Sean (Dublín 1) 9
44%

9

─Esta es la última vez que te llamo, Sean, si quieres quedar, ya tienes mi número de teléfono y me llamas tú. No voy a seguir suplicando.

─No creo que estés suplicando, Becka.

Caminó por una de las terrazas del Royal Albert Hall de Londres, miró hacia Hyde Park y oyó como Rebecca McKenzie soltaba de una risita de lo más irónica desde Dublín.

─Mira, ¿sabes qué, Seanny?, en realidad, no sé ni por qué te llamo ni por qué he vuelto a quedar contigo. La casualidad ha querido que seas tío de una de mis alumnas y ya está. Vamos a dejarlo así.

─Si es lo que quieres, me parece perfecto.

─¿Y qué es lo que quieres tú?, ¿por qué me has pedido mi número de teléfono? ¿Por qué vuelves a confundirme de esta forma?

─¿Confundirte?, yo creo que nunca te he confundido, Rebecca, al contrario, siempre me has acusado de ser demasiado claro contigo y en esta ocasión, después de tantos años, solo pretendía retomar una buena amistad.

─Tengo casi treinta y seis años, me acabo de divorciar, ¿crees que estoy para retomar amistades o para perder otra vez el tiempo contigo?

─Bueno, yo…

─¿Eres consciente de lo extremadamente frustrante que resultas, Sean Reilly? Siempre has sido así, toda la vida, y no pienso retroceder y volver a pasar por esto. Adiós.

Le colgó y él miró el iPhone un poco perplejo por el tono de la conversación, porque no sabía en qué momento había dado pie para que ella se sintiera confundida o frustrada, sin embargo,

decidió no dedicar ni un segundo más de lo necesario al tema y se guardó el teléfono en el bolsillo de los vaqueros.

Tampoco era el momento ni el lugar para distraerse con tonterías.

Se apoyó en la balaustrada de la terraza que rodeaba toda la última planta del Royal Albert Hall; ese magnífico edificio inaugurado en 1871 y dónde esa noche su hermano Connor había celebrado uno de los mejores conciertos de su carrera.

Un momento lo suficientemente importante y alegre para toda la familia, como para ponerse a discutir con una amiga, lo frustrante o no que podía llegar a ser.

Respiró hondo, percibiendo claramente el aroma a hierba fresca que venía del parque, y tuvo que reconocer que había sido una pésima idea volver a quedar con Rebecca McKenzie después de tantos años.

Con ella en especial. Una chica con la que había salido solo unos meses durante su primer año en la Universidad de Dublín, con la que le había costado horrores romper, y, con la que ya no tenía nada en común, ni nada de lo que hablar sin acabar discutiendo, porque estaban en las antípodas de todo.

Y no solo era eso, también estaban los cientos de reproches que aun acumulaba en su contra por, según ella, no haberse comportado como el novio que había necesitado y se habría merecido a los diecinueve años.

─Yo estaba enamorada de ti y aun así me abandonaste ─Le había soltado en la primera cena antes de llegar a los postres─. No te importó mi dolor y tu rechazo me ha acompañado toda la vida.

─Lo siento mucho, Becka, pero éramos unos críos.

─Tú serías un crío, yo era muy madura para mi edad y no supiste valorarme.

─¿En serio me vas a reprochar esto dieciséis años después?

─¿Por qué no?, estoy en mi derecho.

Y en su derecho estaba y había permitido que se desahogara, incluso, había aceptado darle una segunda oportunidad y cenar nuevamente con ella, sin embargo, como los reproches y las tensiones se habían repetido e intensificado, había decidido alejarse sin ruido ni enfrentamientos.

Decisión que al parecer también le había molestado, aunque eso, gracias a Dios, no era problema suyo.

El teléfono le vibró en el bolsillo de la chaqueta, lo sacó y al ver que se trataba de Pat desde Atlanta, rechazó la llamada y lo puso en silencio.

Desde hacía un mes, lo llamaba a diario para contarle sus proyectos en los Estados Unidos.

No contento con el dinero que le había transferido en un tiempo récord para evitar que dividiera la empresa y vendiera su parte a un tercero, seguía reclamando efectivo y pidiéndole ayuda y consejo, como si nunca hubiese pasado nada entre ellos.

Como si no lo hubiese dejado tirado de la noche a la mañana con un agujero considerable en las cuentas de la empresa y un millón de responsabilidades que sacar adelante.

Cairde S.L. contaba con seis locales en activo y una plantilla fija de sesenta empleados que tenían que seguir cobrando.

El mundo no se había detenido cuando Patrick Byrne había decidido huir de Dublín con su nueva novia embarazada y a él le había tocado, encima, conseguir el dineral que le había exigido por la mitad del negocio.

Una traición que le iba a costar años perdonar, si llegaba a perdonarlo, porque se había comportado de la forma más rastrera y desleal que se podía comportar un socio.

Y eso sin olvidar el daño que le había hecho a Isabelle, la principal víctima de todo aquel despropósito público, porque todo Dublín se había enterado de la infidelidad y el plantón, y la gente, tres meses después, seguía comentándolo.

Condenado Pat, masculló, viendo que, como no respondía a sus llamadas, le estaba enviando mensajes de voz en los que seguramente le hablaba del famoso pub irlandés (un bombazo, según él) que le había comprado a un amigo de Dallas en una zona de marcha de Atlanta.

Una apuesta, según su criterio, que no tenía ningún futuro.

Como solía decir un profesor suyo de empresariales: “Si un negocio funciona de maravilla nadie lo vende. Si un empresario vende un negocio es porque ya no le funciona. Investigad a fondo antes de comprarlo”.

Esa premisa lo había ayudado desde el principio a ampliar su proyecto de restauración, el gran sueño de su vida: tener locales de ocio y gastronomía de alto standing en una ciudad emergente y de moda como Dublín.

Y lo habían conseguido siendo prudentes y sondeando a fondo los espacios que alquilaban o compraban.

Una regla de oro que estaba segurísimo Pat no había cumplido en Atlanta, porque no tenía ni la paciencia ni el sentido común para hacerlo.

Por fortuna, eso tampoco era ya problema suyo y lo que hiciera o dejara de hacer no le interesaba en absoluto.

Lo único que le interesaba desde hacía tres meses era su empresa; sacarla adelante, seguir funcionando, pagando nóminas, cumpliendo con los bancos, los proveedores y los clientes, y, con algo de suerte, conseguir un inversor externo que le diera un respiro.

Alguien profesional y serio como Edward O’Donnell Guinness, el primo de su cuñada Lara, que se había mostrado muy interesado en apoyarlo.

─¿Por qué te escondes aquí fuera?

Su hermana Éire lo sorprendió por la espalda y él saltó y la miró sorprendido.

─¿Quieres matarme de un infarto?

─Te he llamado desde la puerta. ─se la indicó con la mano y se le puso al lado─. ¿No vas a entrar al coctel?

─Estoy respirando un poco.

─Pareces agotado.

─Estoy agotado.

─El entrenador Oglivy le acaba de decir a papá que has retirado tu candidatura para el equipo de la Uni, ¿es cierto? ¿Por qué no nos habías comentado nada?

─¿Ha venido Oglivy?

─Ha venido mucha gente de Dublín, se han repartido cien invitaciones entre amigos y familiares. Ya sabes cómo es Connor con estas cosas.

─Lo sé, pero me sorprende que haya invitado a Oglivy.

─A Oglivy y a su mujer, supongo que era una maniobra de marketing para apoyarte de cara a la universidad. ─Le clavó los ojos grises─ ¿O sea que es verdad que te has retirado?

─Sí.

─¿Por qué?, creía que uno de tus grandes sueños era entrenar al equipo de Fútbol Gaélico de tu Uni.

─Y lo era, pero Oglivy lleva más de un año mareándome, no acaba de jubilarse y en este momento, además, aunque me dieran su plaza, no tendría ni tiempo ni energía para asumirla. Me han hecho esperar demasiado.

─Tienes treinta y cinco años, Sean, ¿cómo que no tendrías ni tiempo ni energía? Tienes energía de sobra para eso y mucho más.

─¿Eres consciente de lo que tengo ahora mismo encima?

─Sí, ya sé que la marcha del capullo de tu amigo te ha dejado vendido y no das abasto, pero eso se solucionaría delegando y contratando a más gente.

─Lo sé, sin embargo, de momento, solo estamos Pam, Robbie y yo al frente de todo. No tengo presupuesto para ampliar la plantilla.

─Lo tendrás en cuánto firmes con Eddie Guinness, incluso yo misma podría invertir en Cairde S.L. Acabo de vender un par de cuadros de la Serie Dublín en Otoño.

─Enhorabuena ─La sujetó por el cuello y le besó la cabeza─. Esa es una gran noticia, pero no te preocupes por mí, solo es cuestión de tiempo y todo volverá a la normalidad.

─De verdad que no me importa.

─Y yo te lo agradezco muchísimo, pero antes de andar ofreciendo tu dinero, invierte en tu casa y empieza a quitarte la hipoteca.

─Joder, Sean.

─¿Qué?

─No tengo doce años.

─¿Ah no?, ¿en serio? ─La miró de arriba abajo.

─Vale, haz lo que quieras, pesado.

─Gracias de todas maneras.

Le dio un empujoncito con el hombro y ella se lo devolvió señalándole el interior del teatro.

─Venga, vamos, se acabó el momento antisocial, entremos a tomar algo. La comida está espectacular, el chef tiene una estrella Michelin, ¿sabes?, y de paso así saludas de Isabelle.

─¿Isabelle?, ¿qué Isabelle? ─Por un segundo se le detuvo el pulso y su hermana lo observó con los ojos entornados.

─¿Cómo que qué Isabelle?, Isabel Reagan, ¿conoces a otra Isabelle?

─¿Y qué hace ella aquí?

─Caitlin no podía venir a Londres y se le ocurrió llamarla y regalarle sus entradas con el pase para la zona VIP. Ha traído a una amiga mega fan de Connor y se lo están pasando muy bien. Ya era hora de que empezara a salir de marcha después de todo… ya sabes…

─Lo que no sabía es que Caitlin e Isabelle fueran tan amigas.

─¿Y a ti qué más te da? ¿tienes algún problema?

─No, no, ninguno ─se atusó el pelo─. Es que me extraña que no me lo haya comentado.

─¿Hablas mucho con ella?

─Lo normal.

─¿Lo normal? ─Lo miró con suspicacia y después lo agarró de la mano─. No sé qué te pasa, pero ya que ha venido, la saludas y la invitas a la fiesta del XOYO. Seguro que ella y su amiga se apuntan.

─Invitadla vosotros, si queréis, yo tengo que ir a un local de Chelsea por un tema de trabajo y luego me iré directo al hotel. Llevo despierto desde las cinco y media de la mañana, ¿sabes?

─Caitlin me advirtió que dirías algo así.

─¿Disculpa? ─Retrocedió frunciendo el ceño.

─Su teoría es que te comportas con Isabelle Reagan como un niño de primaria: aunque te gusta muchísimo, la evitas y te haces el interesante.

─¿Habláis de mi a mis espaldas?

─Nos preocupamos por ti, hermanito, Isabelle es una chica increíble, guapísima, tan lista… y… en fin, creemos que ella sería perfecta para ti, tú para ella y todos felices. Que viva el amor.

─Imposible.

─¿Por qué?, ¿ya no te gusta?, recuerda que yo estaba presente cuando la conociste en Glastonbury. Me pediste a mí que me acercara a ella y la invitara a la fiesta post concierto de Connor.

─Y acabó saliendo con mi mejor amigo.

─¿Ese mejor amigo que acaba de joderos la vida a los dos?

─Es igual, yo…

─Tu mejor amigo es Cillian O’Sullivan, Sean. ─Lo interrumpió─. Pat nunca estuvo a la altura.

─Él no lo estaría, pero yo sí y jamás saldría con su ex.

─¿Ah no?, ¿y ella no tiene nada que opinar al respecto? ¿De dónde sales tú?, ¿de 1940?

─Te parecerá antiguo, pero es un código que yo jamás me he saltado, ni pretendo saltarme.

─Lo irónico de todo esto es que tu amigo en cuestión sí se lo saltaba a todas horas. El muy imbécil solía decir que tú las atraías, se enamoraban de ti, pero que al final él se convertía en el premio de consolación.

─Chorradas de Pat. Mejor vamos a dejarlo.

─Sean. ─se le puso delante y lo sujetó por los brazos para que la mirara a la cara─. Invita a Isabelle a la fiesta en el XOYO, lo pasaremos genial y que sea lo que Dios quiera.

─Invitadla vosotros, y, por favor, a partir de este momento, abstente de ir por ahí enredando a mis espaldas.

─No enredo a tus espaldas, tengo derecho a preocuparme por ti. Te mereces una mujer como…

─¿Sabes qué, Eire? ─cortó el discursito y ella parpadeó─.

El 85% de las mujeres con las que salgo o he salido a lo largo de mi vida, terminan odiándome, enfadadas conmigo y reprochándome toda clase de cosas de las que ni me acuerdo, por lo tanto, no pienso arriesgarme con Isabelle, en el hipotético caso de que ella quisiera salir conmigo.

Prefiero dejar las cosas como están, cada uno en su sitio y a una distancia prudencial, a correr el riesgo de decepcionarla y acabar haciéndole daño. ¿Lo entiendes?

─Lo que entiendo es que te importa de verdad.

─Vale. ─suspiró, se acercó y le dio un beso en la frente─. Te quiero, pero estoy muy cansado para seguir debatiendo contigo. Mañana te veo en el aeropuerto.

─Sean…

Insistió, pero él la ignoró, porque, aunque la adoraba, no estaba para dar explicaciones y menos aún para escuchar argumentos sobre su relación o no relación con Isabelle Reagan, entre otras razones, porque él ya los había estudiado todos.

Entró en el salón del Coda Restaurant, uno de los restaurantes del teatro donde se estaba celebrando el coctel en honor de su hermano, hizo un barrido general y cuando localizó a sus padres y se acercó para despedirse de ellos,

su madre le preguntó si podía acompañarla al hotel porque le dolía un poco la cabeza.

Accedió encantado, encontrando de paso la excusa perfecta para poder marcharse sin tener que inventarse un pretexto de trabajo; le ofreció el brazo, se despidieron de la familia, por supuesto de Connor y de Lara,

y cuando iban saliendo hacia los ascensores sintió los ojos de alguien pegados a su espalda.

Se giró y confirmó que Isabelle, que era la chica más guapa y elegante de la recepción, lo estaba observando con esos espectaculares ojazos negros que tenía y, en lugar de ir a saludarla, como habría hecho con cualquier otra persona, optó por sonreírle y despedirse de ella con la mano.

No supo muy bien por qué lo hizo, pero no pudo controlarlo, y continuó andando con su madre por esos pasillos eternos y alfombrados hacia la calle, sintiéndose de pronto, el capullo más torpe del universo.