Sean (Dublín 1) 8
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Dos meses después.

─No quiero seguir hablando de Patrick Byrne.

Entró en la consulta de su terapeuta, tiró el bolso en una mesa y se desplomó en un sofá enorme que tenía con vistas al Liffey. Suspiró y la miró a los ojos.

─Estamos aquí para hablar de lo que tú quieras, Isabelle.

─Genial, porque estoy harta del tema y hoy, especialmente, necesito hablar de otra cosa.

─¿Qué ha pasado?

─Esta mañana mi cuñado Xavier se ha presentado en mi despacho y hemos tenido una discusión tremenda.

─¿Por qué?

─Porque cree que soy una hipócrita y una impostora.

─¿Disculpa?

─Lo que oyes, Grace. Vino a mi trabajo, se me puso delante y me dijo que si no quería ayudarlos con lo de la gestión subrogada, no solo era una egoísta, también era una hipócrita y una impostora.

Alguien que se ganaba la vida teóricamente “ayudando” ─hizo el gesto de las comillas tal como lo había hecho él─ a los más necesitados, cuando en realidad, no era capaz de ayudar ni a mi propia familia.

─Madre mía.

─Se atrevió a decirme que ya no me valía la excusa de la boda para no querer quedarme embarazada, que eso ya era historia y que por una vez en la vida hiciera algo verdaderamente valioso por los demás, en este caso por mi hermano que estaba sufriendo, y los ayudara gestando a su bebé.

─Tragó saliva y sacó un pañuelo desechable del bolso─.

Como me defendí y respondí que no podía presionarme en algo tan importante y que mi respuesta seguía siendo la misma de hacía dos meses, se puso a chillar, perdió el control, tiró una silla contra la pared y mis compañeras se vieron obligadas a llamar a seguridad y a una ambulancia.

─¿Por qué?, ¿te hizo daño?

─Directamente no, pero me bajó el azúcar a 54 y me asusté un poco. Siempre me pasa lo mismo con el estrés

─Ay, madre de Dios ─se acercó para acariciarle la mano─ ¿Cómo te sientes ahora?

─Aparte de ofendida y culpable, estoy bien. Se me pasó con unas tabletas de glucosa y un poco de zumo de naranja cada quince minutos. No te preocupes.

─Es inaceptable que alguien de tu propia familia te ponga en esta tesitura, Isabelle, deberías hablarlo con tu hermano. Y, sobre lo de sentirse culpable, nada, tú has sido clara y contundente con ellos desde el principio. Nadie puede obligar a nadie a dar un paso tan importante.

─En realidad, no me siento culpable por ratificarme en mi negativa, me siento culpable porque, mientras lo sacaban de la oficina, me pidió que no le contara nada a Liam y no pude evitarlo ─Tomó un sorbo de su botellita de agua─.

En cuanto se marchó lo llamé y se lo conté todo.

Estoy harta de ser siempre la comprensiva, la que contiene, la que se calla, la que se lo traga todo mientras los demás se pueden permitir el lujo de hacer lo que les venga en gana, incluso faltarme al respeto en mi propio puesto de trabajo.

─¿Qué te dijo Liam?

─Me suplicó que no se lo comentara a mis padres.

─¿Nada más?

─Nada más, salvo que me fuera a la clínica para que me miraran lo de la hipoglucemia.

─¿Y has ido?

─No, los sanitarios de la ambulancia me valoraron y me dieron el OK. Ya estoy acostumbrada a estabilizarme sola.

Le sonrió y después desvió la vista hacia el río, hacia la bruma que empezaba a cubrirlo a esas horas de la tarde y que se parecía mucho a la bruma que la había envuelto a ella hacía dos meses, cuando Sean Reilly, haciendo acopio de valentía y de muchísima generosidad,

se le había puesto delante y le había explicado que Patrick Mungo Byrne, hasta ese momento su flamante prometido, se había escapado de Dublín hacía veinticuatro horas con su prima Dallas, con la que al parecer llevaba manteniendo una relación paralela a la suya desde que se habían conocido.

─¿Qué tal van los planes para las vacaciones? ─Preguntó Grace y ella la miró de reojo.

─Bien, Annie y su novio han alquilado una casita en Waterville, cerca del lago Currane, me han invitado y pensamos dedicarnos a descansar y a hacer deporte, sobre todo senderismo.

─¿Qué tal te llevas con el novio de Annie?

─¿Con Hugh?, estupendamente, nos conocemos de Dún Laoghaire de toda la vida. Fuimos juntos al colegio y al instituto.

─Me alegro mucho, es bueno rodearse de los amigos de siempre.

─Estoy de acuerdo.

─¿Te apetece charlar sobre cómo afrontar lo que ha pasado hoy con Xavier y también con tu hermano?

─Claro, por qué no.

Continuó el resto de la consulta escuchando más que hablando, porque no tenía ni ganas ni energía para seguir pensando en su cuñado, y sin querer su mente voló hacia aquel infausto día en el que la vida se le había puesto del revés por culpa de un impresentable.

El mentiroso, rastrero, farsante y cobarde Patrick Byrne.

Un tipo que ni siquiera había tenido la hombría, ni la compasión o el respeto suficiente para mirarla a los ojos, contarle la verdad y romper con ella como una persona decente.

Hasta el mismo instante en el Sean Reilly se había apiadado de ella y le había contado lo que estaba pasando, ella no había sospechado ni advertido de nada, aunque al destaparse el engaño, como solía suceder,

muchas amistades le habían reconocido que se habían encontrado a Pat con Dallas paseando por Dublín en actitud cariñosa, pero que no habían querido comentárselo para no meterse en camisa de once varas.

Muy bonito todo.

Gracias a Dios, aun existían otro tipo de personas más valientes y leales, como Sean, que, a pesar de ser amigo de la “parte contraria”, no había dudado en ponerla en antecedentes y ayudarla a abrir los ojos.

─¿Isabelle, estás bien?

Le había preguntado al encontrársela cenando tan tranquila con las amigas en The Liberties y ella le había respondido un poco sorprendida, porque no solía acercársele demasiado.

─Todo bien, gracias, Sean. Ya le he dicho a Pam que mil gracias por reservarnos esta mesa.

─Vale, disfrutad de la velada… ─Había hecho amago de irse, pero se había detenido y había vuelto sobre sus pasos para mirarla a los ojos─ ¿Todo bien con Pat?

─No hablo con él desde hace dos días, pero creo que todo bien, ¿por qué?

─¿Ayer no te llamó?

─No, ¿pasa algo?

─¿Podemos hablar un momento a solas?

─Claro.

Lo había seguido a su despacho empezando a sentir una leve taquicardia, intuyendo que algo iba fatal, porque si no de qué querría charlar con ella en privado, y cuando había entrado en la oficina y él le había ofrecido tomar asiento, se había detenido en seco.

─¿Qué está pasando, Sean?

─Mira, yo… no hay una forma suave de decir esto.

─Puedes decirme lo que sea y cuanto antes mejor, por favor.

─Está bien. Ayer, a las seis de la tarde, me reuní con Pat en mi casa y apareció con tu prima Dallas.

─¿Con Dallas?, ¿por qué?

─Porque se marchaban juntos a Atlanta.

─¿Cómo que a Atlanta?, ¿para qué?, no entiendo nada.

─Al parecer, han estado manteniendo una relación paralela a la vuestra desde que ella llegó a Dublín y ahora han decidido huir juntos a Los Estados Unidos.

─¡¿Qué?!

─Lo siento muchísimo, siento que lo tengas que saber por mí, pero… ¿por qué no te sientas? ─se le había acercado con cara de preocupación y la había animado a tomar asiento.

─¿Ya se han marchado o siguen en Irlanda?

─Tenían billetes para viajar noche.

─¿Y con qué dinero compraron los billetes?

─¿Disculpa?

─Hace dos días, él me dijo que no tenía liquidez para arreglar una avería del coche y que no quería pedirte dinero a ti, así que le trasferí tres mil euros.

─Hostia puta ─Había bufado indignado─. No te preocupes, Isabelle, yo te los devolveré.

─Es lo último que me preocupa ahora mismo.

─Lo sé, pero igualmente la empresa asumirá la deuda.

─¡Me da igual ─se había puesto de pie como un resorte y él había retrocedido un poco asustado─. ¿Me puedes explicar qué coño ha pasado?, ¿cómo ha podido…?... ¿Y ella?, ¿a la que mi familia y yo hemos tratado como a una hermana?

─Ni idea, yo no supe nada hasta ayer.

─¡¿En serio?!

─Te doy mi palabra de honor.

─Vale… vale, discúlpame, Sean, es que no me explico cómo o cuándo estos dos han podido… ¡joder!, a mi madre le va a dar algo.

Mareada, se había tenido que sentar otra vez, tratando de adelantarse a la hipoglucemia o la hiperglucemia que podía sufrir si no se calmaba un poco.

─¿Estás bien?, ¿quieres que llame a alguien, Isabelle?, ¿te llevo a casa?

─Es el azúcar, ¿me puedes traer un vasito de agua o de zumo, por favor? Y pídele a mi amiga Annie que me acerque el bolso con la insulina, por si acaso.

─Claro, claro, vuelvo en seguida.

─Sean ─lo había sujetado por la manga de la camisa para que la mirara a la cara─. Gracias por contármelo. Soy consciente de que no te correspondía comerte este marrón y por supuesto no te culpo de nada, es que… aunque nunca esperé demasiado de Pat, esto me supera.

─Tranquila, tú cálmate y no te muevas. Te pondrás bien.

Le había besado la mano y había corrido para cumplir con todas sus peticiones, incluso había llamado a su hermano para que fuera a recogerla y, desde ese día, dos meses ya, lo consideraba una persona muy importante en su vida, un amigo. Alguien en el que de verdad se podía confiar.

─¿Entonces fijamos la siguiente cita para dentro de dos semanas?

Preguntó Grace y al oírla, salió de su ensimismamiento y le prestó atención.

─¿Qué tal si lo dejamos para dentro de un mes?

─Si tú estás preparada, a mí me parece perfecto, Isa.

─Yo estoy muy bien y además me voy de vacaciones, así que prefiero darme un margen.

─Estupendo, nos vemos dentro de un mes, pero si necesitas algo, lo que sea, puedes llamarme. Hasta luego, cielo.

─Adiós.

Se dieron un abrazo y salió de la consulta aliviada, porque llevaba días pensando en cómo espaciar las sesiones que ya no veía tan necesarias, y no había sido tan difícil, solo le había bastado con abrir la boca.

Bajó las escaleras muy rápido, llegó a la acera, que estaba justo frente al Elizabeth O’Farrell Park, caminó hacia la orilla del río donde había aparcado el coche y al ver que había movimiento en el Liffey, mucha algarabía de locales y turistas, cruzó la calle y se quedó, como una visitante más,

observando desde el Samuel Beckett Bridge el desfile de embarcaciones vikingas que estaba remontando el río y cruzando la ciudad hacia el Oeste.

─Hola, forastera.

Le susurraron por la espalda y ella sonrió al reconocer la voz, se apartó de la barandilla y se giró sonriendo de oreja a oreja.

─Sean Reilly, qué sorpresa más agradable, ¿qué haces por aquí a estas horas?

─Lo mismo digo.

─Yo vengo de una cita con mi terapeuta.

─Pues yo de hacer una visita al EPIC[11]

─¿En serio?, que suerte tener tiempo para visitar museos.

─No tengo tiempo para eso, solo he venido a una reunión de trabajo ─se apoyó en la barandilla y ella hizo lo mismo─. Mi hermana está con un proyecto aquí y me tenía que entregar unos planos para el ayuntamiento, así que me he pasado a verla. ¿Qué tal con la terapeuta?

─Bien, todo bien, gracias.

─Me alegro.

─¿Los planos son para el restaurante de Wicklow?

─No, no, al final no vamos a seguir adelante con el proyecto de Wicklow. He decidido centrarme en lo que tenemos, que ya es bastante, y ampliar el restaurante de Merrion Square. Está funcionando muy bien y se merece un poco más de atención. ¿Has ido a comer allí?

─Sí, una vez pasamos con mi hermana Shannon y nos encantó el bistró, es muy acogedor y que esté al lado de la National Gallery es un puntazo.

─Exactamente, la ubicación es inmejorable y más vale centrarnos en invertir ahí antes de salir de Dublín. Pat nunca lo entendió, pero ahora… ─se calló de golpe y le sonrió─. ¿Ya tienes planes para las vacaciones?

─Puedes hablar de Pat delante de mí, Sean, no me importa nada. Al parecer nunca me importó demasiado. ─suspiró─. Y sí, Annie y yo nos vamos a una casita en Waterville, cerca del lago Currane.

─El Anillo de Kerry, una maravilla.

─Relax, deporte y largos paseos, ese es nuestro plan para este año. Nos vamos la semana que viene con Hugh, su novio. ¿Tú podrás tomarte un descanso?

─No creo, ya sabes que ahora tengo mucho más entre manos, pero alguna escapadita me haré a España. Lara y Connor han alquilado una casa en Cádiz y es una zona perfecta para hacer kitesurf.

─¿Y ahora qué tienes que hacer? ─decidió improvisar un poco y él la miró de reojo─. No tengo planes para la cena, si te apetece, podría preparar algo en mi casa.

─Me encantaría, Isabelle, pero ya he quedado y no puedo…

─No te preocupes, otra vez será.

Se inclinó para observar mejor los barcos vikingos, algunos más realistas y otros de andar por casa, y él le indicó uno hecho con cartón piedra sobre dos motos de agua.

─Cuando tenía seis años, mis hermanos mayores, Aidan y Connor, diseñaron un barco vikingo como ese, pero lo montaron sobre una lancha neumática que les dejó un vecino.

Como yo era el más rubio de la familia, me subieron delante disfrazado de Erik el vikingo y me trajeron a un desfile como este sin permiso de mis padres.

Por supuesto, acabamos en el agua y yo perdido entre los demás participantes.

Se montó la de Dios. Tuvieron que detener el desfile, aparecieron los organizadores, el alcalde, la policía, incluso los guardacostas.

Un tremendo drama que acabó cuando llegó mi abuela, pegó un par de gritos y yo, del susto, aparecí saltando del río y aterrizando en el Rory O'More Bridge como una mangosta ─le sonrió─.

Aquello me convirtió en una celebridad, Isabelle, todavía se habla en Dublín de mi hazaña.

Ella lo miró a los ojos, esos traviesos y enormes ojos celestes, y se echó a reír a carcajadas.