Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 8
18%

Capítulo 8

Almuerzo familiar

Durante la siguiente media hora, el nerviosismo inicial dio paso al auto ostracismo.

Sebastian estaba cada vez más huraño, contemplando consternado lo bien que se habían integrado Olivia y Meredith con los Pearl.

No sabía cómo comportarse en una situación como aquella, no le apetecía nada estar allí sentado, fingiendo estar encantado, y se limitaba a asentir o negar con la cabeza cuando Christine le hacía una pregunta directa.

Y cuando el tema divergió hacia los quehaceres diarios de la enorme finca, Sebastian sacó su móvil y empezó a contestar e-mails .

—Sebastian, por favor —musitó Christine en un tono casi inaudible—. ¡Deja de trabajar ahora mismo!

—Es solo un segundo, necesitan mi ayuda urgentemente en la comisaría, y por si no te has dado cuenta, no estoy en Londres —respondió insolente.

Christine volvió los ojos al cielo y decidió ignorarlo por completo.

Sabía que cuando se ponía tozudo era absurdo intentar convencerlo; sin embargo, la providencia quiso que fuese aquel el momento elegido por el invitado misterioso para hacer su aparición estelar, y cuando el servicio anunció su llegada, Sebastian no tuvo más remedio que prestar atención.

—¡Oh, Dios mío! ¡Nathan!

Christine se levantó de un salto de su asiento y corrió a dar la bienvenida al recién llegado, alertando a Sebastian, quien se giró en su asiento para comprobar por sí mismo quién era el que había hecho reaccionar de esa forma a Christine; y lo que vio le puso los pelos de punta.

Un hombre joven y muy apuesto miraba a su pareja con una sonrisa enorme en sus labios mientras esperaba a que ella se acercara, y cuando lo hizo, ambos se abrazaron con una efusividad que provocó que a Sebastian le diese un vuelco el estómago.

¿Quién era aquel tío? ¿Y por qué la estaba tocando de esa manera?

Sebastian no era un experto en relaciones, pero las señales eran inequívocas: la misma sensación que sentía cuando acechaba el peligro corría por su espalda.

Ni corto ni perezoso, se levantó de la silla ágilmente, ignoró la advertencia velada que le lanzó Olivia con su mirada y se acercó a su pareja, con una severidad en su rostro que Christine aún no le conocía.

—Sebastian, este es mi amigo de la infancia, Nathan Brewer. Nathan, este es mi novio, Sebastian Fairchild —los presentó Christine.

Sebastian escrutaba a Nathan con una frialdad casi asesina, concentrado en su mirada para extraer de él todo lo que necesitaba: unos treinta y cinco años, deportista acérrimo, a juzgar por lo definidos que estaban sus brazos, y soltero empedernido.

Su traje azul de lino llevaba “caro” y “de diseño” escrito en cada costura, así como sus zapatos de piel, demasiado pulcros para vivir en el pueblo de al lado.

A Sebastian le quedó cristalino que el tal Nathan era de buena familia y, lo peor del caso, que estaba profundamente interesado en Christine a nivel romántico.

—Encantado de conocerte, Sebastian —dijo Nathan, tendiéndole la mano.

—Yo soy el novio —se limitó a responder, mirando a Nathan de forma amenazante.

—¡Oh, vamos, Sebastian! ¡No seas bobo! —dijo Christine, agarrándolo de la mano—. Nathan es amigo mío de la infancia, su familia posee la finca contigua a la nuestra y hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

—Demasiado —confirmó Nathan, volviendo a mirar a Christine—. He estado demasiado ocupado estos últimos años, la empresa de papá no iba a llevarse sola… Pero bueno, ¡qué voy a contarle a la empresaria más influyente de Londres que no sepa ya!

—¡Oh, adulador! No te quites importancia, Nathan —dijo Christine, halagada.

—Está claro que eso es lo que mejor se le da —apuntó Sebastian, que no había levantado la mirada en ningún momento del recién llegado. Nathan volvió a buscar sus ojos, esta vez, con una mirada llena de confusión y arrepentimiento que, sin embargo, a Sebastian le parecieron totalmente falsos.

—Tu padre me ha invitado, pero si lo prefieres, podemos dejarlo para otro momento —dijo Nathan, fingiendo una cortesía que estaba muy lejos de sentir.

—¿Pero qué dices? No hay mejor momento que este para ponernos al día —dijo Christine.

—No sé, parece que no soy bienvenido. Quizá no haya sido tan buena idea venir sin avisar…

—Ha sido una pésima idea —interrumpió Sebastian, cada vez más ceñudo.

—Oh, no le hagas caso, Nathan. Sebastian tiene jet lag , si es que eso es posible volando desde Londres —añadió Christine, empezando a enfadarse.

—Sí, debe ser jet lag , no encuentro ninguna otra razón para tener ganas de vomitar —comentó Sebastian con sarcasmo.

Christine ignoró el comentario, se enganchó del brazo de Nathan y volvió a la mesa para presentárselo a los demás.

Sebastian los siguió de cerca, mirando a Nathan como si fuese un asesino en serie y él fuese el perro de presa encargado de su asedio.

Cada vez más molesto, se preguntó si la cosa podía ir a peor, porque lo dudaba sinceramente.

Pero aquello no había hecho más que empezar.

—Bueno, ¡cuéntame! —empezó Christine, después de hacer los honores—. Tengo entendido que has estado por ahí, viendo mundo y ampliando horizontes comerciales…

—Ha sido muy enriquecedor, he conocido a muchos tipos distintos de personas, pero el hogar es el hogar. Estaba deseando volver.

A Sebastian no le pasó desapercibida la mirada directa que acompañó a sus palabras, clavada en Christine, por supuesto, y frunció el ceño hasta convertir su rostro en una máscara hosca de mirada impenetrable.

Aunque Nathan había acaparado por completo el protagonismo de la conversación, Olivia no podía quitar los ojos de Sebastian, divertida al comprobar que su amigo estaba celoso como un novio despechado, e intercambiaba miradas furtivas con Meredith, que se tapaba la boca con la mano para evitar mostrar su risa.

Olivia también sonreía y, aunque empezaba a preocuparse por la extrema incomodidad de Sebastian, prefirió sentarse a disfrutar de ella y grabar aquella escena inenarrable en su memoria para ejemplificar los chistes que, por supuesto, pensaba hacer a su costa más adelante.

Como no disimulaban demasiado bien, Sebastian se dio cuenta finalmente de que se estaban mofando de él y les dirigió una mirada cargada de odio, lo que suscitó la carcajada en Meredith y casi lo logró en Olivia; pero, tal y como lanzó su ira contra ellas, Sebastian volvió a mirar al extraño, fingiendo un interés por su historia que estaba muy lejos de sentir.

Una vez que confirmó, a través del interminable discurso de autocomplacencia del individuo, que la primera sensación que había tenido sobre él era correcta, se calmó un poco, seguro de que Christine jamás podría sentirse atraída por semejante espécimen; así que decidió ignorarlo durante el resto de su apologética disertación sobre su persona y continuó con el arduo trabajo de contestar e-mails .

Cuando Christine se levantó para avisar de que sirvieran el postre, Bianca había logrado desbancar a su oponente en atención con su delicioso balbuceo y se había erigido en protagonista indiscutible de la reunión.

Nathan aprovechó aquel momento en que Christine estaba ausente para dirigirse a Sebastian, deseoso de provocarlo.

—Así que te dedicas a resolver crímenes —comentó con desdén—. Tu vida debe ser también de lo más interesante, Sebastian.

—Interesante y ocupada —puntualizó Sebastian, sin levantar los ojos de su móvil.

—Tanto como para ser incapaz de intervenir en una conversación.

—Mi tiempo es demasiado valioso como para perderlo predicando mis logros a diestro y siniestro, mucho menos, para escuchar los de los demás —respondió Sebastian—; en cuanto a mi falta de educación, tienes toda la razón, Nathan, he sido un maleducado.

—En ese momento, Sebastian levantó su mirada del teléfono y la clavó en los ojos de su adversario—.

La cuestión es que no me merece ningún respeto la conversación de una persona que necesita la aprobación de los demás para satisfacer su ego, alguien que además ha venido a casa de los Pearl para intentar deslumbrar a mi novia con su arenga petulante e insustancial.

—¿Disculpa? ¡Yo no he venido a nada de eso!

—Por supuesto que sí, aunque siento desairar tus ilusiones: tu amiga ya está… ocupada en otros menesteres, así que puedes ahorrarte el esfuerzo de intentar llamar su atención, cosa que, por otro lado, veo harto improbable.

—Eres… ¡un insolente! —exclamó Nathan, lleno de rabia y desconcertado por la respuesta de Sebastian. Sus mejillas habían ido enrojeciendo a medida que él le iba lanzando pullas y parecía que su cabeza estaba a punto de explotar.

Christine volvió justo a tiempo para darse cuenta del desafío que flotaba entre ambos hombres y de la evidente incomodidad de Sebastian.

No quería que él se sintiese así nada más llegar y era consciente del esfuerzo que estaba haciendo su pareja por agradarla, así que, antes de que la situación se les escapase de las manos, tomó una decisión.

Se acercó a Meredith, susurró unas palabras en su oído y, acto seguido, se dirigió a los comensales.

—Familia, voy a mostrarle a Sebastian los viñedos, que con tantas novedades no he tenido tiempo de hacerlo aún. No tardaremos, nos vemos en un rato en la piscina, ¿de acuerdo?

—Pero, hija, ¿no podéis ir un poco más tarde? —comentó Geoffrey, sorprendido—. Nathan ha venido a verte y…

—Id tranquilos. Olivia y yo nos quedamos con Nathan —intervino Meredith, reconduciendo la conversación—.

Estoy muy interesada en conocer un poco más sobre ese último viaje tuyo a Alemania.

Olivia y yo estamos pensando en hacer una escapadita y creo que no podríamos encontrar a nadie mejor que tú para instruirnos acerca de cuáles son los mejores destinos.