13
El despertador del móvil le taladró los oídos y no le quedó más remedio que sentarse en la cama, a pesar de que apenas había dormido.
Miró hacia la ventana y se estiró como todas las mañanas, hasta que se acordó del gran acontecimiento que no la había dejado pegar ojo en toda la noche y el corazón le dio un vuelco en el pecho: Sean Really la había besado y había sido insuperable.
Se abrazó a un cojín y se echó a reír bajito para no despertar a Annie, que estaba durmiendo en la habitación contigua, aunque lo que de verdad le apetecía era saltar y gritarle al mundo entero que ÉL la había besado, igual que a los trece años, cuando Colin Keating, el chico más guapo del colegio,
le había pegado un beso con lengua en un rincón del patio y no había esperado ni un segundo en salir corriendo a contárselo a sus amigas.
Qué sensación más bonita, pensó abandonando la cama para darse una buena ducha, porque, con beso o sin beso de Sean Really, era viernes y le tocaba ir a trabajar.
Se metió debajo del chorro de agua caliente, cerró los ojos y volvió a sonreír pensando en ese beso intenso y fugaz que había durado menos de lo que le hubiese gustado, pero que, sin embargo, le había proporcionado una certeza indiscutible: compartía una química extraordinaria con él,
no podía negarlo y no pensaba darle la espalda.
Besar a alguien, al menos para ella, era el gran momento de intimidad que te permitía conocer de verdad a esa persona que te gustaba.
Un primer beso podía determinar el futuro o no futuro de una relación, el seguir o no seguir viendo a un hombre, porque, si ese chico que le gustaba no besaba bien o al besarla no le ponía el mundo del revés, no solía pasar al siguiente nivel.
Había sido así toda la vida y nunca se había equivocado…
salvo con Patrick Byrne, claro, aunque esa historia era harina de otro costal.
Salió de la ducha, se puso el albornoz y se secó el pelo sonriendo.
No podía dejar de sonreír y era una sensación maravillosa, sobre todo después de los meses que llevaba encima, y se fue a buscar ropa pensando que Sean Reilly, aunque no volviera a aparecer nunca más en su vida, ya le había regalado un instante mágico, de película,
justo el que necesitaba en ese momento y se lo agradecería toda la vida.
Encima besaba de maravilla, con decisión, con pasión, con propiedad.
Olía de maravilla, su propio aroma mezclado con un perfume muy varonil que ya había percibido de refilón en alguna otra ocasión, y que le ponía las feromonas patas arriba.
Para terminar: acariciaba de maravilla, gracias a esas manos grandes, viriles, tan cuidadas y bonitas que tenía.
─¿Te ha llamado?
En cuanto llegó al salón, Annie la interrogó desde la cocina. Miró el móvil y negó con la cabeza.
─No.
─Vale, pues llámalo tú.
─Sin un motivo concreto no lo voy a llamar.
─No es su novia.
Adelantándose a su pensamiento, le hizo un gesto para que se sentara en la barra de la cocina y le enseñó la pantalla del teléfono.
─Geraldine O’Sullivan no es su novia, en todas partes pone que está comprometida con una cantante francesa muy famosa. Si ese era tu motivo para no dar el siguiente paso, ya no tienes excusa.
─Mi motivo principal es que no pienso agobiar a nadie. No voy a cambiar ahora nuestra dinámica de contacto habitual porque me diera un beso.
─¿Y por qué no?
─¿Porque somos adultos?
─Adulta o no, anoche te quedaste turuleta con el besazo que te pegó. No te veía así desde Colin Keating ─Le sirvió una taza de café, le puso un muffin integral en un plato, se miraron a los ojos y se echaron a reír a carcajadas.
─No te lo vas a creer, pero hace cinco minutos me estaba acodando de Colin Keating ¿Qué sería de él?
─Se marchó a vivir a Ámsterdam hace como cinco años, pero no cambies de tema. No quiero que desaproveches lo que ocurrió anoche en ese rellano ─se lo señaló con el pulgar─. Ahora tienes que tomar tú la iniciativa.
Se levantó, abrió la nevera, sacó la insulina del día y se pinchó la primera dosis en silencio, luego volvió a la mesa y la miró a los ojos.
─Gracias por preparar el café, cariño. ¿Has dormido bien?
─Estupendamente, gracias.
─Me alegro mucho ─tomó un sorbo de café mirando hacia la terraza y ella le tiró una servilleta a la cara─ ¿Qué?
─Llama a Sean, Isabelle, hazme caso, deja ya de perder el tiempo. ¿O ya no te gusta?
─Claro que me gusta, pero…
─Pero nada. Tampoco te tienes que casar con él, solo se trata de probar suerte, ¿no te apetece una aventurilla sexy con un tío tan guapo? Te la mereces después de estos últimos seis meses.
─Está bien, esta tarde lo llamo cuando salga del trabajo.
─Bueno, algo es algo.
─¿Nos vamos?, hoy tengo un día de locos.
Una hora más tarde, estaba en la oficina organizando las visitas a domicilio que tenían pendientes y que había que resolver con la escasa plantilla de la que disponían.
Una pesadilla demasiado recurrente que la distrajo el tiempo justo que necesitaba para no mirar el teléfono móvil y olvidarse de paso del dichoso beso de Sean Reilly.
Beso que, para ser justa, era seguramente lo más emocionante que le había pasado en los últimos meses, incluso en los últimos años, y eso teniendo en cuenta que se había comprometido ─con la persona incorrecta, pero lo había hecho─ delante de medio Dublín, en plena Nochevieja.
─Como los ayuntamientos están hasta arriba de trabajo, nos han pedido ayuda urgente y hemos decidido citar a alguno de sus usuarios aquí, para atender al mayor número de familias posible antes de que empiece el curso escolar ─le explicó a su equipo en la sala de reuniones y todos asintieron─.
Obviamente, citaremos a las personas con movilidad y priorizando en las familias numerosas.
─No querrán gastarse el dinero en transporte.
─Cuando contactéis con ellos, decidles que les daremos un bono para el transporte y si aun así se niegan a venir, les explicáis el atasco que existe actualmente en su centro de referencia. Que decidan ellos.
─¿Qué pasa con las videollamadas?
─Solo podemos hacerlas con los que tienen smartphones y algo de conocimiento digital ─respondió Viv─. Es inviable con los usuarios mayores o con algunas madres que no hablan inglés y que necesitan intérpretes, pero podríamos intentarlo.
─Lo intentaremos, de momento, empezaremos por llamar para concertar las citas presenciales aquí. Andrea y Michael os quedáis haciendo eso ─les entregó una lista─, el resto nos vamos a terreno.
Se puso de pie mirando a su jefa y ella asintió y los animó a marcharse.
Recogieron sus cosas, bajó con Viv directo a su coche, se sentó al volante y en ese mismo instante le entró una llamada de su primo favorito, al que apenas veía porque vivía en Londres. Puso en marcha el Dacia Spring, le hizo un gesto de disculpa a Viv y pulsó manos libres para responderle.
─Elliot, ¿qué tal?
─Hola, peque ─La saludó él con su marcado acento inglés, porque su encantador primo, hijo de una de las hermanas mayores de su madre, era británico y nacido en Liverpool─. ¿Te pillo mal?
─Voy conduciendo, pero puedo hablar. ¿Cómo vas?, ¿qué tal la tía Louise?
─Todo bien, no quiero entretenerte. Te llamo para contarte una cosa y para pedirte un favor.
─Tú dirás.
─Me he comprado un casa en Malahide.
─¿En serio?
─Ya sabes que siempre he querido tener una propiedad en Irlanda y me he enamorado de una casa espectacular, Isa, te va a encantar. Está en un acantilado increíble.
─¿Y el trabajo?
─Voy a dejar el Chelsea a final de temporada, ¿no lees los periódicos?, y después abandonaré el fútbol y me dedicaré a los negocios. Podré ir y venir de Dublín sin prisas, y lo más importante, mi madre por fin podrá estar cerca de sus hermanas todo el tiempo que le apetezca.
─Es genial, Elliot, me alegro un montón.
─Ahora viene el favor.
─Vale.
─Necesitaré hacer una gran reforma y mi agente inmobiliaria me ha pasado unos contactos de contratistas que no me convencen para nada. Quiero un arquitecto o un decorador de interiores dublinés ¿Conoces a alguien de confianza o podrías preguntar por ahí entre tus conocidos por alguno?
─Ahora que lo dices ─se acordó de Éire Reilly y sonrió─. La hermana de un amigo se dedica a eso y por lo que sé, es muy buena y está muy solicitada. Puedo hacer algunas llamadas y con lo que averigüe te mando un mensaje.
─Fenomenal, primita ¿Tú cómo vas?
─Bien, todo bien, mucho trabajo, como siempre.
─A ver cuando te vienes por aquí para achucharte un poco.
─Cualquier fin de semana y si no, nos vemos cuando vengas a Malahide.
─Iré pronto, porque aún no he visto la casa en directo.
─Madre mía, ¿has comprado por Internet?
─Todo el tiempo, no te preocupes. Ahora te dejo conducir. Un beso y espero tu llamada. Te quiero, peque.
─Yo también te quiero, Elliot ─Le colgó y miró a Viv de reojo─. Lo siento, pero tenía que contestar, no suele llamar mucho y su madre ha estado un pelín delicada, así que…
─¿Elliot Clafin, el jugador del Chelsea, es tu primo?
─Sí, es hijo de una de las hermanas mayores de mi madre, mi tía Louise. Se casó con un inglés y vive en Liverpool desde hace como cuarenta y cinco años.
─No tenía ni idea, eres una cajita de sorpresas, Isabelle.
Llegaron a la zona de viviendas sociales de Tallaght, al sur de Dublín, aparcó el coche frente a una iglesia y después de sacar las carpetas y algunas bolsas con ropa y comida del maletero, que llevaban para su primera visita,
se animó a llamar a Sean Reilly con la excusa de pedirle el número de teléfono de su hermana.
Sonaba un poco forzado, ya lo sabía, pero al menos era un motivo objetivo para contactar con él y de paso tantear un poco el terrero, comprobar si todo iba bien entre ellos o si el capítulo del beso había estropeado algo.
Sacó el teléfono, lo pulsó y se dio cuenta que tenía una llamada perdida suya desde las diez de la mañana. Sonrió de oreja a oreja, le pidió a Viv que se fuera adelantando, y lo llamó sin pensárselo dos veces.
─Isabelle ─Le respondió al segundo tono de llamada.
─Hola, Sean, acabo de ver que me has llamado y yo estaba a punto de llamarte.
─¿Ah sí?
─Sí, tengo un primo que se ha comprado una casa en Malahide, quiere hacer una gran reforma y está buscando arquitecta de interiores. He pensado en Eire, pero no tengo su contacto, si me pudieras pasar su número te lo agradecería muchísimo.
─¿No tienes su número de teléfono?
─Aun no, me mandó la invitación para lo de Farmleigh House a través de Caitlin y me he dado cuenta de que no tengo su teléfono.
─Sin problema, ahora mismo te lo envío ¿Qué tal si nos vemos esta noche?, ¿te puedo invitar a cenar?
─¿A cenar?... claro ─se detuvo sintiendo un vuelco en el estómago, porque eso sí que no se lo esperaba, y sin querer se arregló el pelo─, pero mejor a las ocho en mi casa, si te parece bien. Tengo una lasaña estupenda hecha por mi madre que…
─Perfecto, te veo a las ocho. ─La interrumpió y zanjó rápido.
─Estupendo, entonces hasta las ocho.
A las ocho menos diez ya estaba duchada, con la lasaña en el horno, una ensalada recién hecha y una botella de vino del bueno abierta en la mesa.
Se fue al dormitorio para cambiarse por enésima vez de ropa y después de repasar el armario completo, al final decidió ponerse lo primero que se había probado: un vestido de lino ibicenco que le encantaba y que era muy cómodo, perfecto para recibir invitados en casa.
Se inclinó para atarse las sandalias y en ese momento el timbre del portal la pegó al techo del susto, se miró por última vez en el espejo y se fue corriendo a abrir.
─Hola, sube.
Lo saludó por la pantalla del telefonillo, abrió la puerta y se quedó quieta y con el corazón desbocado, escuchando como el ascensor subía lentamente. Esperó a que llegara a su planta y se abrieran las hojas metálicas para retroceder y meterse dentro del piso.
─Bienvenido, adelante.
─Muchas gracias.
Contestó él, guapísimo vestido con vaqueros y una camisa rosita. Entró en la casa, ella cerró la puerta, lo miró y sin mediar palabra, se lanzaron a la vez a besarse como locos, como si hubiesen estado esperando ese momento toda su vida.
Le abrió la camisa un poco ansiosa, porque necesitaba tocarlo con todas sus ganas, y él la sujetó por las caderas y la pegó contra la pared para aprisionarla con el cuerpo y seguir besándola sin parar, mordiéndole los labios y la lengua.
Los dos acariciándose y reconociéndose, porque de repente entendió que aquello era un reencuentro, y no solo un momento fugaz de pasión desenfrenada.
Deslizó la cremallera de sus vaqueros, él se sacó la camisa de un tirón, le quitó el vestido por los hombros y lo dejó caer suavemente al suelo para observarla con los ojos brillantes, provocándole tal nivel de excitación,
que se quitó el sujetador y le acarició el abdomen con la respiración entrecortada.
Como leyéndole la mente, la abrazó por la cintura, se inclinó y le atrapó los pezones con la lengua, desencadenando un primer orgasmo que la sacudió entera.
─Jesucristo.
Murmuró deshecha, hundiendo los dedos en ese pelo rubio y tan suave que tenía, y entonces Sean Reilly la asió por los muslos, la levantó sin el menor esfuerzo y la empotró contra la pared.
La penetró sin piedad y siguió balanceándose dentro de ella con suavidad y rudeza, con rapidez y con calma, a la par que gruñía y la besaba y le susurraba palabras de amor en el oído, o eso creyó oír, porque a los pocos minutos ya estaba en otra dimensión,
entrando de lleno en un segundo orgasmo indescriptible y compartido que acabó con los dos jadeando.
─¿Nos vamos a la cama?
Le preguntó aun dentro de ella y ella lo miró a los ojos, asintió y se echó a reír a carcajadas.