Capítulo 8 #3
—Me encanta este lugar —susurró, acercándose para pasar su brazo por encima de los hombros de Christine, mientras disfrutaba de las vistas—. Es muy hermoso y acogedor, pero también desprende una fuerza muy particular. Debes haber sido muy feliz aquí, amor.
—He pasado aquí todos los veranos de mi niñez y de mi adolescencia y solo tengo buenos recuerdos; pero aún no hemos llegado adonde quiero. Sígueme.
Christine volvió a agarrar la mano de Sebastian y se adentró en la arboleda que discurría paralelamente al arroyo, poblada por unos árboles que nada tenían que ver con la orografía del resto del paisaje.
A medida que avanzaban, el verde de las hojas se iba tornando más oscuro, en algunas zonas, la vegetación era tan profusa que incluso dificultaba el paso; pero instantes más tarde, el camino volvía a abrirse para mostrar un precioso rincón que se había creado en torno a uno de los saltos del riachuelo.
La naturaleza caprichosa había dotado a aquel espacio de una luz diferente, filtrada por las ramas de los altos árboles, que confería un aire mágico al conjunto.
El sonido de la corriente en aquel pequeño refugio era mucho más potente, las rocas aún invadían parte de la orilla y las plantas eran más voluminosas en aquella zona, con hojas grandes y amplias para poder captar la escasa luz solar.
Sebastian giraba sobre sí mismo, admirando la belleza de la naturaleza salvaje que lo rodeaba, y cuando más absorto estaba en su contemplativo disfrute, Christine se colgó de su cuello y lo besó apasionadamente.
El beso lo cogió por sorpresa y se sobresaltó, pero solo tardó unos segundos en abandonarse a sus labios, aflojando instintivamente la tensión que había estado acumulando durante horas.
El calor empezó a hacer estragos en sus cuerpos.
Sebastian, empezando a desesperarse, empujó suavemente a Christine hasta que consiguió colocar su espalda contra uno de los árboles más cercanos.
Con un gruñido gutural, mordió sus labios y dejó que sus hambrientas manos se deslizasen por su cuerpo hasta llegar al dobladillo del ligero vestido de verano que ella había elegido para el almuerzo y que, de no haber sido por la difícil situación con la que había lidiado, le habría hecho babear de necesidad, incluso delante de sus padres.
Una vez alcanzado su objetivo, Sebastian alzó el vuelo del vestido y lo apoyó sobre la cadera de Christine, arrasando sus muslos con el calor que emanaban sus curiosos dedos.
—Oh, Chris —susurró, presa de la pasión—, no sé qué es lo que me das, pero lo necesito tanto…
Christine, completamente entregada a la sensualidad del entorno, al calor del cuerpo de su amante y a los sentimientos que se habían despertado dentro de ella al tener a Sebastian en su rincón secreto, alzo su rodilla para apoyarla en la cadera de él a la vez que desabrochaba sus pantalones, loca por sentirlo dentro de su cuerpo.
Sebastian dejó escapar un suspiro entrecortado al sentir que su virilidad quedaba libre, alzó a Christine lo justo para poder penetrarla y, apartando su ropa interior a un lado, se introdujo en ella con desesperación.
—Oo-ooh, sí…
Ahondó en su cuerpo con rapidez, presto a dar y recibir placer sin demora y, en segundos, los sonidos entrecortados se convirtieron en jadeos apasionados, mientras ambos se movían hacia el otro buscando la plenitud que tanto ansiaban.
El deseo escaló también con rapidez, preparándolos para sucumbir a él con premura; y cuando estuvieron listos para fundirse el uno en el otro, envueltos por el sugerente aroma de la naturaleza y bañados en sudor, alcanzaron la gloria del éxtasis sexual, que se llevó en un instante el malestar producido por todo lo que había sucedido en la mansión.
—Ahora este será también tu rincón especial —murmuró Christine, apoyada en los hombros de su amante. Sebastian sonrió y besó su cabello, mientras ambos recuperaban la respiración.
—Gracias por esto. No me había dado cuenta de cuánto necesitaba tenerte —confesó, enterrado en su pelo—. Ahora eres tú mi adicción, la que me relaja y a la vez me infunde energía. Eres mi droga perfecta, y si no quieres que me vuelva loco, no dejes de suministrarme dosis de ti.
—Qué poético, Ash —bromeó Christine, besándolo entre sonrisas.
—El entorno y tu cuerpo me hacen hablar así —respondió, sonriendo también—.
Creo que ya estoy listo para salir de nuevo al escenario, volvamos a tu casa.
Prometo que me portaré bien —añadió, al ver la mirada dubitativa de Christine—.
Siento mucho mi arranque de celos, intentaré ser amable con tu amigo, y un caballero con tus padres.
—No necesito que finjas, solo sé tú mismo, el Sebastian Fairchild que conozco los enamorará a todos en un santiamén.
Y yo también tengo que disculparme por intentar que te comportases de forma distinta, no me hagas caso.
Quiero que sepas que soy consciente de que estás poniendo mucho de tu parte, y que valoro muchísimo el esfuerzo que estás haciendo por mí.
Sebastian le sonrió, le dio un suave golpecito en su diminuta nariz y un beso dulce que la hizo sentir especial. Christine sonrió, se abrazó a la cintura de su pareja y, juntos, emprendieron el camino de vuelta a la mansión.