Sean (Dublín 1) 16 #2
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─No, todo lo contrario, quédate en casa. Si hay algo que resolver de realojamientos lo haremos online y pediremos apoyo a la policía local de Bray, que esta vez se han lucido. Menuda chapuza, de verdad, se nos va a caer el pelo.

─Bueno, no era del todo previsible.

─No lo sé, pero ya estás avisada, vamos hablando y ve pensando en una sustituta para Rose Miller, que tendrá una baja de al menos quince días si sus médicos no deciden alargarla por salud mental, que sería lo normal.

─Se me ocurre Olivia Kennedy, es externa, pero ya ha estado a cargo de hogares de acogida y ha dejado hace poco la asistencia penitenciaria. Creo que sería perfecta.

─Genial, llámala y le mandas el contrato. Tiene que incorporarse lo antes posible, porque la asistente de Rose no quiere quedarse sola más de dos días. Está aterrada, la pobre.

─Normal. En fin, lo gestionamos y te voy contando.

─Gracias, cielo. Te debo otra.

─De nada, hasta luego.

Colgó y mandó un mensaje a Viv explicándole la situación y pidiéndole ayuda para localizar a Olivia Kennedy, porque solía ser ella la que controlaba los contactos de los colaboradores externos.

Se quedó quieta esperando su respuesta, pero se tuvo que mover al oír que alguien la llamaban desde la calle.

Se giró hacia allí y se encontró con Patrick Byrne observándola tan tranquilo y con las manos en los bolsillos.

─¿Has visto que no te mentía, Pat?

Soltó la madre, que estaba detrás de él, avanzando para ponerse a su lado e Isabelle parpadeó confusa, sin poder dar crédito a lo que estaba viendo.

─Te dije que era ella, Paddy, que era ella la que andaba pavoneándose por Dublín de la mano tu mejor amigo. Aquí la tienes, en casa de los suegros. Más claro, agua.

─¡Cállate, madre! ─Pat avanzó y ella frunció el ceño y se cruzó de brazos─. Hola, Isabelle, me alegro mucho de verte, ¿qué haces por Swords?

─Podría preguntarte lo mismo.

─Pues, he vuelto ─miró a su alrededor con un poco de desdén─, pero me vuelvo en seguida a los Estados Unidos. Me he integrado muy bien allí, ¿sabes?, solo he venido para solucionar unos papeles y atender algunos temas financieros.

─No me digas.

─Estás espectacularmente guapa.

─Madre de Dios ─Movió la cabeza dando por zanjado el encuentro, pero él insistió.

─¿Sigues enfadada conmigo?

─¿Siete meses después de que te largaras sin decir ni hasta luego?, me parece que no.

─Supongo que te merecías alguna explicación, pero todo se precipitó y…

─¿Supones que me merecía alguna explicación?

─Estábamos en diferentes sintonías, Isabelle, nunca hubiese funcionado. Sabes mejor que nadie que hice lo mejor para los dos.

─Por supuesto que no hubiese funcionado, pero no te equivoques, lo que hiciste no fue por el bien de los dos, lo hiciste por tu propio bien, como todo en tu vida.

─Está claro que aun no estás preparada para hablar de esto como la gente civilizada.

─¿Gente civilizada como tú? ─él asintió─. La gente civilizada, gracias a Dios, no se comporta como tú, Patrick. La gente civilizada es valiente, consecuente y responsable, así que no me vengas con milongas.

─No le permitas a esta que te hable así, Pat.

Intervino su madre con cara de asesina y él la miró por encima del hombro con tal desprecio, que hasta sintió lástima por ella.

─Ok, vamos a dejarlo, solo he venido para hablar con Sean, ¿puedes llamarlo, por favor?

─¿Qué coño está pasando aquí?

Éire entró en el jardín de dos zancadas, cerró la reja de la entrada y observó a madre e hijo poniéndose en jarras.

─¿He preguntado que qué coño está pasando aquí?

─Hola, Eire, preciosa ─Patrick le sonrió y ella frunció el ceño─. Necesito hablar con tu hermano Sean, ¿entro o le dices que salga?

─¿Vas a entrar tú a casa de mis padres, después de cómo te has comportado con Sean?, ¿en serio?, ¿pero qué clase de capullo eres tú, Pat Byrne?

─Uy, a tu madre que vas ─comentó Tricia Byrne moviendo la cabeza─, así no se trata a los vecinos.

─Usted mejor se calla, señora.

─¡Virgen santísima!, si tu abuela te oyera.

─Mi abuela no la podía ni ver, ni a usted, ni a su marido, ni al sinvergüenza de su hijo, así que aquí no hay nada más que hablar.

Les hizo un gesto para que se marcharan y los dos no se movieron al ver que el enorme 4X4 de Connor Reilly se acercaba despacio y aparcaba frente a la casa.

Isabelle observó de reojo como a Pat se le iluminaba la cara y retrocedió decidiendo ir a buscar a Sean para que zanjara aquello antes de que fuera de las manos, pero no hizo falta, porque fue el propio Connor el que tomó las riendas en cuánto lo miró a la cara.

─Patrick Byrne ─Susurró y Pat se le acercó tan feliz.

─¡Connor, tío, qué alegría verte! Qué guapa estás, Lara.

─¿Has vuelto de América, Pat? ─Le preguntó Connor abriendo el coche para sacar la sillita del bebé.

─Solo por unos días y quería saludar a Sean. Me han soplado que tiene nuevo inversor y a lo mejor me lo puede presentar. Seguro que le interesa participar en mis negocios del otro lado del charco.

─Mira, tío, hemos venido a comer en familia y queremos la fiesta en paz, así que solo te lo voy a decir una vez ─Le clavó los ojos y Pat retrocedió─: apártate de mi hermano, devuélvele lo que le debes y olvídate de nosotros. ¿Queda claro?

─Connor, chaval, que nos conocemos de toda la vida.

─Eso no te impidió dejar tirado a Sean y luego, encima, desplumarlo.

─No sé qué te habrán contado, pero te equivocas, estas cosas pasan, las empresas cambian. Los negocios son así.

─No, tío, los negocios no son así, pero ¿qué vas a saber tú, si en tu puta vida has sido empresario?

─Yo…

─Sí, tú, que lo único que has hecho es aprovecharte del trabajo y del talento de mi hermano, así que, por favor, antes de que te rompa la cara, que es lo que debería haber hecho hace siete meses, vuelve por donde has venido y déjanos en paz.

─¿Quién te crees que eres para hablarle así a mi hijo, Connor Reilly?

─Adiós, señora Byrne.

La ignoró y entró en el jardín detrás de su mujer. Los dos se le acercaron y la saludaron con un beso.

─¿Estás bien, Isabelle?

─Sí, sí, gracias, ¿os ayudo a llevar algo?

─No te preocupes y tranquila, estos ya se van.

─Toda la vida igual, toda la vida provocando pollos en la calle. Menuda familia.

Comentó Éire sin quitarles los ojos de encima, y cuando se dio la vuelta para entrar en la casa, Tricia Byrne les gritó a todo pulmón:

─Menuda familia seréis vosotros, Éire Reilly, que os coméis las sobras de mi hijo.

─¿Qué está diciendo, señora? ─Connor se detuvo en seco, se giró y la miró indignado.

─Esa ─la señaló a ella─, a la que tuvo que desechar mi hijo para que se la pudiera beneficiar tu hermano.

─¡¿QUÉ?!

Sean apareció de la nada en el jardín y caminó hacia esa mujer hecho una furia. Isabelle intentó detenerlo, pero Connor se interpuso negando con la cabeza.

─Déjalo, déjalo que se defienda.

─¡¿Cómo se atreve a venir a mi casa a faltarnos al respeto?! ─la enfrentó Sean saliendo a la calle─ ¿Y tú, Patrick?, controla a tu madre, ¿cuándo vas a aprender a comportarte como un hombre?

─Esto es cosa suya, Seanny, ya sabes qué está loca.

─¡Largaros de aquí de una puta vez!

─¿Cuándo podemos hablar, colega?, tengo un negocio que seguro le interesa a tu inversor.

─¡Vete a tomar por el culo, Pat!, ¡no sé ni cómo te atreves a venir a buscarme!

Lo empujó por el pecho con las dos manos e Isabelle, de repente, empezó a percibir la taquicardia, el sudor frío y el mareo previos a la hipoglucemia, sin embargo, lo ignoró todo e hizo un segundo intento por tratar de ir a sacarlo de esa situación tan violenta. Fue imposible.

─Sean, mírame, soy yo, no nos vamos a pelear ahora. Tú sabes que te quiero, hermano, y que podemos arreglar las cosas hablando, que no me importa lo del inversor o lo de Isabelle…

─¡A ella no la nombres!

Segundo empujón, Pat trastabilló y su madre empezó a retroceder hacia su casa con cara de susto. Isabelle parpadeó tratando de fijar la vista y no le quedó más remedio que sujetarse a Eire, que estaba observando la escena con una sonrisa en la cara.

─¡¿Qué está pasando aquí?!

Gracias a Dios aparecieron los padres para poner orden y el alboroto se detuvo en el acto. El señor Reilly sujetó a Sean del brazo para meterlo dentro de la casa y poco más pudo ver, porque la puñetera diabetes se interpuso en su camino y le impidió moverse, como estaban haciendo todos los demás.

─¿Estás bien, Isabelle? ─La interrogó la señora Reilly tocándole la cara y ella asintió.

─Tengo una bajada de azúcar, necesito un zumo o un caramelo… por favor…

─Tranquila, tengo tabletas de glucosa en el botiquín. ¡Éire ve a buscarlas! ¿Eres diabética?

─Sí.

─No pasa nada, cielo, soy enfermera. Estás en buenas manos.