17 #2
Ella siguió sin responder y calculó que estaría reunida y que ya lo llamaría cuando terminara.
Se peinó un poco y salió al salón principal que habían cerrado en teoría para celebrar el cumpleaños de James, el marido de su nuevo socio, y se encontró con muchísimos rostros conocidos y con la familia, porque también estaban sus padres, sus hermanos y hermanas, Connor con Lara,
y dos primos que solían apuntarse a todo.
Se acercó a saludar a Caitlin Fitzgerald, que muy pronto se iba a convertir en Caitlin MacLeod, porque se casaba con Ewan el 14 de febrero, y ella le recordó otra cosa que tenía pendiente: el viaje a Islandia para ver auroras boreales, que había contratado como regalo de cumpleaños para Isabelle.
─Aun no me has mandado su número de pasaporte, Sean.
─Lo siento, Caitlin, he tenido una semana de locos, pero lo tengo aquí mismo, me lo ha conseguido su amiga Annie para seguir manteniendo la sorpresa ─lo buscó en el móvil y se lo reenvió─. Ya está.
─¿Va todo bien?
─Con Isabelle precisamente, no mucho.
─¿Qué ha pasado?, porque iba todo sobre ruedas, ¿no?
─Ya te contaré, es un poco largo, pero espero que se arregle.
─No, no, dime qué ha pasado, que tú en esto de las relaciones serias eres un aprendiz y a lo mejor te puedo ayudar.
─Tuvimos un desencuentro la semana pasada en casa de mis padres por culpa de Pat, que se presentó allí con su madre.
─respiró hondo─. La señora le faltó el respeto a Isabelle, yo perdí la cabeza, me enfrenté a Pat…
en fin… una situación muy incómoda y violenta que desembocó en una discusión muy tensa entre nosotros. No nos vemos desde hace una semana.
─¿Machacaste a ese cabrón?
─¡No!, la sangre no llegó al río, pero a ella eso no le importó. Solo le importó que perdiera los papeles con la excusa de intentar protegerla.
─Joder, tío, de primero de novio de la Generación Zeta: no vayas de machito protector con ella.
─No fui de machito, solo respondí a una agresión verbal muy grave. ¿Qué querías que hiciera?
─Ese capullo se lo merece todo y yo te entiendo, amigo, pero la próxima vez, deja que ella se defienda sola. Es una chica lista, empoderada y sabe lo que hace.
─Vale, mensaje recibido, ya lo entendí hace una semana y no puedo seguir fustigándome. Solo quiero pasar página y avanzar. Llevamos solo seis semanas juntos y ya empezamos con tensiones… es… insoportable… joder…
─¿Frustrante?
─Eso es más preciso, frustrante.
De repente cayó en la de veces que a él le habían dicho que resultaba frustrante, la última vez por boca de Rebecca McKenzie, y movió la cabeza sonriendo, porque era la primera vez que entendía de verdad lo que querían decirle.
─Cuando te enamoras y estás en esa primera fase tan intensa ─Caitlin buscó sus ojos─, tan bonita de sexo y pasión desenfrenada, a veces ocurren estas tensiones.
Es lo normal, tú eres un novato en estas lides, pero, créeme, es así: cuando estás enamorado y no consigues de la otra persona exactamente la respuesta que tú la necesitas, en el momento exacto que tú necesitas, surge la tensión y tras la tensión surge la frustración.
Le pasa a todo el mundo, calma y paciencia. Ya se arreglará.
─O no.
─Yo creo que sí se arreglará, porque estáis en la misma sintonía y sois mi pareja favorita ─Le dio un abrazo y luego se echó a reír a carcajadas─. Lo siento, pero es me encanta ver caer a las torres más altas.
─Tómate algo a mi salud, Caitlin.
Movió la cabeza con paciencia y le dio la espalda para seguir saludando al resto de los invitados.
Se pasó la siguiente media hora dando abrazos, recibiendo besos y muestras de afecto de todo tipo, y cuando al fin consiguió zafarse de la multitud caminó hacia la barra y se topó de bruces con dos personas que ni encajaban allí, ni quería ver allí, ni en ningún otro lugar del universo.
Frunció el ceño con intención de llamar a seguridad, pero cuando se fijó bien en Brook Kelly, la azafata de vuelo estadounidense a la que no veía desde su último y penoso encuentro (que le había costado cambiar la moqueta del pasillo), y se dio cuenta de que estaba embarazada, se quedó quieto.
Miró a su lado y Pat, que al parecer la estaba escoltando, levantó una mano en son de paz.
─Seanny…
─¿Qué hacéis vosotros dos aquí?
─Tranquilo. ─susurró Brook sonriendo y abrazando a Pat por la cintura─. Solo queríamos compartir contigo la buena nueva y de paso, Pat se quería disculpar ¿Verdad, cariño?
─¿Qué buena nueva?
─La evidente ─se echó a reír señalándose la tripa─.
Resulta que hace siete meses Patrick y yo nos encontramos en Nueva York, me dio su esperma para cumplir mi sueño de ser madre y en medio del proceso nos enamoramos.
Ahora esperamos gemelas y hemos venido a Irlanda para casarnos.
Él necesita la residencia legal en los Estados Unidos y yo quiero una boda en un castillo medieval.
Retrocedió muy sorprendido y los observó indistintamente para asegurarse de que no le estaban tomando el pelo.
─Lo de Dallas no funcionó, me engañó a todos los niveles ─intervino Pat─ y no me quedó más remedio que marcharme de Atlanta.
Por suerte me encontré con Brook en Nueva York, en el peor momento posible, y me salvó la vida.
Todo ha ido muy rápido y dentro de cuatro meses seré padre, hermano. Espero que te alegres por nosotros.
─Dile lo de las disculpas, Pat ─Brook lo animó al ver que él se había quedado mudo.
─También quería pedirte perdón por lo que pasó hace una semana en Swords. Yo no soy responsable de lo que hace o dice mi madre, pero debería haberla frenado y obligado a rectificar y a disculparse con Isabelle y por supuesto contigo, con tu familia.
─Bastaba con llamar por teléfono.
─Brook insistió en que era mejor hablarlo en persona y hemos venido sin saber que estabais de celebración.
─Ok, pues ya está dicho. Adiós.
Les dio la espalda, caminó otra vez hacia la barra, pero Pat lo siguió por el pasillo y lo interceptó para que lo mirara a los ojos.
─Solo una cosa más, Seanny.
─No quiero hablar más contigo, Patrick, tú y yo hemos terminado. No vuelvas a llamarme ni a dirigirme la palabra. Ya bastante daño has causado y no me refiero solo a lo que pasó hace una semana en Swords.
─Sé que no actué bien cuando me fui de aquí. Ni contigo, ni con Isabelle ni con nadie, pero tenía mis motivos y ya he pagado un alto precio por mi error. Ahora solo necesito pasar página y empezar de cero.
─Conmigo no.
─Soy otra persona, tío, voy a ser padre, me va muy bien con Brook, me chifla Nueva York y…
─Genial ─Lo interrumpió─, genial, ahora sigue con tu vida y a nosotros nos dejas en paz.
─Además, me gustaría que supieras que estoy encantado de que Isabelle y tú estéis juntos, siempre estuviste pillado por ella y ella por ti. Sois el uno para el otro, diría mi novia.
─Sinceramente, me importa un carajo lo que tú opines.
─Vale ─se metió las manos en los bolsillos y resopló─. Voy a ir al grano, Sean. Me han dicho que tu inversor es nada menos que Edward O’Donnell Guinness, ¿podrías presentármelo?
─Bingo ─se echó a reír─, ya sabía yo que no venías a disculparte conmigo.
─Venía a disculparme contigo, pero soy un hombre de negocios y he pensado que a tu inversor le podrían interesar los proyectos que ahora tengo en Nueva York.
─Yo no te lo voy a presentar, pero ─le señaló a una de las asistentes de Edward─ la chica rubia que está allí es su ayudante, se llama Andrea, prueba suerte con ella.
─Ok.
Ni gracias ni hasta luego, se olvidó de él al instante y salió disparado hacia Andrea O’Neall, que era un hueso duro de roer y el filtro perfecto para no incordiar a Edward O’Donnell Guinness en una noche como esa.
Al fin pudo llegar a la barra para pedir un vaso de agua y alejarse un poco del bullicio, volvió a marcar el número de teléfono de Isabelle y le volvió a saltar el contestador automático.
─¿Qué te pongo, jefe? ─le preguntó el barman y él lo miró.
─Un vaso de agua con hielo y un poco de limón, Jeremy, por favor.
─Marchando.
Observó el trajín que siempre había en la barra de un local como ese, que era fascinante, y no pudo evitar pensar en Patrick Mungo Byrne.
Ese tipo pagado de sí mismo, arrogante, fantasioso y egocéntrico, que solía decir que había nacido de pie y bendecido por las estrellas, y al que él, durante años, había considerado un hermano, aunque se la había jugado infinidad de veces.
Afortunadamente, ya no era su problema, no le importaba en absoluto lo que le pasara, y estaba seguro de que con el paso de los años lo acabaría perdonando.
Al fin y al cabo, gracias a él, y a todo el drama que había montado con la prima Dallas, le había regalado una nueva vida.
Una segunda oportunidad con la mujer de sus sueños, un nuevo negocio y una nueva manera de mirar el mundo.
─Tío, que haces aquí escondido.
Cillian O’Sullivan le palmoteó la espalda y luego lo agarró por el cuello para darle un abrazo.
─Acabo de ver a Byrne haciendo de las suyas, ¿cómo es que aún lo dejas entrar en tu local?
─Yo no lo dejo entrar, se ha colado. Qué bien que hayas podido venir, colega, ¿qué quieres tomar?
─Una Guinness clásica, por favor ─Le pidió a Jeremy y luego se giró para mirar a la gente─ ¿Dónde está esa novia tuya?, solo he venido para conocerla.
─Estará trabajando, no consigo localizarla.
─Pues pareces un alma en pena, chaval, y con la que tienes aquí montada, yo iría cambiando esa cara.
─Solo estoy cansado.
─¿Qué te parece si cuando acabe esto nos vamos a cenar un buen chuletón al Barney’s? ─Sean asintió─. Genial, luego te veo, ahora voy a ir saludar a tus padres y a Eire, que dice que necesita hablar conmigo.
Le palmoteó otra vez la espalda con esas manazas que tenía y Sean lo siguió con los ojos comprobando que el resto de la gente hacía lo mismo, porque Cillian O’Sullivan, que era su amigo desde que habían empezado a gatear, era un tiarrón alto y fuerte, bombero de profesión,
que solía llamar la atención allí por donde pasaba. Igual que su hermana Geraldine.
Lo observó perderse entre el gentío y en seguida volvió a fijar la vista en la barra y en su vaso de agua con limón.