Sean (Dublín 1) 17
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Los irlandeses tenían fama de ser pendencieros.

En el Nuevo Mundo, cuando empezó la gran emigración europea a los Estados Unidos durante el siglo XIX, se les tachó rápido de bravucones, de matones, de fanfarrones; porque muchos de aquellos irlandeses pobres y sin ningún recurso, se ganaban la vida peleando por dinero,

protegiendo con sus puños a los más poderosos o simplemente porque eran capaces de montar, noche tras noche, batallas campales en pubs o en la calle a la más mínima provocación.

El mismo prejuicio existía en el ejército, en la marina mercante, en la armada, en Australia o en las fábricas inglesas, donde ser irlandés se asociaba automáticamente al consumo excesivo de alcohol y a las peleas, al contacto físico primario, a la mala cabeza.

Esa fama había perseguido a su país durante siglos y por eso él, que había viajado por medio mundo y trabajado duro contra ese estereotipo, rechazaba la violencia especialmente.

¿Por qué?, porque odiaba que al decir que era irlandés, fuera de Irlanda, dieran por hecho que bebía como un cosaco y era capaz de pegarse con cualquiera, algo absolutamente falso.

Por fortuna, hacía décadas que el irlandés promedio era un ser humano normal y corriente, como cualquier otro ciudadano del planeta.

Una persona que si bebía no se mataba a palos con nadie, y si se enfrentaba a alguien, era capaz de dialogar y llegar a un acuerdo.

A él lo habían educado así y, aunque sus hermanos mayores y sus entrenadores siempre se habían empeñado en que aprendiera a defenderse y a plantar cara a quién hiciera falta si la ocasión lo requería, solía ser el más pacífico de los mortales.

Un tipo templado y frío que jamás, nunca, llegaba a las manos, ni amenazaba a nadie; como había hecho hacía una semana en Swords, delante de su familia, en ese minuto exacto en el que la madre de Pat había faltado el respeto a Isabelle y él había perdido todos los papeles.

Una persona como él, que rechazaba abiertamente la violencia y a los impresentables que la utilizaban, se había visto de repente en medio de la calle empujando a Patrick y rogando al cielo porque se defendiera y eso le permitiera romperle la cara.

Solo un mínimo gesto y lo hubiese partido en dos, porque tenía tanta ira contenida y acumulada contra él, por tantas cosas (a lo mejor desde que eran niños) que solo había podido pensar en destrozarlo.

Afortunadamente para ambos, el muy cobarde no se le había enfrentado, al contrario, se había replegado en su discursito habitual de que eran “hermanos” y solo necesitaban hablar, y su padre, al final,

había aparecido justo a tiempo para templar los ánimos y cortar de cuajo una situación absurda e incomprensible que no le pegaba nada.

Una situación que se había descontrolado y que se había jurado no volver a repetir en lo que le restara de vida, porque además de sentirse muy torpe por haber caído en la provocación calculada y maligna de la madre de Pat,

aquella salida de tono le había costado la primera discusión seria y tal vez definitiva con Isabelle.

Puso las piernas sobre el escritorio, se estiró y cerró los ojos tratando de no pensar en aquello.

En esa discusión tan tensa que habían mantenido en su dormitorio de toda la vida, cuando ella, tras recuperarse de una bajada de azúcar y compartir una comida con su familia tan tranquila, se había atrevido a reprocharle su comportamiento.

Como si él no hubiese sido consciente desde el principio que había metido la pata hasta el fondo, y como si todo aquel episodio vergonzoso no hubiese respondido a un instinto natural e incontrolable por defenderla.

─Te estaba faltando al respeto y perdí los papeles ─Se había justificado y ella lo había mirado con la boca abierta.

─No necesito que nadie saque la cara por mí, ya soy mayorcita, y lo que esa señora o su hijo me digan, me la trae al pairo.

─A mí no y no voy a disculparme por intentar protegerte.

─Por ese camino no, Sean, me protegerías mejor evitándome el mal trago.

Que te enfrentaras a Pat por mí y lo amenazaras en la calle, nos hace más daño a nosotros que a él.

Además, tú no tienes ni el deber ni la obligación de protegerme.

Tengo treinta años, soy una mujer adulta e independiente que si necesita protección, tiene los recursos suficientes para procurársela. Muchas gracias.

─¿Así que ante algo así esperas que me quede de brazos cruzados?

─No, no espero que te quedes de brazos cruzados, espero que te comportes como un señor, que es lo que eres, y no como el salvaje que he visto hoy ahí fuera.

─Estás exagerando, tampoco ha sido para tanto, y suena hasta injusto que…

─¿Qué?, yo ni te pedí ayuda ni grité auxilio ni nada parecido. No sé qué se te pudo pasar por la cabeza para creer que yo querría…

─Si necesito tu autorización también en una situación así, tenemos un problema.

─¿A qué te refieres?

─A que ya tengo que consultártelo todo: si puedo ir a verte al trabajo, si puedo llamarte, si puedo dormir en tu casa, si puedo besarte en público, si puedo planear un futuro juntos, unas vacaciones…

─Está bien ¿qué tal si nos calmamos, lo pensamos y volvemos a hablarlo en otro momento? ─Lo había interrumpido con la mirada muy triste y a él no le había quedado más remedio que recular y callarse─. No quiero discutir contigo en casa de tus padres, Sean, ya bastante vergüenza he pasado.

Acto seguido, se había marchado de la habitación con su abrigo y su mochila, y media hora tarde, había aparecido Annie para llevarla a casa y quedarse con ella a pasar la noche, porque, según le explicó, después de una hipoglucemia como la que había sufrido a mediodía,

tenía el compromiso con su familia de no dormir sola.

─Yo puedo dormir contigo, ¿qué me estás haciendo, Isabelle? ─Había suplicado junto a la puerta del coche de su amiga y ella le había dado un beso en la mejilla.

─No te estoy haciendo nada, Sean, estoy agotada y un poco triste, solo necesito descansar. Te llamo mañana. Adiós.

Y así, sin más, había desaparecido delante de sus propios ojos y él se había quedado perplejo e impotente en medio de la calle.

─¿Sabes lo que es la Diabetes tipo 1? ─Le había preguntado su madre abrazándolo por la cintura para obligarlo a entrar en la casa─.

Es una enfermedad autoinmune, que además de obligar a tu novia a inyectarse insulina el resto de su vida, la obliga a mantener unos estándares bien simples: buena alimentación, ejercicio y cero estrés, nada de ansiedad, ni grandes golpes emocionales, que es justamente por lo que ha pasado hoy.

No está cabreada contigo, tesoro, ni ha dejado de quererte, ni te está dando la espalda, simplemente se siente cansada y vulnerable.

Necesita estar en su casa con los suyos, dormir y recuperarse. Mañana será otro día.

─Es que yo debería ser uno de los suyos. Debería necesitar estar conmigo.

─Uy, el amor ─se había echado a reír alisándole la camiseta─. Te ha tardado en llegar, Sean, pero al fin te ha llegado y ahora todo se te hace un mundo, todo es un aprendizaje. Mantén la calma y las cosas se recolocarán solas.

─Esto es el Karma ─había opinado su hermana Éire apareciendo de la nada para reírse en su cara─, pero no importa, hermanito, no hay mal que cien años dure.

Desde entonces, una semana ya, ni había visto a Isabelle ni se había recolocado nada.

Ella estaba inmersa en un lio de realojos y problemas por culpa de una casa refugio quemada en Bray, y él en sus historias de ampliación de capital con Edward O’Donnell Guinness, el primo de su cuñada Lara, que tras varias negociaciones,

lo había convencido para firmar un gran acuerdo económico que le iba a permitir sanear las cuentas y reorganizar la empresa, que a partir de octubre se iba a llamar Reilly S.L. y nunca más Cairde S.L., porque Cairde significaba “amigos” en gaélico irlandés y aquello ya no tenía ningún sentido.

Miró el teléfono y siguiendo un impulso llamó a Isabelle.

La llamaba un par de veces al día, porque la echaba muchísimo de menos y necesitaba hablar con ella, contarle lo que le pasaba y escuchar su opinión, oír su voz, y ella, que parecía estar bien con él ─aunque aun les quedaba una conversación pendiente que mantener en persona,

le había dicho─ solía responder siempre, sin embargo, en esta ocasión no le respondió y del cabreo tiró el teléfono encima del escritorio.

Se levantó enfadado y se preguntó una vez más, y ya iban como mil: ¿aquel desafortunado episodio con Pat había marcado el principio del fin de la única historia de amor verdadero que había tenido en su vida?

Manda narices, masculló y volvió a sentarse. Tres años enamorado en silencio de ella, seis meses tratando de hacer lo correcto y respetar su espacio, dos días para sincerarse y decirle lo que sentía, para besarla y hacerle el amor; y solo seis semanas para perderla.

Muy bonito, Sean, si al final Éire iba a tener razón y aquello era el Karma cobrándose los corazones rotos que, según muchas mujeres que habían pasado por su vida, había ido dejando por el camino.

─¿Jefe?

Pam tocó la puerta, se asomó al despacho, lo buscó con los ojos y le sonrió.

─La fiesta ya ha empezado, el DJ ha llegado y Edward te está buscando para que digas unas palabras.

─¿Yo?, ¿por qué?

─Porque dice que es una fiesta para celebrar la nueva etapa de Reilly S.L., y que es necesario que hables a tus empleados, a tus clientes y a tus amigos. Que es una buena ocasión para anunciar los cambios que habéis hecho.

─Me juró que no era una fiesta por la nueva empresa, que solo iba a celebrar el cumpleaños de su marido.

─Un poco de todo, supongo.

─No, gracias, dile que me he ido. No estoy de humor para discursitos.

─Joder, jefe, has luchado mucho para mantener el negocio a flote, concédete la noche libre y celébralo con nosotros.

─Ok, está bien, pero solo me tomo una cerveza y me voy.

Se levantó a desgana, se fue a su cuarto de baño, se lavó la cara, lo dientes, se cambió la camisa y volvió a llamar a Isabelle, con la gran excusa de invitarla a la dichosa fiesta que había organizado Edward para celebrar la nueva empresa y de la que él no sabía nada.