Capítulo 5
Irascible
Aunque había sido sincero cuando aceptó acompañar a Christine a Italia, los días que siguieron a aquel compromiso fueron un sinvivir. Sebastian estaba insoportable, cualquier tontería lo ponía de mal humor y lo pagaba con todos los que le rodeaban.
Sobre todo, con Olivia.
La flamante inspectora era quien pasaba más tiempo con él, debido al gran número de casos que tenía que atender y que necesitaban del impagable asesoramiento del detective de moda en la comisaría, pero desde la noche en que Ava se había presentado en su casa, se encontró con que trabajar con Sebastian implicaba lidiar con silencios que duraban una eternidad, con miradas llenas de ira y con salidas de tono más punzantes de lo habitual.
Tan desconcertada estaba, tras dos días de reacciones desmedidas por parte de su amigo, que tuvo que llamar a Christine por teléfono para preguntar si había algún problema.
—Lo siento, no sé cómo lo aguantas —le dijo Christine—. Cuando llega a casa y me cuenta las cosas que te ha dicho…
—Bueno, al menos tiene remordimiento de conciencia —suspiró Olivia—, espero que contigo se comporte mejor.
—Trato de calmarle lo mejor que sé, pero reconozco que están siendo unos días difíciles —se lamentó Christine.
—Pero, ¿sabes a qué es debido?
—Eeeeh…, lamentablemente sí. Le he pedido que me acompañe a Italia unos días para conocer a mis padres.
No hizo falta que Christine dijese nada más. En cuanto Olivia imaginó a Sebastian en casa de Christine, fuera de su hábitat natural y rodeado de su familia, comprendió de dónde surgían todas esas inseguridades.
—No te haces una idea de lo difícil que resulta para él imaginarse en esa situación, Christine. Sebastian aborrece las convenciones sociales, mucho más, las familiares.
—Lo sé, fui testigo de ello hace años.
—Le sería mucho más fácil si pudiera conocer a tus padres aquí, en Londres. ¿No tienen que venir para nada próximamente?
—Probablemente sí, pero no pronto, y yo necesito verlos; pero sobre todo estoy deseando que lo conozcan a él —dijo Christine en tono melancólico.
—¿Estás segura de que quieres que lo conozcan? —bromeó Olivia, tratando de animarla—. ¿Lo has pensado bien? Mira que después no hay marcha atrás…
—Estoy segura de que lo adorarán —afirmó Christine con seguridad—. Yo tardé un segundo en enamorarme de él. A ellos les ocurrirá lo mismo…, con el paso de los días.
—Quizá con el paso de los meses —dijo Olivia, sonriendo—. ¿Cuándo dices que os vais?
—Dentro de una semana, ¿por qué?
—No sé, por hacerme una idea —comentó Olivia, aún imaginándose a Sebastian intentando ser amable con los padres de su novia.
—Olivia, se me acaba de ocurrir una idea magnífica. ¿Crees que tú, Meredith y la pequeña Bianca podríais acompañarnos?
Olivia se sorprendió al escuchar la descabellada idea de su nueva amiga.
¿Ir a Italia? ¿Todos juntos? Aunque, inmediatamente después, pensó en Meredith, en lo feliz que le haría hacer un viaje.
Sabía que había tenido pocas oportunidades de viajar y, de repente, la idea no le pareció tan absurda; pero cuando pensó en la pequeña Bianca, disfrutando del sol del sur de Europa, no pudo evitar sonreír.
—Eeeeh…, no sé si sería una buena idea…
—¡Oh, Olivia! ¡Sería fantástico! ¡Así me ayudaríais con este hombre tan cabezota! Seguro que si te tiene cerca, se comportará mejor. Al menos estará más cómodo, ¿no crees?
—Sssí, estará más cómodo…, pero no sé si podríamos…
—¿No tenéis vacaciones? Supongo que, siendo las fechas que son, podréis arreglarlo con vuestros jefes… —rogó Christine, esperanzada.
—De hecho, esta semana se están organizando los turnos en la comisaría…
—¡Olivia! ¡Por favor, di que sí! ¡Además, las chicas se lo pasarán genial!
En mi casa hay sitio de sobra para albergar a todo un regimiento y tenemos unos jardines preciosos y una piscina enorme donde podréis nadar hasta que os canséis…
¡Anda, por favor! ¡Échame una mano con esto!
Me hace mucha ilusión que vengáis y necesito que Sebastian esté relajado.
De hecho, su primera excusa para no venir fue que tú lo necesitarías aquí…
—terminó a toda velocidad. Y aunque Olivia se estaba haciendo de rogar, en su mente ya había empezado a organizar el viaje.
—Hablaré con Meredith, te digo algo esta misma tarde.
—¡Gracias, gracias! ¡No os arrepentiréis! ¡Lo vamos a pasar en grande!
Mucho más animada, Olivia volvió a entrar en la comisaría, y cuando Sebastian apareció con el ceño que ya se había convertido en habitual plantado en su frente, ella no pudo evitar sonreírle, dejándolo desconcertado.
—¿Qué pasa? ¿Tienes noticias sobre alguno de los ciento cincuenta millones de casos que Scotland Yard no puede resolver por sí solo? —la increpó ceñudo.
—De hecho, así es. Siéntate, déjame ilustrarte.
—Dudo mucho que puedas hacer eso —murmuró Sebastian, insolente. Olivia decidió ignorar la pulla, estaba demasiado contenta como para caer en su estúpido juego.
—¿Recuerdas tu investigación sobre el atentado contra la casa real, esa conspiración con la que estabas obsesionado y que me empeñé en desdeñar puesto que no había móvil alguno ni pista fehaciente que seguir?
—Aparte de mis pesquisas… —la interrumpió, mirándola altivo—, sí claro que me acuerdo.
—Pues tenías razón. Aunque no lo creas, normalmente te escucho, así que encargué a un pequeño equipo que investigase por ahí, ya que tú estabas demasiado ocupado resolviendo los problemas de Christine y de la BPCP —lo aguijoneó, suscitando una mirada de reproche en su amigo que la hizo sonreír—; pues bien, parece que alguien se ha ido de la lengua.
Uno de mis hombres recibió un chivatazo anónimo que lo puso directamente sobre la pista.
Hemos encontrado el cuartel general de la célula terrorista, de hecho deben de estar actuando ahora mismo.
Se van a realizar varias detenciones y, por lo que he oído, hemos podido arrestar a los cabecillas —terminó orgullosa.
—Lo sé —dijo Sebastian, petulante, sorprendiéndola una vez más—, y parece que habían escogido un lugar de lo más curioso para esconderse: bajo la Torre de Londres, en uno de los múltiples pasadizos que cruzan el Támesis por debajo de su cauce, los que usaban los antiguos monarcas como vía de escape cuando veían amenazada su vida.
—Así es —confirmó Olivia, asombrada una vez más por los vastos conocimientos de su amigo. Sebastian alzó las cejas y movió la cabeza con desdén, dando a entender que lo que ella le contaba era demasiado evidente como para ser comentado.
—Lo mejor de todo es que parece que mi tío Richard era uno de sus objetivos, aunque no sé qué tiene que ver un Comisionado de Scotland Yard con la Casa Real —comentó Sebastian con desinterés.
—Después de conocer el alcance que tiene tu tío solo por ser un Fairchild, no me extraña que tenga relaciones con altos cargos políticos, Sebastian, incluida la Casa Real.
—Sí, puede que tengas razón; en cualquier caso, ahora podrá dormir tranquilo. Me consta que ha estado inquieto estos días.
—¿Por qué? ¿Hablaste con él con respecto a Ava? —preguntó Olivia con sumo interés. Sebastian volvió a fruncir el ceño y clavó su mirada en ella.
—Será mejor que no hablemos de Ava, no sabes cuántas incomodidades me está causando su repentina decisión de reaparecer en mi vida para fastidiármela —gruñó.
—Eso me han dicho; aunque no hacía falta, ya lo estoy sufriendo en mis propias carnes —lo reprendió. Sebastian alzó las cejas sorprendido.
—¿Es que has hablado con Christine?
—Acabo de saber cuál es el motivo de tus desdichas, querido amigo, y, permíteme que te diga que eres tonto.
—Sebastian iba a replicar, pero cerró la boca de golpe, consciente de que Olivia tenía razón—.
Tienes que recomponerte, Sebastian. Si querías ir en serio con Christine, esto iba a ocurrir antes o después.
—Pues habría preferido después, muuuucho después —murmuró entre dientes.
Se levantó de un salto, impaciente por explicarse, y empezó a caminar arriba y abajo del despacho de Olivia, con sus manos apoyadas en las caderas como siempre hacía cuando intentaba unir las pistas de un caso difícil—.
¡Ella no lo entiende! ¿Te imaginas lo horrible que va a ser?
Seguro que su padre me mira raro, pensará que soy un niñato descerebrado que ha aparecido de la nada para aprovecharse de su maravillosa y única hija…
—Y no se equivocará en lo más mínimo —lo interrumpió Olivia con una sonrisita pedante.
Sebastian detuvo su deambular para lanzarle una mirada llena de odio, pero no dijo nada en su defensa—.
¡No seas crío, por Dios! Eres un Fairchild, sus padres conocen a tu familia y saben de sobra que no estás con Christine por dinero o posición, de eso ya vas sobrado; otra cosa es que crean que eres un niñato, en ti está comportarte a la altura…
—Olivia…
—… pero sé perfectamente que lo harás genial —terminó, sonriéndole ampliamente. Sebastian enmudeció, sorprendido por la respuesta de su amiga, y ella se acercó a él para que la escuchase atentamente—. Eres un gran hombre, Sebastian, tu fama te precede.
—Eso no es nada bueno —añadió apesadumbrado.
—¡Olvídate de eso! Puede que los Pearl hayan escuchado que has tenido una…
época un poco más díscola, pero precisamente esta es tu oportunidad de sacarles de su error.
Háblales de lo que estás haciendo ahora, muéstrales al hombre inteligente y encantador que llevas dentro y caerán rendidos ante ti, como nos ha pasado a todos.
—Pero, Olivia…
—¿Y sabes qué? Que cuentas, no con una, sino con dos bazas a tu favor.
—Sebastian volvió a enmudecer, esperando ansioso a que ella se explicase—.
La primera es que, por muy estúpido que seas, lo que los padres quieren es que sus hijos sean felices, y no hay más que mirar a Christine a los ojos para saber que la haces muy feliz.
Inmediatamente, la expresión de Sebastian se suavizó, y no pudo evitar sonreír como un tonto al pensar en ella.
—Sí, creo que la hago feliz. Excepto estos últimos días… —añadió, volviendo a fruncir el ceño—. Desde que sé que tengo que enfrentarme a esto, reconozco que he estado un pelín insoportable.
—¿Solo un pelín? —se cebó Olivia, pero terminó sonriendo—. En cualquier caso, tendrás ayuda sobre el terreno.
—¿A qué te refieres?
—Aún no lo he podido confirmar con Meredith, pero no creo que haya ningún problema: Christine nos ha invitado a acompañaros a Italia, así que todos estaremos allí para echarte una mano, por lo que pudiera pasar.
Sebastian se irguió en toda su estatura y miró a Olivia, desconcertado.
—¿En serio? ¿Vais a venir?
—Si todo sale según mis planes, así es. Vamos a pasarlo genial en Italia y tú te vas a comportar como el caballero que eres.
Aunque Sebastian se sintió mucho más relajado al saber que su amiga estaría con él para atravesar aquel lance, no quiso demostrárselo abiertamente, así que cambió de tema tan pronto como pudo.
—Bien. Espero que a Meredith y a Bianca les guste el sol —zanjó inexpresivo—. Y por cierto, si yo fuera la inspectora de una comisaría tan importante como la de Holborn, no me fiaría de un chivatazo tan oportuno.
—¿Qué quieres decir?
—Piensa, Olivia. ¿No te parece extraño que un grupo de terroristas expertos se haya instalado en pleno centro de Londres, con la vigilancia tan estrecha a la que esa zona en particular está sometida? Nadie en su sano juicio se expondría tanto.
—Esos pasadizos llevan años cerrados, dudo que ni siquiera tengan el mantenimiento mínimo —arguyó Olivia.
—Claaaaro —escupió Sebastian con sarcasmo en su voz—. Bajo la Torre de Londres, uno de los edificios más visitados de la ciudad, existen pasadizos en los que no ha entrado nadie en años. ¿Tú te escuchas cuando hablas? —la zahirió.
—Entonces, ¿quieres decir que es un señuelo?
—Solo digo que estés alerta. Creo que tendremos noticias sobre este caso más pronto que tarde.
Olivia se quedó mirándolo a los ojos mientras valoraba su, entonces, evidente deducción. La verdad es que resultaba muy extraño que todo hubiera sido tan fácil, así que, pese a que su orgullo se vio herido por la evidencia de su ineptitud, Olivia agradeció una vez más tener a Sebastian a su lado.
—Está bien, me pondré con ello ahora mismo. Y en cuanto al asunto de Ava…
—Déjalo estar. De momento, tendremos que esperar a que actúe. He hablado con Richard y está de acuerdo conmigo en que ha vuelto para intentar llamar mi atención; pero él no está preocupado, ni parece que Ava esté envuelta en problemas, por mucho que se empeñase en decir lo contrario.
—Sin embargo, tú dijiste que era una mujer muy inteligente, con muchos recursos en sus manos. Puede que esté tramando algo gordo, aunque aún no tengamos nociones de qué puede ser —apuntó Olivia.
—Me alegra saber que sí que me escuchabas —dijo Sebastian con retintín—. Sí, precisamente porque la conozco, sé que debo esperar a que actúe. No pienso dar ni un solo paso en falso con ella.
—Espero que no se le ocurra hacer nada antes de que nos marchemos a Italia —dijo Olivia, sonriendo—, la verdad es que me hace ilusión el viaje.
Sebastian puso sus ojos en blanco y suspiró al escucharla.
—Pues eres la única en esta habitación.