Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Christine, yo quiero estar solo contigo, no con tu familia y contigo.

No me gustan las reuniones en las que debo fingir que me interesa la insulsa y tediosa conversación de mi compañero de mesa, ni tener que dejar de leer un artículo que ha atrapado mi atención solo porque las convenciones así lo indican.

No me sentiré cómodo allí, estoy totalmente seguro de ello —murmuró.

—Te prometo que no será así. Confía en mí, Ash, no te lo pediría si no fuese importante para mí.

Haré todo lo que haga falta para que no estés incómodo, soy la primera interesada en que te enamores de aquello.

Allí es donde pasé muchos de los días de mi infancia, le tengo mucho cariño a esa tierra, pero no será lo mismo si tú no estás allí, ahora que me he enamorado de ti.

Él volvió a mirarla a los ojos conmovido, y no pudo evitar enredarse en un profundo beso con ella.

—Hmmm, ya veremos —respondió tozudo, con una media sonrisa seductora, aunque dándose cuenta de que tendría que ceder finalmente. Entonces, Christine se incorporó para mirarlo a los ojos y alzó una ceja sugerente.

—Si te parece, podría intentar convencerte de un modo… un poco más contundente…

—Ummmm…, ¿cómo de contundente? —respondió Sebastian, salaz.

—Tanto como para hacerte suspirar… —ronroneó Christine—. Sería un adelanto de todas las sorpresas que te esperan en la campiña italiana…

—Hmmm, bueno, quizá podrías intentarlo ahora mismo…

—Quizá podría… —respondió Christine, desapareciendo bajo las sábanas que los cubrían a ambos.

Sebastian dejó de mirarla en el momento en que sintió su lengua deslizándose sobre su abdomen, sonrió complacido cuando esta llegó a su ombligo y empezó a jadear tal y como acarició sus oblicuos.

Las descargas de placentera sensación lo recorrieron en cuanto sintió sus labios cerca de su ya pujante erección, pero Christine no lo satisfizo inmediatamente, sino que se deslizó entre sus piernas para besar sus rodillas y lamer la cara interna de sus muslos, creando expectación.

Ella separó aún más sus piernas para poder tener acceso a todo lo que se le antojase sin tener que pedir permiso y, aunque en un principio se sintió cohibido, y bajó su mirada para contemplar cómo la cabeza de su amante se movía allí abajo, en cuanto sintió aquella lengua juguetona seguir lamiendo en su camino hacia el norte, se humedeció los labios, presa de la anticipación.

Christine acarició sus testículos suavemente, arrancando los primeros gemidos de la garganta de Sebastian, y complacida por su respuesta, continuó hasta la base de su mástil, que se erguía ya, duro y palpitante.

Guiada por sus constantes sonidos de excitación, acarició toda su extensión hasta llegar a la cima, donde se recreó trazando lánguidos círculos alrededor, para coronar con sus labios en la punta por fin.

Pero no avanzó más allá.

Sebastian, tenso hasta lo indecible mientras esperaba ansioso la indescriptible sensación de sentirse abrazado por aquellos jugosos labios, estuvo tentado de moverse hacia su boca, solo para lograr su satisfacción; pero se limitó a jadear más seguido, pensando que así lograría que ella se apiadase de su necesidad de inmediato.

Sin embargo, Christine estaba disfrutando demasiado de aquel momento previo a la consumación de los anhelos de su amante y mantenía la expectativa bien arriba, sin dejar de acariciar su punta, que latía con desmesura y vibraba con cada lametón.

Hasta que él no pudo esperar más.

—Chris-t-tine…, por favor…

—¿Te gusta lo que te doy?

—S-ssí, sí…

—¿Y quieres que me la meta en la boca?

Al escucharla, su glande se humedeció de forma automática, respondiendo por él ante su incapacidad de verbalizar su deseo. Christine sintió su sabor en su lengua y sonrió con deleite.

—M-métetela…, o vas a hacer que me corra solo con imaginármelo… —confesó Sebastian casi tartamudeando, en un murmullo preñado de lascivia.

—Dios, Ash…

Encendida hasta lo más hondo, Christine sucumbió a sus ruegos y, agarrándose fuerte a aquel derroche de virilidad, lo introdujo en su boca sin dilación.

Sebastian exclamó un suave grito de pura satisfacción al sentirla, y perdió el sentido en el momento en que sus exigentes movimientos lo obligaron a disfrutarla con ferocidad.

Segundos más tarde, enceguecido por el placer que estaba sintiendo, Sebastian se deshizo de la sábana y, en un solo movimiento, se colocó a su vez entre las piernas de Christine que, sorprendida, se movió hacia él, de forma que también tuviese acceso a su húmedo sexo.

Había deseado en secreto que él se ocupara de ella, pero no quería estropear aquel momento que le estaba regalando pidiéndole que la atendiese; así que la sorpresa, además de mayúscula, fue más que bienvenida.

—Adoro tu sabor —masculló Sebastian, a la vez que se hundía entre sus labios—, adoro el sonido del sexo en tu cuerpo y me pone muy caliente pensar que te… estoy dando placer… al mismo t-tiempo… que tú a m-mí… Oo-ooh, Chris, sigue chupándomela as-ssí, así…

Descontrolado por el placer, Sebastian empezó a notar que no tardaría mucho en terminar, cada roce, cada profunda succión lo acercaba un palmo más a su orgasmo.

La boca de ella era infalible a la hora de complacerlo, y sentirse atrapado por ella a la vez que lo acariciaba firmemente con su lengua, lo trastornaba de formas inimaginables.

Así que trató de centrarse en su vibrante gema, que ya chorreaba de necesidad, succionando justo donde sabía que la volvía loca.

La respuesta del cuerpo femenino no tardó en llegar.

Christine se abrió para él, empezó a bascular suavemente hacia su boca mientras que gemía y gemía, sin dejar de atender su agónica erección.

El sonido de sus labios, de la saliva que servía de lubricante natural y de sus centros de placer siendo atendidos, creó un sugerente chapoteo que los empujó violentamente hacia un orgasmo inenarrable, durante el que ambos cuerpos se contorsionaron de forma salvaje, buscándose el uno al otro con una necesidad lacerante e imperiosa.

—Chris, estoy a punto, cariño….

—Me corro, Ash…, me c-corro…

Bañados en goce y en calor, enmudecieron, centrados en dar y recibir el placer más sublime; y cuando las oleadas de éxtasis empezaron a remitir, Sebastian colocó a Christine, que yacía desmadejada sobre la cama, justo junto a él para poder besarla.

Aunque exhausto, sus dedos la acariciaron desde la cadera al pecho, para terminar enredados en su dorada melena y así poder atraer sus labios entreabiertos a los suyos.

—Claro que iré contigo, por supuesto que iré contigo. Haré lo que sea por ti. Si es importante para ti, también lo es para mí.

Christine sonrió feliz, aún con sus ojos cerrados, y enredó sus dedos en los bucles de Sebastian para pegarse a él con todo su ser mientras lo besaba.

—Y te portarás bien —susurró Christine traviesa, segundos más tarde.

—Hmmm, para eso, tendrás que convencerme otra vez.