Capítulo 2 #2
Ambos permanecieron en silencio durante unos instantes. Sebastian, pensando en esos secretos que desconocía y que ahora amenazaban con destruir a su tío Richard; Christine intentando componer la imagen final de todo lo que él acababa de relatarle.
—¿Y qué es eso que le debes? —continuó—. Porque si no tiene nada contra ti, ni te ha hecho ningún favor…
—Yo no he dicho eso —la interrumpió Sebastian—. Sí que le debo un favor, uno de los gordos, porque gracias a ella no fui expulsado de la universidad.
—A ver, a ver, no lo entiendo. De manera que te cargó el muerto, y nunca mejor dicho, cuando robó un cadáver de la morgue; y aun así, ¿te salvó de que te expulsaran de la universidad?
—Digamos que cometí un error muy grave, uno que casi le costó la vida a un profesor, y ella se hizo responsable frente al consejo —admitió taciturno—.
Aún no estaba versado en química, de hecho, ese fue uno de los motivos de mi interés por esa rama de la ciencia a posteriori.
Preparé una disolución que provocó un incendio en el laboratorio.
Nuestro profesor de química terminó en el hospital con quemaduras de tercer grado en el rostro y en las manos porque…
Porque manipulé los elementos estando borracho y me equivoqué en las medidas.
—¡Dios mío! —Christine abrió la boca, muy sorprendida.
—Sí, uno de los pocos desastres irresolubles provocados por mi torpeza —masculló—. Aún no me lo he perdonado, si te soy sincero.
—Y ella se echó la culpa…
—Se abrió una investigación en el departamento, buscaban sangre.
Si me hubieran descubierto, me habrían expulsado de inmediato, frustrando además cualquier intento de acceso por mi parte a otra universidad científica dentro del Reino Unido.
Ava tenía contactos en la junta, sabía que habría represalias contra ella, pero también que no la vetarían de por vida; y como ella tenía otros planes más interesantes para sí misma, se atribuyó el desastre, fue expulsada y yo pude continuar con mis estudios.
—¿Y no te pidió que la recompensases después de aquel “sacrificio”?
—Si hubiera detectado algún atisbo de sexualidad en mí, por supuesto que lo habría hecho; pero me conocía bien y sabía que no tenía nada que hacer, que mis atenciones serían forzadas… Y ella no quería eso.
—Pero ahora, sí —concluyó Christine.
—Esa era una de las razones por las que no quería airear mucho lo nuestro, amor mío —apuntó con retintín.
—Hmmm… No creo que Ava haya descubierto que estamos juntos a raíz de abrir las cortinas, Sebastian.
—Eso nunca lo sabremos —respondió en voz baja.
Christine se cruzó de brazos y empezó a caminar arriba y abajo de la cocina, valorando en voz alta la situación.
—Es decir, que la loca ex-compañera de Medicina ha venido a intentar tentarte para conseguir cumplir sus fantasías eróticas de la juventud…
—Y a fastidiar a mi tío Richard —añadió Sebastian.
—Yo diría “o”.
—¿Perdón?
—Yo creo que lo de tu tío Richard es solo una advertencia, una amenaza velada para que cedas a sus requerimientos —desveló Christine.
—Me lo habría dicho, es una mujer muy clara.
—No te lo ha dicho… aún. Si no me equivoco, la solicitud llegará en el momento adecuado. Te lo digo yo, que soy una experta en el terreno.
Sebastian la miró pensativo durante unos instantes, recordando cómo ella misma había preparado aquella cena en su casa solo para poder conquistarlo, y asintió al comprender que era posible que Ava estuviese planeando algo similar.
—De cualquier modo, tendremos que esperar a que actúe. Sin crimen, no hay caso.
—Yo creo que deberíamos prepararnos, no quiero que nos coja desprevenidos, sea lo que sea lo que tenga en mente esa arpía —indicó Christine.
—Hablaré con Richard mañana, a ver cuánto hay de cierto en lo poco que ella ha desvelado. Entonces, sabremos a qué atenernos. Pero quiero que estés tranquila, no creo que llegue la sangre al río.
—Habla con Richard, pero no esperes que me quede tranquila después de lo que me has contado. Como comprenderás, no es fácil olvidar que una maníaca ha ideado un plan para fastidiar a tu familia y estropear lo nuestro.
Sebastian se acercó despacio a ella, el fuego empezó a titilar en sus ojos. La abrazó por la cintura con fuerza, la pegó a su cuerpo y la beso con delicadeza en los labios.
—Nadie va a estropear lo nuestro, no permitiré que nadie se interponga entre nosotros —susurró vehemente.
—Esperemos que no seamos nosotros mismos quienes le facilitemos el camino a esa bruja —murmuró Christine, cediendo a sus besos.
—Por mí, como si se planta desnuda en mi dormitorio —susurró Sebastian, embebido ya en los labios de su chica—. Yo solo tengo hambre de ti…
Al escuchar aquellas palabras preñadas de anhelo, Christine no tuvo otra opción que rendirse al fuego de su amante. Enlazó sus brazos tras su cuello, besándolo apasionadamente, y solo cuando se quedó sin aliento entre sus labios, fue capaz de mediar palabra.
—Quiero sentirte, quiero que me hagas olvidar que ella existe —suspiró—. Llévame a la cama y hazme el amor, Ash.
Sebastian rugió de deseo al escucharla. Se hundió en su boca, la tomó en brazos y la llevó al dormitorio en volandas, cegado por el imperioso deseo de darle todo lo que ella le pedía.
Al llegar junto a la cama, la depositó en el suelo y la miró a los ojos con una intensidad que habría asustado a cualquiera que no lo conociese, pero que calcinó a Christine hasta los huesos.
—Desnúdate.