Capítulo 9
Algo de qué hablar
De vuelta en casa de los Pearl, Sebastian lucía una sonrisa relajada y Olivia se dio cuenta enseguida de que el paseo con Christine le había sentado de maravilla.
Una vez que tomaron el delicioso helado que habían omitido al saltarse el postre, y con una copa de whisky en la mano, Sebastian se convirtió en el absoluto protagonista de la conversación.
Joanne, que se había dado cuenta del malestar que le había causado la irrupción de Nathan en el almuerzo, se esmeró en preguntarle detalles sobre su crianza, su familia y su recién estrenada colaboración con Scotland Yard, por lo que, apoyado por Olivia, Sebastian se explayó con los detalles de sus investigaciones, disfrutando de la atención que ambos señores Pearl le brindaban.
Seduciendo con su elocuencia, Sebastian incluso bromeaba, haciendo las delicias de todos, en especial de Bianca que, al verlo tan dicharachero, levantó sus bracitos hacia él, pidiendo que la atendiese.
Con una sonrisa cálida, Sebastian interrumpió una de las anécdotas que estaba contando para coger a Bianca en brazos y hacerle carantoñas, y si Nathan se había sentido desplazado desde que cometió el error de intentar provocarlo, al ver cómo Christine y los Pearl contemplaban conmovidos cómo el detective jugueteaba con la niña, supo que su visita había llegado a su fin.
—Bueno, ahora tengo que marcharme —dijo, cuando Olivia acabó de explicar en voz alta algunos detalles sobre el último caso que había resuelto—. Tengo cosas que hacer en la finca y se me ha hecho tarde.
—Te acompañamos a la puerta —dijo Christine, sin intentar que él se quedase un poco más, después de lo que había ocurrido.
Sebastian acompañó a Christine y a Nathan a la salida, no porque se sintiese en peligro, como antes de su paseo, sino para intentar ser un buen anfitrión.
Sin embargo, Nathan no estaba dispuesto a marcharse sin lanzar un último intento desesperado por conseguir la atención de Christine.
Tenía una idea en mente, y no iba a ser el detective de pacotilla quien le arruinase los planes.
—¿Vais a quedaros mucho tiempo? —preguntó, dirigiéndose a Christine; sin embargo, fue Sebastian quien respondió en su lugar.
—No demasiado, tengo trabajo pendiente en Londres.
—¡Oh, por supuesto! Scotland Yard está atado de pies y manos mientras tú estés aquí —escupió Nathan, con una media sonrisa condescendiente.
Sebastian alzó las cejas, sorprendido por el ataque frontal.
Miró a Christine, quien le pidió con su mirada que no entrase al trapo, se irguió en toda su estatura para dejar clara su superioridad física frente a Nathan y esbozó una sonrisa falsa que, en aquella ocasión, sí pretendía ser una mueca de desagrado.
—Exacto. Mi colaboración con la policía es de suma importancia, aunque no salga en los periódicos ni en las noticias; pero comprendo que alguien tan ocupado como tú no estará familiarizado con las labores de investigación que se llevan a cabo paralelamente a un caso, y como no quiero aburrirte con los detalles, prefiero que siga siendo así —dijo Sebastian en voz baja y calmada—.
Volveré a Londres en cuanto pueda para seguir con mi trabajo.
—Entiendo —mintió Nathan, sintiéndose agraviado; sin embargo, la salida de Sebastian le sirvió para sus propios planes y aprovechó la tesitura—. Entonces, ¿tú te quedarás aquí más tiempo, Christine?
—No lo sé, aún no lo hemos hablado —respondió Christine, contrariada.
—Lo preguntaba porque daré una fiesta en la finca este fin de semana. Vendrán todos nuestros amigos de la infancia, así como colegas de trabajo y alguna que otra personalidad, y estaría encantado de que nos acompañases. Así no te aburrirás en ausencia de Sebastian —soltó con maldad.
Sebastian frunció el ceño, estuvo a punto de responder, pero Christine se adelantó para cortar la infantil disputa por lo sano.
—Ya veremos. Te digo algo en estos días.
—Estaré esperando ansioso tu respuesta —concluyó Nathan, sintiéndose ganador de la batalla al ver la expresión de desconcierto de Sebastian.
Enfadado, Sebastian avanzó hacia la puerta, pero la mirada que le lanzó Christine mientras la cerraba le hizo cambiar de idea.
—¿Qué es eso de que “volverás a Londres”? —lo encaró, colocando las manos en su cintura—. Se supone que has venido a pasar unos días conmigo, ¡de vacaciones! ¿Estás pensando en desaparecer?
—¡No! Solo lo he dicho para callarle la boca al papanatas ese —se defendió—. Ya te he dicho que lo sentía, creo que lo he demostrado durante la sobremesa, pero este tío me saca de quicio, Christine.
—De verdad, ¡os habéis comportado como críos! ¡Los dos!
—De acuerdo, me he comportado como un crío, pero debes reconocer que él no ha dejado de intentar impresionarte; y lo siento, pero no pienso permitir que intente ligar contigo delante de mí como si yo no existiera.
Christine suspiró, bajó la mirada y, finalmente, asintió.
—He de reconocer que ha sido evidente incluso para mí —reconoció—. No sé qué mosca le ha picado a Nathan.
—La mosca de los celos, igual que a mí. —Sebastian se acercó a ella, levantó su mentón para que lo mirase a los ojos y le sonrió, haciéndola sonreír también a ella—.
Olvidémonos de Nathan y centrémonos en pasarlo bien con las chicas y con tus padres.
Yo pienso mantener mi promesa y seguiré comportándome como se espera de mí durante…
El sonido de mensaje recibido de su teléfono móvil lo interrumpió a mitad de frase, exasperando a Christine, que negó con la cabeza cuando él lo sacó del pantalón.
—No llevamos ni doce horas aquí y no has sido capaz de separarte de tu teléfono ni un momento. Así me va a ser muy difícil conseguir que te relajes…, ¿me estás escuchando?
El rostro de Sebastian se contrajo y su mandíbula se puso tensa. Christine reparó entonces en lo que estaba ocurriendo y miró la pantalla del móvil para descubrir qué era lo que lo había desconcertado tanto. Y lo que leyó, la desestabilizó por completo:
“Estoy esperando una respuesta, no creas que porque te hayas ido a Italia me he olvidado de nuestro acuerdo”.
—¿Cómo puede saber dónde estamos? —preguntó, bastante asustada.
—Ella tiene sus métodos —respondió Sebastian, con su mirada fija en la pantalla.
Christine empezó a mirar en derredor, como si de repente Ava fuese a abrir una puerta o a salir desde detrás de un jarrón; pero cuando se dio cuenta de su estupidez, respiró hondo y volvió a mirar a Sebastian.
—¿Has vuelto a hablar con Richard?
—Hablé con él hace un par de días, pero estaba tranquilo al respecto.
Sea lo que sea lo que ella esté tramando, aún no puedo tomar decisiones.
Todos los que se supone que estamos involucrados con ella de una manera u otra, hemos sido puestos sobre aviso, pero sé que eso no será un impedimento cuando ella inicie el juego.
—¿Cuando ella inicie el juego? ¿Esto es un juego, Sebastian?
—Para ella, sí.
***
La cena fue apacible y amena. Sebastian probó por fin el maravilloso vino de la finca, apreciándolo en lo que valía y deshaciéndose en elogios con lord Pearl, quien se sintió orgulloso al escuchar tantas alabanzas sobre su cosecha.
Sebastian se explayó hablando sobre lo impactante que le había resultado el paisaje y sobre la tranquilidad que se respiraba en aquel lugar, conquistando por completo a Joanne y Geoffrey.
Sin embargo, Christine estaba inquieta. Sabía que él estaba incómodo, no estaba segura de hasta qué punto fingía esa amabilidad que ahora ostentaba con naturalidad y además estaba segura de que su cabecita imparable no dejaba de darle vueltas a lo que había ocurrido con Nathan y al mensaje de texto que los había dejado a ambos descolocados.
Así que, cuando la cena terminó, y alegando que estaba agotada, arrastró a Sebastian al dormitorio para poder hablar con él a solas.
—Creía que querrías alargar la sobremesa para estar con tus padres —comentó Sebastian, al cerrar la puerta tras de sí.
—Es cierto que estoy cansada, pero además, no estoy totalmente cómoda.
Sebastian frunció el ceño, se acercó a la cama donde Christine estaba ya sentada y la miró a los ojos atentamente.
—¿Tan mal lo he hecho? —preguntó, desconcertado.
—No es eso. Ven, siéntate a mi lado.
Sebastian obedeció, en el fondo sabía perfectamente lo que a ella le ocurría. El problema era que no tenía ni idea de cómo darle la solución que ella necesitaba.
—Creo que estás preocupada porque quieres que todo salga perfecto —empezó—, pero tienes que entender que cada uno hace lo que puede, amor mío.
Estoy convencido de que, por muy borde que haya sido con Nathan en el almuerzo, tus padres han comprendido mi incomodidad.
Y en cuanto a él, lo siento, pero yo no veo a ese hombre maravilloso que es para ti.
Quizá con el tiempo, o cuando deje de estar interesado en meterse en tu ropa interior, yo sea capaz de ver más allá; pero tienes que comprender que, ahora mismo, eso es imposible.
Christine lo escuchó atentamente y no pudo más que asentir cuando él hubo terminado.
—Lo entiendo, y tienes razón, estoy demasiado centrada en que te guste el sitio, en que te caigan bien mis padres y tú a ellos, y me estoy olvidando de disfrutar. Y lo peor es que tampoco te estoy dejando disfrutar a ti, puede que ni siquiera a Olivia y a Meredith.
—Ellas se lo están pasando en grande, por eso no te preocupes. ¿No has visto cómo reían las dos cuando estaban en la piscina con Bianca?
—Sí, es verdad —sonrió Christine, recordando la escena.
—Deja de querer controlarlo todo, eso fue lo que me enseñaste, ¿no?
Christine asintió y se acercó para besarlo suavemente, pero él aprovechó el momento para darle un beso apasionado y lleno de promesas que la hizo cambiar de opinión sobre su acercamiento inicial.
—Y con respecto a Ava —continuó Sebastian—, te aseguro que no sirve de nada preocuparse por adelantado. Iremos resolviendo las cosas a medida que vayan ocurriendo.