Capítulo 6
Italia
—Por favor, haz un esfuerzo —dijo Christine, mirando a Sebastian con ojos soñadores.
Desde que habían subido al Mercedes que los había recogido para llevarlos al aeropuerto, Sebastian no había abandonado su expresión ceñuda en ningún momento. Christine, aunque divertida ante el arranque infantil de su pareja, empezaba a preocuparse.
—Ya estoy haciendo un esfuerzo —gruñó Sebastian en voz baja.
—En serio, todo va a ir como la seda. Mis padres se parecen mucho a mí y te van a adorar en cuanto te conozcan. Tú solo tienes que…
—Ser como soy —la interrumpió Sebastian, mirándola de soslayo—; ya lo sé, me lo has dicho cien veces. Tranquila, interpretaré mi papel a la perfección y sonreiré todo el tiempo, así tú podrás disfrutar de estos días y dejarás de insistir.
—No hace falta que sonrías si no te apetece —objetó Christine, un poco seria—. Vale, sé que estoy un poco pesada con el tema, pero que tú lleves enfadado una semana, tampoco me ayuda.
—¡Yo no estoy enfadado! —exclamó Sebastian, girándose hacia ella—. Dejemos el tema, ¿de acuerdo? Estoy haciendo lo que tú querías, ¿no? Pues ya está.
Christine iba a añadir algo más, pero se dio cuenta de que incidir en lo evidente solo serviría para hacerlo enfadar aún más, así que mantuvo el silencio y empezó a mirar a través de la ventanilla del coche, intentando pensar en otra cosa.
Sin embargo, Sebastian se dio cuenta de su incomodidad y se odió internamente por haberla tratado de aquella forma.
Al fin y al cabo, él había aceptado acompañarla, no era justo hacerla sentir mal por ello, incluso aunque él no estuviese cómodo con la idea.
La miró en silencio, admirando secretamente la paciencia con la que ella le había tratado durante los últimos días, y no pudo evitar que una pequeña sonrisa aflorase a sus labios.
Aún no era capaz de comprender cómo una mujer había podido poner todo su mundo patas arriba, cómo había podido cambiar diametralmente su opinión con respecto a las relaciones sentimentales en tan solo unos meses.
Mientras admiraba su perfil, pensó que Christine no era una mujer cualquiera, era la única con quien no podía mantener su coraza de frialdad y distanciamiento, la única con quien había podido ser sincero por completo sin que saliese huyendo despavorida al contemplar su interior; pero sobre todo, era la única que llenaba su corazón de calor y sentimientos.
Era una mujer muy atractiva, bellísima a sus ojos, sensual como ninguna otra; pero además, Christine era inteligente, resuelta y muy cariñosa.
Sebastian admiraba sus múltiples virtudes, su comprensión, su valentía e incluso su obstinación en algunos momentos, aunque también le asombraba que fuese tan disciplinada y a la vez tan divertida; entonces se dio cuenta de que se había enamorado de ella precisamente por aquella combinación de rasgos que la convertían en la única mujer capaz de tocar su alma, tanto como para lograr que consintiera ir con ella a Italia para conocer a su familia.
Mirándola en aquel instante, pensó por primera vez que todas aquellas pequeñas cosas que él adoraba de ella, se debían principalmente a su carácter y a su personalidad, pero también a los valores que le habían sido inculcados, a la forma de ser de la familia en cuyo seno ella había crecido, donde había desarrollado todo aquel potencial que ahora exhibía con una soltura envidiable.
Toda ella era el resultado de su contexto, por lo que sus padres también debían ser excepcionales.
Con aquel descubrimiento en mente, Sebastian alargó su brazo y agarró con delicadeza la mano de Christine, entrelazando sus dedos con los suyos. Christine se giró para mirarlo a los ojos y se encontró con una sonrisa preciosa en el rostro de Sebastian.
—Discúlpame, me he dejado llevar por el pánico. No pienses que vengo obligado, no es así. Intentaré relajarme y disfrutar de verdad de estos días juntos, a ambos nos hacen falta. Me olvidaré de Londres, del trabajo y de todo lo demás y me centraré en conocer ese lugar que significa tanto para ti.
—Gracias, amor —respondió Christine, cuya sonrisa había ido ampliándose al escuchar sus palabras, y le dio un suave beso en los labios.
Permanecieron cogidos de la mano durante el resto del trayecto.
Cuando estaban a punto de llegar al aeropuerto, Sebastian dejó de darle vueltas al asunto y se preparó para afrontar el inminente reto que se le presentaba: impresionar a su nueva familia.
Aunque estuviera muy nervioso, él era todo un caballero, y estaba dispuesto a demostrarlo.
***
El acceso a la propiedad de la familia Pearl atravesaba una pequeña arboleda que, además de proteger la intimidad de la villa, otorgaba a todo el conjunto un aire romántico y atemporal.
A medida que el coche avanzaba a través de aquella frondosa espesura, Sebastian, que había logrado controlar su estado anímico con relativa facilidad, sobre todo desde que se encontraron con Olivia, Meredith y Bianca en el aeropuerto, empezaba a ponerse nervioso de nuevo.
Sin embargo, sus diatribas quedaron relegadas a un segundo plano al abandonar el pequeño bosque, ya que quedó profundamente impresionado por el paisaje tal y como tuvo la edificación principal a la vista.
Cientos de vides se alineaban a ambos lados de la serpenteante carretera, creando una atmósfera idílica para todo aquel que no estuviese acostumbrado a un entorno como aquel.
El viñedo rodeaba por completo la gran mansión que se erguía en el centro de la finca, dotando al conjunto de un aura muy especial, tan bella como si aquel paraje hubiese salido directamente del lienzo de algún afamado paisajista italiano.
Olivia y Meredith miraban embobadas a ambos lados del camino, gratamente impresionadas por las vistas.
Meredith señaló con entusiasmo hacia un pequeño arroyo que corría junto a la casa, y que se perdía hacia la izquierda en un majestuoso bosque de árboles milenarios que alcanzaba mucho más allá de lo que la vista permitía vislumbrar.
Sebastian sonrió al escuchar a Bianca balbucear excitada, miró a Christine y se encontró con sus ojos llenos de ilusión, ansiosos por saber qué le parecía el entorno.
—Es precioso, Christine —confirmó Sebastian, haciéndola sonreír orgullosa.
Una vez que descendieron del coche, justo frente a la gran casa, pudieron hacerse una idea más realista sobre las dimensiones de la misma.
Pintada en tonos blancos y anaranjados, en consonancia con las edificaciones de la zona, era sencillamente inmensa, con un cuerpo central en el que se encontraba la puerta de acceso, donde Sebastian supuso que se encontrarían las estancias principales, y dos larguísimos brazos a sus costados que se extendían a lo largo de unos cincuenta metros a derecha e izquierda, dotados de unos magníficos ventanales que dejaban pasar la preciosa luz de aquel imponente oasis celestial que los rodeaba.
El sol brillaba fuerte aquella mañana de junio y la temperatura era lo suficientemente alta como para que empezase a sobrarles ropa a los recién llegados, así que, decidido a terminar con aquella incertidumbre que había vuelto a invadirle, Sebastian se quitó su abrigo, se alisó el traje, y anduvo extremadamente erguido junto a Christine hacia la puerta, con cara de acontecimientos.
Olivia, que no había querido mencionar nada sobre el tema, no pudo evitar sonreír al ser testigo del esfuerzo titánico que su amigo estaba haciendo por encajar en una situación que le era completamente ajena.
Justo cuando faltaban solo un par de metros para llegar a la entrada, la puerta principal se abrió, dejando paso a una mujer elegante y sonriente que aún retenía en sus facciones la belleza de antaño.
Al verla, Sebastian pensó en cuánto se parecía Christine a ella, e inconscientemente, se sintió cómodo desde el principio.
Estaba claro que había heredado su porte y su belleza, pero también su forma de mirar, que irradiaba ternura; y casi sin darse cuenta, sonrió, seguro de que congeniarían rápidamente.
—¡Hola, mi niña! —exclamó lady Joanne Pearl, abrazando a su hija con fuerza—. ¡Te hemos echado mucho de menos!
—Lo sé mamá, yo también —respondió Christine, encantada con el cálido recibimiento—. Mamá, este es el hombre del que tanto te he hablado, Sebastian Fairchild —lo presentó Christine, mirándolo a los ojos sonriente.
Al escuchar aquella frase introductoria, Sebastian entró en trance.
Automáticamente, una sonrisa forzada apareció en su rostro, como si alguien hubiese apretado un resorte en su cerebro que accionase un muelle en su boca capaz de hacerle enseñar hasta las muelas del juicio.
Acto seguido, Sebastian agarró con fuerza la mano de la dama y se la besó como si fuese un robot.
—Encantado de conocerla, lady Pearl —consiguió verbalizar.
Joanne Pearl quedó un poco extrañada ante el extravagante comportamiento de Sebastian, pero lo achacó a los nervios de la situación.
El chico tenía buena planta, era todo un caballero inglés, pero se notaba a kilómetros que estaba sobrepasado por las circunstancias.
Joanne lo examinó con detenimiento, había algo en él que le resultaba muy agradable y también simpático, además de su evidente atractivo.
Al ver cómo Sebastian la miraba expectante, deseoso de saber si le había causado una buena impresión, Joanne no tuvo dudas de que era un buen hombre.
Su hija había hecho una magnífica elección.
—Igualmente, señor Fairchild —dijo finalmente, mirando a su hija y asintiendo con complicidad—, aunque prefiero que dejemos las formalidades y que me llames Joanne. ¿Te parece bien, Sebastian?
Sebastian asintió con una pequeña sonrisa en los labios, y de repente recordó que tenía que hacer los honores con sus acompañantes.
—Joanne, estas son mi amiga Olivia y su pareja, Meredith, y esta niña preciosa es Bianca, su hija.
—¡Ay! ¡Qué cosa más bonita! —exclamó Joanne, lanzándose rápidamente para pellizcar los sonrosados mofletes de Bianca—. Perdonadme, no quería incomodaros, pero es que me encantan los niños —se disculpó con Olivia y Meredith.
—Pierda cuidado, lady Pearl —respondió Meredith—, a Bianca le encanta que le hagan carantoñas.
—Mamá, Olivia es inspectora de Scotland Yard —añadió Christine.
—¡Oh! Entonces sois compañeros, ¿no es así? —interpeló a Sebastian—. Christine me ha explicado que colaboras con la policía para resolver casos especialmente complicados.
—Así es —se enorgulleció Sebastian, hinchando el pecho.
—Su colaboración resulta crucial a la hora de aclarar situaciones difíciles —confirmó Olivia.
—O sea, que eres detective privado… —continuó Joanne.
—Algo así —afirmó Sebastian.
—¿Dónde está papá? —preguntó Christine, pasando adentro de la mansión.
—Leyendo el periódico, y ya sabes que, hasta que no termine, no se levantará de la mesa de desayuno —comentó Joanne, sonriendo.
—Bien, ahora iré a buscarle, pero antes me gustaría enseñarle a las chicas y a Sebastian dónde vamos a dormir.
—He pensado que os alojéis en el ala oeste, allí estaréis más cómodos los cuatro y tendréis más intimidad. Me he permitido organizar los dormitorios, espero que no os moleste… —indicó Joanne.
—No, al contrario —comentó Olivia—, se lo agradecemos mucho.
—Vamos a soltar las maletas y nos vemos ahora en la cocina —terminó Christine, volviendo a abrazar a su madre.
Christine los guió a través del larguísimo pasillo, indicando a Olivia y a Meredith cuál sería su dormitorio y después continuó con Sebastian un poco más hasta que llegaron al que ambos compartirían.
—¿Tú dormías aquí? ¿Tan lejos del resto de la casa? —preguntó Sebastian al llegar a la puerta del fondo del pasillo.
—No, tonto. Mi madre nos ha colocado lo suficientemente separados entre nosotros cuatro y también con respecto a ellos para que podamos… suspirar a gusto —bromeó. Sin embargo, Sebastian la miró con extrañeza.
—¿Tu madre da por sentado que vamos a…?
—Mi madre sabe que llevamos poco tiempo, y también sabe lo que pasa entre las sábanas de una pareja reciente cuando se sienten relajados y desean disfrutar el uno del otro —comentó Christine, alzando una ceja.
—La verdad es que no esperaba que tus padres nos permitieran dormir juntos, siquiera.
—Sería absurdo pensar que, si estoy prácticamente viviendo en tu casa, dormiríamos en habitaciones separadas, ¿no crees?
—No lo sé. Mi impresión es que los padres ven a sus hijos como eternos infantes, más aún, en el caso de las mujeres.
Creía que, debido a tu estatus, tus padres atenderían a los estereotipos sociales y tratarían de imponer su autoridad moral en un intento de demostrar que solo el matrimonio legitima la intimidad entre sus vástagos y sus posibles pretendientes.
La parrafada de Sebastian, llena de términos e ideas en desuso, hizo reír a Christine.
—Desde luego, nadie puede decir de ti que seas poco original —se limitó a comentar—. Mis padres son mucho más modernos de lo que piensas, y yo no soy ninguna niña, tengo treinta y un años.
—Sé perfectamente que no eres una niña —murmuró Sebastian mientras paseaba su mirada por sus sugerentes curvas—, lo que me sorprende es que tus padres estén al tanto de ello.
—Cariño —Christine se acercó a él, lo agarró del cuello y lo acercó a sus labios para darle un beso lleno de promesas impregnadas de sensualidad—, ya va siendo hora de que te enteres de que, si yo soy así, es porque mis padres así me han educado, y creo que te has dado cuenta de que yo no estoy chapada a la antigua en ningún aspecto.
Sebastian sonrió y se enredó en un beso caliente con su tentadora pareja.
—Ella me recuerda a ti —comentó, acariciando su mejilla.
—¿Ah, sí?
—El parecido físico es irrefutable. Tienes su mismo color de ojos, y esa sonrisa eterna que ilumina todo a tu alrededor; además la forma de tus orejas es idéntica…
—¿La forma de mis orejas? —rió Christine.
—Y tiene también tu misma manera de mirar. Me reconforta —confesó—; por desgracia, ahora que la he conocido, puedo imaginar de quien has heredado tu temperamento…
—Mi padre es un sol, Ash, todos dicen que me parezco a él.
—O sea, que no me equivoco —murmuró, bajando la cabeza.
—Si te llevas bien conmigo, también te llevarás bien con él. Y ya deja de preocuparte y ven conmigo, que estoy impaciente por enseñártelo todo.
Christine le plantó un sonoro beso en los labios, lo agarró de la muñeca y tiró de él hacia la cocina, donde su madre los esperaba con un delicioso ponche que había preparado ella misma.
Sebastian se dejó arrastrar, pero al pasar frente al dormitorio de Olivia y Meredith, echó una ojeada al interior, buscando desesperadamente una cara amiga en la que refugiarse…