Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 14 #2
38%

Capítulo 14 #2

Sebastian dejó de prestarle atención al estúpido armario en cuanto escuchó el tono de voz de su amiga. Se giró hacia la luz y, también boquiabierto, empezó a acercarse a Olivia.

—¿Qué es todo esto?

Una enorme montaña de lo que parecían sacos de pienso para animales se alzaba frente a ellos. Ambos se acercaron despacio para averiguar qué contenían aquellos cientos de sacos, apilados sin un orden concreto, y tomaron conciencia poco a poco de la magnitud de la estancia en la que se encontraban.

—Parece comida para perros —comentó Olivia.

—Y está por todas partes —dijo Sebastian, mirando a su alrededor.

Olivia hizo lo propio, e intentó contar mentalmente cuántos kilos de lo que fuera aquello había allí guardados. Eran muchas toneladas, demasiadas.

—Es como un almacén gigante —comentó con asombro.

—Pero esto no es comida para perros —dijo Sebastian, acercándose aún más a aquella ingente acumulación de costales. Olivia acercó la lámpara a uno de ellos y empezó a leer la composición en voz alta

—Nitrógeno, Fósforo, Potasio…, aquí hay más, espera…

—Esa es la composición de un… ¿fertilizante? —dijo Sebastian, intentando hacer memoria.

—¿Fertilizante? ¿Bajo la Torre de Londres? ¿Y para qué? ¿Para abonar los jardines?

—La lluvia ya es suficiente abono —objetó Sebastian.

—No, no lo es —lo contradijo Olivia, mirándolo con superioridad. Sebastian calló unos segundos, alzó una ceja condescendiente y prosiguió.

—En cualquier caso, si se utilizasen abonos, no tiene mucho sentido apilarlos aquí, no es que sea precisamente un sitio muy accesible para los trabajadores.

—¿Hay mucha distancia hasta la entrada principal? No me hago a la idea con tanta oscuridad.

—Suficiente como para convertir una tarea ardua en imposible —aclaró Sebastian.

—Quizá las apartan para evitar que el olor se filtre a las zonas concurridas, no querrán que los turistas dejen de venir porque la Torre de Londres huele a caca de caballo —murmuró Olivia, intentando ser graciosa.

—Hmmm…, eso o alguien quiere ocultárselos a los de mantenimiento.

Y no seas antigua, los fertilizantes actuales tienen más química que residuos orgánicos, Olivia.

Así son más eficaces y las personas se ahorran tener que convivir con el hedor —explicó Sebastian con suficiencia—.

Tenemos que ver si hay más. Esa puerta lleva hacia los jardines del recinto, así que esa otra —Sebastian señaló hacia otro pasillo que empezaba más adelante, tan oscuro como la estancia en la que se encontraban—, debe llevar hacia el Támesis.

—Y ahora nos convertimos en la rubia de Scary Movie: directos hacia una muerte segura —dijo Olivia, medio en broma.

Sebastian sonrió ante la ocurrencia de su amiga y echó a andar hacia el pasillo, con cuidado de no cortarse con nada. Habían caminado tan solo unos doscientos metros a través de aquella estrechez cuando el techo empezó a descender sobre sus cabezas, anunciando que se adentraban en el cauce del río.

—Ahora lo que falta es que a esta maldita estructura le dé por reventar tal día como hoy —gruñó Olivia, asustada y enfadada.

—Estos pasadizos llevan siglos aquí, creo que el riesgo de muerte por ahogamiento es menor del uno por ciento —se mofó Sebastian, intentando que ella se relajase—. Lo que sí llevo notando un par de minutos es la subida drástica de temperatura.

—Claro, el espacio es más pequeño y aquí debe haber muchísima humedad, por lo que la temperatura sube forzosamente. Y no me lo recuerdes, esto debe ser un atractivo criadero para toda clase de alimañas inmundas —dijo Olivia, asqueada ante la imagen que llevaba unos minutos rondando su mente.

—De eso estoy seguro —murmuró Sebastian, observando cómo las ratas campaban a sus anchas en los surcos naturales de la pared del pasadizo.

Cuando llevaban caminando algo más de diez minutos, y aunque habían avanzado muy poco, debido a la precaución con la que se movían, el camino volvió a ensancharse y, de repente, se encontraron en otra estancia, aún más grande que la anterior, en la que el olor a fertilizante era mucho más potente.

—¡Sebastian! ¡Aquí hay un cuadro de luces! —exclamó Olivia, lanzándose sobre la pared izquierda de aquella inmensa caverna. Sin embargo, al accionar los pulsadores, no sucedió nada en absoluto, frustrando sus esperanzas.

—Parece que tenías razón, ni siquiera tienen el mantenimiento mínimo —comentó Sebastian—. Esto lleva vacío siglos, aquí nadie se ha gastado una sola libra, Olivia. Por lo que resulta aún más extraño que la montaña de sacos aquí se haya multiplicado… por cuatro.

Olivia se olvidó momentáneamente del extraño cuadro de luces y alumbró hacia donde estaba Sebastian. Si en la primera estancia la cantidad de sacos era sospechosa, la que albergaba aquella segunda estancia era realmente alarmante.

—Vale, esto no está aquí para abonar los jardines, con esto se podría abonar toda la ciudad durante años —concedió.

—Demasiada química junta en un lugar en el que la temperatura es constante y muy alta —expuso Sebastian, más para sí mismo que para que Olivia lo escuchase.

—Es cierto, estoy sudando —apreció Olivia, dándose cuenta de repente del calor que sentía.

—Tenemos que tomar una muestra, necesito que Christine la analice lo antes posible. Con estas condiciones de humedad, nos encontramos frente a un fabuloso caldo de cultivo para poder desencadenar algún tipo de reacción energética.

Sebastian se acercó a uno de los sacos, lo rajó con cuidado y, tomando como recipiente la mitad del mismo, se hizo con una generosa muestra del compuesto.

—El pasillo continúa hacia adelante —dijo Olivia, acercándose al otro extremo de la enorme estancia—. Imagino que habrá varias estancias como esta a lo largo del mismo.

—Eso por descontado —murmuró Sebastian.

—¡Alguien ha debido introducir todo esto aquí! Quiero decir, ¡todos estos sacos deber rezar en algún listado! Son demasiados para que hayan pasado desapercibidos.

—O alguien ha permitido que otro alguien los introdujese aquí, alguien dispuesto a no hacer preguntas y a llenarse los bolsillos de dinero sin declarar —arguyó Sebastian.

—Pero, ¿para qué? ¡Es solo fertilizante!

—Si no me equivoco, los químicos que componen este abono, expuestos a la temperatura idónea, liberan sustancias tóxicas, cuanto menos, para la salud. Y me da la impresión de que este lugar tiene la temperatura perfecta para ello.

Instintivamente, Olivia empezó a respirar más despacio, asustada por lo que pudiera estar flotando en el ambiente.

—¿Y qué es lo que planean? ¿Asfixiar a alguien aquí dentro hasta que muera? ¿Es algún tipo de tortura moderna?

—Puede ser eso… o puede ser otra cosa —musitó Sebastian, mirando apreciativamente a su alrededor—. Lo que está claro es que necesitamos a Christine aquí lo antes posible, ella es mucho más experta que yo en este campo. Y también significa que ya podemos marcharnos a casa.

—¡Por fin! —exclamó Olivia—. Ahora, eso sí, no pienso volver a tirarme al foso ese del demonio.

—No. Ahora sí que podemos salir por la puerta principal.