Capítulo 14
Bajo La Torre
La oscuridad que esperaban no les acompañó aquella noche.
El verano estaba en pleno apogeo, por lo que los acostumbrados nubarrones que amenazaban lluvia eran menos numerosos que de costumbre.
Además, la mejora en las temperaturas empujaba a muchos ciudadanos a pasear por las zonas más emblemáticas a deshora, sin mencionar a la cada vez mayor horda de turistas que se acercaban al anochecer al puente de la Torre, tanto para disfrutar de las vistas que ofrecía como para tomar fotografías nocturnas de la magnífica pasarela.
Sin embargo, la inusual afluencia de público no desanimó a Sebastian, que se dirigió resuelto hacia el grandioso edificio una vez que alcanzaron la orilla del río.
Olivia se acercó a la puerta principal, valorándola como una opción, pero Sebastian la detuvo con un gesto y continuó avanzando paralelamente a la gruesa muralla que rodea todo el perímetro.
—Hay un acceso muy antiguo, una puerta que está actualmente en desuso, pero que se utilizaba antaño a menudo para llegar a la Torre con los reos que iban a ser condenados a la horca, para conducirlos a las mazmorras.
—Te refieres a la puerta de los traidores.
—Exacto.
—Está cerrada a cal y canto —dijo Olivia al punto.
—Ese no es el mayor de nuestros problemas. La dificultad es que la guardia de entonces utilizaba barcas para acceder, pero nosotros no disponemos de nada parecido.
—¿Vamos a tener que nadar? —preguntó Olivia, horrorizada.
—No. Entraremos vadeando.
***
La idea de “vadear” que tenía Sebastian distaba mucho de lo que Olivia había imaginado.
Al llegar junto a la puerta, y después de comprobar sucintamente que nadie miraba, Sebastian se quitó la chaqueta, la camisa y los zapatos y los escondió en un rincón.
Al incorporarse, miró a Olivia con extrañeza.
—¿A qué esperas? ¡Ahora no hay nadie cerca! —la urgió.
—¡No pienso quedarme en ropa interior en pleno centro de Londres! ¿Estás loco?
Sebastian suspiró, mirándola con un reproche en su expresión.
—Te recuerdo que esta no es una ciudad precisamente muy pudorosa, ya tenemos no sé cuántas celebraciones del día de yo no sé qué en la que los ciudadanos se despelotan por mucho menos, incluso en el metro.
—¡Me da exactamente igual! ¡No voy a desnudarme! ¡Y mucho menos voy a meterme en ese agua pestilente que rodea al castillo! —exclamó, horrorizada.
—Al agua no le pasa nada, y solo vamos a estar unos minutos…
—¿Que no le pasa nada? ¡Ahí vamos a pillar una infección, como mínimo!
—Está bien, pues quédate aquí —sugirió Sebastian, encogiéndose de hombros—. Yo voy a entrar.
Y sin más dilación, Sebastian se introdujo en el agua verdosa que discurría bajo el arco de la puerta de los traidores, cuidándose mucho de mantenerse pegado a la pared.
Según Olivia pudo observar, en esa zona el agua solo le llegaba a la cintura, y Sebastian pudo avanzar con rapidez y sin mojarse demasiado.
—¿Pero cómo vas a atravesar la puerta? ¿No ves que está cerrada? —gritó Olivia, sin importarle llamar la atención.
Sebastian no contestó, se limitó a actuar.
Cuando Olivia vio cómo su loco compañero trepaba por la reja que mantenía cerrado el paso para colarse por un resquicio a través del cual, según le parecía a ella, era imposible pasar, se quedó anonadada; pero al comprobar que Sebastian lo atravesaba sin mayor dificultad, volvía a meterse en el agua y desaparecía de su vista en un abrir y cerrar de ojos, exhaló un suspiro de indignación.
Maldiciendo entre dientes, Olivia se quitó su ropa, la colocó junto a la de Sebastian y, en ropa interior, siguió a su amigo en la descabellada proeza en la que se había embarcado sin dudar.
Una vez que llegó a la reja, se dio cuenta de que el resquicio que le había parecido minúsculo no era tan pequeño, y que podía atravesarlo con facilidad.
Así lo hizo y, un minuto más tarde, Sebastian le tendía la mano desde el borde de una de las cornisas que rodeaban aquella especie de foso en el que terminaba el acceso a la Torre.
Se quedó mirándolo perpleja, no comprendía cómo él había podido trepar sin ayuda hasta allí. Por mucho que miró a su alrededor, no encontró ninguna zona más accesible que otra, estaba rodeada por paredes totalmente lisas de más de metro y medio de altura.
—¿Qué eres, el hombre araña? —preguntó, dándole la mano.
—Soy ágil —respondió Sebastian sin darle demasiada importancia.
—Demasiado ágil, me parece a mí —gruñó mientras él la alzaba—. ¿Y cómo sabías que vendría?
—Porque te conozco.
—¿Soy tan previsible? —gimió Olivia al salir del agua.
—No, eres una gran policía, por eso estaba seguro de que no podrías rechazar mi invitación, por muy disparatada que fuera. Y por cierto, estás preciosa en ropa interior —se burló Sebastian, provocando un ceño adusto en su compañera.
—Hmmm, cállate, tengo frío —se quejó, avergonzada.
—¡Pero si apenas te has mojado!
—Hasta las costillas, ¿te parece poco? Yo soy más bajita que tú, guapo.
—Pero yo no me he quitado los pantalones por deferencia hacia ti, así que estoy mucho más mojado que tú, y aún no me he quejado.
—Por mí… pue-edes quitártelos también —gruñó, malhumorada—, no voy a asust-tarme a estas alturas.
Olivia temblaba. Aunque no hacía ya tanto frío, Londres de noche siempre es un poco gélida, y Sebastian no pudo evitar echarse a reír ante la estampa que su amiga presentaba.
Ofuscada, Olivia se obligó a concentrarse en la razón por la que se encontraban allí, así como en odiar a Sebastian profundamente por haberle hecho meterse en aquella charca inmunda que debía estar llena de bacterias, parásitos y peces mutantes.
—Démonos prisa —la instó Sebastian—. Tienes frío y yo también. Mientras antes logremos averiguar qué hay aquí dentro, antes podremos volver a casa.
—No me hagas pensar en lo que acabo de hacer, ni en lo que voy a pisar a partir de ahora con mis pies descalzos.
Sebastian miró a su alrededor, buscando algo con lo que cubrir los pies de ambos, no por temor a posibles animalillos o insectos, sino a clavarse algún hierro oxidado.
Empezó a caminar hacia el pasillo que se encontraba frente a ellos bajo la curiosa mirada de Olivia, que se preguntaba qué era lo que estaba buscando su amigo; pero en cuanto Sebastian desapareció dentro de aquel pasillo, tan oscuro como la boca de un lobo, Olivia salió de su ensimismamiento, se olvidó de que estaba aterida y siguió los pasos de Sebastian.
—¡Maldita sea! —exclamó él, unos metros más adelante, a juzgar por lo amortiguado de su voz—. ¡He dejado el móvil en mi chaqueta, joder! ¡Aquí no se ve nada! ¿Traes tu móvil?
—Sí, claro, dentro de mi sujetador —soltó sarcástica, provocando que Sebastian mascullase otra maldición.
Olivia sonrió al oírlo. Avanzó despacio hacia donde creía que estaba su compañero, totalmente a ciegas, hasta que se topó de bruces con su cuerpo y soltó un grito, asustada.
—¡Joder! ¡Que eres tú! —exclamó.
—¿Y quién iba a ser si no? ¿El fantasma de Canterbury? —se burló Sebastian.
—No seas imbécil. Me he asustado porque creía que estabas más lejos. No veo nada, igual que tú.
Sebastian se quedó en silencio unos segundos, valorando sus opciones.
Olivia volvió a temblar, una ráfaga de viento helado se colaba de vez en cuando por alguna grieta y acababa de impactarle de lleno.
Sebastian se acercó a ella y le pasó el brazo por encima, acercándola a su cuerpo para ofrecerle el poco calor del que disponía.
Olivia estuvo a punto de protestar, pudorosa ante la incómoda situación; pero en el momento en que sintió la piel caliente sobre la suya, se arrebujó contra Sebastian.
Sin darse cuenta, su mente dibujó la imagen del torso desnudo de su amigo, un torso que conocía bien y que jamás le había llamado la atención; sin embargo, le sorprendió muchísimo en aquel momento, pero no mantuvo su sorpresa en secreto.
—¡Vaya! Christine debe estar contentísima contigo —susurró.
—¿Y eso por qué?
—No me imaginaba que tuvieras tantos músculos, Sebastian. Te creía más…
—Débil —completó.
—No. Menos… trabajado.
—Tengo una genética agradecida, simplemente.
—O sea, que esto que estoy tocando no es de gimnasio —se atrevió, paseando sus dedos sobre su musculoso vientre.
—Hago ejercicio, pero no tanto. Siempre he tenido una figura fibrosa, por lo que cualquier esfuerzo tiene recompensa inmediata. Al menos, de momento.
—Ya veo, ya —terminó Olivia, separándose un poco. De repente, ya no sentía frío alguno y le pareció aún más incómoda la situación.
—Demasiado tiempo sin disfrutar de los torsos masculinos —bromeó Sebastian, ganándose un codazo de su amiga en el pecho—. ¡Ugh! ¡No seas bruta!
—Te lo has merecido. Anda, centrémonos. Si como dices, estos pasillos tienen mantenimiento, debe haber algún armario con linternas y otras cosas por aquí cerca…
Olivia se soltó de Sebastian y, a tientas, buscó la pared más cercana y empezó a seguirla hasta llegar a la esquina de la enorme estancia en la que se encontraban.
Cuando estaba a punto de darse por vencida, tropezó con una silla, maldijo al operario que la había dejado allí y a toda su familia y, frotándose la rodilla, se giró hacia donde creía que estaba Sebastian.
—He encontrado una mesa y una silla —anunció.
—Ya, te he oído —se mofó su compañero—. ¿Hay algo más?
Olivia siguió tanteando y, efectivamente, encontró una especie de armario pequeño, lo abrió con rapidez y, después de tocar innumerables objetos que no supo identificar, encontró lo que parecía que era una lámpara.
—¡Bingo! —exclamó llena de entusiasmo, iluminando a Sebastian con el haz de luz.
—Genial.
Sebastian se acercó a ella y revisaron el armarito en busca de alguna cosa que pudieran usar como calzado. Más interesada en lo que había a su alrededor, Olivia se separó de él, anduvo unos metros y, boquiabierta, contempló la respuesta a todas sus preguntas.
Una respuesta gigantesca.
—Sebastian, ven a ver esto.