Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Mantener el tipo

Al llegar a la cocina, Joanne les sirvió un vaso de ponche a cada uno. Sebastian miró el brebaje con recelo mientras escuchaba la conversación entre madre e hija, pero finalmente decidió tomar un sorbo.

—¿Te gusta, Sebastian? —preguntó Joanne—. Es una receta familiar que ha pasado de generación en generación.

—Sí, es muy refrescante. Muchas gracias —respondió el detective, volviendo a colocar en sus labios esa extraña mueca que pretendía ser una sonrisa.

—Me alegro de que te guste. Aquí somos muy tradicionales para ciertas cosas, aunque para otras seamos demasiado avanzados para nuestro entorno —comentó Joanne.

—Si se refiere al desarrollo que realizan en la planta química, no puedo estar más de acuerdo —respondió Sebastian—. Tanto usted como su marido han demostrado ser unos visionarios, no hay más que ver los espectaculares resultados que logró la BPCP.

—Y que yo me estoy esmerando en mejorar —apuntó Christine.

—Tu padre estaba obsesionado con ese compuesto, lástima que no viéramos venir lo que Charles estaba haciendo con él —se lamentó Joanne—. Y por cierto, ve a buscarlo, Christine. Si no vas tú misma, se hará de rogar.

Christine asintió y se giró para dirigirse hacia el salón.

Sebastian la miró a los ojos, desesperado por que le pidiese que la acompañase, pero ella sonrió y le hizo señas para que se tranquilizase.

Él siguió sus pasos con su mirada, sintiéndose desamparado momentáneamente, y cuando estaba a punto de seguir a Christine, Joanne lo detuvo.

—Espera, Sebastian, me gustaría hablar contigo —lo interpeló.

Sebastian volvió a ponerse muy derecho y a colocar aquella mueca espantosa en sus labios, mientras asentía repetidamente.

Christine, atenta a su reacción, se quedó rezagada junto al marco de la puerta, deseando ser testigo de una escena que valía su peso en oro, a la vista de la evidente incomodidad de su pareja; pero su madre permaneció en silencio y, cuando Christine se encontró con su mirada, Joanne le hizo un gesto para que no se quedase a escuchar.

—Usted dirá, Joanne.

—Quería que supieras que me alegra mucho que estés aquí —empezó, mirándolo a los ojos con una sonrisa—, quiero que te sientas como en casa. Y deja de llamarme de usted, por favor.

—Tienes razón, perdona —se excusó tímidamente.

—Christine jamás ha traído a nadie antes, de hecho nunca nos ha presentado a ninguna pareja formalmente, y tengo que decir que me parece que su elección ha sido de lo más acertada, así que deseo que seamos buenos amigos.

Sebastian se sonrojó al escuchar a Joanne y, para intentar lidiar con el repentino calor que lo pilló desprevenido, se bebió todo el ponche de una sola vez…

Y se atragantó.

No se atrevió a respirar, por miedo a escupir delante de Joanne, y logró tragárselo todo de un golpe; pero eso fue lo peor que hizo. Se fue poniendo cada vez más rojo, pero mientras más contenía la respiración para no toser, más le escocía la garganta.

—Hijo, ¿estás bien? —preguntó Joanne, preocupada,

Al intentar responder, el ponche empezó a salir por su nariz y empezó a toser como un loco. Joanne intentó que no se ahogase golpeándole la espalda, avergonzándolo hasta límites insospechados.

—Por… supuesto —respondió Sebastian con voz débil, intentando recuperar el aire.

—No hables, no queremos que te ahogues nada más llegar —comentó risueña la dueña de la casa—. ¿Te encuentras mejor?

—Yo sí, mi ego no tanto —confesó, mirando a Joanne con sinceridad—. Lo siento, de veras, no suelo comportarme así.

—No pasa nada, hombre, todos nos hemos atragantado alguna vez en la vida —dijo Joanne, echándose a reír con ganas.

—Ha sido usted muy amable invitándonos a todos, intento corresponder de la misma forma, se lo aseguro, pero no puedo evitar estar algo nervioso por todo lo que este viaje implica.

—¿Porque es tu presentación oficial en familia? —preguntó Joanne.

—No, porque no soy muy dado a… las personas —confesó, casi recuperado.

—¡Oh, qué gracioso eres! —exclamó Joanne, riendo a carcajadas, dejándolo totalmente descolocado—.

Ya imaginaba que la mente más brillante de Londres debía ir acompañada de ciertas peculiaridades.

No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo.

Además, te entiendo perfectamente, yo misma no soy especialmente social, ni Geoffrey tampoco.

Solo tienes que ver adonde hemos decidido venirnos a pasar nuestra edad dorada, a una mansión separada por más de tres kilómetros del pueblo más cercano, que además no está muy poblado, que digamos.

—Cierto, no es el retiro que imaginaba para un matrimonio que lleva años organizando fiestas multitudinarias en pleno Camden —comentó Sebastian.

—¡Bah! Eso son solo obligaciones. Llevar una empresa no solo se trata de vender un producto, Sebastian.

—Ya me imagino.

Más relajado, Sebastian se enzarzó con Joanne en una conversación sobre el único tema que ambos tenían en común: Christine.

Joanne le relató algunas anécdotas sobre la infancia de su novia, de cómo fue creciendo hasta convertirse en la brillante empresaria y química que era actualmente; así que cuando Christine volvió a la cocina, charlando animadamente con su padre, se encontró con un Sebastian casi natural que incluso sonreía de verdad.

—Sebastian, te presento a mi padre, Geoffrey Pearl. Papá, este es mi novio, Sebastian Fairchild.

Sebastian borró su sonrisa de su rostro, se irguió de nuevo en toda su estatura y dio dos largas zancadas para ofrecerle su mano a lord Pearl a modo de saludo.

—Encantado de conocerle, señor Pearl.

—Sebastian Fairchild… —Geoffrey rodeó a Sebastian para servirse un vaso de ponche—.

Conozco muy bien a tus padres, muchacho.

Una familia muy influyente en la ciudad.

—Sebastian enmudeció, a la espera de ver por dónde continuaba la apreciación de su persona—.

Estoy al tanto del papel tan importante que desempeñaste en la detención del miserable de Charles y he de agradecerte tu intervención en el caso.

Has salvado la reputación de mi empresa, pero sobre todo, salvaste la vida de mi hija.

No sé qué habríamos hecho Joanne y yo si algo le hubiese ocurrido a Christine —Geoffrey desvió su mirada para posarla sobre su hija y sus ojos se empañaron momentáneamente—, así que muchas gracias, Sebastian —terminó lord Pearl, levantando su vaso para brindar con el detective.

—No hay de qué, habría hecho cualquier cosa por salvar la vida de Christine —respondió Sebastian muy serio, aceptando el brindis. Lord Pearl apuró su vaso y Sebastian hizo lo mismo, agradeciendo internamente no haber vuelto a atragantarse.

Geoffrey asintió y dio por zanjado el tema; entonces, su expresión cambió y una sonrisa maliciosa asomó a sus labios.

—Pero que conste que eres también el novio de mi Christine, así que tendré que ponerte las cosas un poco más difíciles.

No pienses que las tienes todas contigo, ¿eh, muchacho?

—El corpulento padre de Christine palmeó a Sebastian en el hombro con tanta fuerza que casi le hizo caer, y su expresión cambió a una de profundo asombro—.

¡Oh, vamos! ¡Solo bromeaba! Ven, vamos a tomar una cerveza, dejemos el ponche para las mujeres.

Buscando una salida a aquella encerrona, Sebastian levantó su mirada y descubrió complacido que Olivia y Meredith acababan de hacer aparición en la cocina. Aliviado como nunca, les dedicó una amplia sonrisa e hizo un gesto con la mano para que ambas se acercaran.

—Eeeh…, lord Pearl, quería aprovechar para presentarle a mi amiga Olivia y a su pareja, Meredith…

—¡Oh! ¡Tenéis un bebé! —lo interrumpió Geoffrey, lanzándose sobre la pareja recién llegada—.

¡Hola, cosita! ¡Ooh, es tan bonita! ¡Enhorabuena a las dos!

Es una suerte poder disfrutar de la alegría que dan los niños, sobre todo para nosotros, que ya tenemos una edad.

—Geoffrey se giró para mirar a Christine—.

Lamentablemente, nuestra hija aún no nos ha dado nietos, aunque claro, tampoco ha tenido pareja hasta ahora…

Pensándolo bien, muchacho —continuó, mirando a Sebastian—, creo que deberías ir barajando esa posibilidad, ¿no crees?

Mi Christine ya no es ninguna chiquilla, y tú debes rondar ya los treinta, más o menos…

—Papá, por favor, basta. Me estás avergonzando —murmuró Christine, sonrojándose.

—Sí, sí, perdona cariño, solo bromeaba. Es que estoy deseando ver correr a un nietecito por aquí, exactamente como tú hacías cuando eras pequeña… Además, Sebastian ya sabe que bromeo, ¿verdad?

Sebastian hacía rato que había vuelto a colocar su horrible mueca en sus labios y respiraba agitadamente. Al escuchar la pregunta directa, se apresuró a asentir con la cabeza, y entonces su mueca se convirtió en una de horror que, en lugar de resultar agradable, daba mucha grima.

Christine se giró para mirar a Sebastian al ver la expresión extrañada de sus padres, y al encontrarse con aquella terrible mueca, le dio un tirón de la manga de su chaqueta para llamarlo al orden.

—¿Qué? —murmuró Sebastian—. Creo que me estoy comportando bastante bien, dadas las circunstancias.

—¡Ah! Por cierto, Christine, tengo una sorpresa para ti —dijo Geoffrey de repente.

—¿Una sorpresa? —El gesto de Christine distaba mucho de ser alegre, bastante tenían ya con la extraña e incómoda situación que se había creado como para tener que soportar una sorpresa.

—¡Sí! Tenemos un invitado a almorzar, alguien que tenía tantas ganas de verte que no ha podido esperar ni siquiera a que os instalaseis.

—¿Un… invitado?

Christine se giró para mirar a su madre, pero esta negó con la cabeza; entonces clavó su mirada en Sebastian, alertada por el más que probable desconcierto que estaría sufriendo, y se encontró con que estaba pálido y muy rígido.

Sin dudarlo un segundo, ella se le acercó y rodeó su cintura con sus brazos para intentar infundirle ánimos.

—Bueno, os dejamos solos unos minutos —dijo Joanne, consciente de que la noticia no había caído bien en el seno de la pareja—. Vamos Geoffrey, le pediré a Gloria que ponga la mesa en el jardín. ¡Hoy hace un día espléndido!

—Lo siento mucho, Ash —susurró Christine, una vez que sus padres abandonaron la cocina—. De veras que no lo sabía…

—No te preocupes, estoy acostumbrado a las sorpresas desagradables —respondió Sebastian, que empezaba a recuperar el color en sus mejillas.

—Bueno, míralo por el lado bueno. Si tenemos otro comensal más, y es conocido de la familia, los Pearl no te asediarán a preguntas —dijo Olivia, intentando que Sebastian se sintiese mejor.

—Y si aun así insisten, les dejaré a Bianca para que jueguen con ella —añadió Meredith—. Parece que están encantados con tener a una personita en la casa.

—Es que está para comérsela —dijo Christine, sonriéndole a la pequeña.

Sebastian seguía rígido, incluso aunque ya estaba más calmado. Christine se puso de puntillas y le dio un beso rápido en la mejilla.

—Eres precioso, amor mío. Gracias por esto —le susurró al oído.

Sebastian sonrió, ofreció galantemente su brazo a Christine y respiró hondo.

—¿Salimos al jardín, cariño? —preguntó con retintín, pero con su sonrisa intacta.

—¿Te he dicho que eres el mejor novio del mundo?

—No lo suficiente.