Sean (Dublín 1) 11
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─¡Geraldine!

Se acercó a su amiga para recibirla a pie de coche y ella le sonrió y le dio un abrazo.

─Hola, querido, ¿qué tal estás?

─Muy bien y me alegro mucho de verte, Geri. Gracias por venir.

─Gracias a ti por invitarme, Sean, no sabes la ilusión que me hace sorprender a Éire en la inauguración de su exposición y encima en este sitio tan bonito.

Se giró hacia la entrada de Farmleigh House, la famosa mansión de la familia Guinness en Phoenix Park, que pertenecía al pueblo irlandés desde 1999, y suspiró.

─Pensar que tu madre nos traía aquí de pequeñas a ver los jardines y nosotras jugábamos a ser princesas.

─Habéis superado todas las expectativas ─Le guiñó un ojo y ella se echó a reír.

─En eso tienes razón, amor.

Lo cogió del brazo y lo siguió dentro del palacete donde esa noche se inauguraba una importante exposición de arte dedicada a seis jóvenes talentos dublineses, entre los que se encontraba su hermana Eire.

Una oportunidad única y muy valiosa para ella, a la que a última hora había conseguido traer a su mejor amiga desde Londres.

─¿Qué tal el vuelo, Geri?, ¿te ha dado tiempo a pasar por casa de tus padres?

─Todo genial. He podido coger el primer avión y he llegado a tomar el té con ellos en Swords, pero dormiré en casa de Eire, ya sabes que me encanta Malahide.

─Y a quién no.

─¡Geraldine!

En cuanto sus padres y Éire lo vieron aparecer con Geraldine O’Sullivan del brazo, dejaron lo que estaban haciendo para correr a abrazarla.

─Cariño, ¿cómo estás?, no sabía que ibas a venir, tus padres no me han dicho nada ─su madre la observó de arriba abajo─. Estás preciosa, como siempre.

─Muchas gracias, Mary. Y no te han dicho nada porque ha sido una decisión de última hora. Sean se ha ocupado de todo y mañana me vuelvo tempranísimo a Londres, pero ya estoy aquí ─agarró a Éire por el cuello─, qué ganas tenía de verte, pequeñaja.

─¿Lo has planeado tú? ─su hermana lo señaló y él asintió─. Que guardadito te lo tenías.

─Ha valido la pena.

─Claro que ha venido la pena ─lo abrazó─. Muchas gracias, hermanito.

─Bueno, ¿me enseñas cómo ha quedado finalmente el montaje de los cuadros?

Preguntó Geri mirando a su alrededor y Éire la cogió de la mano y se la llevó hacía la galería dónde habían instalado la muestra.

Él las siguió con los ojos sin moverse y luego se giró despacio hacia el salón principal de Farmleigh House, donde había un montón de gente conocida a la que ir a saludar.

─¿Has venido a una exposición de arte con una Top Model, Sean Really? ─Caitlin Fitzgerald lo sorprendió por la espalda y él se volvió y la miró frunciendo el ceño─. No te tenía por uno de esos.

─¿De esos qué?

─De esos tíos a los que les van las modelis ─Le puso una copa de champán en la mano.

─Geraldine no es una “modelis”, es una mujer profesional, exitosa, inteligente y sensible. Además, la conozco de toda la vida, es la mejor amiga de Éire desde que tenían cuatro años. Nos criamos juntos en la misma calle de Swords.

─¿En serio?, ¿cuánta gente guapa y famosa ha nacido en Swords? ─Abrió mucho los ojos y él se echó a reír.

─Ni idea, pero es verdad que Irlanda ha dado, y sigue dando, más famosos por metro cuadrado que cualquier otro país del mundo.

─La guapura irlandesa, dice mi abuela.

─Tu abuela tendría que conocer a Cillian ─su hermana Mare se les acercó y les dio un par de besos a cada uno─. ¿Qué tal estáis, chicos? Ha venido mucha gente, ¿verdad?

─¿Qué Cillian, Mare? ─Quiso saber Caitlin.

─Cillian O’Sullivan, el hermano mayor de Geraldine y el hermano postizo de Sean. Es guapísimo, pero de verdad muy guapo.

─¿Dónde está?, ¿por qué no lo conozco?

─No lo conoces porque vive en Cork, pero ya os lo presentaré. Vuelve a Dublín a finales de septiembre.

─¿También es modelo?

─No, que va, es bombero. ─sacó el teléfono al notar que no parara de vibrar─. Ahora vuelvo, me están llamando del trabajo.

Devolvió la copa de champán a una bandeja y se escabulló hacia la parte trasera de la mansión, desde donde se podía acceder a los jardines y a una zona muchísimo más tranquila y silenciosa.

Buscó una de las escaleras laterales de la terraza, se sentó en uno de los peldaños de piedra y marcó el número de Pam, que se había quedado sola a cargo de todo el lío que tenían los jueves por la noche en el The Liberties.

─Hola, jefe, ¿qué tal? ─Respondió al cuarto tono de llamada.

─¿Necesitas algo?

─Sí, y siento molestarte precisamente hoy, pero es que han traído el pedido de Jameson y falta la mitad. El transportista dice que lo hable con la distribuidora, pero ellos también se han lavado las manos y no sé qué hacer.

─¿Te lo has quedado o se lo has devuelto?

─Están esperando a que tome una decisión.

─Quédatelo y ya hablaré yo con Ciaran, creo que acabo de verlo en el evento de mi hermana.

─¿Cómo va eso?

─Hay muchísima gente, lo cual es buena señal. ¿Qué tal las camareras nuevas?

─Adaptándose, tú no te preocupes, disfruta de la noche y si queréis venir todos a tomar algo, no hay problema, he reservado el salón de arriba.

─Vale, gracias, Pam. Si necesitas algo, tendré el teléfono operativo. Hasta luego.

Le colgó y sacó el vapeador para darle un par de caladas, porque aquello, aunque era tan nocivo como el tabaco, por alguna extraña razón conseguía relajarlo.

Miró el cielo despejado de finales de agosto, aspiró el aroma a rosas del jardín y pensó que lo correcto sería ir a buscar a Geraldine y acompañarla, porque le había prometido ser su escolta contra los moscones, los curiosos y la prensa, que siempre andaba detrás de ella, sin embargo,

no pudo moverse, cerró los ojos y pensó en Isabelle.

─Hola, Sean.

Oyó su voz y se quedó quieto, hasta que reaccionó y se puso de pie de un salto.

─¿Isabelle? ─Preguntó como un idiota, observando el aspecto arrebatador que tenía vestida de blanco, y ella le sonrió.

─Hola, perdona, no quería asustarte, lo siento mucho. Buscaré otro sitio para esconderme.

─¿Esconderte?, ¿esconderte de quién?

─De mi cuñado Xavier, no sabía que me lo iba a encontrar esta noche aquí ─respiró hondo─. Por cierto, precioso el trabajo de tu hermana, yo creía que solo se dedicaba al diseño de interiores y me he quedado impresionada. Es una artista increíble.

─El diseño de interiores la ayuda a pagar la hipoteca, pero el arte es su verdadera vocación. ¿Puedo preguntar qué te pasa con tu cuñado Xavier?

─Puedes preguntar ─dio unos pasos y se sentó en la escalera─. Tuvimos un desencuentro muy serio a principios junio, yo se lo conté a mi hermano y casi les cuesta la ruptura. Me equivoqué, lo sé y pedí perdón, pero sigue siento bastante incómodo verlo porque él es muy… en fin… vamos a dejarlo.

─¿Qué clase de desencuentro?

─¿De verdad quieres saberlo?

─Claro.

Siguiendo el impulso inconsciente de su alma, la necesidad física de tenerla cerca, se olvidó de las barreras que siempre ponía frente a ella y se le sentó al lado, muy cerca, para dedicarle toda su atención.

─Lo que pasa es que Xavier y Liam llevan tres años queriendo tener un hijo biológico.

Perdieron a la última posible gestante en marzo y a él se le ocurrió pedirme a mí, sin consultarlo con mi hermano, que asumiera yo el embarazo.

Desgraciadamente, le dije que no, que no estaba preparada y mi hermano lo entendió, pero Xavier no y se presentó un día en mi trabajo hecho una furia.

Me acusó de cosas muy feas y usó el chantaje emocional para presionarme de la peor manera posible.

Acabó expulsado del edificio por la gente de seguridad y yo cometí el peor error del mundo: contárselo a Liam.

Te imaginarás que estalló la tercera guerra mundial por mi culpa y, aunque ahora ellos están bien, él no me lo perdona.

─La culpa no fue tuya, fue él el que desencadenó el problema, ¿no?

─Creo que es un poco más complejo que eso, al menos para ellos, pero… bueno… sé que es difícil de entender…

─Lo he entendido perfectamente. Yo también he pasado por ahí un par de veces.

─¿También te has peleado con alguna de las parejas de tus hermanos?

─No, pero sí tres personas, en los últimos quince años, me han pedido que fuera su donante de esperma y he dicho que no. Sé la energía negativa que esto puede liberar y los problemas que puede acarrear.

─Vaya.

─Soy consciente de que no es lo mismo donar semen que gestar el bebé de otra persona durante nueve meses, pero…

he estado en tu posición. De las tres veces que me he negado, por supuesto explicando mis motivos, solo en una ocasión me comprendieron, en las otras dos me acusaron de todo y prácticamente me crucificaron. Entiendo cómo te sientes.

─Esto sí que no me lo esperaba.

─Bueno, yo lo tuyo tampoco.

─Ya ves ─se echó a reír mirando las estrellas─. A veces creo que el compromiso con Patrick Byrne solo me ha traído mala suerte y desgracias.

─No hay mal que cien años dure, ni tonto que lo aguante.

Le guiñó un ojo y ella le sonrió, estiró la mano y la posó sobre su antebrazo provocándole una descarga eléctrica por todo el cuerpo.

─Es muy fácil hablar contigo, Sean, muchas gracias.

─De nada.

Guardaron silencio sin moverse, él incapaz de mirarla a la cara, y de repente le soltó.

─Nunca debí rendirme contigo, Sean Reilly, debería haber insistido más en Glastonbury.

─¿Cómo dices?

─Cuando nos conocimos, ¿recuerdas? ─Como para no acordarse, pensó, pero no dijo nada y solo asintió─. Creí que habíamos conectado de verdad, pero de repente te perdí de vista y Pat me dijo que te habías marchado porque no te iban las irlandesas, así que…

─¿Qué Pat dijo qué?

─Nos juró que no te iban las irlandesas, mi amiga Annie es testigo, y, ante eso, pues… me tuve que retirar como una señora. ─bromeó, pero él la siguió observando muy serio─ ¿Qué?

─Que eso es mentira, os mintió.

Se puso de pie indignado, con ganas de matar a ese capullo embustero y manipulador, y se giró para mirar a Isabelle Reagan de frente, decidido a romper ya con todos los compromisos de honor y amistad que había adquirido con Patrick Byrne.

Ese amigo de la infancia, que por lo visto no había dudado ni un segundo en interponerse entre él y la mujer de sus sueños a base de mentiras.

Encima para acabar engañándola y abandonándola de la peor manera posible a los dos años de conocerla.

─Mira, Isabelle, yo…

─Oye, que ya da igual, solo ha sido un comentario ─le hizo un gesto para que volviera a sentarse a su lado─. Mi terapeuta dice que seguir enfadada con ese impresentable solo le otorga poder a él. No le demos ese beneficio, ni tú ni yo, ninguno de los dos. No vale la pena.

─A mí sí me vale la pena, porque lo conozco desde que tenía seis años y ahora mismo me parece un completo desconocido. Un puñetero estafador.

Se le sentó al lado y la miró a los ojos.

Durante unos cuantos segundos se perdió en la oscuridad de esa mirada tan profunda y cálida que tenía, tan hermosa, tan limpia, y percibió como ella se le acercaba de manera imperceptible, pero bastante decidida, al punto de embriagarlo con el delicioso y sutil aroma de su perfume.

Quieto y nervioso como un colegial, no atinó a hacer nada y cuando vio que ella deslizaba la mirada desde sus ojos a su boca, una invitación clara y universal para que la besara, escuchó la voz firme de su hermana Éire llamándolo desde el jardín. Instintivamente se apartó y se puso de pie.

─¿Sean?, ¡Sean!

─¡Aquí!

─¡Joder, Sean!, llevamos dos horas buscándote, no te has quedado ni diez minutos en la recepción. ─Éire apareció seguida por Geraldine y las dos se lo quedaron mirando un poco sorprendidas─. Hola, Isabelle.

─Hola, Éire ─se levantó y se acercó para darle dos besos─. Antes no te lo he podido decir porque estabas muy ocupada atendiendo a tanta gente, pero me ha encantado la exposición. Enhorabuena.

─¿En serio?, muchísimas gracias, cielo. ¿Conoces a Geraldine?

─Solo de las revistas. Un placer.

─El placer es mío, Isabelle. ─contestó Geri mirándolo a él─. Te has olvidado de mí, pero te perdono si me llevas a cenar.

─Por supuesto. ─La abrazó por los hombros─. Y lo siento mucho, nos hemos entretenido charlando aquí fuera porque hace una noche estupenda, pero, ya nos podemos ir a cenar a The Liberties.

─Genial ─respondió su hermana─. Isa, te vienes con nosotros, ¿no?

─No, muchas gracias, yo mañana madrugo ─Les sonrió encaminándose hacia el interior del palacete─. Y gracias otra vez por invitarme esta noche, me lo he pasado muy bien. Hasta luego.

─Gracias a ti por venir, cariño.

A un tris estuvo de seguirla animado por su hermana, que le hizo un gesto elocuente para que fuera tras ella, sin embargo, algo parecido al sentido común se lo impidió y decidió no hacer nada. No mover ficha y dejar las cosas tal como estaban.