Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 3
8%

Capítulo 3

Fuego

Sebastian ardía con facilidad en cada encuentro con ella, aún se estaba acostumbrando a poder hacer el amor con la diosa de sus sueños cuando le apetecía y le costaba mucho no ceder al placer con rapidez.

Pasaba horas investigando cómo alargar su orgasmo para poder complacerla durante más tiempo, aunque ella alcanzaba el suyo en cada relación; pero Sebastian estaba seguro de que podía darle mucho más si mejoraba.

El problema radicaba en que ella no ayudaba a que eso ocurriera.

La pasión con la que Christine se entregaba a él, el poder que tenía sobre su cuerpo cuando lo tocaba y los sonidos que escapaban de su garganta cuando él se ocupaba de ella, lo excitaban demasiado; y como colofón, sus miradas, esas miradas ardientes que ella le lanzaba mientras él la tocaba, mientras cabalgaba sus caderas o mientras le practicaba sexo oral, eran su perdición.

El conjunto de todos aquellos estímulos que su mujer irradiaba para su disfrute eran una bomba de pura lascivia en su cuerpo que lo dejaba indefenso, excitado y tremendamente necesitado.

Sin embargo, aquella noche Sebastian se sentía diferente.

Aunque la deseaba inmensamente, también sabía que ella necesitaba sentirse especial a sus ojos, como ocurrió aquella otra noche en el cuarto de baño de su apartamento, después de haberla rescatado de las garras de Charles Bloodworth.

Y, como hizo en aquella ocasión, Sebastian se puso al mando de la situación desde el principio.

Y verlo así, exigente y ansioso al mismo tiempo, lo hacía parecer aún más deseable a sus ojos.

—Bésame —rogó ella, tal y como se tumbó sobre la cama, completamente desnuda.

Sebastian terminó de desnudarse con rapidez y se colocó entre sus piernas; pero contrariamente a lo que ella esperaba, no se introdujo en su cuerpo de inmediato, ni tampoco bajó por su vientre para besar el interior de su sexo; sin dejar de someterla con su mirada, Sebastian, apoyado sobre el colchón con su antebrazo, separó sus piernas con su mano libre y deslizó su pulgar por su ingle hasta encontrar su clítoris, que ya palpitaba de anticipación.

Tal y como él notó su excitación, se dedicó a acariciar la zona con una suavidad extrema y una lentitud desasosegante, a la par que deliciosa, sin levantar su ardiente mirada de los ojos de Christine.

Ella empezó a jadear bajo sus caricias, a mover su pelvis cuando sintió que la humedad había cubierto todo su sexo, sintiéndose dulcemente sometida.

Sebastian abrió la boca para poder jadear, profundamente excitado ante la reacción del cuerpo de Christine, que pedía a gritos que le diera un poco más.

—Solo existes tú —susurró con su voz grave y masculina—, pero eres una niña mala que se empeña en dudar de mí; pues bien, hoy va a quedarte muy claro que mi único deseo es hacerte mía, verte disfrutar con mis besos, con mis caricias y mi cuerpo.

Soy tuyo, solo tuyo, pero creo que tendré que demostrarte cuán mía eres para que lo entiendas de una vez.

Sebastian introdujo dos dedos en su cuerpo, escaló unos centímetros hasta encontrar aquel punto delicioso que la hacía vibrar y empezó a masajearlo, a golpearlo suavemente mientras atendía sin descanso su centro inflamado, arrancándole gritos de lujuria de sus labios y haciendo que su cuerpo se arqueara hacia él; Christine cerró los ojos, incapaz de sostener su mirada por más tiempo, y se entregó a la locura que él le ofrecía; así que cuando Sebastian metió uno de sus pechos en su cálida boca, la pilló por sorpresa, y creyó que no podría soportar tanto placer.

Ella se aferró a sus rizos para que mantuviese el ritmo exactamente como lo hacía en aquel momento, y empezó a mover sus caderas hacia sus dedos buscando la liberación que tanto necesitaba.

—Oo-ooh, Ash…, ¡Ooo-oooh, Ash!

—Córrete para mí —susurró Sebastian, exhalando su aliento sobre el pezón erguido y duro de Chistine. Y aquella voz susurrada sobre su pecho, tomada por el deseo, la hizo explotar en cuanto él se lo exigió.

Christine gritó su nombre aún más fuerte, aceleró el vaivén de sus caderas y alcanzó un orgasmo duro y saciante que Sebastian logró alargar durante unos segundos de más chupando su pezón con energía, mientras deslizaba sus dedos empapados sobre su clítoris y dentro de su cuerpo.

—Me gusta este cambio —acertó a articular Christine, segundos más tarde.

—Pues aún no he acabado contigo.

Consciente de la sensibilidad post orgasmo, Sebastian, colocado aún entre sus muslos, empezó a acariciar su propia erección, siempre con la mirada fija sobre la de Christine.

Quería que fuese ella quien se encendiese al descubrirlo, que fuese ella quien le pidiese que la penetrase para no forzar el momento. Y eso fue exactamente lo que consiguió.

Christine, que había cerrado los ojos momentáneamente para disfrutar de los efluvios del sexo, sintió que Sebastian se movía, pero se extrañó de no sentir ningún roce sobre su piel.

Sorprendida, abrió los ojos para comprobar en qué estaba ocupado, y el incendio que él acababa de apagar con sus dedos y su boca empezó a crecer de nuevo en el fondo de su cuerpo.

—¿No prefieres que sea yo la que te anime? —preguntó, empezando a incorporarse.

—Estoy animado de sobra —respondió Sebastian, mirándola sugerente—, lo que quiero es animarte a ti.

Christine le lanzó una media sonrisa seductora, se enganchó a su cuello y lo besó apasionadamente.

El beso se alargó un poco más de lo que Sebastian esperaba, ya que la expectativa de tenerla había activado su libido y le costaba separarse de sus labios, así que fue Christine quien tiró de él para colocarlo en la posición que deseaba, con su erección justo a la entrada de su cuerpo.

—Estabas esperando a que te lo pidiera… —jadeó encendida.

—Estaba esperando a que estuvieses lista para mí —gruñó él entre sus labios.

—Siempre estoy lista, si es para ti.

Sebastian se mordió el labio ante la sugerente confesión y se hundió en su cuerpo sin demora, y una vez más, sintió cómo perdía el control de sí mismo en el cuerpo de aquella mujer espectacular.

El simple roce de su piel contra la suya le hacía arder, así que cuando empezó a sentir cómo su cálido interior lo abrazaba, cómo se abría para él solo lo justo para acariciar su virilidad a medida que él la penetraba, Sebastian creyó que explotaría de inmediato; así que al tocar fondo, detuvo sus movimientos para intentar controlar sus profundos jadeos.

—No te haces una idea de lo que provocas en mí, incluso cuando pretendo mantenerme firme —susurró con la respiración entrecortada.

—Creo que en eso estamos a la par, cariño.

—Ni de lejos.

Sebastian retomó sus movimientos, separando su torso un poco para poder seguir mirándola a los ojos mientras la poseía.

Christine abrió la boca al sentirlo moviéndose dentro de sí, abrumada por su consistencia, por el calor que su cuerpo emanaba, por el anhelo con el que él la miraba; pero en cuanto se repuso de la visión de aquellos ojos verdes encendidos de deseo clavados en los suyos, comenzó a mover sus caderas para acompasarse con él.

Entonces, comenzó el delirio.

—Me vuelves… loco… —jadeó Sebastian, mordiendo sus labios—, cuando te mueves así, me transportas, siento que mi cuerpo…, es como si flot-tase…, oh, Chris…

Christine sintió cómo las fuertes manos de Sebastian cincelaban su cintura, cómo bajaban hasta su caderas para pegar su pelvis a la suya, obligándola a moverse con él, a permitirle entrar en su cuerpo hasta el fondo.

Enajenada por la sensación de plenitud, volvió a arquearse hacia él, cosa que Sebastian aprovechó para agarrarla por la espalda y, a la vez que se ponía de rodillas en el colchón, la levantó del mismo para colocarla a horcajadas sobre sus caderas como si fuera ingrávida.

Y con el cambio de postura, Christine sintió cómo su virilidad se clavaba con fuerza en lo más profundo de su ser.

—¡Oh, jod-der! —exclamó—. Dios, me encanta sentirte tan adentro, y tan duro…

—Nnno… me hables… así —suplicó Sebastian—, no quiero correrme antes de que… tú… Oo-ooh, Chris, muévete, así, no p-pares…

—Me gusta escuchar tu voz, Ash, y pensar que vas a partirme en dosss…

Alentado por sus ardientes palabras, Sebastian clavó sus dedos en las caderas femeninas, obligando a Christine a moverse exactamente como él deseaba.

Sus labios, deseando lamer cualquier parte de la suave piel de su amante, buscaron sus pechos y empezaron a besarlos con devoción.

Cada beso era correspondido con un gemido de dicha, y cuando Sebastian decidió lamer sus pezones, Christine perdió la razón.

Y aceleró sus caderas.

—Oh, cariño, qué bien lo… haces…, me encanta tu b-boca, oooh, Ash, sigue, ¡sigue!

El esfuerzo de contenerse para poder colmarla estaba resultándole sobrehumano.

Su erección, hinchada y palpitante, clamaba por sucumbir a la agonía más placentera hacía rato, deseando liberar su carga y otorgarle aún más placer del que estaba disfrutando; pero Sebastian, aferrado a sus caderas, lograba controlar el imperioso impulso de dejarse llevar con una maestría desconocida.

Cuando creía que no iba a poder empujar ni una sola vez más sin precipitarse, alejaba a Christine solo unos centímetros, ralentizaba su paso un toque o sacaba sus pechos de su boca para clavar su mirada en sus ojos entrecerrados; pero aunque la tortura era infinita solo con contemplar el rostro de Christine bañado por el placer, Sebastian estaba logrando refrenarse como deseaba.

Sin embargo, en el momento en que ella empezó a cabalgarlo sin tregua, con sus dedos enterrados entre los rizos de su pelo, gritando su nombre con cada roce de su lengua sobre sus duros pezones, Sebastian sintió cómo su glande se agitaba, irremisiblemente abocado a ceder al placer.

Empezó a jadear más seguido, sus manos ejercieron un agarre aún más férreo sobre las caderas de Christine y, anclado a su cuerpo por completo, Sebastian empezó a taladrarla con un ímpetu visceral y desmedido.

—Cariño…, me voy a correr…, ya no p-puedo p-parar…, eres deliciosa, Christine, me encanta sent-tirte tan mojada y nnno… Ooo-oooh, ¡oooh, señor!

Pero Christine ya volaba hacia su cenit. Había sentido como su pene se ensanchaba, llenándola por completo, y al escucharlo, aceleró un poco más…

—Ash, cariño…, sigue, córrete conmigo.

—¡Oh, Chris! ¡Chris!

Sobrevenido por una satisfacción inaudita, Sebastian sintió cómo su carga se acumulaba en la base de su erección, cómo subía a lo largo de esta acompañado por el húmedo abrazo de las paredes de Christine, que se cernían palpitantes a su alrededor a la vez que ella navegaba su propio orgasmo entre gritos.

Ciego de dicha, sintió cómo su glande se sacudió violentamente, empezando a descargar su placer a borbotones, compelido por los movimientos del cuerpo de su amante.

Cada eyección le supo más deliciosa que la anterior, cada explosión arrancó un graznido de goce de su garganta, cada movimiento de las caderas de su compañera le otorgó una dicha más intensa y, con su boca perdida entre sus pechos, terminó de disfrutarla.

—Oh, cariño…, Chris…

—Te amo, Sebastian. Te amo.

Se quedaron abrazados durante minutos, como fundidos en un instante eterno, sintiendo la piel caliente, la respiración acompasada y los besos furtivos del otro.

Ajenos por completo a la indiscreta mirada que los vigilaba a través de la lente de una cámara.