Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

Rivalidad

Olivia se apresuró escaleras arriba para unirse a Sebastian, que la esperaba en la calle.

Su rostro seguía lívido, su mirada, perdida en la carretera, y su mandíbula estaba tensa, como si estuviese anticipando el peligro.

Ella sabía que había algo que se le escapaba, pero como era habitual, a Sebastian no.

—¿Qué me he perdido? —preguntó Olivia, mirándolo preocupada.

—Esta vez, juego con ventaja porque conozco bien a mi adversario —musitó—. Tenemos que ir a mi casa, ahora. Ella ya ha estado allí.

—¿Pero qué dices? ¿Que ha entrado en tu casa?

—Sabes de sobra que siempre he temido que eso ocurriera, de ahí las trampas y escondites que monté cuando hice la reforma, aunque tú siempre te hayas reído de mis precauciones.

— Sebastian se giró hacia ella y se irguió en toda su estatura—.

Pues bien, esta era una de las razones por las cuales extremaba mi vigilancia, Olivia.

Es cierto que hacía muchos años que no sabía de Ava, pero siempre he pensado que volvería, tarde o temprano.

—O sea, que no lo hacías solo por paranoia…

—¡Yo no estoy paranoico! —exclamó Sebastian—. He metido las narices en demasiado asuntos que no me incumbían, me he metido en líos, los Johnnesy son un ejemplo, y sabía que todos esos tejemanejes podrían acarrearme problemas; pero Ava… Con ella es distinto.

—¿Hay algo más que yo deba saber? ¿Algo que no me hayas contado todavía sobre lo que vivisteis juntos?

—Detalles sin importancia. La cuestión es que ella es una mujer fuera de lo común, una mujer que estaba obsesionada conmigo, igual que se obsesiona con todo lo que hace, y sabía que en algún momento volvería para incordiarme.

Cuando supo que yo no estaba interesado en ninguna persona a nivel romántico, no insistió, pero está claro que cree que el hecho de que yo haya cambiado hasta el punto de tener pareja, le brinda a ella la oportunidad de conseguir lo que no logró en su momento.

Entonces me respetó, debido a mi desinterés general, pero ahora ya no tengo excusa —se lamentó.

—¿Y con qué fin crees que ha entrado en tu casa? —preguntó, cada vez más confundida.

—Ahora lo comprobaremos —sentenció Sebastian, levantando la mano para parar un taxi.

—Sebastian, una mujer así es demasiado peligrosa para actuar sin cubrirnos las espaldas, incluso Richard lo ha dicho. Deberíamos extremar las precauciones si ni siquiera tú sabes qué esperar de este movimiento tan repentino —dijo Olivia, una vez que estuvieron sentados en el taxi.

—Richard no ha podido evitar que ella se salga con la suya —murmuró Sebastian—. Quizá yo tenga mejor suerte haciendo las cosas a mi modo.

—Pero podríamos avisar a una patrulla antes de subir a tu piso —insistió Olivia.

—No —la cortó Sebastian, mirándola a los ojos con decisión—. De momento, nos limitaremos a observar sus pasos. Cuando sepa de qué va esta historia, decidiremos cómo actuar.

***

Nada más entrar en su apartamento, ya supo que ella aún estaba allí.

Y no fue por el potente aroma de su perfume, el cual no notó hasta pasados unos segundos, sino porque Ava, tan segura de sí misma como siempre, no se había molestado en disimular su visita.

La cerradura no estaba echada, había abierto las cortinas del salón de par en par y se había quitado los altísimos tacones en el hall , bien a la vista, por si le quedaba alguna duda al avezado detective.

Y justo después de descubrir todo aquello, Sebastian percibió el embriagador aroma femenino saliendo de su dormitorio.

—Prepárate, Olivia —se limitó a susurrar, avanzando a grandes zancadas hacia su cuarto.

Olivia lo siguió pisándole los talones y quedó profundamente impresionada al asomarse a la habitación: Ava estaba sentada frente al tocador que Christine había comprado un par de semanas antes, luciendo solamente una especie de combinación de seda y encaje, mientras retocaba su maquillaje con una calma que la dejó atónita.

Al notar que ambos habían llegado, Ava no se molestó en girarse para darles la bienvenida, sino que se dirigió a ellos mirándolos a través del espejo del tocador.

—Habéis tardado demasiado, ya empezaba a aburrirme —dijo, alzando una ceja conmiserativa.

—¿Se puede saber qué coño haces en mi dormitorio? —escupió Sebastian, intentando contenerse.

—¡Oh, por favor, Sebastian! No es necesario que utilices ese lenguaje soez conmigo —sonrió, provocativa—. Ya veo que has descuidado tus modales desde que no nos vemos. Aunque no me extraña, teniendo en cuenta las personas de las que sueles rodearte —suspiró.

—He ampliado horizontes, igual que tú. Ya no soy un chaval al que puedas manipular fácilmente —respondió airado.

—Eso lo veremos a su debido tiempo. —Ava dio por finalizada su labor, se giró en el asiento y enfrentó la mirada de Sebastian—. Por ahora, y a la vista de la situación en la que nos encontramos, sigo estando aventajada, ¿no te parece?

—¿Qué es lo que quieres? ¿Qué has venido a hacer aquí? —La voz de Sebastian se iba tornando cada vez más grave, presa de la impaciencia.

—Supuse que querrías saber por qué Richard está en la cárcel, ese es el motivo de que me encuentre en tu casa, obviamente.

—¿Y era necesario montar este numerito? —escupió Sebastian, señalando hacia la entrada.

—No sabía que vendrías acompañado por la señorita Abberline —se excusó Ava, con una sonrisa traviesa—. Quiero hablar contigo, a solas, por supuesto, y pensé que, dado que tu novia se ha quedado en Italia, sería mucho más íntimo hacerlo aquí, en tu casa.

—En ropa interior… —apuntó Sebatian, alzando una ceja.

—Eso por descontado —respondió salaz—, pero entiendo que no es el momento adecuado para esto, así que, si quieres saber por dónde empezar “tu investigación”, cena conmigo esta noche.

—Ava, sabes que no me gustan los jueguecitos —dijo Sebastian, frunciendo el ceño—. Si quieres ayudarme, no veo la necesidad de que hablemos a solas, ni de que pospongamos dicha conversación para más tarde…

—Shhhh, para el carro, Sebastian —lo interrumpió, cambiando su expresión juguetona por una cruel y amenazadora—.

Las reglas las pongo yo, estoy al mando de la situación, pero necesito tu ayuda.

Ya te la pedí hace unos días y no obtuve ningún resultado, así que he extremado mis métodos.

Y no sé de qué te sorprendes, me conoces perfectamente, pero ahora tengo mucho más poder que hace unos años.

Sebastian no había levantado su mirada de ella en ningún momento, su cuerpo rígido y una pétrea expresión en su rostro; sin embargo, su cerebro bullía de actividad mientras sopesaba sus opciones que, según entendía, eran muy limitadas.

—Solo has venido aquí para demostrarme tu fuerza, no tienes pensado aclararme tu situación, así que deberíamos terminar este encuentro tan pronto como sea posible —comentó, mirándola con una amenaza brillando en sus ojos.

—¡Ah, claro! Olvidaba el miedo a que tu novia snob te descubra conmigo, medio desnuda y en tu dormitorio —se burló.

Sebastian ignoró el comentario, pero Olivia apretó los labios, intentando contenerse para no darle una bofetada a aquella mujer, por la que ya sentía una profunda aversión.

Ella estaba jugando con su amigo y, aparentemente, él no se daba cuenta.

—¿Cómo puedo estar seguro de que cenar contigo no es una trampa, que no es parte de uno de tus elaborados planes para conseguir de la gente lo que no quieren darte voluntariamente? —inquirió Sebastian.

—Tendrás que arriesgarte, cariño —respondió Ava, volviendo a su expresión zalamera—.

No voy a fingir, por supuesto que tengo un plan muy elaborado en el que tú eres una pieza central; aunque, por otra parte, si te digo que voy a ayudarte con tu tío y a aclararte mi situación actual si cenas conmigo, también sabes que no debes dudar.

Puede que oculte cosas, pero jamás te he mentido, Sebastian.

Sebastian esperó unos instantes, pero finalmente asintió, provocando que Olivia, que había estado presenciando el combate como si estuviese viendo un partido de tenis, buscase su mirada con la sorpresa bailando en la suya.

—¡No serás capaz! —exclamó—. ¡No pienso permitir que estés con ella a solas, Sebastian!

—Cariño —dijo Ava, dirigiéndose a Olivia esta vez—, no creo que Sebastian deba pedirte permiso para hacer lo que le venga en gana; en cualquier caso, quiero dejar claro que tú eres un peón totalmente sacrificable en este juego.

No estás a la altura, por mucha experiencia que tengas dentro del cuerpo.

Aunque, por lo que ha llegado a mis oídos, tu fama se sostiene directamente en la solidez de Sebastian como detective.

—¡Serás hija de…!

Sebastian detuvo el arranque de Olivia sujetándola por el brazo, consciente de que Ava no era rival para ella. Ni siquiera era rival para él, por mucho que le fastidiase reconocerlo.

—Déjala, Olivia, ya tendrás oportunidad de resarcirte de esto —le prometió, aún con su mirada fija en el rostro de Ava—.

Iré contigo a cenar esta noche, pero te aseguro que si me mientes, o si intuyo que me ocultas algo, tengo maneras de conseguir que, quien sea que te esté buscando, logre encontrarte.

No podrás volver a dormir tranquila, Ava, te escondas donde te escondas.

Olivia miró a Sebastian aún más sorprendida al escuchar aquella amenaza, pero no dijo nada más, prefirió esperar a que Ava se marchase para asediar a su amigo a preguntas.

—Te vanaglorias en vano —respondió Ava—, pero no debes preocuparte.

Te contaré todo lo que necesitas saber para empezar a trabajar.

Siempre he sabido que tu futuro estaba en la investigación, cariño, aunque supuse que, tal y como me ha ocurrido a mí, trabajarías al otro lado de la ley.

Ha sido una gran decepción descubrir que ha sido la justicia la que te ha seducido finalmente.

—No tienes ni idea —respondió Sebastian—. Crees que me conoces, pero te aseguro que todavía puedo sorprenderte.

—No lo dudo —respondió Ava, sonriendo—. Es más, estoy deseando comprobarlo. Nos vemos esta noche a las ocho en el Bala Baya, en Union Street. ¿O prefieres recogerme en casa? —añadió, sugerente.

—Esto no es una cita, Ava, así que mejor nos encontramos en la puerta del restaurante.

Asintiendo misteriosa, Ava se levantó de la silla, se puso el vestido que había dejado estirado sobre la cama y se acercó a Sebastian moviendo sus caderas.

Sebastian no se inmutó, ni siquiera se movió cuando ella lo agarró del mentón para depositar un suave beso en su mejilla; pero por dentro, ardía de rabia.

—Nos vemos en un rato, encanto. Espero que lleves uno de esos trajes que acentúan tus piernas y ese culito respingón que te has trabajado a base de calle —susurró en su oído, aunque lo suficientemente alto para que Olivia la escuchase—. Señorita Abberline, un placer.

—No puedo decir lo mismo, señorita Lutman.

—Ya lo imaginaba…

Ava desapareció una vez más sin hacer mucho ruido, pero incluso cuando ambos detectives escucharon cómo se cerraba la puerta del apartamento, Sebastian seguía inmóvil, con su mirada fija justo donde Ava había estado sentada.

—Tienes que explicarme muchas cosas, Sebastian —dijo Olivia, muy preocupada.

—Sí. Pero primero, tengo que llamar a Christine.