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Tomó un sorbo y decidió animarse, porque por mucho que le diera vueltas a lo que pasara o dejara de pasar con Isabelle, no estaba en su mano cambiarlo y más le valía empezar a aceptarlo.
Total, seis semanas de relación no era para echar las campanas al vuelo y si, cómo le acababa de asegurar Caitlin, las relaciones siempre provocaban tensiones y frustración, a lo mejor se había equivocado intentando mantener una, porque él no estaba hecho para eso.
Él, lo más seguro, es que había nacido para estar solo.
─Jefe.
Jeremy llamó su atención, lo miró y lo vio hacer un gesto con la cabeza. No entendió nada y no se movió hasta que lo repitió y no le quedó más remedio que girarse, fijar la vista y encontrarse con Isabelle entrando por la puerta principal.
Literalmente, saltó de la silla. De dos zancadas la alcanzó y sin mediar palabra la estrechó contra su pecho. La abrazó muy fuerte, con los ojos cerrados, aprisionándola como si se le fuera a escapar, hasta que ella se apartó para acariciarle la cara y mirarlo a los ojos sonriendo.
─Yo también te echaba de menos, señor Reilly.
─No más que yo, señorita Reagan. Gracias por venir.
─Éire me llamó para hablarme de la fiesta y no podía perdérmela. ¿Cómo estás?
─Ahora mucho mejor.
Volvió a abrazarla y se quedaron así mucho rato, él aspirando su perfume y sintiendo como su corazón latía pegado al suyo.
─Sean.
─¿Qué?
─Mírame.
─Te quiero ─Clavó los ojos en los suyos tan oscuros y profundos, y la besó sin dejar de mirarla.
─Yo también te quiero.
─Hoy he descubierto que eres la única persona a la que realmente me apetece ver, ¿sabes?
─No digas eso, hombre, que suena fatal ─se echó a reír.
─Pero es la verdad.
─Vale, yo también quiero verte a todas horas, pero también quiero charlar contigo. Necesitamos hablar, Sean.
─Estoy de acuerdo, cuando acabe esto…
─No, hablemos ahora, por favor, necesito zanjar lo que tenemos pendiente ya o no voy a estar tranquila. Solo serán unos minutos, te lo prometo.
─Está bien. ─resopló─ ¿Vamos al despacho?
─No hace falta ─Lo cogió de la mano y se lo llevó de vuelta a la barra─. Siéntate.
─Venga, dispara.
─Vale. Primero te quería pedir disculpas, sé que exageré enfadándome tanto el sábado en casa de tus padres, aunque también me alegro de haber dejado clara mi postura con respecto a una situación tan tensa como la que provocó la madre de Patrick.
─De acuerdo, yo también lo siento.
─Tengo clarísimo que lo que pasó no fue culpa tuya, que te sacaron de quicio y que debería haber sido más compresiva y apoyarte, pero es que mi situación personal no es como la de todo el mundo y suelo reaccionar fatal cuando la gente, no solo tú, intenta protegerme.
─¿A qué te refieres?
─A que soy la hija pequeña de una familia muy protectora, a la que a los doce años le diagnosticaron una diabetes.
¿Te imaginas cómo me han tratado toda la vida mis padres, mis hermanos, mis familiares, mis amigos o mis profesores?
Me ha costado mucho demostrar que puedo hacer una vida normal y autosuficiente, y me saltan las alarmas cuando alguien habla de protegerme o defenderme.
─No te estaba defendiendo porque te vea frágil, porque no lo eres, intentaba protegerte porque te amo y no voy a tolerar jamás que alguien te falte al respeto. Me da igual que esto te suene machista o anacrónico, es así como lo siento y sé que tú harías lo mismo por mí.
─Por supuesto ─Le sonrió y le acarició la mejilla─. A lo mejor es que los dos somos demasiado intensos y lo que deberíamos hacer, es aprender a bajar las revoluciones…
─¿Por qué?
─¿Cómo que por qué?, para no volver a hacernos daño.
─No tenemos por qué hacernos daño. No pienso volver a pasarme de frenada, por supuesto, pero tampoco quiero poner puertas al campo. Esta es la primera vez en mi vida que me enamoro y quiero vivirlo tal como lo siento, aunque a veces podamos equivocarnos. Ya iremos aprendiendo.
─Sí, pero, si nos lo tomáramos con más calma y paciencia…
─Yo creo que deberíamos fortalecernos ─la interrumpió─, crear un frente común con el que encarar juntos lo que nos depare la vida y tirar para adelante, no “bajar las revoluciones” Nos ha costado un mundo llegar hasta aquí, amor, y si somos más vehementes que la media: aleluya.
Deberíamos vivirlo a tope, eso sí, como un equipo sin fisuras, como en el fútbol gaélico.
─Todos a una.
─Los dos a una, procurando que nadie pueda romper nuestra línea defensiva. Si logramos mantener eso contra cualquier interferencia ajena, ganaremos el partido.
Le sostuvo la mirada, pensativa, y luego asintió y le sonrió iluminando todo el local.
─Eres increíble, Sean Really, creo que nunca te he querido más que en este momento.
─Genial ¿Cuándo te vienes a vivir conmigo?
─¡Sean!
─Estoy bromeando ─Se le acercó acariciándole los muslos, pegó la boca a la suya y en ese preciso instante, Edward lo llamó desde el otro lado del salón.
─¡¿Sean O’Reilly!?, ¿dónde está el mandamás de todo esto? ¡Ven aquí, compañero!
─Ve, yo no me moveré del bar ─Le dijo ella, pero él la agarró de la mano
─No, no, señorita Reagan, desde hoy, usted no vuelve a separarse de mí.
Cruzaron todo el salón juntos, se acercaron al pequeño escenario que había preparado Pam, le dio un beso en la boca y la dejó junto a sus padres, para subir a dar un pequeño discurso de agradecimiento.
─Lo primero, gracias a todos por venir hoy aquí ─aplausos─.
Lo segundo y no menos importante, dar gracias a mi equipo, que ha capeado conmigo una gran tormenta que empezó el pasado mes de febrero y que solo amainó hace un par de semanas, cuando Edward O’Donnell Guinness y su gente,
nos ofrecieron un apoyo económico y empresarial que nos permitirá seguir vivos y muy presentes en Dublín, con nuestro locales, durante muchos años.
─Somos familia, no podía negarme. ─Bromeó Edward quitándole el micro y otra vez estallaron los aplausos.
─Eso es cierto, somos familia, pero ahora además seremos socios y no te defraudaremos. Muchas gracias, Eddie, por confiar en nosotros. ─Pidió una jarra de cerveza y la levantó─. Por Reilly S.L. y por todas las personas que la formamos. Sláinte!
─Slàinte! ─Gritó todo el mundo.
─Un momento. ─los hizo callar─. Antes de seguir la fiesta, también quiero aprovechar y dar gracias al universo por algo más personal. La mayoría aún no lo sabéis, pero quiero hacerlo oficial: estoy enamorado, me he comprometido y soy un hombre nuevo.
─¡Bravo!
─Slàinte!
─Slàinte!
Gritó todo el mundo y él saltó a la pista para abrazar a Isabelle y darle un beso de película.
Se lo merecían y no pensaba contenerse.