Capítulo 9 #2
—No sé, tengo la sensación de que todo se está desmoronando y de que no puedo hacer nada para evitarlo —se lamentó Christine—. Me da miedo de que ella se interponga entre nosotros, me da miedo de que te haga daño, Sebastian.
—Eso no va a ocurrir, ¿de acuerdo? —le prometió él, sujetándola por los pómulos para obligarla a mirarlo a los ojos—. Ella no tiene ningún poder sobre mí y no permitiré que te haga daño. Confía en mí, amor mío.
Volvió a besarla, pero el beso en esta ocasión fue un beso profundo, lleno de sentimiento.
Al separar sus labios, Christine lo miró a los ojos de nuevo y sintió una profunda conexión con aquel hombre, una conexión que no había sentido jamás.
Entonces se atrevió a sacar un tema que le había asaltado en varias ocasiones desde que llegaron a casa de sus padres aquella mañana.
—Quiero preguntarte una cosa, Ash —susurró.
—Dime.
—¿Has pensado en algún momento en… tener hijos?
—¿Perdón? —Sebastian abrió los ojos y alzó las cejas, sorprendido.
—Es que, cuando mi padre ha mencionado antes lo de los hijos… A ver, no estoy diciendo para nada que yo esté pensando en ello, es muy pronto para eso, pero es verdad que me gustaría saber tu opinión al respecto.
—Bueno, lo que está claro es que me encanta el proceso de concepción —susurró con una sonrisa llena de picardía, besándola de nuevo—, pero no me he planteado ser padre, entre otras cosas, porque no me he planteado tener que responsabilizarme de una persona, teniendo en cuenta el peligro que entraña mi trabajo; es más, ni siquiera me he planteado que ese sea mi trabajo, yo solo colaboro con Olivia para ayudarla a ella y a la policía…
No sé si me explico —terminó, un poco abrumado.
—Estoy de acuerdo —asintió Christine—, solo quería saber si…, si bueno, si ocurriera un accidente…, ya sabes…
—No, no sé. Que yo sepa, tú estás tomando anticonceptivos… —De repente, su expresión cambió drásticamente—: Christine, ¿estás intentando decirme que estás embarazada?
—¿Qué? ¡No! Al menos, no que yo sepa. He tenido el período hace una semana…
—Sí, lo recuerdo perfectamente —gruñó, malhumorado.
—Solo lo pregunto porque, tal y como tú has dicho, tener un hijo es una responsabilidad enorme.
Tú tienes tu trabajo, que es muy absorbente, y yo…
Aunque ahora mismo no esté a pleno rendimiento, de aquí a un par de meses volveré a enfrascarme en mis experimentos…
, pero imagínate que ocurriese, no sé, porque hay veces que ocurre incluso tomando precauciones.
—Si no recuerdo mal, los anticonceptivos orales tienen un noventa y nueve por ciento de fiabilidad —la interrumpió ceñudo.
—Lo que no significa que sea un cien por cien —subrayó Christine. Sebastian suspiró, acarició su mejilla suavemente y le dio un pequeño beso en los labios.
—Cariño, si lo que quieres saber es si estaría contento de tener un hijo contigo, la respuesta es que sí.
No es algo que me plantee ahora mismo, pero he de admitir que me gusta la idea.
Además, un hijo nuestro sería un regalo para la humanidad, porque sería un niño súper atractivo y muy inteligente.
Christine no pudo evitar echarse a reír al escuchar el comentario.
—¿Súper atractivo y muy inteligente?
—¡Claro! Si tenemos en cuenta la combinación de nuestras mentes, nuestro hijo sería brillante, ¿no crees? Y en cuanto al atractivo, con que sacase el cincuenta por ciento del tuyo, ya sería un bombón de hombre… —Sebastian se lanzó sobre Christine, incapaz de seguir hablando sin besarla.
—Podría ser una chica, Ash —murmuró Christine, divertida.
—No. Será un pequeño Sebastian, fuerte e inteligente, y muuuuy sexy …
Las manos de Sebastian empezaron a pedir más, su lengua ya estaba haciéndolo, imprudente, limitando la capacidad de expresión de Christine, que estaba encantada con aquel arranque; sin embargo, cuando Sebastian se dio cuenta de que ya no quería limitarse solo a besarla, fue bajando la intensidad de sus atenciones.
—Ummm…, ¿ahora vas a dejarme con la miel en los labios? —susurró Christine, encendida.
—Estamos en casa de tus padres, no creo que dejarnos llevar sea lo más apropiado —murmuró, repentinamente avergonzado.
—Pues antes, en el rinconcito, te ha dado igual…
—Además, seguro que aún están despiertos, podrían entrar y…
—Ash, no va a entrar nadie, ya te lo dije. Anda, ven aquí…
Christine lo besó con intención, sus dedos curiosos empezaron a deslizarse sobre sus pantalones, y Sebastian no objetó nada más, a sabiendas de que, cuando ella se lo proponía, él perdía totalmente el control.
Christine se tumbó sobre la cama, arrastrándolo a su lado y, sin dejar de besarle, se humedeció los dedos y se adentró en su ropa interior.
La sensación de necesidad que se apoderó de él de repente fue más intensa de lo habitual, así que Sebastian empezó a jadear con fuerza tal y como sintió sus dedos acariciando su erección; pero cuando Christine se dedicó a moverla arriba y abajo, Sebastian no pudo evitar exclamar un suspiro ahogado.
—¡Oo-oooh! Nnnno sé qué…, pasa, p-pero lo s-ssiento t-todo, mucho…
Al darse cuenta de que no pensaba detenerse, Sebastian se giró hacia ella y deslizó sus dedos dentro de sus braguitas, encendiéndose aún más al descubrir que ella estaba tan excitada como él.
Con una habilidad digna de mención, empezó a trazar círculos alrededor de su clítoris, provocando que Christine gritase de alivio al sentirlo.
—Déjame mirarte mientras te doy placer… —susurró Christine, separándose de sus labios.
—Dios, eres tan excitante…
Durante unos minutos, exploraron el erotismo de acariciarse mirándose a los ojos, disfrutando de las pequeñas expresiones de dicha exclamadas por los labios de su pareja, de las contorsiones de su rostro al dejar escapar un jadeo, de cómo sus ojos se cerraban cuando no podían soportar tanto goce; pero cuando estaban a punto de alcanzar el orgasmo, Christine subió su rodilla para envolver a Sebastian con sus piernas, y él respondió sin dudar hundiéndose en ella.
Ambos gimieron complacidos al sentirse tan cerca, tan unidos después de haber experimentado con sus manos, y empezaron a mover sus caderas hacia el otro en un ritmo cadencioso marcado por la imperiosa necesidad de culminar; y ese ritmo los llevó al éxtasis segundos más tarde, dejándolos dulcemente satisfechos, enredados en el cuerpo de su amante.
—Todo lo que podamos crear juntos será maravilloso, precisamente porque podré compartirlo contigo. Te amo, Christine.
Una sonrisa iluminó su rostro, se abrazó a Sebastian tan fuerte como sus brazos le permitieron y lo besó con ternura.
—Yo también te amo, Ash. Me haces muy feliz.
Así, abrazados, dieron la bienvenida al sueño, ajenos por completos al complot que se cernía en torno a ellos, pero del que tendrían noticias mucho antes de lo que pensaban.