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Un mes después
La casa de los Reilly en Swords era muy parecida a la de sus padres en Dún Laoghaire.
Una casa cómoda, amplia, de dos plantas, con jardín delantero y trasero, una terraza muy acogedora para recibir a la familia y una cocina enorme, donde todos se reunían para charlar, ponerse al día, picar algo y ayudar a la cocinera o al cocinero de turno.
En este caso, al cocinero titular, según sus propias palabras, el señor Aidan Reilly, el padre de familia que desde que se había jubilado se dedicaba a cultivar su propio huerto y a guisar para sus nietos y para todos sus hijos.
Cinco hijos que vivían en Dublín, o sus alrededores, y que los fines de semana le solían llenar la casa de niños y algarabía.
─Sean dice que también tienes una familia grande, Isabelle ─Le comentó el señor Reilly pasándole unos tomates para que se los cortara y ella asintió.
─Sí, somos cuatro hermanos, aunque en Dublín solo vivimos tres. Una de mis hermanas se mudó a España hace unos cinco años.
─¿Por trabajo?
─Por trabajo y por amor, mi cuñado es español y cuando le ofrecieron un puesto muy bueno en Madrid decidieron irse. Al poco tiempo consiguió trabajo ella y ahora los dos están encantados. Su tercer hijo ya nació en España.
─¿A qué se dedican?
─Son arquitectos.
─Al menos están a solo dos horas de Dublín.
─Sí, suelen venir bastante y mis padres van a verlos con regularidad desde que se jubilaron.
─¿Y tus padres son de Dún Laoghaire de toda la vida? ─Quiso saber la madre de Sean entrando en la cocina y ella la miró y le sonrió.
─Mi madre nació en Dún Laoghaire, pero su padre era de Inchicore, al Oeste de Dublín.
Fue marino mercante toda su juventud, estuvo fuera un montón de años y cuando regresó a Irlanda casado con mi abuela, que era de Atlanta, consiguió trabajo en el ferri de Dún Laoghaire y echaron raíces comprándose una casita en el pueblo. Todas sus hijas nacieron allí.
─¿Tu abuela es estadounidense?
─Era de Roswell, a una media hora de Atlanta.
─¿Y cómo conoció al dublinés?
─Se conocieron en el paseo marítimo de Atlanta. Hablaron, se enamoraron, se casaron y se vinieron juntos a Europa. Todo en menos de una semana. Un flechazo en toda regla.
─¿Dejó América por Irlanda? ─El señor Reilly la miró impresionado y ella asintió.
─Así es, mientras los irlandeses emigraban en tromba hacia allí, ella eligió venir y quedarse aquí ─Le sonrió─. Siempre dijo que había sido la mejor decisión de su vida.
─Qué historia más bonita.
─Y mi padre es de Drumcondra, si no lo digo me mata.
─¡¿Drumcondra?! ─exclamó Sean apareciendo en la puerta de la cocina─ ¿El hogar de Croke Park y no me habías dicho nada?
─Ya, lo sé, es raro, pero es que nunca habíamos hablado de este tema.
─¿Puedo ayudar en algo? ─Éire se asomó a preguntar y todos negaron con la cabeza─. Vale, me voy a ver a Molly.
─No tardes mucho, comeremos en media hora.
─Tá go maith![14]
Se marchó corriendo, Isabelle la siguió con los ojos y sintió las manos de Sean abrazándola por la cintura. Una sensación tan confortable que sonrió y se giró para darle un beso en la mejilla.
Él se lo devolvió y continuó hablando con sus padres como si aquello fuera lo más normal del mundo, como si llevaran cocinando y charlando en esa cocina los cuatro juntos toda la vida, aunque en realidad, aquella era la primera vez que visitaba su casa familiar como novia formal;
como la pareja que él quería presentar oficialmente a todo su entorno.
Desde su primer fin de semana juntos, que había seguido a su primer beso y a su primera cita para quedar a cenar, él había puesto las cartas sobre la mesa y le había hablado de su necesidad concreta y real de hacer oficial su relación y normalizar las cosas.
En un principio, sus plazos no eran como los suyos, desde luego, porque para él, desde su punto de vista, llevaba tres años enamorado y esperando una oportunidad con ella.
Oportunidad a priori imposible, pero que el destino les había regalado de repente y no pensaba perder el tiempo con nada, menos aun con normas absurdas para llegar a conocer a sus respectivas familias, por ejemplo.
No entraba en su planes ir con tiento, con calma o con prudencia, como hacía todo el mundo, esa posibilidad no le cabía en la cabeza y ella lo había acabado entendiendo.
Como para no entenderlo, si se sentía exactamente igual que él. Igual de enamorada, de ilusionada, de encantada de ver como su vida, de la noche a la mañana, se había puesto del revés.
Y con esa certeza en la cabeza, había ido soltado amarras.
Al principio no había sido tan fácil, le había costado un poco, porque era humana y tenía sus reticencias, sus propios fantasmas, como el hecho de saber que todo Dublín, incluida la familia Reilly, la había conocido como la prometida de Patrick Byrne y aquello, a veces no podía evitarlo,
le provocaba un pudor involuntario.
Incluso, en algún momento, se había pillado pensando en qué comentaría su entorno cuando se los encontraba en el cine o por la calle cogidos de la mano.
Cuando los veían besándose o llegando acaramelados a una cena con amigos.
Era perfectamente consciente de que sorprendían a propios y extraños, y, mientras Sean pasaba olímpicamente de lo que opinaran los demás, a ella había estado a punto de arruinarle una de las mejores etapas de su vida.
Ese momento único en la existencia de cualquier ser humano que tenía la suerte de encontrarse con el amor verdadero.
Cuando mirabas a los ojos a otra persona y te dabas cuenta de que al fin habías llegado a puerto seguro y te querías quedar allí acurrucada para siempre.
Cuando alguien te decía te amo y te arrasaba con sus sentimientos y sus besos, y te sentías feliz y enamorada, tan querida que parecía un sueño.
Cuando había entendido y asimilado todo eso, había espantado los fantasmas y había dado el primer gran paso de su nueva vida: invitar a Sean a su casa de Dún Laoghaire un domingo a mediodía, para que conociera su tradicional y familiar comida dominical.
Nunca en la vida se iba a olvidar de ese momento; de sus nervios frente a la tranquilidad de Sean; y de la cara de sus padres cuando había entrado en casa con él del brazo y se había puesto delante de todo el mundo para presentarlo como su novio.
Durante un segundo se había hecho el silencio, pero después de soltar algo parecido a un suspiro de alivio, la familia al completo se había levantado para abrazarlos y para recibirlo a él con los brazos abiertos.
A los diez minutos, ya se había integrado de maravilla en el universo Reagan.
Había enamorado a su madre y se había ganado a su padre, a sus sobrinos y a sus hermanos sin el menor esfuerzo, actuando como era él, un hombre encantador y educado.
Un buen chico irlandés de familia irlandesa normal, le había dicho su madre con una enorme sonrisa.
Y tras ese primer encuentro familiar le había tocado a ella ir a comer a Swords.
Esa localidad de las afueras de Dublín, cercana al aeropuerto, donde Sean y Pat se habían criado prácticamente juntos, aunque ella solo la había visitado una vez, porque Patrick Byrne, entre otras muchas manías,
no soportaba la vida de barriada donde lo conocía todo el mundo o donde tenía que acudir por norma a visitar a su madre.
Ese barrio en el que sabían de qué pie cojeaba, le había explicado un día Eire, y del que más le valía mantenerse alejado, porque se había dejado muchos cadáveres por el camino.
─Amor, ¿va todo bien?
Sintió a Sean pegado al oído y asintió mirándolo a los ojos; esos hermosos y enormes ojos celestes que ahora había comprobado que eran como los de su madre; como su pelo y su cara, porque él era, a todas luces y de todos sus hermanos, el más parecido a la guapísima señora Mary Anne Reilly.
─Todo bien, creo que la ensalada no ha quedado nada mal. La próxima vez haremos biscuits con gravy[15] como los que hacía mi abuela. Se lo he prometido a tu padre.
─Sí, por favor ─comentó la señora Reilly saliendo de la cocina.
─Los tienes fascinados, señorita Reagan.
─Y ellos a mí. Ahora me explico por qué tú eres así.
─¿Así cómo?
─Prácticamente perfecto.
─Ah claro ─Entornó los ojos muy serio.
─Madre mía ─se echó a reír y sintió cómo le empezaba a vibrar el teléfono en el bolsillo de los vaqueros─. Espera un segundo. Tengo que contestar.
Sacó el móvil sabiendo que era su jefa, que ya le había hecho alguna llamada perdida, se disculpó con el señor Reilly y salió al jardín delantero de la casa para hablar más tranquila.
─Hola, Clare. He devuelto tus llamadas, pero…
─No te preocupes, las he visto ─La interrumpió─. Siento molestar en sábado, Isabelle, pero es importante.
─¿Qué ha pasado?
─¿Te acuerdas del Caso Higgins?, ¿Bonnie Higgins y la filtración de la ubicación de la casa de acogida de Bray?
─Por supuesto, desencadenó un montón de recolocaciones. Fue en febrero o a principios de marzo.
─Exacto, pues, el marido, Peter Higgins, ha salido de la cárcel esta mañana, se ha presentado en Bray y le ha prendido fuego a la casa.
─¡¿Qué?!, ¿cómo están las familias? ¿y Rose?
─Rose tragó humo, está ingresada, pero está bien, se recuperará en seguida, nos ha dicho el médico.
El resto de las usuarias y los niños están perfectamente.
El caso es que al tipo no consiguieron detenerlo y se ha presentado aquí, en la sede central, para tirar un coctel Molotov en el hall y otro a los coches aparcados en la calle.
Gracias a Dios no había nadie, pero la policía me ha pedido que avise a todo el personal para que estéis prevenidos, no sería la primera vez que a un loco peligroso y descontento le dé por atacarnos.
─¿O sea que tampoco lo han detenido allí?
─Tampoco, hija. Solo había un guardia jurado y cuando llegó la policía, Higgins ya se había esfumado.
─No me lo puedo creer… ¿dónde está Bonnie Higgins ahora?
─Según el registro, se mudó a Galway antes del verano.
─Habrá que avisar a la policía de allí.
─Ya se ha mandado la alerta.
─Vale, ¿quieres que vaya para allá?