Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Traición

—¡Qué a gusto se está aquí!

Meredith se sentía pletórica nadando en la piscina de los Pearl con Bianca, quien no dejaba de soltar grititos de felicidad.

Christine, tumbada en una hamaca, con un libro entre las manos y una pamela para evitar que los rayos del sol la cegaran, contemplaba encantada cómo su amiga y su bebé se divertían.

Echaba de menos a Sebastian, era la primera vez que se separaban más de unas horas desde que empezaron a vivir juntos y ya se había acostumbrado a estar con él.

Pensó durante unos instantes en el cambio tan radical que había dado su vida desde que ocurrió lo de Charles.

Aún no lo había superado del todo, le dolía mucho haber perdido a alguien tan valioso para su empresa, pero aún le dolía más no haberse dado cuenta de lo que tramaba hasta que fue demasiado tarde.

Gracias a Sebastian y a Olivia, y por supuesto a la intervención de Richard Fortress, todo se había resuelto.

Charles estaba en la cárcel, su empresa seguía funcionando y, aunque ella se había retirado momentáneamente del panorama, su nombre y el de su familia no habían quedado en entredicho. Sin embargo, todo había cambiado.

Sebastian lo había cambiado todo.

Sonrió con dulzura mientras recordaba sus expresiones: su ceño profundo cuando hacía deducciones a la velocidad del rayo, su gesto de asombro cuando ella le explicaba por qué no podía decirle a la gente directamente lo que se le pasaba por la cabeza o su sonrisa sincera cuando ella acariciaba su pelo, o simplemente mientras la escuchaba hablar animadamente.

Si alguien le hubiera dicho solo unos meses atrás que podría sentirse tan unida a una persona como ella se sentía a Sebastian, se habría reído a carcajadas.

No, ella no era ese tipo de mujer enamoradiza e inconsciente, ella era una empresaria de éxito, cabal y práctica, que siempre encontraría un pero a cualquier candidato a conquistar su corazón…

Pero llegó Sebastian. Y todo se volvió del revés.

—¿Por qué no te metes en el agua? —le dijo Meredith, que ayudaba a Bianca a hacer como que nadaba dentro de su flotador de seguridad—. Ya hace bastante calor, no son las diez de la mañana.

—Estaba pensando en Ash —confesó Christine ampliando su sonrisa—. Lo echo de menos, ¿sabes?

—¡Ay, el amor! ¡Qué ciegas nos deja! —exclamó Meredith, divertida—.

No, pero tienes razón. Yo también echo de menos a Olivia.

Desde que vivimos juntas, todo ha cambiado entre nosotras.

Al principio sentía que no confiaba en mí lo suficiente, pero desde que decidió abrirse, y especialmente desde que Sebastian te conoció, la relación pasó a otro nivel.

Y la verdad es que, ahora mismo, no me imagino la vida sin ella.

Ambas mujeres sonrieron, felices de haber encontrado a alguien que llenase sus corazones de aquella forma.

—Sebastian es un niño pequeño a veces, adoro esa inocencia, esa ilusión que aparece en su mirada cuando algo le llama la atención; pero cuando entra en modo detective…

¡Ufff! Toda esa inocencia se convierte en superioridad, en poder, y me vuelve loca ver cómo toma las riendas de la situación, cómo siempre encuentra un modo de lograr lo que desea. Es sencillamente fascinante.

—Se nos cae la baba a las dos —bromeó Meredith, suscitando la carcajada cómplice.

—¿Tú tienes relación con el padre de Bianca? —preguntó Christine, curiosa.

—No hay padre alguno —aclaró Meredith—. Bianca es hija de un donante de esperma.

—¡Oh! ¡No lo sabía! —exclamó Christine—. Lo siento, no he debido…

—No te preocupes, no hay ningún problema —la tranquilizó Meredith.

—He hecho suposiciones de más. He dado por sentado que venías de una relación anterior.

—No, yo jamás me he sentido atraída por ningún hombre, soy una lesbiana convencida —indicó, sonriendo—, aunque cada vez conozco a más mujeres que son bisexuales, como Olivia.

—Sí, la sociedad va abriendo su mente poco a poco —coincidió Christine—. ¿Y fue difícil? Me refiero a tomar la decisión de ser madre soltera.

—Llegó el momento, simplemente —respondió Meredith—.

Quería ser madre, pero siendo homosexual, lo tenía difícil por el método tradicional —bromeó—.

Al principio pensé en pedírselo a un amigo íntimo que no tenía pareja ni hijos, pero después pensé que no deseaba que nuestra amistad pudiese verse forzada por la existencia de un hijo; así que me armé de valor y pedí la donación.

—Es admirable. A mí me resulta difícil imaginarme siendo madre, incluso con una pareja a mi lado.

—¿Por qué? —preguntó con verdadero interés.

—Pienso en la enorme cantidad de horas que paso en la planta química, en todo lo que aún me queda por investigar para lograr que la BPCP funcione correctamente, y lo veo francamente imposible —dijo Christine, recostándose en la hamaca.

No había podido dejar de darle vueltas al asunto desde que su padre lo mencionó la mañana anterior, mucho menos, después de haberlo hablado con Sebastian y haber obtenido una respuesta tan inesperada como agradable.

—Desde luego, tener una pareja, ayuda. Aunque, en nuestro caso, con estos dos cabras locas que no paran quietos ni un instante, es casi como si fuésemos madres solteras —dijo Meredith, volviendo a provocar la carcajada—; no, no es así.

Aunque Olivia pase muchas horas en el trabajo, siempre es muy reconfortante tener a alguien con quien compartir la crianza, alguien que te escuche al final del día o que le cambie los pañales al bebé, aunque sea una sola vez.

—Sí, supongo que tienes razón —asintió Christine—. Aunque no sé si Sebastian sería capaz de parar un segundo para cambiar un pañal…

Ambas mujeres se miraron con complicidad y estallaron en carcajadas, esta vez, durante más tiempo.

—Los hombres maduran, aunque creamos que nunca lo harán. Y como has dicho antes, Sebastian se crece ante la adversidad. Estoy segura de que sería un padre magnífico…

—¡Christine! —La voz de Joanne interrumpió la interesante conversación. Christine se giró para mirar a su madre y vio sorprendida que Nathan la acompañaba—. ¡Mira quién ha venido!

—Ese chico no termina de gustarme —comentó Meredith en voz baja—. Y perdona que me meta donde nadie me llama, pero hay algo en él que me da mala espina…

—Sebastian me dijo lo mismo el otro día —murmuró Christine, fingiendo una sonrisa mientras saludaba a Nathan desde lejos—; y puedes meterte en todo lo que quieras, somos amigas, Meredith, y aprecio muchísimo tu opinión.

Meredith y Christine se miraron a los ojos y asintieron con una sonrisa, sabiendo, sin necesidad de explicar nada más, que podían contar con la una con la otra.

—Bueno, veamos qué viene a buscar tu amigo Nathan…

—¡Buenas tardes! —exclamó Nathan al llegar junto a la hamaca de Christine—. ¡Veo que estáis disfrutando del día soleado!

Nathan parecía un merengue, con su pantalón de lino blanco, su camisa blanca, remangada por encima de los codos, y su sombrero blanco de paja, ribeteado con un lazo color borgoña que le aportaba ese toque final de cereza encima de un pastel.

Christine no pudo evitar sonreír ante la imagen tan ridícula que su amigo presentaba, sobre todo siendo tan pálido de piel como era, pero consiguió disimular la razón de su diversión.

—Estamos vagueando al sol, disfrutando de la buena compañía —respondió Christine.

—Eso me decía tu madre, que Olivia y Sebastian se marcharon ayer por la mañana, muy temprano.

—Así es, ha surgido un caso que requería de su presencia con urgencia.

—Ya veo.

La expresión risueña de Nathan se veía tensa y forzada. Tras su sonrisa, Christine notó que ocultaba algo, algo que lo incomodaba y que estaba deseando soltar.

—¿Por qué no te bañas con nosotras? —dijo Meredith, a sabiendas de que el petimetre no venía preparado para tomar un baño en la piscina.

—De hecho, solo he pasado a saludar y…, bueno, porque quería comentarle una cosa a Christine —respondió Nathan, con una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—Dime, ¿qué ocurre?

—¿Podemos hablar… a solas?

Christine frunció el ceño, no esperaba que él le pidiese algo así. Incómoda, miró a Meredith y después a Joanne, quien le lanzó una sonrisa y se excusó para volver adentro de la casa.

—Tranquila, Christine, Bianca y yo tenemos diversión para rato —dijo Meredith.

—Está bien, vayamos al merendero —aceptó, levantándose de la hamaca y poniéndose una bata de seda sobre el traje de baño.

Christine y Nathan se alejaron de la piscina en dirección al centro del inmenso jardín, donde se alzaba un merendero idílico, de color blanco y planta circular, rodeado de fragantes flores y de estilizadas columnas, entre las que habían sido colocadas varias enredaderas para darle al espacio un toque aún más bucólico.

Christine pasó adentro, tomó asiento en el mullido cojín del “tú y yo” que ocupaba el centro del círculo y le indicó a Nathan que se sentase a su lado.

—Prefiero quedarme de pie, así me resultará más fácil contarte lo que tengo que contarte.

La falsa sonrisa desapareció inmediatamente de la expresión de Christine, dando paso a una mirada de preocupación.

—Me estás asustando, Nathan.

—Iré al grano, esto es demasiado incómodo —enunció, nervioso—. Ayer estuve en Londres, tenía una reunión ineludible con unos inversores y estuve cenando con ellos en el centro.

—¿Hay algún problema con tu empresa? —se aventuró Christine, sinceramente preocupada.

—No, gracias a Dios, todo fue muy bien; pero…, bueno, al salir, fuimos a tomar unas copas y…

—¡Nathan, por Dios, habla ya! —exclamó Christine, empezando a ponerse nerviosa también.

—Anoche vi a Sebastian con una mujer.

Automáticamente, Christine dejó de respirar y fijó su mirada en su amigo, buscando algún gesto que su sistema limbico interpretase como una anomalía, como que algo no encajaba del todo y desterrase esa duda que su amigo acababa de plantar en su mente.

Escudriñó su mirada unos segundos más, deseando que aquello fuese alguna especie de broma de mal gusto, o un intento desesperado de Nathan por llamar su atención; pero no encontró atisbo alguno de falsedad en su mirada, ni tampoco en su rostro.

—¿Qué… quieres decir exactamente? —tartamudeó.

—Que Sebastian cenó ayer con una mujer en uno de los restaurantes más chic de Londres y… bueno, que los encontré en una actitud muy íntima.

—¿Cómo de íntima? —inquirió Christine apresuradamente.

—Tan íntima como para besarse en la puerta del restaurante.

Un pitido sordo se hizo presente en los oídos de Christine, se le secó la boca y los ojos se le abrieron como platos.

Pensó en Ava, sabía que había sido ella, y empezó a sentirse fatal por no haber acudido al ruego de Sebastian la mañana anterior.

Pensó que ella se habría aprovechado de la situación, que lo habría cogido desprevenido…

Y todas esas disculpas desaparecieron de golpe al recordar que él le había prometido que la avisaría si Ava volvía a aparecer.

Le había mentido, probablemente porque ya sabía que ella estaba merodeando. Y por si fuera poco, había quedado con ella para cenar. Así que nada de desprevenido, Sebastian sabía perfectamente a lo que se enfrentaba.

Y aun así, no le había dicho nada a ella.

—No puede ser —balbuceó, confundida, incapaz de creer que él la hubiese traicionado de aquella forma—, tiene que haber un error, Nathan.

—Supuse que pensarías algo parecido, así que me aseguré de… tomar fotos —murmuró, fingiendo sentirse avergonzado.

—¡Enséñamelas! —lo urgió.

—Sé que he ido demasiado lejos, sé que no debería haberlo hecho, pero me dolió tanto ver cómo ese estúpido aprendiz de detective te estaba engañando, que no pude reprimirme…

—¡Que me las enseñes, te digo! —insistió Christine, totalmente fuera de sí.

Nathan asintió, se sentó junto a ella con cuidado y, tras desbloquear la pantalla de su teléfono móvil, le mostró a Christine la prueba del delito.

Y lo que vio, le dio ganas de vomitar.

Sí, era Sebastian, no había posibilidad de duda.

Y su acompañante era Ava, como no podría ser de otra manera.

Christine fue deslizando fotografía tras fotografía, asombrándose un poco más con cada toma.

Primero vio cómo Sebastian se quedaba en la puerta del restaurante, muy derecho y con semblante serio; después, Ava se acercaba a él.

En las siguientes fotografías, se apreciaba cómo la conversación se extendía, provocando tensión en el rostro de Sebastian…

Hasta que llegó a la última de todas: Ava, colgada del cuello de Sebastian, besándolo apasionadamente.

Sintió de nuevo la náusea, no solo por lo que estaba contemplando, sino por haber sido tan estúpida de confiar en él. Amplió la imagen con sus dedos en un último intento esperanzador de comprobar el gesto de su amante mientras besaba a aquella arpía, rogando que sus ojos delatasen su sorpresa…

Pero los encontró cerrados.

Y aquello la remató.

—Siento ser el portador de tan malas noticias —mintió Nathan—, pero creo que merecías ver esto.

—Márchate —murmuró Christine, devolviéndole su móvil y apartando su mirada.

—Christine, siento mucho lo que ha ocurrido, por favor, no te enfades conmigo. Yo solo soy el mensajero.

—Nathan, te lo ruego, déjame sola —insistió con un hilillo de voz.

—Está bien. —Nathan se levantó del asiento, pero cuando bajó el primer escalón del merendero, se volvió hacia Christine una vez más—. Si me necesitas, ya sabes donde encontrarme.

Christine asintió sin mirarlo, no deseaba que él comprobase con sus propios ojos cuánto daño le había causado con aquella información.

Sus lágrimas rodaban profusamente por sus mejillas y, cuando se supo a solas, hundió su rostro entre sus manos y se abandonó al dolor que amenazaba con partirla en dos.

—No sé cómo he podido ser tan tonta —murmuró, deshaciéndose en lamentos ahogados.