10 #2
Entró en el despacho calculando cuántas veces había visto a esa señora en dos años de relación con Patrick y la respuesta fue bien sencilla: solo tres.
Una en su casa de Swords, cuando la había invitado después de la petición de matrimonio; otra ahí mismo, en su trabajo, porque había insistido en pedirle ayuda para solicitar una asistencia domiciliaria; y la última vez a principios de marzo, días antes de la espantada de Pat,
cuando había organizado una comida en su piso de Smithfield para presentarle a sus padres.
Comida a la que, por cierto, había asistido Dallas como pariente y compañera de piso.
─Tricia, qué sorpresa verte por aquí. ¿En qué te podemos ayudar?
Rodeó la mesa y se sentó frente a ella sin ninguna muestra de familiaridad (tampoco es que hubiesen llegado a tenerla), apoyó los codos en el escritorio y la observó con aire profesional.
─No tengo tu teléfono, Isabelle, lo he perdido y necesitaba hablar contigo, por eso he venido.
─¿Va todo bien con la asistencia a domicilio?
─Todo lo bien que se puede esperar de un servicio público. Cada dos por tres me cambian a la persona que me limpia la casa, pero eso no lo puedes arreglar, ¿no?
─Me temo que no. Como te explicamos en su momento, los turnos de trabajo son rotativos y no se te puede asignar a alguien en exclusiva. No obstante, debes saber que todas las personas que trabajan en Asistencia Domiciliaria son profesionales cualificados que cuentan con toda nuestra confianza.
─Bueno, bueno, lo de cualificados habría que verlo, menuda panda de impresentables. He escuchado que van por ahí robando, pero no he venido hasta aquí para discutir con otra trabajadora social.
─¿Entonces a qué has venido, Tricia? ─Se movió incómoda y entornó los ojos.
─He venido para pedirte el anillo de compromiso que te dio mi Pat. Es una joya familiar que, roto el compromiso, la quiero de vuelta. Supongo que lo entiendes.
─Lo entiendo perfectamente, pero el anillo de compromiso que me dio tu Pat, como tú dices, lo compramos juntos en Weir & Sons, en Grafton Street. No sé de qué joya familiar me estás hablando.
─¡¿Qué?!, te estarás confundiendo ─Se puso roja como un tomate y ella, por un segundo, hasta disfrutó del mal rato que estaría pasando─. Ese anillo es muy importante para nosotros, era de mi madre y Pat lo sacó de mi joyero para regalártelo el 31 de diciembre.
─Si ves el video de aquella noche, que está en todas partes, la pedida fue improvisada.
Según tu propio hijo, no tenía planeado hacer aquello y me puso la anilla de una lata de Guinness en el dedo cuando le dije que sí.
Una semana más tarde, fuimos juntos a Weir & Son a elegir y a comprar una sortija que, por cierto, no tiene mucho valor porque a mí no me gustan las joyas.
Sin embargo, será un placer devolvértela a ti.
Como él se marchó por la puerta de atrás y de la noche a la mañana, sin despedirse ni darme una explicación, no pude dársela personalmente.
─Bueno, bueno, si él hizo eso tendría sus motivos.
─Claro que tenía sus motivos, huir con mi prima, con la que mantenía una relación paralela a la nuestra.
─Nadie se va con otra si lo que tiene en casa lo hace feliz.
─Si una relación no funciona, se rompe como una persona cabal y decente, y luego uno se va con quién le apetezca.
Soltó, empezando a sentirse muy incómoda, y se puso de pie para dar por zanjada la visita y no correr el riesgo de acabar haciendo pagar a esa señora tan seca, los platos rotos de su hijo.
─Supongo que aún estás dolida y celosa, Isabelle, y es normal, como mujer lo entiendo, porque mi Patrick es el mejor hombre que podías encontrar en Dublín, pero la vida es así de dura y es mejor que no vivas en el rencor.
─Yo jamás he vivido en el rencor, Tricia, obviamente no me conoces, pero no voy a molestarme en discutirlo contigo ─le indicó la puerta─. Como en los registros tenemos tu dirección, te mandaré el anillo con un mensajero. Ahora, si no te importa…
─Con un mensajero no, ni se te ocurra ─la interrumpió con brusquedad─. No me fio de ninguno esos, la mayoría roba lo que tienen que entregar y luego dicen que una no estaba en casa para recibir el paquete. No, gracias.
─Que visión más oscura tienes del mundo, Tricia.
─Vivimos rodeados de extranjeros de todos los colores, solo soy precavida.
Isabelle parpadeó perpleja, porque lo de esa mujer, a la que Patrick siempre mantenía apartada de su vida, era desde todo punto de vista inaceptable, pero decidió no entrar en sus provocaciones y optó por ignorar el comentario y mirarla a los ojos.
─¿Entonces qué propones, Tricia?
─¿Dónde tienes el anillo?
─En casa.
─Vamos juntas a buscarlo ahora mismo. Tú tienes coche, ¿verdad?
─Imposible, estoy trabajando y tengo varias visitas programadas, de hecho, ya me estoy retrasando y me están esperando, así que…
─Pues me lo tendrás que llevar tú misma a mi casa.
─No, si quieres puedes pasar mañana a recogerlo aquí.
─Entrégaselo a Sean Reilly para que él me lo acerque a Swords. Es un buen chico y siempre está dispuesto a ayudar, no como otras.
Se levantó, caminó unos pasos y se detuvo justo en el umbral de la puerta. Se sujetó al marco, se giró y le clavó esos ojos tan opacos que tenía.
─Te voy a decir una cosa que ya le dije a mi Nicola en su momento, aunque nunca me ha hecho caso: si no quieres volver a perder a un hombre, deberías preocuparte por darle todo lo que te pide, cuidarlo bien, como corresponde a una buena mujer.
Algo le habrá faltado mi Pat contigo para que se fuera a buscarlo a otra parte. No le eches toda la culpa a él.
─Suficiente, señora Byrne ─Viv apareció de la nada y la invitó a marcharse─. Afortunadamente, ya no vivimos en la Edad Media, no tenemos por qué escuchar esta sarta de sandeces.
─¡Quiero el anillo de mi hijo ya o volveré a buscarlo con la policía!
Les chilló señalándolas con el dedo y se perdió por el pasillo maldiciendo. Isabelle miró a Viv con la boca abierta, sin poder creerse que una mujer en pleno siglo XXI siguiera pensando de ese modo y se atreviera a hablarle a otra en ese tono, cogió el bolso y se encaminó hacia los ascensores.
─Deberíamos denunciarla por racista y machista ─Susurró Viv furiosa─. Es intolerable.
─Olvídalo, como solía decir la hermana de Pat, su madre solo sabe relacionarse atacando.
Le sonrió para tranquilizarla, entraron en el ascensor y comprobó que llevaba todas las carpetas que necesitaba para sus visitas a domicilio de esa mañana. Llegaron a la calle, se acordó de Sean Reilly y decidió llamarlo.
─Diga.
─Hola, Sean, soy Isabelle ─se sorprendió de que le respondiera a la primera y tragó saliva─.
Siento molestarte, pero ha venido la madre de Patrick a pedirme el anillo de compromiso.
Lógicamente no lo llevo encima y no quiere que se lo envíe por mensajería.
Me ha sugerido que te lo de a ti para que se lo lleves a Swords, ¿sería posible? , si no es posible, yo…
─No hay problema, voy mucho por Swords, aunque me sorprende que te pida semejante cosa.
─El anillo es de su hijo y yo tampoco quiero tenerlo cerca.
─De acuerdo ─suspiró y ella pensó que quedarían para entregárselo, sin embargo, la esperanza le duró solo diez segundos─. ¿Te importaría enviármelo con un mensajero a The Liberties?
─Claro, sin problema y muchísimas gracias.
─De nada. Adiós.
Le colgó y ella se quedó observando el teléfono sin entender por qué le sentaba tan mal que no quisiera verla, hasta que Viv la llamó desde el coche, reaccionó y se marchó a trabajar sin darle más vueltas.