Capítulo 13
Descarada
Cenó rápido, no tenía intención de quedarse con ella ni un segundo más de lo necesario.
Se limitó a contestar con monosílabos a las preguntas de Ava y con alguna pulla elaborada a sus sugerentes indirectas.
Cuando dio por terminada la cena, Sebastian pidió la cuenta, pero Ava le sonrió al camarero que había acudido, el cual informó a Sebastian de que la cena ya había sido abonada.
—Supongo que debo agradecer la cena a tu patológica necesidad de control —le dijo, una vez que el camarero desapareció.
—No necesito tener el control, lo tengo, sin más —respondió Ava, levantándose para encabezar la comitiva hacia la salida—. Y no es patológico, es simplemente la consecuencia de años de observación, de espera e intuición confirmada por los acontecimientos.
—Debe ser agotador vivir pendiente de lo que hacen los demás para sentirse reafirmado —se burló, solo para intentar mortificarla.
Habían llegado al guardarropa, donde una elegante señorita aguardaba a Ava con su chaqueta y una sonrisa en sus labios.
Al llegar junto a ella, Ava se giró hacia Sebastian, instándole con ese gesto a que él se la colocase sobre los hombros, cosa que, tras un resoplido de hastío, se apresuró a hacer.
—¿Ves? —dijo Ava, dirigiéndose hacia la puerta del restaurante—. Todo es una sucesión de acontecimientos causa-efecto, cariño, incluso un hombre tan inteligente como tú está sujeto a esa concatenación natural.
—Se llama educación —respondió, molesto por la evidencia de sus palabras.
—Tú lo llamas educación; en mi mundo, es poder.
Sebastian puso sus ojos en blanco, exasperado por la constante demostración de superioridad de Ava.
Sabía que, en parte, ella tenía razón, pero también pensaba que ese incesante alarde de sus habilidades escondía un profundo complejo de inferioridad que jamás había llegado a saber de dónde partía.
Ava le había desvelado algunas cosas de su pasado, pero nunca demasiado comprometedoras, nada que pareciese que le hubiera afectado tanto a nivel emocional como para haberse convertido en la fría joven que conoció en la universidad, y que, años más tarde, se había concretado en una especie de femme fatale con aires de protagonista de novela de Noah Gordon.
Dispuesto a terminar cuanto antes con aquel encuentro, Sebastian la siguió a la calle, pero permaneció junto a la puerta del restaurante, esperando a que el chófer de Ava apareciese para recogerla.
Ella avanzó unos metros, pero al ver que él no la seguía, se giró para mirarlo y alzó una ceja inquisitiva.
—¿Quieres que te lleve a tu casa?
—No hace falta, puedo ir solo —respondió Sebastian en un gruñido.
—¡Oh, vamos! ¿Tienes miedo de que te secuestre?
—No creo que quieras secuestrarme —respondió, clavando su mirada en la de ella—. Prefiero caminar, tengo asuntos pendientes en los que pensar.
Ava se acercó a él contoneando sus caderas.
Aquella noche había escogido unos tacones de aguja especialmente altos, por lo que su presencia era imponente incluso para el metro ochenta y siete de Sebastian.
Al llegar a su lado, Ava levantó el mentón para enfrentarlo, intentando provocar alguna reacción en su posible víctima.
—Jueguecitos aparte, quiero que sepas que estoy segura de que, si yo lo deseara, caerías rendido a mis pies —susurró, con su mirada clavada en los labios de Sebastian.
—Piensa lo que quieras.
—Todo es cuestión de oportunidad, Bash, y de saber aprovecharla.
—Conmigo no vas a tener esa ventaja, porque yo no pienso darte ninguna…
No lo dejó terminar, deseaba demasiado lograr que se diese cuenta de que había bajado la guardia, de que intentar controlar la situación no le iba a servir con ella, de que estaba equivocado por completo si creía que tenía la sartén por el mango.
En un movimiento brusco, Ava agarró a Sebastian por el cuello, cruzó aquella vieja barrera que había levantado ella misma entre ambos hacía años y estrelló sus labios contra los del detective.
Él tardó en reaccionar. En primer lugar, se dio cuenta de que había perdido la batalla, una batalla estúpida en la que ni siquiera pensó que estaba participando; en segundo lugar, se sorprendió amargamente al comprobar que Ava podría haber cometido aquel ataque directo contra su persona en cualquier momento desde que se conocieron, pero que jamás lo había hecho, solo por respeto hacia su decisión incorruptible de no involucrarse sentimentalmente con ninguna mujer.
Y en tercer lugar, aunque solo fuese un segundo más tarde, le sobrevino la imagen del desastre, del rostro crispado de Christine al descubrir que él, la persona a la que había advertido de que aquello que estaba ocurriendo podía pasar, por mucho que él creyese que tenía la situación bajo control, estaba pasando.
Y de la decepción más profunda anegando su mirada.
—¿Pero qué haces? —escupió, apartándola de su cuerpo—. ¿Cómo te atreves a invadir mi espacio personal?
—Ese era tu espacio personal, ahora es espacio público, lo es desde que se lo cediste a la rubia estirada de Christine Pearl —se ensañó.
Sebastian se acercó de nuevo a ella con una mueca feroz en su rostro, tanto como para intimidar a cualquiera, y gruñó una maldición.
—Es mi espacio personal. Es mío, por eso puedo hacer con él lo que quiera, por eso puedo cedérselo a cualquier persona, si me place. Y tú no tienes derecho a tomarlo por tu cuenta. No tienes derecho sobre mí, Ava, por mucho que tu retorcida mente haya concluido que así es.
Ava no se movió un solo milímetro, estaba disfrutando enormemente de aquel ataque de ira irrefrenable, y le lanzó una sonrisa condescendiente mientras lo miraba fijamente a los ojos.
—Solo te he demostrado lo evidente, ya que te habías empeñado en no creerme.
Puedo besarte cuando me plazca, te guste o no, precisamente porque he sabido aprovechar la oportunidad.
Y lo siento, pero no he visto el rechazo inmediato que esperaba; de hecho, parecía que lo esperabas… Y que lo estabas deseando.
—Tengo mis necesidades perfectamente satisfechas —la rebatió con desprecio—, pero si tuviese que desear algo así, tú no estarías en el catálogo de opciones. A ver si lo comprendes de una maldita vez.
—Otra frase más típica de un quinceañero enamorado hasta las trancas. Empiezo a pensar si puedo confiar en alguien tan inestable y emocionalmente inmaduro como tú, Bash.
—Y yo empiezo a plantearme si debería irme a Italia esta misma noche, en lugar de ponerme a trabajar para intentar que no mueras.
Ava sonrió, aceptando la pequeña derrota. Se separó de él lo suficiente para no seguir siendo una amenaza y le sonrió con desdén.
—Tú mismo. Ya conoces las consecuencias, así que tú decides. Buenas noches, Sebastian.
Justo en aquel momento, el coche de Ava hizo su aparición en la puerta del restaurante, sorprendiendo una vez más a Sebastian por la milimétrica exactitud con la que los acontecimientos se desarrollaban cuando Ava estaba implicada.
Permaneció rígido, siguió sus felinos movimientos en silencio, y no fue hasta que el coche se perdió en la esquina de la calle que pudo pensar en las consecuencias de lo que acababa de ocurrir.
Nervioso, miró a un lado y a otro, esperando encontrarse con la expresión de profundo desengaño escrita en el rostro de Christine; pero ella no estaba allí.
De hecho, no había nadie en toda la calle.
Sebastian se detuvo unos instantes para intentar recordar si había alguien merodeando cuando salieron del restaurante, si su mente inquieta había registrado algún movimiento sospechoso detrás de los arbustos que servían como marco de entrada, o tras alguna de las ventanas del edificio de enfrente; pero no encontró nada.
Respiró hondo y, un poco más calmado, comenzó a pasear a lo largo de la acera poco concurrida. Pero no llegó a caminar más de veinte metros. Había fraguado un plan de acción en tan solo unos segundos, en lo que tardó en olvidarse de Ava y centrarse en el caso.
Entonces, hizo una llamada.
—¿Qué ha pasado? —La voz de Olivia sonaba empalagosa debido al sueño, intuyó Sebastian.
—Estoy en tu casa en doce minutos. No me hagas esperar, tenemos algo muy importante que hacer esta noche.
***
—Cuéntame, ¿qué tenemos? —preguntó Olivia al entrar en el taxi.
—La confirmación de que Scotland Yard es ciego, aunque no muy justo, según mi propia experiencia —se mofó Sebastian—.
Como pensaba, el asunto de los terroristas no estaba zanjado, ni de lejos.
Richard nos dijo que lo habían acusado directamente y Ava ha reconocido que conoce a varios de los cabecillas que han sido arrestados, han pasado por su mesa de operaciones en alguna ocasión.
Así que es por ahí por donde debemos empezar.
—¿Ava ha operado a los cabecillas?
—Está muy bien relacionada, pero eso mismo la pone en el ojo del huracán —musitó Sebastian.
—Pero entonces, no sé cuál es la urgencia. Ava sabe quién está detrás de todo esto, Richard saldrá en breve de la cárcel y nosotros podemos volver a Italia a pasar el resto de la semana con las chicas. No hay nada que resolver —dijo Olivia, encogiéndose de hombros.
—Ava no sabe exactamente quién está tan interesado en callarla para siempre, puede que sea alguno de los terroristas, puede que no; pero sí que ha señalado la ubicación de la célula terrorista como zona cero para empezar a investigar.
Y si a eso le sumamos lo que nos dijo mi tío, creo que vamos bien encaminados.
Así que tú y yo vamos a colarnos en los pasadizos que cruzan el Támesis para averiguar qué es lo que se esconde allí tan celosamente.
Scotland Yard ha tenido casi una semana para indagar y no ha hecho nada al respecto, ahora nos toca a los profesionales.
—¿Pero qué más te da? ¡Que se encargue Ava de eso, que es quien está amenazada de muerte! ¿Por qué te inmiscuyes en sus asuntos?
—Porque, como dijo Richard, ella se me ha adelantado —gruñó Sebastian, contrariado.
—Te ha amenazado… —coligió Olivia, al ver su expresión impenetrable.
—Profusamente.
—A través de Richard…
—Y de Christine. Incluso de ti —se lamentó en voz baja.
—Esa mujer es una víbora sin escrúpulos —murmuró Olivia, preocupada.
—Y con poco que perder. Ahora está desesperada, por mucho que intente demostrar que no es así, y un reptil desesperado solo sabe defenderse de una forma.
—Escupiendo veneno —completó Olivia.
—Mordiendo a su víctima más cercana —añadió Sebastian—. No tengo otra opción, no pienso permitir que arruine el futuro de Christine o el de Richard, y por supuesto no voy a darle el gusto de salirse con la suya, aunque ello implique involucrarte a ti.
—¿Te ha pedido que me dejases fuera? —preguntó extrañada.
—Me ha sugerido que fuese solo a investigar; pero me he negado.
—Gracias, supongo—dijo Olivia, alzando ambas cejas.
Sebastian se giró hacia ella y la miró fijamente a los ojos.
—Te necesito, no puedo hacer esto yo solo.
Olivia mantuvo su expresión de extrañeza unos segundos, pero inmediatamente la cambió por una sonrisa llena de comprensión.
—No te dejaría, de todos modos.
Sebastian y Olivia compartieron una mirada fugaz con la que se dijeron todo sin palabras. Ambos sonrieron, comprendiendo, y volvieron a mirar hacia adelante.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —continuó Olivia.
—Es tarde, la entrada a los pasadizos está cerrada y vigilada, pero la oscuridad nos garantiza que no haya nadie dentro.
—Ya, pero tendremos que entrar, ¿no te parece? —dijo Olivia con sarcasmo.
—Por supuesto, pero sabes que yo no suelo entrar a los sitios por donde se supone que debería.