso ya tienes tarea suficiente.
—No te preocupes, lo tengo controlado —afirmó Sebastian, girándose para marcharse.
—Eso es precisamente lo que me preocupa…
Sebastian ignoró aquel último comentario para seguir a Olivia escaleras arriba, pero no pasó por alto la advertencia de Richard.
—Tengo que hablar con Ava —expuso al salir a la calle, doblemente preocupado.
—No llegaremos a Heathrow a tiempo si la llamas —respondió Olivia—. Es capaz de convencerte de cualquier cosa que evite que nos marchemos. Además, se dará cuenta de que te vas, aunque intentes evitarlo.
Sebastian pensó durante unos instantes, sopesó sus opciones y asintió.
—Está bien, le enviaré un mensaje.
Así que, en el taxi que los llevaba al aeropuerto, Sebastian escribió un mensaje, un mensaje que le asegurara que Ava no aparecería en casa de los Pearl para terminar de fastidiarlo todo.
Tuvo que pensarlo bien, no podía limitarse a darle una excusa a la mujer que siempre iba dos pasos por delante, pero de repente, la imagen de una persona se coló en su mente, logrando que se le iluminase la bombilla.
El rostro de una persona muy peligrosa cuya sola mención mantendría a raya a su excompañera.
“Tengo una pista, Richard lo sabe. Voy a hurgar sin levantar mucho polvo, pero estoy dispuesto a utilizar todo mi arsenal si es necesario, ya sabes a quién me refiero; así que espera mis instrucciones. Y pórtate bien por una vez”.
—¿Y crees que con esa amenaza velada vas a conseguir que Ava no se meta en líos ni que te siga a Florencia? —Olivia lo miraba con desdén, como si aquel aviso fuese la mejor forma de que Ava hiciese precisamente lo contrario.
—Ella ya ha movido ficha, quizá incluso sepa ya el resultado de su estratégico ataque; pero también está asustada y sabe que no debe moverse si le hago creer que estoy metiendo los dedos en el ojo de alguien a quien le pueda escocer demasiado, sobre todo si ese alguien puede cortarle las alas —respondió Sebastian, mirándola a los ojos muy serio.
Olivia permaneció en silencio durante unos instantes, valorando las probabilidades de que Sebastian tuviera razón.
Finalmente decidió que era factible que Ava le hiciese caso por una vez, pero no pudo evitar preguntarse quién era esa persona que podría pararle los pies a aquella mujer, esa persona a la que Sebastian se había referido para intentar contener a la irrefrenable Ava Lutman.
—¿A quién te refieres con lo de “utilizar todo tu arsenal”?
Sebastian no contestó, se limitó a mantener su mirada grave sobre la de Olivia, provocando que un escalofrío recorriese su espina dorsal al contemplar la expresión solemne de su amigo.
Su gesto no dejaba lugar a dudas: él no quería hablar de esa persona con ella y, después de unos instantes, desvió su mirada hacia la pantalla del móvil.
Esperaba una respuesta mordaz por parte de Ava que volviera a despertar su preocupación por su posible intromisión.
Pero esta no llegó y, por un momento, Sebastian se permitió sentir que había logrado un pequeño triunfo sobre ella.
Alzó la comisura de sus labios en un intento de sonrisa y, más tranquilo, guardó su teléfono en el bolsillo.
Tenía que volver a centrarse en cómo abordar el tema cuando estuviese frente a Christine y eso le resultaba bastante más preocupante y peliagudo.
Sin embargo, Olivia no se había quedado tranquila, no le había gustado nada la expresión que Sebastian había esbozado al mencionar al misterioso personaje del que su amigo no quería hablar.
—¿Quién tiene tanto poder como para lograr que Ava se esté quietecita solo con mencionar su posible intervención en el caso? —repitió Olivia.
—Lo sabrás a su debido tiempo, si es necesario. Y ahora deja que me centre en lo que voy a decirle a Christine.
—Pero no vas a hacer tal cosa —insistió Olivia—; quiero decir, no vas a hablar con quien sea que te haga poner esa expresión de que vas a enfrentarte con el diablo en persona.
—No, al menos no hasta que no haya visto a Christine y descubra si tenemos algún otro hilo del que tirar; pero eso Ava no lo sabe.
—Y si Christine no consigue arrojar luz a todo este embrollo, tú…
—Ruega por que mis conjeturas sean correctas —la cortó, mirando hacia delante—. Te aseguro que no me apetecería nada tener que recurrir a esa persona.
—Me estás asustando —añadió, mirándolo fijamente.
—Olvídalo. Tenemos que conseguir que Christine me crea y vuelva con nosotros a Londres esta misma noche. Eso es lo más importante ahora mismo.
—Confías demasiado en tus posibilidades —dijo Olivia con sorna.
—Al contrario, no confío en absoluto. Pienso que este intento de reconciliarme con Christine va a ser un desastre de proporciones bíblicas, pero, sea cual sea el resultado, mañana estaré de vuelta en Londres y, si es necesario, tú y yo tendremos que hacerle una visita a un viejo amigo.
Solo espero que sea Christine quien me esté esperando en casa a la vuelta, porque ese movimiento sí que va a resultar muy peligroso.
***
Cuando el vuelo aterrizó eran casi las diez, aún les separaban más de cincuenta kilómetros del pequeño pueblecito de Prunetta, el más cercano a la mansión de los Pearl, y Sebastian estaba histérico a esas alturas.
—No va a querer ni verme —se lamentó, mirando por el cristal del coche de alquiler mientras Olivia conducía.
—Con esa predisposición no vas a conseguir nada —comentó Olivia, harta de escuchar cómo Sebastian se empecinaba en regodearse en su negatividad.
—Me va a echar de la casa, voy a tener que dormir en los establos —gruñó.
—¡En serio, cállate ya! ¡No sé a qué viene ese derrotismo!
Estamos aquí, que es donde tienes que estar, y ahora solo queda hacer lo que hay que hacer.
Preséntate ante ella, mírala con esos ojitos de perrito mojado y arrodíllate si hace falta, pero tienes que conseguir que te escuche y que te crea, ¿entiendes?
—Lo sé.
—Entonces, cállate y limítate a pensar en cómo vas a lograr que, además, te perdone. Quedan solo diez minutos.
Cuando el coche se detuvo delante de la mansión, Sebastian se lanzó hacia la puerta como si el asiento le quemase el trasero y, temblando de impaciencia, pulsó el timbre un par de veces; pero nadie respondía y, aunque solo habían pasado diez segundos, volvió a pulsar el timbre, esta vez, con mayor insistencia.
—¿Quieres estarte quieto? ¡Si Bianca está dormida, vas a despertarla, idiota! —lo increpó Olivia.
—¡Perdón! ¡Es que no puedo aguantar más!
—¡Pues el timbre no tiene la culpa…!
La pulla no terminó de salir de la boca de Olivia porque Joanne salió a abrir la puerta con Bianca en brazos, dejándolos a los dos boquiabiertos.
Inmediatamente, una sonrisa invadió el rostro de Olivia y se lanzó a abrazar a Bianca, quien la recibió con un dulce gorgojeo; sin embargo, Sebastian tuvo que forzar aquella mueca que daba a la gente ganas de echarse a reír o de esconderse en un rincón, aunque no le duró demasiado en los labios, para alivio de todos.
—Joanne, necesito hablar con Christine —dijo en tono solemne.
Joanne, que no había mirado a Sebastian todavía, le dedicó un instante de atención mientras borraba su sonrisa de sus labios, pero enseguida volvió a mirar a Bianca y a Olivia, ignorándolo.
—¿Dónde está Meredith? —preguntó Olivia, extrañada.
—¡Oh! Las chicas no están —dijo Joanne, restando importancia al hecho—, Meredith nos ha dejado a Geoffrey y a mí a cargo de la pequeña Bianca y…
—¿Cómo que no están? —la interrumpió Sebastian, ganándose una mirada de disgusto de Joanne—. ¿Dónde están?
Joanne se giró finalmente hacia él, se irguió todo lo que pudo para enfrentarlo y le dedicó la mirada más fría que pudo.
—Por lo poco que sé, no tuviste reparo alguno en marcharte de la casa de tus anfitriones en mitad de la noche, como si fueras un zorro asustado, y tengo entendido que tampoco te importó mucho saber cómo le sentó a Christine tu huida, así que no veo la razón de tu insistencia en averiguar dónde está ahora mismo —escupió indignada.
—Joanne, no sé qué te ha dicho Christine, pero te aseguro que todo ha sido un enorme y terrible malentendido —murmuró Sebastian, cabizbajo de nuevo—; por eso necesito verla inmediatamente, no quiero que siga pensando lo que sea que esté pensando.
—Pues a mí me parece que lo mejor que puedes hacer es volverte a Londres y darle tiempo para que respire un poco. No lleváis ni cuatro meses juntos y ya la has hecho llorar suficiente para un año entero —lo acusó.
Sebastian tragó saliva y se acercó a Joanne todo lo que pudo.
—Señora Pearl, adoro a Christine, mi única intención es hacerla feliz, no hacerle daño. He sido objeto de un chantaje y me temo que esa persona se ha aprovechado de mi situación para crear una brecha entre nosotros, pero le aseguro que…
—No me asegures nada, jovencito, es a ella a quien tienes que convencer, no a mí.
No estoy al tanto de lo ocurrido, ni me interesa, esos son asuntos de pareja; pero te advierto una cosa: por muy agradecida que te esté por haberle salvado la vida, jamás te perdonaré que vierta lágrimas por ti.
Tus buenas acciones del pasado no cubren ningún dolor que le puedas infligir, ya sea en el presente o en el futuro; así que gánate el derecho a estar junto a ella cada día —sentenció.
Incluso Bianca había enmudecido, impresionada por el autoritario tono de voz que Joanne había utilizado para reprender a Sebastian. Todos la miraban en silencio, pero Sebastian necesitaba avanzar y fue el primero en atreverse a hablar después de aquel enérgico rapapolvo.
—Lo haré, se lo prometo —murmuró, mirándola desazonado—, en cuanto me diga dónde puedo encontrarla.
El tono de voz que utilizó y la forma de mirarla le hicieron saber a Joanne que, tal y como Christine pensaba, él la amaba profundamente. Así que relajó un poco su postura y, aunque no se arrepintió de su severa reprimenda, bajó un toque su tono de voz, dispuesta a facilitarle las cosas.
—Meredith y Christine están en la fiesta de los Brewer. Nathan vino al mediodía a invitarlas y…
En el momento en que Sebastian escuchó la palabra fiesta, sintió que el mundo se hundía bajo sus pies. ¡Estaba con Nathan! ¡Estaba en una fiesta en la casa del tío que estaba dispuesto a conquistarla, después de haber sido el artífice de su ruptura!
—¡Maldito sea! —exclamó Sebastian, fuera de sí. Desesperado por encontrarla, se lanzó sobre Joanne, la tomó por los hombros para obtener toda su atención y la zarandeó un poco—. ¿Está muy lejos la mansión de los Brewer?
—A unos diez minutos en coche, si vais por el carril de tierra; pero para eso hay que conocer el camino.
—No se preocupe, no me perderé. El hedor de la traición del señor Brewer me servirá de guía —escupió, girándose sobre sus talones.
—¡Eh! ¡Espera! —Olivia, que aún tenía a Bianca en brazos, se giró hacia Joanne—. ¿De verdad que no le importa quedarse con Bianca?
—Es un placer para mí, Olivia. Anda, acompaña al cabeza hueca de tu amigo. Todo lo que tiene de inteligente, lo tiene también de tonto —comentó, negando con la cabeza.
—A eso voy. Gracias, señora Pearl.
Olivia corrió hacia el coche y llegó justo a tiempo para abrir la puerta y lanzarse adentro, pues Sebastian ya había arrancado el motor y no tenía intención de esperar a nadie.
—¿Se puede saber adónde vas tan deprisa? ¡Ni siquiera sabes dónde está la casa de Nathan!
—El otro día obtuve una visual de la zona desde una pequeña colina a la que Christine me llevó. Creo que tengo una ligera idea de cuál es la mansión Brewer.