Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Proposición

No tardó demasiado en recordar la extraña y desagradable visita que acababan de tener. Aún en los brazos de Sebastian, que acariciaba sus hombros con sus ojos cerrados, Christine repasó mentalmente lo que había sentido al ver a Ava en el que ahora era también su apartamento.

Mientras dibujaba círculos con sus dedos sobre el pecho de su hombre, Christine tenía la mirada perdida, visualizando, como si estuviese frente a ella, el fabuloso cuerpo de aquella enigmática mujer.

Era un poco más bajita que ella, rasgo que suplían eficazmente sus altos tacones de aguja, pero mucho más voluptuosa.

Aquella noche vestía una falda estrecha y ceñida hasta la rodilla, la cual estilizaba su figura y obligaba al espectador a pasear sus ojos por su cintura y caderas; un top ajustado con escote cuadrado y un pañuelo en el cuello acentuaban ese toque agresivo y sensual que ella emanaba sin dificultad, además de dirigir todas las miradas sobre su prominente escote.

Incluso ella misma había reparado a primera vista en el voluminoso busto que aquella prenda tapaba a duras penas.

Ava era una bomba sexual y, por mucho que Sebastian insistiese en que jamás había sentido atracción por nadie hasta que la conoció, Christine no podía evitar pensar que la recién descubierta libido de su amante bien podría encenderse ante la visión de aquel cuerpo escultural, ahora que era consciente de que existía.

Y de repente, tuvo una magnífica idea.

—Cariño, ¿duermes? —susurró.

—Mmmm… —fue la respuesta que obtuvo de la garganta de Sebastian.

—Quería pedirte una cosa.

—Pídeme lo que quieras, ahora mismo me será imposible decirte que no —murmuró Sebastian.

—Verás, estaba pensando que, desde que estamos juntos, hemos tenido muy poco tiempo para estar a solas. Han ocurrido demasiadas cosas que nos han tenido muy atareados: la inspección a la que la planta se ha visto sometida, el aumento de casos en los que estás participando con Olivia…

—La remodelación del apartamento… —añadió Sebastian con retintín. Christine cerró la boca, frunció el ceño y le dio con la almohada en la cara, suscitando una carcajada en su amante—. ¿Qué? ¡Eso también te ha quitado tiempo! —se excusó, bromeando.

—La cuestión es que me gustaría que nos dedicáramos un poquito más el uno al otro, y aquí, en Londres, con tantas distracciones a nuestro alrededor, es imposible —zanjó Christine, obviando el comentario.

—¿Y qué sugieres? ¿Una escapada romántica a una isla privada?

¿Un fin de semana en un hotelito de los Cotswolds?

—Sebastian alzó las cejas y retiró su mirada de la de ella, imaginando cuánto le gustaría perderse en uno de esos bosques mágicos del oeste de Inglaterra de la mano de Christine—. ¡Oye, esa idea es magnífica!

—Lo es, pero se me había ocurrido algo… un poco distinto.

—A ver, cuéntame.

Christine se sentó en el colchón muy derecha, buscando superioridad física para poder convencerlo.

Sebastian se incorporó un poco y se recostó en el cabecero de la cama, dispuesto a escuchar.

Su sonrisa no abandonó sus labios, seguía pensando en las posibilidades que le ofrecería un fin de semana con Christine en un enclave idílico como Bath y sus alrededores.

—Verás, hace mucho que no veo a mis padres. Quitando la breve visita que me hicieron cuando ocurrió lo de Charles, llevo más de tres meses sin pasar tiempo con ellos. La verdad, los echo en falta.

—Es lógico —respondió Sebastian sin mucho interés.

—Me gustaría ir a visitarlos.

—Me parece bien —asintió, aún sin comprender.

—Contigo.

La feliz expresión que se había dibujado en el rostro de Sebastian, que ya estaba disfrutando en su mente de lo mullido que estaría el colchón de aquel hotel imaginario y cuánto iba a poder disfrutar de él con Christine sobre sus caderas, se esfumó de un golpe.

—¿Perdón?

—Sebastian, quiero que conozcas a mis padres.

El ceño que había aparecido en su rostro se disipó, dejando paso a una expresión de profundo asombro.

—¿Conocer a tus padres? ¿Por qué?

—Aún no has conocido a nadie de mi entorno, aparte de a Charles, y creo que ambos hubiésemos preferido que eso no ocurriera —añadió Christine, con una dulce sonrisa—.

Mis padres viven en la Toscana, en una mansión enorme donde podremos tener toda la privacidad que necesitamos.

Pasaríamos unos días en un enclave maravilloso, te enseñaría los viñedos, el pequeño pueblecito que queda cerca de la casa… Y de paso, conocerías a mis padres.

—No creo que pueda escaparme tantos días, Olivia me necesita; y además tú estás enfrascada por completo en el análisis de los datos que extrajimos del ordenador de Charles —se excusó Sebastian pobremente.

—¡Oh, vamos! Olivia podrá arreglárselas sola unos días, y yo puedo aplazar mi trabajo unas semanas. —La expresión de estupor de Sebastian la hizo sonreír. Se acercó a él para mirarle más de cerca—. ¿Qué es lo que ocurre en realidad? ¿No quieres… avanzar un poco en nuestra relación?

—¡No es eso! —exclamó Sebastian, confundido—. Es que…

—¿Qué? ¡Vamos! ¡Suéltalo ya!

—No me gustan los padres.

El comentario infantil arrancó una sonora risotada a Christine, que terminó convirtiéndose en un ataque de risa segundos después, logrando que Sebastian se enfurruñase.

—Pero…, ja, ja, ja, ¿cómo puedes decir eso? ¿Tú te has oído? “No me gustan los padres” —lo imitó, agravando su tono de voz—. ¿Qué es eso de que no te gustan los padres?

—Ni siquiera me gustan demasiado los míos —alegó, cada vez más molesto.

—Vamos, por favor —ronroneó Christine, acercándose para darle un beso—.

Piensa en todas las ventajas que te ofrezco: viaje en avión, preciosas puestas de sol, piscina al aire libre…

Y horas y horas de relajante siesta en mi habitación, las cuales podremos aprovechar para hacer mucho “ejercicio” —terminó, mirándolo traviesa.

—Hmmm, eso también podemos hacerlo aquí sin que haga falta coger un avión, meterme en un pueblo dejado de la mano de Dios y tener que conocer a gente extraña —gruñó malhumorado.

—No son gente extraña, son mi familia, Ash, y los quiero mucho —respondió, un poco molesta—.

Además, allí podremos relajarnos de verdad, cosa que aquí es prácticamente imposible, sobre todo desde que recibimos visitas no deseadas a altas horas de la noche —añadió con sarcasmo.

Sebastian clavó su mirada en ella, empezando a entender a qué venía ese repentino deseo de marcharse de Londres, pero decidió no ahondar en el tema.

—Jamás entenderé por qué las familias tienen que entrar en la ecuación de una relación amorosa.

Las estadísticas demuestran que la aprobación familiar supone un estrés innecesario en el seno de la pareja, y que ese estrés provoca la ruptura de más del ochenta por ciento de relaciones plenamente funcionales —expuso Sebastian con su brillante verborrea—.

Además, ¿por qué he de conocer a tus padres si tú no conoces a los míos?

—No los conozco porque apenas tienes relación con ellos —lo reprendió Christine—; además, eso no es del todo cierto, he hablado con tu madre por teléfono en un par de ocasiones.

—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Y por qué no me lo has dicho? —inquirió Sebastian, indignado.

—Cuando estás enfrascado en tu trabajo, ni siquiera me miras, ni tampoco atiendes el teléfono, es imposible que te des cuenta de si ha sonado o no —respondió Christine con una media sonrisa culpable—.

Y no te he dicho nada porque tu madre, que por cierto es un encanto, me pidió que no lo hiciese, que prefería que fueses tú quien le contases que yo existía cuando volviese a llamar otro día para hablar contigo.

Sebastian volvió a fruncir el ceño y la miró fijamente con expresión adusta. Christine se achantó al comprender que, sin quererlo, había violado su intimidad, y se apresuró a disculparse.

—P-perdona, cuando vi que era tu madre, pensé que era importante… —tartamudeó, asustada.

—No me he enfadado porque hayas atendido una llamada, no tengo nada que ocultar —se apresuró a aclarar Sebastian al ver la expresión de Christine—, pero me habría gustado que me lo dijeses.

—Lo siento, no volverá a ocurrir. Pensaba decírtelo a su debido tiempo, y el hecho de que ella me lo pidiese…, se ve que te conoce muy bien —susurró, aún preocupada.

Sebastian permaneció unos segundos en silencio, pensando en el poco tiempo que había dedicado a sus padres durante el último año, pero desechó la culpabilidad con un gesto de su cabeza y se centró en el asunto que Christine había sacado a relucir.

—Soy alérgico a conocer gente nueva —prosiguió, obstinado.

—Lo sé, y te aseguro que lo tendré en cuenta; pero entiéndeme, estoy deseando presentarle a mis padres al hombre que me ha robado el corazón, con el que comparto mi día a día, y que se ha convertido en una parte muy importante de mi vida.

Sus palabras lo conmovieron y no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.

—¿Soy una parte importante en tu vida?

—Ahora mismo, sí. Te has convertido en la persona que ocupa todos y cada uno de mis pensamientos, Sebastian, porque eres todo lo que esperaba en un hombre.

—Vamos, ven aquí —la conminó, abriendo sus brazos para recibirla. Christine sonrió con ganas y se apresuró a colocarse sobre su pecho, feliz de haber resuelto la pequeña disputa entre ambos.

—En serio, me gustaría mucho que vinieras conmigo —susurró, acariciándolo.

—¿Estás segura de que la aparición de Ava no ha tenido nada que ver con este deseo repentino?

Christine se tensó al escuchar su nombre, pero aunque pensó en primera instancia en ocultarle la verdad, finalmente desistió.

—No te voy a negar que me ha incomodado mucho la forma en la que se ha presentado aquí, pero no es ese el único motivo.