Sean (Dublín 1) 7
32%

7

─Esto es intolerable, colega, no sé vosotros, pero yo respeto mi trabajo.

Le soltó Gabriel Murphy indignado desde Wicklow y él aparcó el coche, buscando una disculpa plausible que aplacara su enfado, pero como no la encontró, optó por decirle la verdad.

─Tienes toda la razón, Gary, de hecho, yo soy el primer sorprendido de que Pat no esté allí contigo, porque esta mañana me dijo que ya iba camino de la costa.

─Hace seis semanas apareció tardísimo y sin siquiera disculparse, me dijo que el local que le estaba enseñando era una mierda.

Ahora, cuando al fin consigo algo más ajustado a vuestro perfil no se presenta.

Se acabó, no voy a seguir trabajando con vosotros, la gente se mata por un espacio a pie de playa en Wicklow y no me hacéis falta. Adiós.

─Gabriel…

Sintió el clic en la oreja y bufó furioso, maldiciendo en todos los idiomas que conocía.

Lo volvió a llamar y él, por descontado, no le respondió, así que le escribió un mensaje disculpándose y comprometiéndose a tratar personalmente con él el tema del alquiler en Wicklow.

Ni Pat, ni nadie, solo él, que tenía muchísimo trabajo, pero que al parecer también tendría que ocuparse de eso.

Miró la hora y comprobó que aún faltaban cinco minutos para que sus sobrinas salieran del cole, tiempo más que suficiente para hacer una llamada. Se puso las gafas de sol, salió del coche y marcó el número de Pat.

─Hola, Sean.

─¿Por qué no estás en Wicklow con Gabriel Murphy?

─¡Hostia puta!, se me ha olvidado completamente.

─¿En serio?, pero… ¿a ti qué coño te pasa?

─No te preocupes, ahora mismo lo llamo.

─Ni se te ocurra llamarlo, me ha mandado a tomar por saco y dice ya no trabajará más con nosotros, que por tu culpa parecemos unos puñeteros aficionados.

─No le hagas caso, hermano, lo llamo, lo invito a él y a su mujer a una cena en The Purcell y todo arreglado. Solo es un capullo impaciente y pagado de sí mismo.

─Ese capullo impaciente y pagado de sí mismo es el agente inmobiliario que controla Wicklow y me ha costado meses que nos recibiera. ¿Qué ha pasado para que llegaras tarde a la primera cita y hoy ni te dignaras a aparecer?

─Se me ha olvidado la puta cita, ¡joder!, que no he matado a nadie. Me cago en diez.

─¿Disfrutas saboteando a la empresa?, ¿jodiéndome la vida a mí?, porque es lo que parece, tío, y me estoy hartando de tener que andar apagando tus fuegos.

─¿Y a ti que te pasa ti, Seanny?, últimamente estás muy irascible ¿Desde cuándo que no echas un buen polvo?

Se echó a reír a carcajadas, él miró el teléfono e hizo el gesto de colgar, pero se arrepintió al recordar que esa era la táctica preferida de Patrick Byrne para evitar los conflictos y las conversaciones adultas: sacarte de las casillas.

─Escucha, Pat, tengo que recoger a Missy y a Aine del cole y llevarlas al hospital, porque Lara acaba de dar a luz, pero en cuanto termine con eso te quiero ver en mi casa.

Nunca has sido muy responsable ni de fiar, eso ya lo sabía yo cuándo montamos la empresa, pero esto empieza a pasar de castaño oscuro.

El negocio es de los dos, cobramos lo mismo, pero aquí el único que pone el hombro y se come los marrones soy yo.

Necesito que me expliques qué hostia te está pasando o vamos a acabar fatal.

Tú peor que yo, desde luego, porque yo al menos sé ganarme la vida.

─¿Ya ha nacido el pequeño Connor? ─Preguntó cambiando de tema y Sean resopló impotente─. Voy a mandarle unas flores a Lara. ¿En qué hospital está?

─Eso no es asunto tuyo, es un asunto estrictamente familiar.

─Joder, no te pongas así, colega, yo también me considero de la familia.

─Ok. ─Escuchó como se abrían las puertas del colegio y decidió colgar─. A las seis te quiero en mi casa dispuesto a explicarte conmigo como un adulto normal, ¿de acuerdo?, porque ya no estoy para tus chorradas.

Colgó, se guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta y se acercó a la puerta principal donde los padres se arremolinaban para recibir a sus hijos.

De soslayo saludó al menos a dos madres con las que había tenido algún affaire en el pasado ─recordando por qué no solía ir a ese cole en particular─ y cuando vio aparecer a Aine acompañada por una profe, le sonrió y se acercó para abrazarla.

─¡Hola, cariño!

─¡Hola, tío Sean!, ¿es verdad que ha nacido el bebé?

─Sí, se ha adelantado un poquito, pero ya ha nacido y está muy bien. Lara también.

─Sean Reilly ─musitó la profesora, él levantó los ojos y se encontró con los enormes de Rebecca McKenzie.

─¡Becka, qué sorpresa! ─se acercó para darle un abrazo─. No sabía que trabajaras aquí, lo último que supe de ti es que te habías mudado a París.

─Vivía con mi marido francés en París, pero me he separado, he vuelto y he tenido la suerte de me contrataran en esta escuela internacional. ¿Connor no te había dicho nada? No me lo puedo creer.

─Pues créetelo.

─Papá dice que erais novios ─Soltó Aine muy seria.

─Hace mil años, Aine, cuando estábamos en la Uni. ─se apresuró a contestar Rebecca muerta de la risa─. Tu tío Sean y mi hermano David jugaban juntos en el equipo de fútbol gaélico de la universidad.

─¿Qué es de David? ─Quiso saber y ella se encogió de hombros.

─Sin novedad, sigue viviendo en Australia, tiene tres hijos y desde que nuestros padres se jubilaron se pasan la vida allí, así que muy contento.

─Me alegro mucho, mándale recuerdos de mi parte.

─En tu nombre, gracias.

─¿Nos vamos? ─Missy apareció corriendo por su derecha y se acercó para darle un abrazo─. Me muero por conocer al bebé, tío Sean, vámonos ya, por favor.

─Sí, claro. Hasta otra, Becka, me ha encantado verte.

Abrazó a las niñas por los hombros y se las llevó camino del coche, pulsó la alarma, se abrieron las puertas y de repente se detuvo y decidió hacer algo impulsivo por primera vez en muchos años.

─Subid al coche, chicas, yo vuelvo en seguida.

Giró y volvió sobre sus pasos buscando a Becka, la vio charlando con otros padres y se le acercó pensando que, aunque físicamente no se parecían demasiado, le recordaba muchísimo a Isabelle Reagan.

─Beck.

─Dime, Sean, ¿con las prisas las niñas se han olvidado de algo?

─No, no es eso, te quería dar mi número de teléfono. Lo he cambiado mil veces estos últimos años y seguro que no lo tienes. Podríamos quedar para hablar de los viejos tiempos, si te apetece ─sacó una tarjeta de visita y se la entregó─. También podrías pasárselo a David, me encantaría saludarlo.

─Claro, por supuesto.

─Hasta luego.

Le dijo adiós con la mano, muy contento por su reacción (aunque habían tenido su más y sus menos en el pasado), volvió al coche, se montó sonriendo y, como solía hacer cuando llevaba a sus sobrinas,

les puso su música favorita a toda pastilla para cantar con ellas y relajarse un poco antes de llegar a la exclusiva clínica donde su cuñada, la segunda mujer de su hermano Connor, acababa de dar a luz por sorpresa, o eso decía todo el mundo,

porque al parecer se había adelantado dos semanas a su fecha prevista para el parto.

Llegó con las niñas a Cork St. en cincuenta minutos, subió con ellas a la planta privada donde se encontraba Lara y cuando salieron del ascensor, se dio cuenta de que tenían al menos tres habitaciones reservadas solo para ella y la familia,

porque ahí había mucha gente y muchos regalos entre Busquets de flores, globos, canastillas de pañales, de productos de perfumería, de ropa carísima, de todo tipo de pijerías para bebé, que él no se detuvo mucho tiempo a contemplar, primero por desinterés y segundo,

porque aquello parecía Temple Bar en hora punta.

Cuando al fin encontró a su hermano, que estaba exultante, le entregó a las peques y luego se dedicó a abrazar a todo el mundo, desde sus padres a la abuela octogenaria de Lara, pasando por sus hermanas y los amigos más cercanos,

hasta que pudo entrar a saludar a la madre y al recién nacido (un Reilly por los cuatro costados), y a partir de ahí, despedirse y salir pitando.

─¿Dónde vas con tantas prisas, hombre de Dios?

Caitlin Fitzgerald lo interceptó saliendo al pasillo, lo sujetó por el brazo y lo miró moviendo la cabeza.

─Parece que te cayéramos mal.

─De eso nada, es que me agobian estos sitios.

─¿Qué sitios?, ¿las bonitas y acogedoras maternidades?

─Todo en general. ─se inclinó y le dio dos besos─. Me ha encantado verte, Caitlin, enhorabuena a ti también por el bebé, pero debería irme. Tengo una reunión ineludible con mi socio y…

─¿Ese socio que te ha robado a la mujer de tus sueños? ─Lo interrumpió y él frunció el ceño─. Es broma.

─Vale, pues, hasta otra. Llámame y vente a cenar un día a The Liberties con Ewan, yo invito y así celebramos el nacimiento del pequeño Connor.

─¿Sabes que han echado a suertes lo de los padrinos y les ha tocado a mi primo Edward y a tu hermana Éire?

─Lo acompañó camino de los ascensores─. Me parece injusto.

Lara, además de ser mi prima, es mi mejor amiga, y tú, según dice todo el mundo, eres el hermano favorito de Connor.

Es obvio que nosotros formábamos el mejor tándem para ser los padrinos de ese bebé.

─Otra vez será, seguro que tendrán más hijos. ¿Tú estás bien?

─Sí, ¿por qué?

─Te veo cansada.

─Es que llevo aquí desde las seis de la mañana, desde que llegaron al hospital, y venía aterrizando de un viaje, así que… debería ir a casa a cambiarme y a descansar.

─Hazlo, están rodeados de gente ─Pulsó los botones del ascensor─ ¿Y qué tal con Ewan?

─De momento, como la seda, ya sabes cómo son las reconciliaciones. En fin, lárgate y ya me contarás qué tal con la diosa Isabelle.

─No hay nada que contar.

─Pues, qué lástima.

─Hasta luego.

Resopló y entró en el ascensor negando con la cabeza, le dijo adiós con la mano y cuando las puertas se cerraron, cerró los ojos y se preguntó cuánta gente que lo conocía, además de Caitlin, andaba especulando por ahí sobre su interés real por la prometida de Pat.

─¿Sean?, vaya coincidencia.

La inesperada voz de Isabelle en ese momento y en ese lugar lo hizo saltar, miró al frente y se la encontró entrando en el aparato con una carpeta en la mano. Sin querer retrocedió y se pegó a la pared metálica metiéndose las manos en los bolsillos.