Capítulo 12 #2
Al acceder al local, el maître lo escoltó hasta donde Ava lo esperaba con una copa del champán mas caro entre sus manos y una botella del mismo enfriándose en la cubitera que tenía junto a sí.
Mientras se acercaba a la mesa, Ava lo miraba con intensidad, diseccionando su expresión para adivinar su talante.
Sintiéndose escrutado como si fuese un raro espécimen expuesto bajo un microscopio para ser analizado, Sebastian pensó que ella sería mucho más eficaz enfriando el champán que el propio hielo: su mirada era punzante, helada y daba mucho miedo, sobre todo porque la sonrisa que la acompañaba no casaba en absoluto con lo que decían sus ojos.
—Tú nunca defraudas —le dio la bienvenida, cambiando su sonrisa estática por una traviesa y muy estudiada—. Estás espectacular esta noche, Bash.
—Siento no dedicarte ningún cumplido, no suelo flirtear con mujeres que me fuerzan a hacer cosas que no me apetecen —la cortó, mirándola muy serio.
—Como comprenderás, tengo que tantear el terreno. Han pasado varios años y has cambiado mucho. El Sebastian que conocía era mucho más complaciente, aunque también mucho más difícil de seducir.
—No era más ni menos difícil de seducir, simple cuestión de gustos, Ava.
—Dudo mucho que fuese ese el motivo —murmuró—. A mí me gustabas bastante…
—No me refería a ti —escupió.
—Tú también te sentías atraído por mí, pero no sabías reconocerlo —se atrevió, entrecerrando los ojos.
—Creo que voy a obviar mi evidente respuesta a esa afirmación —soltó Sebastian, cortante.
—¡Ah, claro! Ahora me vas a decir que la cuestión era que yo no te gustaba —respondió, altanera.
Sebastian detuvo su lengua afilada unos segundos para encontrar las palabras exactas, una frase que no provocase una respuesta mordaz instantáneamente.
—La cuestión, Ava, era encontrar a alguien por quien no solo sintiese admiración —puntualizó.
Ava lo miró a los ojos y suspiró, mostrando su evidente exasperación ante la respuesta; pero la tregua duró solo unos pocos segundos.
—Eso es lo que diría un chaval de quince años enamorado hasta las trancas, no un hombre maduro e inteligente; pero claro, tú solo puedes ser una de las dos cosas.
—Yo diría que ninguna, teniendo en cuenta en qué tesitura me encuentro.
Y por favor, dejémonos de pullas absurdas que no van a ninguna parte y vayamos al grano.
No tengo intención de quedarme más que el tiempo necesario para terminar la conversación —zanjó, tomando la carta entre sus manos para no seguir provocando a su rival.
—Bueno, habrá que cenar también. Estoy… famélica.
Ava bajó su tono de voz drásticamente, añadiéndole un toque sugerente.
Sebastian volvió a mirarla y se encontró con una expresión llena de intención, una bastante evidente que solo le produjo rechazo; pero se limitó a tomar un sorbo de la copa de champán que el camarero acababa de servirle, mirándola desafiante mientras obviaba la alusión directa con descaro.
—Veo que, sin embargo, tú no has cambiado de gustos. El champán es excelente.
—Sabes que soy una incondicional de lo excelso, sobre todo, en lo que me llevo a la boca… —Ava no tenía intención de abandonar su estrategia, así que continuó cargando sus frases de connotaciones que Sebastian no estaba dispuesto a tolerar.
—Esto es absurdo… —Sebastian respiró hondo, profundamente incómodo—. Está bien. Sí, estoy saliendo con Christine, y no, no me he sentido atraído por nadie más en ningún momento. Así que, por favor, detén este lamentable acoso y derribo porque no te va a reportar más que vergüenza, Ava.
—Ese comentario solo añade más inexperiencia a tu persona, cariño —respondió, con su sonrisa incólume—; pero coincido contigo, ya es hora de que nos dejemos de rodeos. No solo he reaparecido en tu vida debido a mi evidente interés en conquistarte, realmente necesito tu ayuda.
—Tendrás que empezar por el principio si quieres que entienda en qué estás metida, quizá explicándome, por ejemplo, qué tiene que ver Richard con todo esto.
Ava se reclinó en su silla y cambió su expresión libidinosa por una concienzuda y llena de seguridad. Exactamente la expresión con la que Sebastian estaba familiarizado, la que aparecía en su rostro cuando ella iba a hablar de trabajo.
O de prácticas médicas aberrantes.
—Como ya te expliqué, he operado a muchas personas influyentes de manera… ilegal y poco ortodoxa.
—Conozco tus métodos, puedes ahorrarme los detalles escabrosos —apuntó Sebastian.
—Hace un par de meses, empecé a recibir llamadas de atención.
Al principio no les hice caso, lo achaqué simplemente a alguna mente descarriada, cuya única pretensión era asustarme, y sabes que eso no es fácil de conseguir; pero parece que ese alguien también se dio cuenta de que no estaba logrando el efecto deseado, así que endureció un poco sus métodos de contacto.
—¿Lanzando piedras a tu ventana? —bromeó Sebastian, sarcástico.
—Bueno, eran granadas de mano, pero sí, algo así.
Sebastian se incorporó en su asiento, repentinamente interesado en el relato.
—¿Y puedo saber quién es ese alguien?
—Ojalá pudiera decírtelo, pero no lo sé.
—Alguna idea tendrás, me dijiste en mi apartamento que el equipo de un rival de tu cliente te había pedido documentación precisa sobre una operación que llevaste a cabo.
—Algo tenía que decir para llamar tu atención, aunque tampoco surtió el efecto deseado —respondió, descarada.
—O sea, que decidiste mentirme para acercarte a mí…, pues qué decepción. Te creía mucho más inteligente —la censuró.
—Soy tan inteligente que he logrado tenerte exactamente donde te quería: en mi mesa, frente a mí y a solas —dijo, irguiéndose en su silla y lanzándole una mirada de superioridad al detective.
—¿Y por eso has metido a Richard en la cárcel? ¿Para llamar mi atención? —inquirió Sebastian, intentando no mostrar su disgusto.
—En eso, yo no he tenido nada que ver. Estoy segura de que el arresto de Richard es una represalia indirecta contra mí.
Sebastian se recostó en su silla, cruzó sus largas piernas y se dispuso a escuchar una larga historia.
—Creo que deberíamos pedir, voy a necesitar tener algo en el estómago para poder soportar esta reunión. Eso sí, vas a tener que ser más precisa a partir de ahora, o esto nos llevará años —la apremió, molesto.
Pidieron un par de entrantes, una botella de un chianti reserva muy especial, y Ava pidió una pierna de cerdo poco hecha para compartir.
Sebastian alzó una ceja al escucharla pedir la carne, “casi como si el lechón estuviera vivo”, había especificado al camarero.
Los años no la habían cambiado físicamente, pero su mente se había vuelto bastante más retorcida.
Y en cuanto el camarero se marchó, ella empezó a hablar.
—Alguien quiere mantenerme callada, Bash, alguien que no quiere revelar su identidad, y cuando ese alguien detectó mis acercamientos hacia tu tío, sabiendo quién es y el poder que tiene, decidió sacarlo del tablero de juego para dejarme aún más indefensa de lo que ya estaba —explicó.
Ahora Ava ya no sonreía, sino que miraba a Sebastian con gravedad.
—Estás mintiendo —la acusó, entrecerrando sus ojos—. Y también me estás ocultando información.
—No te estoy mintiendo, no sé quién está intentando atentar contra mi vida —respondió al punto, manteniendo con soltura el escrutinio que Sebastian estaba haciendo de su expresión.
—No puedo creerte porque te conozco, tú siempre lo sabes todo, siempre te guardas un par de ases bajo la manga. Me dijiste que incluso tenías información con la que chantajear a Richard, ¿cómo quieres que me crea que no sabes quién te está amenazando, Ava?
—Tengo información con la que chantajear a casi cualquier persona importante de varios países europeos y de otros tantos norteamericanos, Sebastian, sabes cuánto he luchado para obtener todos esos recursos en los que me baso para poder…
portarme mal; pero no sé quién está detrás de todo esto. No con seguridad.
—Ya nos vamos entendiendo —Sebastian alzó la comisura de sus labios con superioridad—. Así que no lo sabes con seguridad, pero sí tienes una idea de quién puede ser.
—Tengo mis sospechas —confesó en voz baja.
—Ilústrame.
—¿La célula terrorista que desmantelaron hace unos días? ¿Te suena?
—Sí, ya imaginaba que habría mucho más detrás de todo eso —asintió Sebastian.
—Resulta, cuanto menos, curiosa la facilidad con la que Scotland Yard la descubrió, casi por casualidad, ¿no?
—Por un chivatazo —confirmó Sebastian, dando a entender que tampoco lo creía.
—¡Menudo golpe de suerte! —exclamó, irónica—.
Sobre todo porque algunos de los cabecillas detenidos son gente muy influyente, personas que han pasado por mis manos en más de una ocasión y que me extraña que se hayan dejado atrapar así como así.
¡Un chivatazo a la policía! ¡Como si eso fuera posible!
—Entonces, crees que solo era una tapadera para ocultar lo que realmente están tramando…
—Y que esas personas influyentes serán liberadas en cuanto pasen algunas semanas. Su organización encontrará la manera de que acaben absueltos, estoy segura.
—Pero eso será cuando hayan llevado a cabo su plan, quedando así al margen del mismo, con una coartada imposible de refutar —coligió Sebastian.
—Matarían dos pájaros de un tiro, además de apretarle las tuercas a un alto Comisionado de la policía —completó Ava, con una chispa de admiración en su mirada.
—Brillante y maquiavélico —finalizó Sebastian, entusiasmado—; pero insisto, no sé qué puedo hacer para ayudarte.
Está claro que tú tienes toda la información que necesitas, solo tienes que encontrar a un ejecutor que haga el trabajo de campo que tú no estás dispuesta a hacer para no mancharte de inmundicia el traje de Dior.
Y, por si quedaba alguna duda, ese no voy a ser yo; así que, lamentándolo mucho, me vuelvo a casa.
Sebastian retiró la servilleta de sus rodillas y empezó a levantarse para marcharse.
—¿Y Richard?