Sean (Dublín 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Malahide (el topónimo Mullach Íde significa El Promontorio de Santa Ira en gaélico irlandés) es una localidad irlandesa tradicional y preciosa situada a orillas del mar.

Ubicado a solo dieciséis kilómetros al norte de la capital de Irlanda, Malahide es considerado uno de los pueblos más ricos de Dublín.

Sus hermosas vistas, sus espectaculares urbanizaciones, sus villas, sus mansiones, sus buenos colegios y su pintoresco casco histórico con un castillo del siglo XII incluido, lo han ido convirtiendo con el paso de los años en la joya de la corona, en el sitio donde todo el mundo quiere invertir;

como era el caso de su primo Elliot, que a sus treinta y seis años y a punto de abandonar el fútbol profesional, había decidido comprarse allí una propiedad impresionante con vistas al mar.

Una opción motivada principalmente por sus lazos familiares con Dublín y que según él le estaba costando un riñón, y lo que le quedaba por gastar, porque la remodelación de la casa principal, que estaba en un acantilado, iba a tener que ser integral,

tal como le acababa de confirmar otro arquitecto de la zona.

Un amigo de Éire Reilly que, por su parte, iba a ser la encargada de la reforma interior de la casa, aunque Isabelle la veía cada vez más desmotivada.

─Desde aquí al centro de Dublín se tarda una media hora en coche y no suele haber demasiados atascos.

Estaba explicando la agente inmobiliaria a su madre, que la había acompañado hasta Malahide para atender al contratista de Elliot en ausencia de Elliot, e Isabelle les dio la espalda y se asomó al enorme ventanal que daba de frente al Mar de Irlanda. Una auténtica maravilla.

─La población de Malahide es de solo 18.608 habitantes, estamos en la línea ferroviaria Dublín-Belfast y perfectamente comunicados gracias a un transporte público eficiente y moderno. Su sobrino estará muy cómodo aquí.

─Lo sé, somos de Dún Laoghaire ─respondió su madre─, el mismo perfil y en la misma línea de costa.

─Eso me había comentado el señor Clafin, que su familia materna es de Dún Laogherie.

─Así es, desde los años cincuenta.

─¿Y no les ha comentado a ustedes cuándo piensa venir por aquí?

─La verdad es que no, solo nos ha pedido que viniéramos en su nombre a conocer al contratista. No nos ha dicho nada más.

─Qué lástima, en fin, ¿quiere que le enseñe el invernadero, señora Reagan?

─Por supuesto.

Contestó su madre y le hizo un gesto a ella para que no se moviera de ahí mientras iba a echar un vistazo al invernadero que, ya habían notado al llegar a la propiedad, estaba tan abandonado como todo lo demás.

─Isa, ¿tú sabes que te adoro?

Éire apareció en el salón, se le acercó con su ordenador, lo acomodó sobre la única mesa que había en ese espacio, se puso en jarras y respiró hondo antes de clavarle sus enormes y extraordinarios ojos grises.

─Lo digo porque no quiero que te lo tomes a mal, pero he estado pensándolo mucho y creo que es una pésima idea que yo me ocupe de este proyecto.

─No me lo pienso tomar a mal, pero… ¿qué ha pasado?

─Ha pasado que tu primo es un pasota.

─Bueno, yo…

─No se puede trabajar con un cliente que ni siquiera se ha molestado en venir a medir una pared.

─Lo entiendo perfectamente, sin embargo, tú tienes que entender que él funcionar así, está siempre muy ocupado y por eso está acostumbrado a delegar. Me consta que confía plenamente en tu criterio.

─¿Por qué?, si no me conoce.

─Conoce tu trabajo. Le has enviado todo lo que has hecho en estos últimos años.

─Mira ─se pasó una mano por la cara─, ya es bastante difícil trabajar y lidiar con un cliente al que podemos ver a diario y pedirle opinión sobre la marcha.

No me quiero ni imaginar lo que pasará cuando, después de empezar la obra y hacerla bajo nuestro criterio, a tu primo se le ocurra aparecer por aquí y no le guste nada de lo que ya hemos hecho.

Estallará la tercera guerra mundial y yo seré capaz de estrangularlo.

─No creo que haga nada de eso.

─Créeme, cariño, es lo que pasará y es mejor que me retire a tiempo.

─Déjame hablar con él.

─Yo ya se lo he dicho unas cuarenta veces.

─Déjame a mí y según lo vea te doy mi opinión.

─Ok.

Le hizo gesto para que hiciera lo que le pareciera bien y la dejó sola en el salón. Sacó el teléfono móvil y pulsó videollamada para hablar con Elliot.

─Hola, peque, ¿qué hay? ¿Alguna novedad?

─Estoy aquí en Malahide con mi madre ─Le enseñó el paisaje─. Hace un frío de muerte, pero todo parece estar a punto para empezar la obra, aunque tenemos un problema con Eire.

─¿Con quién?

─¿Cómo que con quién?, con Éire Reilly, la arquitecta de interiores, la hermana de mi novio.

─Vale, ¿qué le pasa ahora? Me manda veinte mil correos electrónicos al día con planos y pruebas de materiales, colores y todo tipo de pijerías. No me da tiempo a verlo todo, si es por eso, dile que se coja un vuelo, que yo pago, y se venga a Londres para hablar conmigo.

─¿En serio, Elliot?, ¿crees que solo trabaja para ti? Es una persona muy ocupada, no puedes pretender que vaya a Londres porque tú no seas capaz de encontrar un hueco para venir a ver TU casa.

─Joder, menuda bronca.

─Es que pareces un crío. Si te has comprado este casoplón que hay que hacer de nuevo, al menos ven, míralo y habla con el equipo que trabajará contigo. No seas tan pasota, no todo se arregla con dinero.

─Vale, luego la llamo.

─No te molestes, quiere dejar el proyecto. Seguro que te encuentra a alguien con más disponibilidad y…

─¡¿Qué?!, ni de coña ─la interrumpió─. Hemos firmado un contrato y no pienso ponerme ahora a negociar con otra decoradora.

─Es lo que hay.

─¿Estás de su parte?

─Sí.

─Porque estás enamorada de su hermano, que si no…

─No es eso, Elliot, es que creo que tiene razón. Escucha: deja ya de comportarte como un capullo y busca una fecha para venir a hablar con ella y de paso con todos los demás. Aquí hay como veinte personas trabajando para ti.

─Espera un momento… ─Habló con alguien que estaba a su lado y luego la miró─. Ok, dile que el próximo lunes voy, solo podré estar unas horas allí, pero espero que sean suficientes.

─Se lo diré, de hecho...

Llamó a Eire, que había salido al jardín, y le hizo un gesto enseñándole el teléfono. Abrió como pudo el ventanal de la terraza y salió para que escuchara directamente lo que le estaba diciendo su primo.

─Es Elliot, dice que puede venir el lunes ─le pidió que se acercara─. Elliot, Éire te está escuchando.

─Hola, Éire ─saludó él resignado─. Isa dice que es imprescindible que vaya y lo entiendo. No tengo entrenamiento el lunes, me cojo un vuelo y puedo estar en Malahide sobre las once de la mañana. ¿Te viene bien?

─Si eres puntual, sí.

─Vale, entonces nos vemos el lunes y gracias por todo. Adiós, peque. Ya nos llamamos.

─Hasta luego ─Le colgó y miró a Éire de reojo.

─Si no aparece a las once, a las once y cuarto me largo. Iré preparando la rescisión del contrato.

─Bueno, pues, ya veremos.

─Será tu primo favorito, Isa, pero créeme, trato a diario con gente de su perfil y sé exactamente qué tipo de cliente es. A mí no me engaña.

─Isabelle, hija, ¿nos vamos?

Su madre la llamó desde la puerta principal, terminaron de hablar con el contratista, con la agente inmobiliaria y con Eire, que se marchaba también con prisas para ver a otro cliente, y pusieron rumbo a Dublín donde esa noche,

sus padres iban a celebrar sus cuarenta y dos años de matrimonio con una cena sorpresa en The Liberties.

Ninguno de los dos sospechaba lo que les tenían preparado.

Por primera vez en años, habían conseguido preservar el misterio del regalo de aniversario e incluso su hermana Caroline, que había llegado de Madrid esa misma mañana, había logrado convencerlos de que se encontraba en Berlín para asistir a un congreso.

En resumen, todo iba sobre ruedas y con la ayuda de Sean, que les había cerrado el local para ellos solos y se había ocupado del menú, de la música y de todo lo que se les había antojado, sabía que iban disfrutar de una velada muy especial rodeados por familiares, vecinos y amigos de toda la vida.

Una noche como se merecían ellos, que eran una pareja envidiable y los mejores padres del universo.

Estiró la mano para acariciar la de su madre, que lucía guapísima y recién salida de la peluquería, creyendo que iba a cenar a solas con su marido en Bewley’s Grafton Street, su restaurante favorito, y ella giró la cabeza y la escrutó de arriba abajo.

─¿Va todo bien, cariño?

─Sí, mamá, ¿por qué?

─No sé, solo pregunto, tienes una cara preciosa.

─Tú sí que eres preciosa.

─Estás embarazada.

─¿Qué? ─frenó en un semáforo y la miró a los ojos─. No, no entra en nuestros planes todavía.

─Pues hazte un test de embarazo, porque yo no suelo equivocarme.

─¡Mamá!

─¡¿Qué?!, sería de lo más normal. Sois jóvenes, estáis enamorados, sois guapísimos los dos, lo natural sería que tuvierais un bebé. No sé porque te escandalizas tanto, hija, a tu edad yo ya tenía a Shannon y a Caroline y me faltaba poco para quedarme embarazada de Liam.

─No me escandalizo, es que me parece pronto. Solo llevamos seis meses juntos.

─Ya ves, solo hace falta un minuto para quedarse embarazada.

Le guiñó un ojo y ella resopló y trató de concentrarse en la carretera y la nieve que empezaba a caer despacio sobre el asfalto. Miró la hora, vio la fecha en el reloj y se dio cuenta de que hacía un año ya, un año, toda su vida se había puesto patas arriba.

Doce meses desde que Patrick y Dallas habían huido dejando un reguero de problemas y personas en la cuneta.

Doce meses desde que se había librado de una buena y había empezado a despertar y a vivir de verdad, a sentir de otra manera y a atreverse a mirar a su alrededor hasta reencontrarse con Sean Reilly.

El único, verdadero y gran amor de su vida.

Sean… susurró bajito y sintió las mariposas bailándole en el estómago, porque le bastaba pensar en él, o decir su nombre, para emocionarse hasta las lágrimas. A veces lo quería tanto, tanto, que hasta le dolía. No podía evitarlo.

Sin embargo, como le había explicado a su terapeuta, se trataba de un dolor metafórico, asociado a la profundidad de un amor precioso y correspondido.