Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 17
43%

Capítulo 17

Cabizbajo

—Ya lo sabe. Ha visto una foto.

La sentencia cayó sobre él como la hoja de una guillotina y hundió aún más su cabeza entre las manos. Respiró hondo, intentando enfocar sus pensamientos, intentando recuperar su fría lógica cuando más la necesitaba.

—¿Meredith te ha dicho por qué tiene el teléfono apagado? —murmuró.

—Porque lo ha estrellado contra la pared —respondió Olivia, con un tono mezcla de reproche y lástima que hizo que a Sebastian se le revolvieran las tripas.

—¿Quién le ha enviado la foto? ¿Y qué hostias es lo que se ve? —El intento de autocontrol le estaba saliendo fatal.

—Meredith no la ha visto, Christine rompió el teléfono antes de que pudiese hablar con ella, pero asegura que os ha visto a ti y a Ava… besándoos.

Cerró los ojos y los apretó aún con más fuerza que antes, mientras sentía el pulso alborotado en su sien.

—No sé cómo he podido ser tan estúpido…

—Pues, ahora que lo mencionas, no sé exactamente a qué punto de tu actuación te refieres, porque si es a pensar que tenías alguna posibilidad de vencer a Ava, está claro que te equivocabas de largo; aunque, pensándolo mejor, si te refieres a pensar que ocultarle a Christine que ibas a salir con Ava era una buena idea, sí, resultas bastante estúpido —se cebó Olivia.

—Sé todo lo que he hecho mal, gracias —respondió airado—. Bastante tengo ya con sentirme una mierda, no necesito que insistas tú también.

Olivia se apiadó de él por un instante, soltó un bufido y se acercó. Esperó hasta que Sebastian alzó la mirada para enfrentarla y, cuando tuvo su atención, le sonrió.

—Tienes que conseguir que te escuche, ella te quiere y tú la amas. Todo se puede arreglar cuando una pareja se sincera, sobre todo cuando no hay mala intención por ninguna de las dos partes; pero para ello, tienes que mirarla a los ojos mientras lo haces.

Sebastian mantuvo la mirada unos instantes y, finalmente, asintió.

—Tengo que volver.

—Cuanto antes, mejor —asintió Olivia.

Sebastian asintió y volvió a fijar su mirada grave en el suelo, intentando construir el escenario en su mente.

Necesitaba encontrar las palabras, ensayarlas para lograr que ella le creyese cuando se las dijera, pero todo lo que se le ocurría le sonaba falso, vacío, y no pudo más que cerrar los ojos y aceptar que tendría que esperar a estar frente a ella para pedirle perdón, rogando que se apiadase de él.

El odio que ya sentía por Ava creció un poco más aquella tarde.

—Tengo que pasarme a ver a Richard antes de marcharme —murmuró—. Necesito que él esté al tanto de lo que hemos descubierto.

—Bueno, si nos apresuramos, podemos ir a ver a Richard y estar en Heathrow a tiempo para el próximo vuelo a Florencia —anunció Olivia, consultando los horarios en su móvil.

—Pues no sé a qué estamos esperando.

***

Christine llevaba toda la tarde hecha un ovillo en su dormitorio.

Había salido solo para almorzar, pero cuando tuvo delante la deliciosa menestra que la cocinera había preparado, se dio cuenta de que no sería capaz de probar bocado y de que, quedándose allí, solo provocaría que sus padres se preocupasen aún más por ella; así que se excusó lo mejor que pudo y volvió a su retiro para poder lamentarse a solas.

Meredith pensó en ir tras ella, pero Bianca la requería para dormir su siesta, así que no tuvo oportunidad de intentar consolarla de nuevo, y Joanne pensó que, ya que su hija no soltaba prenda sobre lo que la había puesto tan triste repentinamente, sería mejor dejarla a solas.

Así que, cuando Nathan llegó a la mansión Pearl a media tarde, Joanne le sonrió con ganas, segura de que su visita lograría animar a Christine, al menos un poquito.

Ni siquiera se le pasó por la cabeza que habían sido precisamente las noticias que él le había traído lo que la había sumido en aquella apatía repentina que no había podido disimular.

—Se ha puesto muy triste desde que te has marchado esta mañana —explicó Joanne, visiblemente preocupada—. ¿Puede que tú sepas el motivo?

—El motivo, Joanne, es el señor Fairchild.

Joanne bajó la mirada y asintió.

—Ya, me imaginaba que tendría que ver con él. No me explico aún por qué tuvo que marcharse tan repentinamente, ni tampoco por qué no avisó a Christine.

—Pues, por lo visto, porque tenía asuntos más importantes que atender —ironizó, intercambiando una mirada significativa con Joanne—.

Por eso he vuelto, porque sé que Christine debe estar muy dolida, y deseo que se olvide del mal trago que ha tenido que pasar.

He organizado una fiesta esta noche, una de las que a ella le gustan, con música para bailar, amigos que hace tiempo que no ve y otros nuevos a los que estoy deseando presentarle.

Pensaba dejar la reunión para el fin de semana, pero a la vista de las nuevas circunstancias, he cambiado de opinión.

—Ella no va a querer ni oír hablar del tema, no sabes lo triste que está —añadió Joanne, mirándolo preocupada.

—Eso déjemelo a mí, Joanne.

***

No dejo de darle vueltas al asunto, simplemente porque no me cuadra, por mucho que me duela reconocerlo.

Verlo con ella, besándola con los ojos cerrados, ha sido una puñalada por la espalda, ha dolido demasiado tener la evidencia en mi teléfono y he reaccionado como la mujer celosa que soy; pero he de reconocer que no tiene ningún sentido.

Sé que él no me mentiría, sé que, si sintiese algo por Ava, o si lo hubiese sentido en el pasado, me lo habría confesado cuando se lo pregunté.

Por eso sé que algo no encaja… Pero el dolor no cesa.

Quizá, si no lo hubiera visto, no me habría comportado de forma tan drástica, pero no puedo evitar que me den arcadas cada vez que recuerdo la imagen, porque inmediatamente pienso en que puede que sea una equivocación, que haya otra explicación plausible para lo que he visto…

, pero que no la hay para que me haya mentido tan descaradamente.

Me ha mentido. Incluso aunque le pregunté directamente, ha elegido mentirme en lugar de ser sincero. Y eso me está corroyendo el alma.

Me embarqué de forma un tanto antojadiza en esta relación, pero él me cautivó por completo porque descubrí al hombre que es bajo todas esas capas de egolatría, inteligencia y extravagancia que lo envuelven.

Y lo que descubrí me fascinó: Sebastian no es solo un hombre atractivo, no es solo que esté buenísimo y que sea tan inteligente como para dejarme boquiabierta cada vez que habla, sino que es un hombre bueno, sencillo y sincero.

Tan sincero que a veces duele.

Entonces, ¿quién es ahora? ¿Qué es lo que tengo con Sebastian si no puede confiar en mí?

¿Es que no merezco su franqueza, por muy difícil que sea el asunto que tratar?

Porque entiendo que así es, que no fue capaz de sincerarse conmigo sobre Ava por todo lo que ello implicaba, y entiendo que tendría sus razones para verse a solas con ella, supongo que, como intuí, por el asunto de Richard; pero, por mucho que quiera disculpar sus acciones, no puedo entender ni perdonar que haya elegido mentirme antes que explicarse conmigo.

No soy ningún ogro, y él lo sabe, y también sabe que tiene todo mi apoyo y…

La imagen vuelve de repente a mi cabeza y me alegro un montón de haber destrozado el móvil; sin embargo, aunque no pueda recrearme en plan masoquista mirándola una y otra vez, no soy capaz de borrarla de mi mente.

Es como si se hubiese grabado en mi cerebro y, al volver a contemplarla, mi enfado se dispara y mi angustia se multiplica.

Y ya estoy llorando de nuevo.

¡Maldito Sebastian Fairchild!

Toc, toc, toc…

El sonido interrumpe mi llanto y miro hacia la puerta con tanto odio que creo que podría fulminar a quien esté al otro lado incluso a través de la gruesa madera; pero se ve que mis poderes sobrenaturales aún no están muy desarrollados, porque el sonido se repite.

Toc, toc, toc…

—Hija, ¿puedo pasar? —Mi madre no suele preguntar si puede pasar, así que solo puede deberse a que hay alguien más con ella.

—No tengo ganas de hablar mamá. —A ver si así pilla la indirecta.

—Ha venido Nathan, tiene algo muy importante que decirte.

Esperanzada de repente en que mi amigo traiga alguna información que desmienta rotundamente la que me ofreció esta mañana, me lanzo hacia la puerta, aún con los ojos enrojecidos, el pelo enmarañado y pinta de querer que me llegue la muerte.

Debo presentar un estado lamentable, porque mi madre me mira con sus ojos como platos cuando me asomo a la puerta, pero me da exactamente igual.

Necesito saber algo más de Sebastian, algo que arranque este dolor que me ha quitado el apetito y las ganas de sol que tenía esta mañana.

—¿Has sabido algo más? —pregunto a Nathan sin siquiera saludarlo.

—Eeeeh…, bueno, venía a contarte otra noticia, aunque creo que no es la que tú esperabas.

Mi expresión, que momentáneamente se había llenado de algo parecido a la ilusión, vuelve a apagarse. Dejo la puerta abierta y me vuelvo a mi cama, me da exactamente igual lo que pase a continuación.

—Hija, ¿qué te pasa? No has comido nada y llevas toda la tarde encerrada. La pobre Meredith debe sentirse muy incómoda estando a solas con nosotros…

—Tienes razón, ahora saldré para estar con ellas —murmuro desganada.

—Bueno, yo he venido a proponeros un plan mejor.

—Miro a Nathan con cara de pocos amigos, pero él me muestra una sonrisa enorme que ni siquiera se apaga un poquito al observar mi reacción—.

¿Recuerdas que te hablé de que quería hacer una fiesta con todos nuestros amigos?

—Yo asiento por pura cortesía, pero sin quitar mi expresión de querer matarlo—.

Pues he cambiado la fecha, he contactado con todos y será esta noche en mi casa.

Me quedo mirándolo durante unos segundos, intentando que comprenda que me da exactamente igual, pero como su sonrisa sigue incólume, termino por aclarárselo verbalmente.

—Nathan, me alegro de que vayas a celebrar una fiesta, pero no me apetece salir. Gracias de todos modos.