Sean (Dublín 1) 15
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El hogar de Sean Really era exactamente como se lo había imaginado: ordenado, sobrio, elegante, con estanterías llenas de libros y de música, con detalles deportivos, como una pared entera cubierta de fotografías suyas jugando al fútbol gaélico.

Desde que era muy pequeñito hasta hacía bien poco en el Croke Park, pasando por su etapa universitaria, que incluía partidos con la selección nacional irlandesa en Escocia, en Australia o en los Estados Unidos.

Una vida intensa dedicada al deporte y a los viajes, porque también había imágenes suyas en la playa surfeando, en la montaña haciendo trekking o escalada; en trenes destartalados viajando con amigos y una mochila al hombro,

en Nueva Zelanda haciendo submarinismo o simplemente celebrando San Patricio en pleno corazón de Dublín.

Siempre sonriente y guapísimo, porque ya fuera impecablemente vestido con traje y corbata, o sudoroso y sucio celebrando un triunfo con su equipo, siempre parecía brillar, destacar en medio del grupo, o al menos a ella se lo parecía.

Se paseó por el dúplex mirando más cuadros, principalmente serigrafías y afiches de cine clásico, aunque también tenía una obra de su hermana; entró en su despacho, donde había un rincón dedicado a fotografías familiares,

y de un vistazo supo que allí todo cumplía un plan maestro y ocupaba el sitio que tenía que ocupar.

Seguro que no había nada fuera de lugar y aquello era un remanso de paz, lo mismo que el salón, la terraza, la cocina o su vestidor, que estaba en la segunda planta y podía competir con el de cualquier revista de decoración.

Desde luego, tenía un gusto exquisito que combinado con el talento de Eire, que se había ocupado del interiorismo, había conseguido crear un hogar especialmente acogedor, simple y nada estridente, muy agradable y lleno de comodidades.

Subió a la segunda planta mirando la hora, porque había quedado con sus hermanas y con Annie en Forty Foot[13] para nadar a mediodía, entró en la habitación principal de puntillas y se quedó clavada en la alfombra admirando el monumento al que se había abrazado toda la noche para dormir.

Ese cuerpo perfecto de atleta saludable, que encima era calentito y suave; una delicia de la que estaba segura, no podría volver a prescindir.

Recorrió con los ojos la espalda ancha, los brazos fuertes, esos hombros tan bonitos, su pelo rubio y revuelto tapándole la cara.

Deslizó los ojos hacia sus glúteos, sus muslos robustos y musculosos, y suspiró.

Se agachó para recuperar su ropa del suelo y decidió que antes de perder el sentido común, más le valía darse una ducha, vestirse y salir pitando.

Llevaban solo dos semanas juntos, desde que habían hecho el amor y habían confesado sus sentimientos mirándose a los ojos en su casa, y aquello se había convertido en una luna de miel inagotable.

Nunca le había ocurrido algo parecido con nadie; nunca se había pasado las horas deseando a un hombre y corriendo para verlo y hacer el amor donde les pillara.

En el coche, en The Liberties o en sus respectivas casas, daba igual, porque la urgencia era mucho más poderosa que la cordura y se lo estaban pasando de maravilla.

Como decía Sean, llevaban tres años sujetando lo inevitable y ahora no se le podía poner más puertas al campo.

Se metió debajo de la ducha efecto lluvia que tenía, cerró los ojos y a los dos minutos sintió sus pasos, su cuerpo pegado al suyo, su excitación, sus manos recorriéndola entera y su aliento pegado al cuello.

─¿Duchándose sin mí, señorita Reagan?

─No quería despertarte y me tengo que ir volando. He quedado en Forty Foot dentro de dos horas y antes debería desayunar algo.

─Desde aquí a Sandycove son unos treinta y cinco minutos por la N31/R118, nos da tiempo a todo. No te preocupes.

Le dio la vuelta, la sujetó por el trasero y la suspendió en el aire para penetrarla contra los azulejos de piedra natural.

Ella primero arqueó la espalda gimiendo y luego lo atrajo para besarlo sin mucha serenidad, con esa ansiedad loca que compartían, sintiendo, una vez más, que se disolvía como un azucarillo cuando la tocaba.

─Como te gusta tomar el control, Sean Reilly.

Abandonó la ducha después de un orgasmo monumental, lo miró de soslayo y él se echó a reír a carcajadas.

─¿No te gusta?

─Sí, pero a veces también me gusta dominar.

─Tenemos el resto de la vida para que me domines, amor ─se puso un albornoz y le dio un beso en la frente─. Vístete mientras yo te preparo el desayuno.

─Muchas gracias, eres un sol.

Lo vio salir camino de la planta baja, ella se vistió, se recogió el pelo y luego ordenó todo el cuarto de baño.

Hizo lo mismo con el dormitorio, porque odiaba dejar una cama mal hecha, se fue a buscar su mochila y bajó corriendo a la cocina.

Bordeó la barra americana, le besó la espalda y luego abrió la nevera para sacar su estuche isotérmico con la insulina.

─¿Qué llevas ahí? ─Se lo señaló mientras le servía el café y ella se lo enseñó.

─Insulinas, agujas, medidor de glucosa, tiras reactivas, lancetas, algún carbohidrato rápido y toallitas con alcohol. ¿Te importa que me inyecte delante de ti?

─No, por favor, quiero aprender cómo se hace por si hiciera falta ayudarte, también me gustaría saber usar el medidor de glucosa.

Le enseñó la pluma de insulina, se levantó la camiseta, la colocó a 90º y se la pinchó en la tripa. Esperó unos quince segundos, limpió la zona y levantó las dos manos.

─Es muy simple, pero no tienes que aprender nada, mi amor, porque estoy muy bien controlada y no suelo tener sustos, no obstante, eres un cielo por preocuparte ─lo abrazó muy fuerte y le dio un beso─. Eres el primer chico con el que salgo al que le importa mi diabetes.

─Será porque no solo soy un chico con el que sales.

─Es una forma de hablar ─Le guiñó un ojo.

─Me he fijado en que te la pones antes de las comidas.

─Hay una Insulina Basal que es de acción prolongada, dura casi veinticuatro horas, pero mi doctora prefiere que me pinche antes de cada comida, la otra la suelo usar cuando viajo. Espera ─terminó de comerse una tostada y le señaló el teléfono─. Es mi hermana Shannon. Hola, Shan.

─¿Ya vienes de camino?, nosotras ya hemos salido.

─Tardo un poco más desde aquí, pero llegaré a tiempo, no seas doña prisas.

─Annie dice que estás con tu chico.

─Estoy en su casa, que está cerca de la catedral ─contestó quitándole importancia─, y dice que tardo unos treinta y cinco minutos hasta allí por la N31/R118.

─Uy, uy, uy, si ya lo reconoces, es que vas muy en serio.

─Nos vemos en un rato. Adiós ─Le colgó y Sean le sonrió.

─¿Cuándo me vas a presentar a tu familia?

─¿No es muy precipitado?, ni te imaginas como son…

─Entonces empecemos por la mía ─Le indicó el dormitorio─. Piénsatelo, termina de desayunar y yo me voy vistiendo para bajar contigo. Aprovecharé para correr un rato.

Diez minutos después iban por la acera de la mano, charlando tan tranquilos para ir a buscar su coche, que había dejado aparcado a una calle de la Catedral de San Patricio, y de pronto se tuvo que detener porque sintió que alguien los estaba siguiendo.

Sean hizo lo mismo y se encontraron justo en la acera de enfrente, en la puerta que daba acceso a los jardines de la iglesia, a Tricia Byrne, la madre de Pat, mirándolos con cara de asesina.

─Buenos días, señora Byrne ─la saludó él con la mano y ella les dio la espalda y se marchó furiosa─. Esto no es ninguna novedad, suele venir a la misa del domingo aquí.

─¿Ah sí?, pues, qué raro.

─Ella siempre ha sido un pelín rarita, pero es inofensiva.

─Yo no estaría tan segura.

─Bueno, ¿entonces nos vemos sobre las seis en mi casa?

─Mejor en la mía ─Llegaron al coche, quitó la alarma y abrió la puerta─, no duermo allí desde el miércoles y tengo que hacer la colada y un montón de cosas más.

─Eso se solucionaría si te vinieras a vivir conmigo.

─Sí, claro, Sean, ahora mismo.

─El piso es mío, no tendrías que pagar alquiler y es más grande que el tuyo.

─Adiós ─se montó en el Dacia y lo puso en marcha─. Tú vete a correr y luego hablamos. Si no quieres ir hasta Smithfield no pasa nada, nos vemos otro día.

─Te veo a las seis en punto en tu casa ─se inclinó y le dio un beso─. De mí ya no te libras, señorita Reagan.