Capítulo 12
El enemigo
—¿Cómo está Richard?
Eso es lo primero que Christine pregunta al responder mi llamada. E inmediatamente, me siento aún peor.
—Está bien, no le va a venir nada mal pasar unos días entre rejas, así se le bajarán los humos —respondo, intentando resultar gracioso; sin embargo, mi intento es en vano ya que suena bastante patético, teniendo en cuenta en la tesitura en la que nos encontramos.
Así que trago saliva y dejo de fingir que no me siento fatal—.
Christine, siento haberme marchado de esa manera, pero era muy temprano y no quise…
—Lo comprendo perfectamente, no te preocupes por eso. ¿Has podido averiguar por qué está arrestado?
—Aún no, y eso me importuna muchísimo —respondo con sinceridad.
—Sé cuánto te molesta no saber.
—No es solo por eso —me apresuro a aclarar—, es porque no voy a poder volver tan rápido como esperaba.
Christine permanece en silencio unos segundos durante los que puedo recrear claramente su expresión en mi mente. Está molesta, igual que yo, pero sabe que estoy haciendo lo correcto.
—Entiendo —termina diciendo, asimilando todas las implicaciones de la noticia.
—Pensaba volver hoy mismo, mañana a más tardar, de veras que no pretendía desaparecer así, sin despedirme de tus padres.
Sé que ella lo sabe, pero quiero que lo oiga de mis labios. Aunque, contrariamente a lo que creía, eso no me hace sentir mejor.
—Lo sé. —Su afirmación es seca, tajante, y aumenta la sensación de incomodidad entre los dos.
—Lo siento.
—No pasa nada, Ash, lo comprendo, en serio.
Sé que lo comprende, pero también sé que no le gusta la idea. Así que, para no recrearme, me lanzo a presentarle la otra opción, una que se me ha ocurrido tal y como he aceptado cenar con Ava.
—¿No… podrías volver ya?
He sonado un tanto ansioso, pero eso es porque lo estoy, porque si ella vuelve esta noche, no tendré que mentir, no tendré que ocultarle que voy a ir a cenar con Ava. Si ella está aquí, podré explicarle mis razones.
Y lo comprenderá.
O eso creo.
Y sin embargo…
—Eeeh… No, Ash. Si es estrictamente necesario, por supuesto, pero si no te hago falta… Hacía mucho tiempo que no pasaba una temporada en casa, me parece injusto para mis padres marcharme veinticuatro horas después de haber llegado.
—No es estrictamente necesario, pero prefiero tenerte aquí, conmigo —gruño vehemente. Ahora mismo, me da igual que piense que estoy exagerando, incluso preferiría que pensase que no estoy bien, lo que fuera con tal de que aceptase.
Ella se queda en silencio unos instantes, agarro el teléfono con fuerza como su pudiese adivinar sus pensamientos al hacerlo y, por un instante, creo que la he convencido.
Pero no.
—Te entiendo, de veras, pero necesito relajarme —dice, exhalando el oxígeno con pesadumbre—. Solo serán unos días más, enseguida estaré de vuelta. Además, seguro que estaréis tan atareados que ni siquiera notarás que no estoy.
Claro que notaré que no está, ya lo estoy notando y solo hace unas horas que me marché.
—¿No te… aburrirás allí sin mí? —me atrevo una vez más.
—¡Por supuesto! ¡Te echaré de menos todo el tiempo, amor! Pero también podré dedicarme más a mis padres. Además, tengo a Meredith y a Bianca para hacerme compañía —responde risueña.
—Y a Nathan…
No he podido contenerme. La mera idea de que el tonto estirado ese aparezca por la villa de los Pearl, aunque solo sea para arreglar una estantería, me hace hervir la sangre. Christine carraspea al otro lado del teléfono, haciendo patente su descontento ante mi comentario.
—No tienes que preocuparte por Nathan, mis padres me han dicho que ha salido de viaje. Quizá sería más acertado que te preocupases por Ava, ¿no te parece?
—No sé por qué dices eso —respondo a la defensiva. Es evidente que tiene razón, pero mi lado más infantil tiende a defenderse para intentar ocultar ese hecho.
Sin embargo mis intentos, una vez más, son inútiles, porque ella no tiene que fingir que no pasa nada y va directamente al grano, exponiendo la verdadera situación con una naturalidad tan simple que corta como la hoja de una navaja.
—¿No se te ha pasado por la cabeza que la detención de Richard puede que tenga algo que ver con ella? —pregunta, en tono suspicaz—. Porque, si así fuera, no me extrañaría que intentase acercarse a ti de nuevo…
—Si es Richard quien le interesa, dudo que se acerque otra vez a mí.
No sé por qué diablos tengo que seguir mintiendo, sobre todo cuando lo hago tan mal. Cierro los ojos avergonzado, dando gracias de que ella no pueda ver mi expresión. Si estuviera aquí, me estaría mirando con un reproche, con toda la razón; pero no está. Desgraciadamente, no está.
Y no va a venir.
—Hmmm… En cualquier caso, si descubres que Ava está relacionada con el caso, me llamas, ¿vale?
—Haré lo que tú digas —respondo en un murmullo.
Me quedo en silencio unos instantes, solo para darle la oportunidad de que me pregunte por ella y así poder decirle la verdad y dejar de sentirme un traidor. Pero ella no me pregunta nada más. Confía en mí. Demasiado, quizá.
—Bien, así me quedo más tranquila. No quiero ni pensar en que tú y ella estáis juntos en la misma habitación mientras que yo me relajo en casa de mis padres. Y no es que no confíe en ti, cariño, de quien no me fío es de ella.
Al escuchar sus últimas palabras, cierro de nuevo los ojos. Ella siente lo mismo hacia Ava que yo hacia Nathan, pero ella es sincera y yo…
—Lo sé —me limito a decir, abriendo los ojos solo un poco, clavando mi mirada en el suelo, que es donde me siento ahora mismo—.
Bueno, he de colgar, Olivia y yo tenemos que revisar la documentación del caso.
Quiero ver cuáles son los términos en los que han basado la acusación antes de meterme en faena.
Es cierto, tenemos que hacerlo, pero no es eso precisamente lo que voy a hacer ahora. Pero no puedo decírselo, simplemente, no puedo.
—Está bien. No trabajéis demasiado, ¿de acuerdo? Y tenme informada, por favor. Estoy muy preocupada por Richard y quiero estar al tanto de cualquier avance.
—No te preocupes, te avisaré en cuanto tenga algo claro.
—Muy bien. —Su tono de voz es cariñoso, incluso aunque se haya llevado una decepción. Es… maravillosa. Y yo soy un novio horrible—. ¡Ah! Y pórtate bien con Olivia, que bastante tiene con tener que soportar tus arranques de ira.
—Que serán mucho más frecuentes en tu ausencia —apostillo, lanzando una última intentona. Christine sonríe, no puedo verla, pero sé que está sonriendo.
—Solo unos días, ¿vale? Te quiero, Sebastian.
—Yo también te quiero. Y te voy a echar mucho de menos.
Al terminar la llamada, Olivia vuelve al dormitorio, dispuesta a escuchar todo lo que no sabe aún sobre Ava; sin embargo, al comprobar el estado en el que me encuentro, su expresión cambia.
Derrotado, me dejo caer en uno de los tresillos de mi cuarto y cierro los ojos, intentando evitar la mirada inquisitiva que me está lanzando.
—No se lo has dicho… —Tras unos segundos de incertidumbre, niego con la cabeza—. No me lo puedo creer…
—Me ha dicho que necesitaba descansar, relajarse, y no creo que decirle que voy a cenar con Ava ayudase demasiado, ¿no crees? —gruño, intentando también defenderme de ella.
—Mira, piensa lo que más te apetezca, pero sabes de sobra que esto no puede llevar a nada bueno. Tarde o temprano, Christine se enterará de que tú y Ava salisteis juntos y de que tuviste la oportunidad de decírselo antes de que ocurriera. Y entonces, se te caerá el pelo, Sebastian.
—Cuando lo descubra, estará a mi lado, podré mirarla a los ojos mientras le explico mis motivos —alego obstinado.
—De rodillas y con los brazos en cruz —apunta Olivia, ceñuda.
—Al menos, así tendré una oportunidad. Si le hubiese contado por teléfono que he quedado con ella… —Me detengo a media frase y, apesadumbrado, vuelvo a cerrar los ojos—. No habría sido capaz de todas formas.
Sé que Olivia me está mirando, sorprendida al descubrir lo estúpido que puedo llegar a ser; pero no dice nada, me juzga en silencio y, finalmente, me concede el beneficio de la duda. Ese que no estoy seguro de poder concederme a mí mismo.
—Bueno, recemos por que Christine tenga la cabeza en su sitio cuando te disculpes —zanja reprobatoriamente—. Y ahora, haz el favor de explicarme por dónde respira nuestra enemiga.
Suspiro profundamente, dispuesto a olvidarme de mi pésimo comportamiento y le relato de forma sucinta lo mismo que le conté a Christine tan solo unas noches atrás, añadiendo algunos detalles más escabrosos sobre las preferencias operatorias de Ava, además de informarla sobre lo bien posicionada que está su familia.
—Entonces, podemos esperar cualquier cosa de ella —resume Olivia, pensativa.
—Hace mucho que no la trato, pero es imposible que haya ido a mejor, ahora tiene mucho más poder que antes.
Por eso tengo que ceder, aunque no me haga ninguna gracia hacerlo.
Y sé perfectamente que estoy corriendo un riesgo con Christine, pero decirle la verdad solo iba a crearle desconfianza, y ella no se lo merece, mucho menos, cuando estoy seguro de que Ava no puede despertar nada en mí más allá de un profundo desdén.
Olivia me escucha mirándome atentamente a los ojos y, tras unos segundos, asiente. Creo que se ha dado cuenta de que estoy siendo totalmente sincero, y de que me estoy metiendo en un berenjenal porque no tengo otro remedio.
Y también de que, por muy extraño que suene, no le he dicho nada a Christine para no hacerle daño.
—Está bien. Márchate lo antes que puedas y soluciónalo; pero haz que este paso en falso merezca la pena, Sebastian.
—Eso no lo dudes.
***
Llegó diez minutos antes de la hora con la idea de adueñarse de la situación y pillarla desprevenida; pero Ava se le había adelantado. Tal y como Sebastian bajó del taxi, el aparcacoches del restaurante se acercó a él sin dudar.
—Bienvenido, señor Fairchild. La señorita Lutman le espera en su mesa —dijo con una amable sonrisa, a la que Sebastian tuvo que responder con una pobre imitación en forma de mueca de disgusto, totalmente sorprendido.