Sebastian: Celos (Sebastian 2) Capítulo 2
5%

Capítulo 2

Medicina

Sebastian entró en la cocina seguido de Christine, que aún no se había deshecho de su gesto de disgusto.

Abrió la pequeña despensa que, colocada estratégicamente bajo la encimera y alejada del calor de los fogones y del refrigerador, hacía las veces de bodega.

Tenía una botella de Syrah muy especial reservada para una ocasión memorable, pero aunque no era aquel el momento que él habría elegido para descorcharla, pensó que nada mejor que un buen vino para aliviar tensiones entre ambos.

De espaldas a ella, sacó el abrebotellas y dos copas y, mientras abría el contenedor del preciado líquido, empezó a hablar.

—La conocí durante el primer año de Medicina. Era lista, muy metódica y compartíamos un interés desmedido por la anatomía, algo que captó inmediatamente mi atención.

—El que fuera atractiva y sexy no tuvo nada que ver, claro está —soltó Christine con sarcasmo.

—Sé que no me crees, y lo entiendo, pero vuelvo a repetirte que jamás me había interesado nadie en ese sentido hasta que te conocí —murmuró, aun sabiendo que no serviría de nada, dado el gran atractivo de su ex-compañera de facultad.

—Ya, seguro —zanjó Christine, incrédula.

Sebastian, aún de espaldas, alzó las cejas exasperado. Aquella explicación iba a resultar mucho más dura de lo que esperaba, así que intentó simplificar.

—La cuestión es sencilla: pensé que era una mujer interesante y, dado que no hice amigos durante ese primer año, le propuse ser compañeros de equipo de cara a la entrega de trabajos y a las prácticas.

—Y ella accedió encantada —puntualizó Christine.

Sebastian se giró paciente, ya con las dos copas de vino servidas, y le entregó la suya a Christine, mirándola fijamente a los ojos.

—Al principio, inocente de mí, creí que era porque me consideraba a la altura de sus capacidades, o simplemente porque era una asocial como yo y había encontrado a alguien lo suficientemente friki como para comprender sus extrañas inclinaciones; no fue hasta muy avanzado el semestre que empecé a darme cuenta de que su interés en mí iba mucho más allá.

—Está claro que eras muy inocente, yo lo he visto tal y como ha entrado por la puerta —escupió Christine. Sebastian suspiró y la miró a los ojos muy serio.

—¿Sigo? ¿O prefieres que me calle?

Christine no respondió, se limitó a mirarlo a los ojos sin pestañear. Sebastian asintió después de unos segundos, dando por sentada su afirmación.

—Empezamos a pasar mucho tiempo juntos, nos repartíamos las tareas y pudimos incluso adelantar asignaturas, ya que al acabar la jornada, nos poníamos al día de los temas más importantes de las clases a las que el otro había acudido; pero entonces, algo cambió.

—Se cansó de esperar a que te la tirases —farfulló Christine con desdén.

Aquel comentario terminó de sacarlo de sus casillas. Sebastian bufó por la nariz, puso su copa sobre la encimera y se colocó frente a Christine con las manos sobre sus caderas, mirándola desafiante.

—¿Vas a seguir lanzándome pullas? Porque lo único que estoy haciendo es ser totalmente sincero contigo, aunque si lo prefieres, nos vamos a dormir y dejamos el tema.

Christine respiró hondo, bajó la cabeza momentáneamente y volvió a levantarla para mirarlo a los ojos; pero su expresión ya había cambiado.

—Lo siento, tienes razón. Me siento herida, estoy intentando sobrellevarlo.

—No lo estás intentando, estás esperando a que yo te diga algo en qué apoyarte para formar un escándalo, y no estoy por la labor de cooperar —respondió Sebastian, tajante.

—Lo siento —repitió Christine—. Por favor, sigue, quiero saber qué pasó.

Sebastian frunció el ceño, pero recordó cómo se sintió Christine aquella otra vez que se enfadó porque se sintió presionada, y la conclusión a la que llegó entonces: «No imponerme.

Dejarle espacio. Sonreírle. Darle un beso».

No era el momento de besarla, ni tenía ganas de sonreír, pero sí que trató de recomponerse, en lugar de insistir y hacer leña del árbol caído.

Decidió acercarse a ella, pero las palabras correctas no llegaban a sus labios; sin embargo, al sentirla cerca, sus sentimientos le indicaron lo que tenía que hacer.

—Ella no es una amenaza, te lo aseguro —susurró. Automáticamente, su mano se alzó para acariciar la mejilla de la mujer que amaba y la miró a los ojos muy serio, intentando reconfortarla.

Encandilada por su mirada, ella asintió y se acercó un poco más a él, buscando un beso que sellase un pacto de no agresión entre ambos. Sebastian suspiró, la acercó a sus labios y besó su frente con devoción.

—Aún me cuesta creer que yo haya sido la única mujer de tu vida, Ash —murmuró Christine con los ojos cerrados.

—Ya sabes que soy un “rarito”, no deberías sorprenderte al constatar una rareza más —bromeó—. No podría mentirte, mucho menos, sobre eso.

—Confío en ti, son los celos los que hablan. —Christine se separó de él, lo abrazó por la cintura y lo miró a los ojos. Su semblante había cambiado, lucía mucho más calmada—. ¿Y bien? ¿Qué fue lo que cambió?

—A raíz de ese incidente que mencioné antes…

—El robo del cuerpo de la morgue…

—Exacto —confirmó—, ella empezó a comportarse de manera extraña. Sus aspiraciones se dirigían hacia el lado más oscuro de la medicina y conllevaban una serie de “pruebas” con las que yo no estaba de acuerdo.

—¿Qué clase de pruebas?

—De las que implican violar la integridad física de las personas —añadió con cuidado.

—De personas muertas…

—No. —Christine abrió mucho los ojos y la boca y ahogó una exclamación en su garganta, horrorizada—. Ella quería ir más allá, y para ello necesitaba respuestas que solo podría obtener directamente del paciente.

A Christine se le revolvieron las tripas mientras imaginaba toda clase de atrocidades perpetradas por aquella mujer tan sensual que, sin embargo, era la maldad personificada.

—¿Los… torturaba?

—Algo así —confirmó Sebastian—. Pero no quiero entrar en detalles, no con un vino tan delicioso entre manos.

Sebastian alargó su brazo para volver a coger la copa de vino, separándose momentáneamente de Christine, quien hizo lo mismo con la suya, vaciándola de un trago.

—Dios, es horrible —murmuró sobrepasada.

—Lo es, pero aquellas barbaries le abrieron las puertas al mundo en el que ejerce actualmente, cosa que no habría podido lograr ciñéndose a los protocolos establecidos en la universidad.

—Y tú la admiras por ello… —concluyó Christine, clavando su intensa mirada en los ojos de Sebastian.

—Yo no he dicho eso. —Sebastian respiró hondo, pero no pudo negar la evidencia—. Me parece una persona muy interesante. Nada más —se limitó a decir.

—Una mujer muy interesante —puntualizó Christine.

—Es mujer a tus ojos; a los míos, es solo un cerebro retorcido y maquiavélico, aunque brillante como pocos —perfiló Sebastian.

Christine continuaba pensando que Ava había causado una honda impresión en Sebastian, pero decidida a no continuar con el conflicto que aquella mujer había logrado que surgiera entre ellos, solo con aparecer durante cinco minutos, fingió estar de acuerdo para que él continuase con su historia.

Necesitaba tener una opinión formada sobre ella para saber a qué atenerse.

—Está bien, solo cerebro —aceptó, aunque visiblemente reticente—. Continúa.

—A medida que pasaron los meses, nuestra relación se volvió más estrecha.

Conoció a mi familia, yo mismo me ocupé de ello al tener que pasar tantas horas juntos, y comprendió rápidamente que personas como mi tío Richard serían cruciales para su futuro.

Así que fue tejiendo su tela a mi alrededor, logrando convertirse en una más de los Fairchild, solo con el fin de conocer secretos sobre ellos que ni sus propias parejas conocían.

Y cuando creyó que había afianzado suficientemente su posición, me mostró su lado más oscuro.

Sebastian desvió su mirada sobre un punto imaginario en la pared, recordando cómo se desarrollaron aquellos días frenéticos junto a Ava, cómo juntos fueron desgranando los resultados de las pruebas que él creía inocuas, cuánto aprendió compartiendo sus conclusiones con ella…

Y el fatal destino de todos aquellos avances.

—¿Y? ¿Que ocurrió? ¿Os amenazó? —lo instó Christine, llena de curiosidad.

—No, eso es lo que pretende hacer ahora, ya la has oído —respondió Sebastian, apesadumbrado—. Entonces se limitó a hacer alarde de su poder frente a mis ojos, a hacerme saber que podría destruirme o encumbrarme según yo me comportase con ella a partir de aquel momento.

—¿Quieres decir que te pidió…?

—Sí, exacto. —Sebastian cerró los ojos y respiró hondo, gesto que suscitó inmediatamente la compasión de Christine, que se acercó presta para abrazarlo por la cintura, buscando sus ojos—. No pasa nada, no te preocupes —murmuró Sebastian, intentando quitarle importancia al asunto.

—¡Claro que pasa! Debe haber sido una situación muy desagradable.

—Mi primer contacto con la sexualidad femenina: una mujer que pretendía que jodiese con ella a cambio de no joder a toda mi familia —añadió Sebastian, mordaz.

—¿Y cómo lograste quitártela de encima?

—Tuve suerte, creo. Cuando le expliqué mi condición, la cual ya conoces, Ava me creyó. No sé por qué lo hizo, a ti te cuesta un mundo creerlo, pero ella me creyó. Y no volvió a insistir sobre el tema.

—¿Y no amenazó con utilizar toda esa información que había obtenido de tu familia, con tal de tenerte? —inquirió Christine, horrorizada.

—No. En aquel momento no le di importancia, estaba demasiado focalizado en los avances que estábamos logrando juntos; pero está claro que se guardaba ese as en la manga para cuando pudiese hacer uso de él.

Por eso siempre me ha obsesionado tener acceso a la información.

Ella me enseñó lo útil que es conocer los detalles más insignificantes de cualquier asunto, sobre todo los que pueden llegar a pasar desapercibidos para los demás, porque nunca se sabe cuándo tendrás que utilizarlos en tu favor.