Capítulo 8 #2
Geoffrey se giró para mirar a Meredith, extrañado por su intervención, pero en cuanto vio a Bianca haciendo gorgoritos, se olvidó de la salida de tono de su hija.
Joanne miró a Christine y asintió, consciente de sus razones, y Nathan, incapaz de salir airoso de la situación, no tuvo más remedio que asentir y sonreír, fingiendo que estaba encantado con la petición de Meredith.
Olivia se levantó de la mesa, aprovechando que la conversación volvía a girar en torno a Bianca, y se acercó disimuladamente a Sebastian, que aún tenía su mirada asesina fija en el rostro de Nathan.
—Afloja un poco, amigo —murmuró en su oído—. Estás en casa de Christine, que no se te olvide. Anda, aprovecha para dar una vuelta y respirar aire fresco, a ver si así se te bajan los humos.
Sebastian asintió, levantando por fin la mirada del rostro de Nathan. Recuperó la compostura, se levantó para acercarse a Christine y, dirigiéndose a los Pearl, comentó:
—Un almuerzo delicioso, señores Pearl.
—Os llevaremos el postre a la piscina cuando volváis —dijo Joanne, sonriéndole afectuosamente—, y lo acompañaremos con una copita, si os parece bien.
Sebastian sonrió, agarró de la mano a Christine y se dejó guiar por ella fuera de la mansión; pero cuando estuvieron alejados de oídos indiscretos, Sebastian no pudo soportarlo más.
—¡Será imbécil! —exclamó airado—. ¿Pero quién se ha creído que es? ¡No se ha cortado un pelo, ni siquiera por educación! ¡Y encima, no ha dejado de achucharte! Porque eso no eran abrazos de amigo, ¡eran achuchones!
—¿Achuchones? —preguntó Christine, asombrada.
—¡Ni siquiera se me había pasado por la cabeza que alguien pudiera tocarte así! Dios, me han entrado ganas de estrangularlo con mis propias manos…
—Creo que estás exagerando, Sebastian —lo intentó cortar Christine.
—¡Nada de exagerando! ¿Es que no te has dado cuenta?
—Ash, Nathan es un amigo de toda la vida y hacía un siglo que no nos veíamos, es perfectamente normal que…
—Pues será perfectamente normal, pero yo no lo soporto, no quiero volver a verle la cara a ese tío. Y deberíamos irnos, antes de que quede aún peor delante de tus padres y acaben aborreciéndome —sentenció, con sus mejillas encendidas de rabia.
—Lo siento, no pensaba que te iba a molestar tanto —dijo Christine, preocupada—. Nathan y yo nos hemos llevado siempre muy bien, y si no fuese porque te has sentido atacado, te darías cuenta de que es un gran hombre…
—¿Un gran hombre? —saltó indignado—. ¡Un gran fanfarrón, diría yo! ¿No te has dado cuenta de que solo estaba alardeando delante de todos? Por favor, ¡era evidente!
—Anda, tranquilízate —lo calmó Christine—. Vamos a dar un paseo a ver si se te pasa el enfado. Y por favor, no digas que te quieres marchar, quitando el encontronazo con Nathan, todo está yendo a las mil maravillas…
—Sí, claro, está yendo todo genial —la cortó irónico—. Tu madre debe pensar que soy idiota, y tu padre igual, con esa cara de tonto que me he obligado a poner para agradarles.
Christine apretó los labios, intentando no echarse a reír al recordar la mueca terrorífica que se había dibujado en su rostro, pero por mucho que lo intentó, no pudo evitarlo y explotó en carcajadas. Y Sebastian, al verla reír, se contagió de su risa.
—¡Madre mía! ¡Parecía que te habías colocado un muelle para sostener esa sonrisa! ¡Das mucho miedo cuando haces eso!
—¡Ha sido horrible! ¡Y cuando tu madre me ha dicho que quería que fuésemos buenos amigos, me he atragantado y he estado a punto de espurrear el ponche por toda la cocina!
—añadió Sebastian, risueño—. Ser amable es agotador, mis músculos faciales no están acostumbrados, ¡tengo agujetas en los pómulos!
Mucho más relajados, la pareja continuó charlando y, abrazados por la cintura, se fueron alejando poco a poco de la mansión. A medida que atravesaban los viñedos, Christine empezó a contarle la historia del lugar.
—Las primeras vides fueron plantadas por mis tatarabuelos, importaron las plantas desde Francia porque estaban convencidos de que la uva adquiriría nuevos matices en esta tierra.
Con los años, nuestra familia fue mejorando las técnicas de vendimia y maduración de la uva, logrando finalmente un vino que se ha convertido en el favorito de los lugareños.
—¿Y lo exportan? ¿Es la familia Pearl una familia de enólogos, además de químicos brillantes?
—Nos han ofrecido hacerlo en más de una ocasión, pero mi padre se niega. La producción es totalmente natural y, para poder comercializarla, habría que introducir técnicas industriales más agresivas, y él está convencido de que la calidad y el sabor se verían comprometidos.
—Coincido con él —dijo Sebastian, deteniéndose junto a una vid para disfrutar de su aroma—; pero sí que podrían hacer ediciones limitadas del vino, no es el primer viñedo que produce solo unas pocas botellas por cosecha.
—Por ahora, mi familia considera que es suficiente con compartir su elixir con los comercios del pueblo y con los colindantes. Esta noche tendrás oportunidad de probarlo durante la cena, ya verás, es delicioso.
—¿Estás segura de que quieres que beba? ¿No te da miedo de que pierda los papeles delante de tus padres, después de cómo me he comportado? —bromeó a medias.
—Deseo que te sientas a gusto aquí, que lo veas todo, que lo pruebes todo; entonces será cuando realmente podrás apreciar la belleza de este lugar mágico que llevo en mi corazón.
Aunque estemos tan lejos de Londres, también lo considero mi hogar, Ash.
—La ilusión con la que dijo aquellas palabras contagió el ánimo de Sebastian, que sonrió con sinceridad por primera vez desde que pisó tierra italiana.
—Está bien, yo ya te he advertido —sonrió—, intentaré adecuar la ingestión alcohólica para estar un pelín achispado, pero siendo consciente de mis actos. Tendrás que decirme cuántos grados tiene ese vino tan delicioso…
—Tú solo déjate llevar, ¿vale? —rió Christine—. Y ahora ven conmigo, quiero enseñarte una cosa.
Christine abandonó el sendero que habían estado recorriendo y se adentró en la espesa arboleda que habían visto al llegar a la finca.
El terreno ascendía levemente y, en pocos minutos, llegaron a un precioso claro natural, junto al que discurrían las aguas cantarinas de un arroyo que salpicaba las orillas al chocar contra las piedras del sinuoso cauce, dotando al entorno de un frescor especial.
Aquel oasis ofrecía, además, unas impresionantes vistas sobre el viñedo que impactaron profundamente a Sebastian.