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Cairde S.L. poseía y administraba seis locales: tres restaurantes, un pub tradicional y dos clubs que excepcionalmente servían cenas hasta las diez de la noche en un ambiente sofisticado, urbano y muy exclusivo.
Esos dos clubs, The Liberties, que se encontraba en el barrio del mismo nombre, y The Purcell, que estaba muy cerca de St. Stephen Green y se llamaba así en honor del gran Seán Purcell[8], eran sus favoritos, sus ojitos derechos, y cuando podía y se sentía con energía,
pasaba las veladas en alguno de los dos saludando a los clientes, tomándose una copita y dejándose ver, que siempre era bueno para el negocio.
Casi todo lo que hacía iba encaminado a favorecer el negocio, pensó de repente llegando al The Liberties, y se detuvo en medio de la acera mirando la hora y decidiendo sobre la marcha si debía quedarse o mejor se iba al gimnasio,
o a casa a ver una peli o una serie de esas que nunca tenía tiempo de ver.
Respiró hondo y en ese preciso instante la mano de alguien se posó en su hombro rompiendo la magia y devolviéndolo a la realidad.
─Hola, precioso.
─Rachel, ¿qué tal?
Se giró para saludar a su amiga, una actriz irlandesa a la que ya casi no veían por Dublín, y ella le dio un abrazo antes de apartarse para presentarle a un tipo muy sonriente y que llevaba una varsity jacket [9] guapísima.
─Te presento a Noah Friedman, mi prometido. Noah, te presento a mi gran amigo Sean Reilly.
─Encantado, ¿tú no juegas al baloncesto? ─Le preguntó estrechándole la mano y él estadounidense, porque era americano, frunció el ceño.
─Jugué en la Liga Universitaria, pero casi nadie se acuerda de eso.
─Yo sí, soy un poco friki de los deportes ─se echó a reír─ ¿Venís a tomar algo al The Liberties?
─Sí, quería verte y de paso tomar un poco de aire. ─Le contestó Rachel resoplando─. Llevamos tres días aquí y apenas hemos podido salir a la calle.
─Me lo imagino, pero aquí estaréis a salvo. Pasad, pasad y a la primera ronda invito yo.
Los acompañó al hall de entrada y le pidió a Pam que les buscara la mejor mesa en un reservado, porque Rachel, además de ser una de sus grandes amigas, también era una celebridad mundial que demandaba discreción y tranquilidad, especialmente en Dublín, donde la conocía todo el mundo.
─Bueno, chicos, bienvenidos a The Liberties, pedid lo que queráis y si necesitáis algo, andaré cerca.
Los dejó sentados y bien atendidos por una camarera, hizo amago de marcharse, pero Rachel se levantó, lo sujetó del brazo y lo siguió por el pasillo.
─¿No te quedas a tomar algo con nosotros, Seanny?
─Luego me paso un rato, ahora tengo que atender algunos temas de trabajo.
─Es que… ─sacó un sobre del bolsillo interior de su abrigo─. También hemos venido para entregarte en mano la invitación a nuestra boda.
─¿Ya tenéis la invitaciones?, vais muy rápido. ─sujetó el sobre sin abrirlo─. Muchas gracias, cielo, ¿dónde os casáis?
─En St. Finbarr’s Oratory, en Cork, es la iglesia más romántica de Irlanda y hemos alquilado un complejo hostelero estupendo en…
─Siempre soñaste con casarte allí. Me alegro mucho por ti ─La interrumpió y ella movió la cabeza.
─Mi sueño era casarme contigo allí, pero como nunca me quisiste lo suficiente, me tuve que buscar a otra víctima.
─No digas eso, Rach.
─Estoy bromeando ─se echó a reír─ Estás invitado, pero sin acompañante. Ni se te ocurra aparecer con una mujer o tendremos un problema y grave, porque no pienso ver en mis fotos de boda a alguno de tus ligues pasajeros.
─Madre de Dios.
─Ve con Éire, que también está invitada. Le he pasado tus datos a la wedding planner y en la invitación tienes los suyos. Espero que no me falles.
─De acuerdo ¿Cuándo es?
─Dentro de seis meses, a finales de septiembre.
─Genial, gracias por invitarme y por traer la invitación personalmente.
─Vale, ahora haz lo que tengas que hacer y luego te vienes a tomar algo con nosotros, por favor, quiero que conozcas mejor a Noah.
─Por supuesto.
Le dio un beso en la mejilla, esperó a que volviera al reservado y caminó hacia la oficina sabiendo de antemano que no iría a esa boda, como no iba a ninguna, aunque sí se ocuparía de enviarles un buen regalo.
Entró en el despacho, que alguien había invadido con cajas de whiskey aún por inventariar, tiró la invitación dentro del primer cajón que encontró y se sentó frente al ordenador reflexionando sobre otro gran misterio de su vida:
¿por qué la mayoría de las chicas con las que había tenido algo más que una cita en el pasado se empeñaban en invitarlo a sus bodorrios?
¿Por qué?, si con la mayoría había acabado fatal.
Era un enigma que jamás conseguiría descifrar.
─¿Sean?
Oyó la voz de Isabelle Reagan como a lo lejos, parpadeó, se puso tenso y de pie al mismo tiempo. Miró hacia la puerta y se la encontró observándolo con esa sonrisa tan bonita que tenía.
─Lo siento, Sean, no quiero molestar, parece que siempre te estoy invadiendo, pero Pam me ha dicho que estabas aquí y yo, pues…
─No te preocupes, pasa, por favor. ¿En qué te puedo ayudar?
─¿Sabes algo de Pat?
─¿De Pat?, ¿por qué? ─Entornó los ojos y ella se le acercó.
─Porque no sé nada de él desde esta mañana.
─¿Solo desde esta mañana? ─asintió con cara de preocupación y él se metió las manos en los bolsillos─, pues… tenía que ir a Wicklow para ver un restaurante costero que…
─Eso ya lo sé ─Lo interrumpió─, también tenía que estar en Dún Laoghaire a las cuatro de la tarde para un tema importante y no se presentó. No me avisó de que no iría y no contesta ni a las llamadas ni a los mensajes ¿Cuándo fue la última vez que tú hablaste con él?
─¿No llegó a los cursillos prematrimoniales?
─No y me he cabreado muchísimo, pero a esta hora ya estoy empezando a preocuparme. Creía que igual me lo encontraría aquí.
─No hablo con él desde el mediodía, pero seguro que está bien. Si le hubiese pasado algo ya lo sabríamos.
─Eso es verdad, pero…
─¿Has venido sola?, ¿quieres tomar algo?
─He venido con unas amigas y ya hemos pedido una ronda.
─Ok, mira, tú vuelve con tus amigas y yo mientas tanto intento localizar a Pat. ¿Te parece bien?
─Claro, muchas gracias, Sean.
─De nada.
Sintió cómo le empezaba a vibrar el teléfono móvil en el bolsillo trasero de los vaqueros, pero algo le dijo que mejor no contestara delante de ella, y la acompañó hasta el salón principal para dejarla con sus amigas.
Las invitó a una segunda ronda y después regresó corriendo a la oficina, cerró la puerta, miró el móvil y vio que, efectivamente, era Pat el que lo estaba llamando y de seguro con alguna trola tremenda que contarle, porque con él solían pasar ese tipo de cosas.
─Pat. ─Respondió al fin y él le ladró.
─Coño, Sean, ¿dónde te metes?
─¿Dónde te metes tú, tío?
─¿Por qué?, ¿ha pasado algo?
─Dímelo tú, que no te has presentado a los cursillos prematrimoniales e Isabelle está aquí buscándote.
─¿Te ha ido con el cuento?
─¡¿Cómo que si me ha venido con el cuento?!, ¿estás loco?, está muy preocupada ¿Tú de qué vas, chaval?
─Vale, vale, tranquilo, ahora la llamaré, tampoco es para tanto, joder.
─¿Por qué no le has avisado con tiempo de que no podías ir a Dún Laoghaire?
─Porque he estado muy liado, ¿a qué viene tanto interrogatorio?
─A que llevas todo el puñetero día desaparecido y a que, encima, lo del cursillo prematrimonial fue idea tuya, ¿recuerdas?
─¿Sabes qué?, deberíais ir tú con ella a la iglesia, tomar apuntes y luego me los pasas, como en el colegio.
─Muy gracioso, Patrick, muy gracioso.
─Madre mía, que poco sentido el humor. ─carraspeó─. Está bien… no he podido ir porque se me ha caído el sistema eléctrico del coche y he perdido el teléfono móvil, creo que me lo han robado.
─Me estás llamando desde tu número.
─Porque ya estoy en Dublín y he pasado por O’Connell St. para duplicar mi tarjeta SIM.
─¿Y el coche?
─Me lo ha arreglado el de la grúa, ¿algo más, mamá?
─Tú sabrás, que aún tienes ganas de seguir bromeando.
─Ni que hubiese matado a alguien, joder, solo me he saltado un puñetero cursillo prematrimonial. No sé a qué viene tanto alboroto… ─se quedó mudo, sin creerle ni una sola palabra, y él siguió a lo suyo─ ¿Dónde estás tú ahora, Seanny?, ¿dónde ha aparecido Isabelle?, ¿ha ido a tu casa?
─No, ha venido a The Liberties con unas amigas.
─Entonces no me paso por allí ni de coña, no quiero escenitas incómodas. Dile que estoy bien y que…
─No, chaval, esta vez no. Ahora la llamas tú y le das una explicación. Se trata de TU prometida.
─Y tú eres MI amigo, pero vamos a dejarlo. Te estoy llamando por otra cosa muchísimo más importante.
─¿Ah sí?
─Sí, me ha llamado Patty Kirwan, el bueno de Jimmy ha fallecido esta tarde. El velatorio empieza esta noche y lo entierran mañana en Arbour Hill.
─Vaya por Dios, qué putada, si estuve con él hace una semana.
Se pasó la mano por la cara, recordando al entrenador Kirwan, que no solo había sido su mentor y quién le había enseñado todo lo que sabía del fútbol gaélico y del deporte, sino que además había sido un gran amigo, y sintió cómo se le contraía el pecho.
─Lo siento, tío, pero al menos tuvo una vida larga e intensa. Dice Patty que estaba a punto de cumplir los noventa.
─Sí, pero parecía estar en plena forma.
─Si quieres vamos juntos al tanatorio. Está en el Fanagans de Aungier Street. ¿Sean?, ¿sigues ahí?
─Sí, sí, sigo aquí. Voy a avisar a mis padres y a Connor, y nos vemos allí.
─Patty dice que te estuvo llamando, pero al parecer tiene mal tu número de teléfono.
─No lo habrá actualizado ─respiró hondo─. Qué pena, joder.
─Como dice mi madre: no somos nadie. En fin, te veo en Aungier Street. Adiós.
─Adiós.
Colgó y se desplomó frente al escritorio pensando en los amigos y los antiguos pupilos del entrenador Kirwan, que querrían despedirlo como se merecía.
Encendió el ordenador y se fue al correo para mandar un mensaje a todos sus contactos con la noticia y la información sobre el tanatorio y el cementerio, por si alguien aún no se había enterado.
Lo envió con un nudo en la garganta y nada más cerrar el correo, por impulso, sin ninguna necesidad, se fue a la aplicación que controlaba por GPS los tres vehículos de la empresa.
Pinchó sobre el que conducía Pat y confirmó que el GPS lo situaba sin actividad desde las doce y cinco del mediodía.
Desplegó la pestaña con toda la información de la jornada y comprobó en seguida que el Porche Cayenne Eléctrico que su amigo se había empeñado en comprar hacía un año, había salido de Dublín camino de Wicklow a las nueve de la mañana.
A las diez menos cuarto había llegado a su destino.
A las once y media había iniciado el trayecto a la inversa, sin ningún contratiempo, ni ninguna parada, y, desde las doce y cinco, permanecía en el aparcamiento privado de su edificio en Ranelagh.
─¿Sean?
Isabelle tocó la puerta, la entornó y entró en la oficina sin esperar invitación. Él cerró el portátil y se puso de pie con una media sonrisa.
─Lo siento mucho… ─se le acercó con la cara compungida─. Acabo de hablar con Pat y me ha contado lo de la muerte del entrenador Kirwan. Lo siento muchísimo.
─Muchas gracias.
Dejó que lo abrazara y sin querer cerró los ojos, sintiendo su calor y su perfume, aunque al instante recuperó la cordura y se apartó.
─Pat dice que ha estado todo el día ayudando a la familia con lo que conlleva todo esto y que ahora vas tú al tanatorio. Puedo acompañarte, si quieres.
─¿Eso ha dicho Pat? ─Preguntó entornando los ojos y al ver su cara de desconcierto, le sonrió─. No te preocupes, Isabelle, voy con mis padres y mi hermano.
─Está bien, pero si necesitáis algo, lo que sea, contad conmigo, ¿de acuerdo? Díselo a la familia Kirwan de mi parte, por favor.
─Lo haré, muchas gracias. Ahora debería irme.
Le indicó la puerta y ella asintió saliendo al pasillo, esperó a que cogiera su chaqueta y lo acompañó hasta el vestíbulo del restaurante, donde le dio un par de besos de despedida.
Él le sonrió y se alejó del local sin mirarla a la cara y sintiéndose fatal, y no solo por la muerte de Jimmy Kirwan, que al fin y al cabo era algo esperado y dentro de lo normal, sino por Pat, que acababa de superarse así mismo inventándose una historia de lo más rastrera para engañar a su novia.