Capítulo 16
Se despertó porque el sol impactó en su rostro, habría dormido todo el día si no hubiese dejado la cortina entreabierta cuando se acostó.
Sebastian cerró fuerte los ojos al sentir la luz, tardó unos instantes en despabilarse y, en cuanto lo hizo, se giró para mirar la hora en su móvil; pero estaba apagado, había olvidado ponerlo a cargar cuando se acostó, estaba demasiado cansado cuando entró en su dormitorio como para recordar que se había quedado sin batería.
Así que, refunfuñando, se estiró para alcanzar el cargador.
Al volver de la Torre de Londres, Olivia había decidido que su casa estaba demasiado lejos de la de Sebastian como para tener que esperarse a llegar para poder dormir, así que entró con él en su apartamento y, sin siquiera ducharse, subió al laboratorio, se tumbó en la cama y se quedó dormida enseguida.
Sin embargo, Sebastian sí que quería deshacerse de la sensación pringosa que había dejado el agua del foso en su piel y se metió en la ducha, deseoso de pasar tiempo a solas para pensar en todo lo que le había dicho Ava.
No comprendía muy bien cuál era la motivación final de sus tejemanejes. Por mucho que intentaba llegar a una conclusión evidente, algo se interponía entre esta y su razonamiento deductivo; así que, después de más de veinte minutos de sesudo análisis, se dio por vencido.
Pero aunque estaba cansado, al salir de la ducha se dio cuenta de que también estaba hambriento, probablemente porque no había sido capaz de deshacerse de esa molesta y acuciante certeza de que algo importante se le escapaba, y como sabía que no iba a poder conciliar el sueño en aquel estado, decidió hacerse un sándwich y sentarse frente al ordenador, buscando inspiración.
Revisó hasta el último de los manifiestos terroristas de los últimos tres años, intentando localizar algo que le llamase la atención, más allá de la evidente falta de cordura y fanatismo de los integrantes; pero no tuvo éxito.
Entonces se centró en las posibilidades que tenía Ava de acabar con la reputación de Christine, indagando en los compuestos químicos que Boosting Chemistry había desarrollado a lo largo de los últimos diez años.
Sebastian sabía que Ava no amenazaba sin fundamento y estaba muy preocupado por el futuro de la empresa de los Pearl, así que echó el resto; pero tampoco pudo llegar a identificar ningún producto concreto que tuviese suficientes efectos secundarios como para que Ava lo tomase como ejemplo para su venganza personal.
«Ella solo crearía una mentira plausible para que la balanza se inclinase en contra de la empresa, incluso aunque no existiese indicio alguno», se dijo, aún más preocupado que al principio.
Rendido a la evidencia de que Ava podía hacer lo que le viniese en gana para fastidiarlo, y seguro de que tendría que colaborar con ella por mucho que la idea le desagradara, consultó la hora en su móvil: las seis de la mañana.
Sorprendido al ver lo rápido que había pasado el tiempo, se fue a la cama; pero cuando llegó al borde de la misma, el cansancio pudo con él y se olvidó de cargar su teléfono móvil.
Así que, al despertar, tardó algo más de lo debido en comprobar la hora… Y en leer los mensajes pendientes.
Resopló, sintiéndose aún cansado, y conectó el cable al teléfono. Esperó un par de minutos para que este cogiese algo de carga y lo encendió.
—¡Las dos de la tarde! —exclamó, sorprendido—. Pero, ¿cómo he podido dormir tanto?
Se levantó de un salto de la cama, se lavó la cara con prisa y volvió al dormitorio, dispuesto a llamar a Richard para explicarle lo que había averiguado; pero entonces vio un mensaje de Whatsapp pendiente de ser leído, un Whatsapp de Christine.
Sonrió, feliz al darse cuenta de que ella lo echaba tanto de menos como él a ella, y se apresuró a abrir la aplicación para leerlo; pero su ilusión se esfumó enseguida, dando paso a una angustia visceral e incontrolable que se extendió a lo largo de su espina dorsal en el momento en que comprendió el sentido de lo que sus ojos estaban leyendo:
“Hemos terminado. Ni se te ocurra volver a llamarme”.
Se quedó sin aire, el dormitorio empequeñeció de repente y sintió un sudor frío que lo envolvió por completo, como si su cuerpo se diluyera y fuese tragado por un desagüe mientras veía desconsolado cómo todo se volvía negro a su alrededor.
Casi perdió la consciencia, pero se aferró a la imagen de Christine para mantenerse despierto en aquella cama, que de repente le pareció tan incómoda como la de un faquir.
¡Christine lo sabía! ¡Sabía que había estado con Ava! ¿Pero cómo? ¿Cómo?
Inmediatamente, la lógica hizo su aparición para mantenerlo a flote: Ava se había aprovechado de la situación, sabía muchas cosas sobre ella, demasiadas, según había podido comprobar la noche anterior. No debería haber cedido, no debería haber…
Con dedos temblorosos, marcó el contacto de Christine, desesperado por ofrecerle una explicación, la verdad que había decidido obviar la tarde anterior cuando tuvo la oportunidad de sincerarse con ella; pero su teléfono estaba apagado.
Insistió varias veces pero, como le ocurrió durante la madrugada con sus pesquisas, no tuvo éxito alguno.
Tenía que verla, inmediatamente.
Salió de su dormitorio y se lanzó escaleras arriba hacia el laboratorio, totalmente fuera de sí.
—¡Olivia! —exclamó, sobresaltando a su amiga, que aún dormía a pierna suelta—. ¡Olivia despierta!
Empezó a zarandearla, impulsado por la desesperanza que amenazaba con ahogarlo, y continuó haciéndolo incluso cuando Olivia le gritó que parase de una vez. No la escuchaba, no podía escuchar nada.
Entonces, y por primera vez en años, Sebastian se derrumbó.
—Me ha dejado…
Con su cabeza hundida entre sus manos, Sebastian sollozó aquellas palabras como si el mundo se hubiese esfumado, como si nada tuviera ya sentido, como si la vida se hubiese detenido en aquel cuarto para mirarlo a los ojos con compasión.
No lloraba, no podía, solo mostraba una mueca en su rostro, la expresión de un dolor profundo y desconcertante.
Olivia comprendió al instante lo que había ocurrido y, sin dudar un segundo, abrazó a su amigo y lo atrajo hacia sí. Empezó a acunarlo como si de un bebé se tratase, sin emitir sonido alguno, solo respirando acompasadamente para intentar infundirle un poco de serenidad.
Y cuando él dejó de temblar, preguntó.
—¿Pasó algo anoche? ¿Algo que yo no sepa?
Sebastian tardó demasiado en contestar, confirmando sus peores sospechas, pero finalmente, asintió.
—Ava me besó.
—Dios, Sebastian…
Olivia le retiró su abrazo y lo enfrentó con un reproche en su mirada antes de empezar con su retahíla de improperios; pero Sebastian se le adelantó.
—¡Yo no la besé! ¡Joder! ¡Se lanzó sobre mí, me cogió desprevenido y no pude reaccionar tan rápido como habría debido! —Su mirada era un ruego, Sebastian necesitaba que Olivia lo creyese en aquel preciso instante, aunque lo que decía pareciese una locura—. ¡Te lo juro! ¡Yo no la besé!
—No es a mí a quien tienes que convencer —dijo Olivia con voz grave.
—Lo sé —respondió, en un murmullo apagado. Sebastian volvió a colocar su cabeza entre las manos y se dejó llevar por el sentimiento de culpa, esa culpa que había visto reflejada en los ojos de su amiga.
—¿Has hablado con ella?
—No. Me ha enviado un mensaje de Whatsapp.
—¿La has llamado?
—Sí, pero tiene el móvil apagado —murmuró Sebastian.
—Voy a preguntarle a Meredith, a ver si puede confirmarnos qué ha ocurrido.
—Te lo agradezco —musitó.
Olivia no estaba segura de si estaba llorando o no, pero jamás había visto a su amigo en aquel estado.
Sin perder un instante, marcó el teléfono de Meredith, pero este también estaba apagado o fuera de cobertura.
Sebastian levantó la cabeza para comprobar qué había pasado y, al comprender que ninguna de las dos estaba operativa, se dejó caer en la cama, devastado.
—Jamás me escuchará —susurró—, y aunque lo hiciese, jamás me perdonará que le haya mentido.
***
Christine huyó a su dormitorio sin avisar a Meredith tan pronto como pudo caminar sin echarse a llorar; pero una vez dentro, dio rienda suelta a su dolor sin refrenarse.
No podía creer que Sebastian le hubiese hecho aquello aposta, algo le decía que había sido víctima de la crueldad desmedida de Ava; pero la imagen que Nathan le había mostrado era demasiado poderosa como para otorgarle a Sebastian el beneficio de la duda.
Entonces, y solo para reafirmarse en su dolor, hizo algo que no debería haber hecho.
«Envíame la foto, por favor», rezaba el mensaje que Nathan recibió en su móvil.
No tardó ni dos minutos en responder, adjuntando la serie completa de imágenes a una falsa disculpa; pero Nathan sonreía encantado mientras terminaba de cometer su fechoría.
En cuanto Sebastian apareció en su móvil besando a Ava, el dolor volvió a ahogarla, las lágrimas la cegaron de nuevo y, llena de ira, escribió otro mensaje, uno del que sabía que se arrepentiría segundos después de pulsar la tecla de enviar:
“Hemos terminado. Ni se te ocurra volver a llamarme”.
Entonces, sin pensárselo dos veces, estrelló el móvil contra la pared y se entregó al falso alivio que otorga la autocompasión bañada por amargas lágrimas y juramentos imposibles de llevar a cabo.
Pasó más de media hora hasta que llamaron a la puerta. No quería contestar, fuese quien fuese quien estaba al otro lado; pero la voz de Meredith atravesó la gruesa madera con una verdad tan simple que Christine no pudo continuar lamentándose a solas.
—Cariño, el dolor es más llevadero cuando es compartido. Déjame pasar, por favor.
—Pasa.
Meredith entró sin saber muy bien lo que ocurría.
Había visto marcharse a Nathan y le extrañó que Christine no lo acompañase, además de que él no se acercó a la piscina para despedirse.
Esperó unos minutos, suponiendo que Christine volvería, pero cuando pensó que ya había pasado demasiado tiempo, sacó a Bianca de la piscina y fue a buscar a Joanne.
—No sé qué ha pasado, no ha querido responderme ni que entrase en el dormitorio, pero estaba llorando, Meredith —explicó, muy preocupada.
—Voy a intentarlo yo. ¿Podrías quedarte con Bianca un rato?
Joanne asintió, entusiasmada con la idea de ocuparse de la niña, y Meredith se dirigió hacia el dormitorio de Christine.
Al llegar frente a su puerta, quiso poner el oído sobre la misma para averiguar si seguía llorando, pero no le hizo falta: los sollozos ahogados se escuchaban desde fuera con facilidad.
Y al entrar en su dormitorio, se le cayó el alma a los pies.
—¿Qué te ha dicho Nathan para que estés así? —preguntó, preocupada al verla tan acongojada.
—Sebastian… Sebastian…
Meredith se acercó a ella y la rodeó con sus brazos, permitiendo que se desahogase cuanto necesitara, y cuando los sollozos remitieron, siguió en silencio, esperando a que ella estuviese lista para hablar.
—¡Sebastian estuvo con ella! ¡Anoche estuvo con Ava! —exclamó Christine; e inmediatamente, los sollozos se convirtieron en gemidos desconsolados.
—Eso no puede ser, tiene que haber un error, Chris…
—¡Nathan me ha enseñado fotos, Meredith! ¡He visto cómo la besaba! ¡Y yo… yo…!
No pudo seguir, la angustia pudo con ella y se refugio en el regazo de Meredith mientras esta acariciaba su dorada melena con cariño.
—No puede ser cierto, tiene que ser un malentendido —musitó Meredith para sí, completamente confundida.
Y aunque concentró todo su esfuerzo en consolar a Christine y en enfadarse con Sebastian por provocarle aquella pena, su mente no dejaba de lanzarle avisos de que había algo más, algo que se les escapaba.
Sebastian no podía haber sido tan mezquino, ella sabía cuánto amaba a Christine…
¿La había besado? ¿En serio?
Tenía que hablar con Olivia.