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¿Qué la conmovía de Patrick?, ¿qué rasgo de su personalidad la hacía sentir segura?, ¿qué gesto suyo la enamoraba día tras día?
Esas tres preguntas, y otras menos trascendentales, le había hecho el padre O’Neal en su primera clase del Curso Prematrimonial de la Iglesia de St. Michael, en su pueblo, Dún Laoghaire.
Un seminario destinado, según el folleto, a ayudar a las parejas a dialogar, reflexionar sobre el sacramento del matrimonio, prepararse para los retos de su futura vida en común y que había que hacer, sí o sí, si te querías casar por la iglesia.
Lo cierto es que ella nunca se había planteado una boda religiosa, pero sus padres sí y Pat, que siempre decía a la gente lo que quería oír, había estado de acuerdo y se había comprometido a seguir todos los pasos necesarios para pasar por el altar de su parroquia de toda la vida;
esa donde sus padres habían bautizado a todos sus hijos y casado a sus dos hijas mayores.
Esa donde ella no iba a misa desde que había hecho la primera comunión.
Esa a la que había llegado sola, porque Patrick se había olvidado completamente de los dichosos cursillos prematrimoniales.
Era en momentos como ese cuando se preguntaba qué estaban haciendo y si de verdad él se quería casar o si solo estaba siguiendo la corriente; el impulso de la Nochevieja, cuando le había pedido matrimonio delante de un montón de gente y ahora era incapaz de retractarse.
Salió de la iglesia indignada y miró la calle que la llevaba a casa de sus padres, donde podría tomarse un té e incluso quedarse a cenar, pero prefirió marcharse a Dublín para no tener que dar explicaciones sobre los cursillos y, sobre todo, sobre la imperdonable ausencia de Pat.
Se subió al coche y enfiló hacia Smithfield, el barrio donde vivía desde hacía cuatro años sola y gracias a la generosidad de su hermana Fiona, que le había alquilado su piso a un precio muy razonable, cuando se había casado y marchado a vivir con su marido a España.
Abandonó Dún Laoghaire por Marine Rd., se incorporó a la R138 sin mucha dificultad y le pidió a Siri que llamara a Pat, a ver si se dignaba a darle alguna explicación plausible por el plante.
El teléfono le dio señal, sin embargo, no hubo respuesta y le saltó el contestador automático.
Respiró hondo y decidió a dejarle un mensaje: “Pat, salgo de la iglesia después de tener que tragarme sola el puñetero curso prematrimonial. ¿Qué te ha pasado? Joder, Patrick, al menos llama para avisar que no puedes venir”.
Colgó y se pasó la mano por la cara con una sensación extrañísima por todo el cuerpo, como si quisiera llorar y también dormir, chillarle o no volver a dirigirle la palabra, o más bien romper una buena cantidad de platos contra una pared.
Una revolución mental y emocional abrumadora que solía sentir cuando se trataba de él, de sus despistes, su pasotismo, su indiferencia, sus cambios de planes, sus misterios…
porque encima era el típico tío lleno de secretos.
La clásica persona reservada y que se cerraba en banda a las confidencias o las explicaciones.
Patrick Mungo Byrne era un enigma y al principio le había encantado que fuera así, porque prefería mil veces un tipo callado que un bocazas, pero con el paso de los meses había ido necesitando mucho más, había ido demandando más charlas para conocerlo mejor, entenderlo mejor,
y lo único que había conseguido era que se cerrara aún más.
En resumen, solo conocía de él lo que él le había permitido conocer, lo que él le había querido enseñar, y aquello era agotador.
Lo que la llevaba a la siguiente pregunta: ¿Cuándo su relación loca y divertida del principio se había convertido en un trabajo agotador?
Nunca había creído en eso de que el amor o las relaciones requerían de esfuerzos o sacrificios, mucho menos cuando comenzaban, no obstante, desde que había conocido a ese hombre guapísimo y sexy, se había metido de lleno a luchar por él.
No sabía muy bien por qué, ni cómo, pero desde el minuto uno él la había arrastrado a su terreno y la había puesto a trabajar por los dos.
Si quería que lo suyo funcionara, debía luchar por ambos, le había soltado de buena mañana un día, porque a él las historias de amor se le daban fatal, y ella lo había dado por bueno y ahí continuaba, dos años después, poniendo todo de su parte para mantener ese noviazgo a priori imposible,
pero real, por el que nadie, nunca, había dado un duro.
Su propia personalidad hacía imposible que ella se rindiera.
Nunca tiraba la toalla, siempre remaba a favor de obra y por Patrick estaba dispuesta a cruzar océanos a nado si era necesario, porque le encantaba, lo quería y a veces sentía que se moría de amor por él.
En eso no había dudas, se mantendría firme hasta el final de los tiempos, la cuestión era determinar si él, superado los miedos iniciales y cada vez más cerca de una boda, estaría dispuesto a hacer lo mismo por ella.
De detuvo a la entrada de Dublín por culpa de un atasco y se acordó de Dallas, su prima americana, que había llegado hacía dos meses a Irlanda para hacer un máster y a la que había medio abandonado esa tarde por culpa de los dichosos cursillos prematrimoniales.
Le pidió a Siri que marcara su número de teléfono para avisarle de que ya iba para casa y que la esperara para cenar, pero ella no le respondió y calculó que seguiría en clase, o más probablemente de juerga, porque desde que había pisado Dublín no había parado de triunfar entre los locales.
Todo el mundo la invitaba a toda clase fiestas y eventos, algo que no era de extrañar, porque Dallas Wilson era una belleza afroamericana del sur de los Estados Unidos deslumbrante, y, además, hablaba con un acento cadencioso que a los irlandeses volvía completamente tarumba.
Sonrió, acordándose de su abuela Blanche, otra afroamericana deslumbrante que había vuelto locos a los irlandeses.
Blanche Isabelle Williams, su adorada abuela materna, había nacido en Atlanta en 1917 y había emigrado a Dublín (cuando la gente no emigraba a Europa, sino justo al revés) de la mano de su apuesto y flamante marido, el marino mercante irlandés Seamus O’Loughlin,
al que había conocido una tarde de otoño, caminando por el paseo marítimo de Atlanta.
Seamus, un tiarrón alto, fuerte, valiente y sin prejuicios, se había enamorado de ella a los dos minutos de conocerla y le había pedido matrimonio rodilla en tierra y sin un anillo, pero con tanto sentimiento que Blanche, nieta de esclavos, maestra de profesión y sin un centavo en el bolsillo,
le había dicho que sí al instante.
Dos días más tarde, se había escapado de casa para casarse con el irlandés y empezar una nueva vida al otro lado del océano.
─Me tuve que escapar, porque mi padre me hubiese matado por querer casarme con un blanco ─Le contaba cuando ella era pequeña─, y si no me hubiese matado él, lo hubiese hecho el resto.
Eran tiempos duros de segregación y racismo, Isabelle, tiempos que ni tú ni tus hermanos, gracias a Dios, habéis conocido.
─¿Y cómo fue al llegar a Dublín, mawmaw[7]?
─Aquí eran más pobres que las ratas, no había mucha cultura y tampoco habían visto a muchos negros, así que me trataban con distancia, sobre todo al principio, pero con respeto porque era maestra y podía enseñar a sus hijos.
Por fortuna, nunca me discriminaron y aunque mi suegra jamás me tragó y siempre estuvo rezando para que Seamus se cansara de mí y me mandara de vuelta a América, a nosotros nos fue muy bien, pudimos trabajar, tener hijos y crear una familia como Dios manda.
Por un momento, le pareció estar escuchando la grave y dulce voz de su abuela, ese acento peculiar y melodioso que no había perdido nunca, sus palabrejas, su risa contagiosa y sonora, y sintió un vuelco en el corazón, porque la seguía echando muchísimo de menos, como todos sus hijos, sus nietos,
sus sobrinos, sus amigos.
Toda esa gente que la había querido hasta el final de sus días que habían sido muchos, porque la abuela Blanche había fallecido a los noventa y ocho años y sin volver jamás a los Estados Unidos.
Siempre se había negado a volver a Atlanta por culpa de los malos recuerdos, no obstante, nunca había perdido el contacto con sus siete hermanas y sus respectivas familias.
Les había escrito regularmente hasta que había tenido buena vista y todos los fines de semana recibía la llamada de algún miembro de su familia americana.
También había acogido en Dublín, a lo largo de los años, numerosas visitas de sobrinos y sobrinos nietos guapísimos y bulliciosos.
La última en llegar, aunque la mawmaw ya no estaba, era Dallas, y ella, siguiendo el espíritu de su querida abuela, había decidido ofrecerle su hospitalidad y su casa.
─Hola, Viv.
Respondió al teléfono y Viv le empezó a dar el parte del día sin detenerse ni a saludarla.
─Hemos conseguido la subvención para el comedor de St. Bridget en Finglas y he enviado la solicitud de asilo para los Chukwu. Me ha dicho Bob que hará lo posible.
─¿Leyó los informes y la entrevista?
─Aún no, pero le pasé un resumen.
─El resumen no es suficiente, necesita tomarse su tiempo y revisar el informe completo. Lo llamaré mañana a primera hora.
─Te llamará él para hablar del tema de Bray.
─¿Qué ha pasado en Bray?
─Al parecer ha habido una filtración por parte de una de las usuarias y se ha presentado el marido allí. Habrá que buscar otro refugio para varias de ellas en otra localidad.
─¿Cuándo ha pasado esto y quién fue?
─Bonnie Higgins, ¿te acuerdas de ella?, nunca quiso mudarse a una casa de acogida, fue la trabajadora social del hospital donde la atendieron la que insistió y nos la derivó.
─Ya me acuerdo.
─Y pasó anoche, pero no nos han dado el aviso hasta hoy.
─Madre mía… ─resopló─. Avísale a Rose Miller, por favor, de que mañana iremos a Bray temprano para ayudarle a gestionar la crisis.
─De acuerdo.
─¿Qué ha pasado con la señora Higgins?
─Se ha ido a su casa, pero a su marido se lo llevó la policía por romper la orden de alejamiento y como tiene antecedentes, ya ha pasado a disposición judicial.
─Vale. Mañana resolveremos la situación de las demás o ¿Bob cree que deberíamos actuar de urgencia esta noche?
─No, me ha dicho que ya lo tienen todo controlado y que la policía local mantiene un coche de guardia desde anoche en la puerta.
─Ok.
─¿Te veo en un rato en el cumpleaños de Lilian?
─Joder, el cumple de Lili, lo había olvidado completamente. No sé dónde tengo la cabeza.
─¿Qué tal han ido las clases prematrimoniales?
─Un aburrimiento.
─¿Y Pat lo aguantó hasta el final?
─Pat no se presentó.
─No me jodas, Isa, no será capaz.
─Fue capaz y ni siquiera me ha llamado para dar una explicación, así que no sé si le ha pasado algo grave o simplemente se le fue el santo al cielo. Igual me ha llamado a la oficina, voy a preguntar en centralita.
─¿Quién llama hoy en día a una centralita?
─No lo sé, estoy especulando.
─Si es por especular, a lo mejor se quedó tirado en la carretera y sin móvil, ¿quieres que intente localizarlo yo?, ¿tú dónde estás?
─Estoy llegando a mi casa, me cambio y me voy al cumple ─aparcó frente a su edificio a la primera y respiró hondo─. Si está mi prima me la llevo, ¿vale?, no creo que a Lili le importe y no me parece bien dejarla sola.
─Como quieras. Yo voy llamando a centralita y tú cámbiate, tómate un café y nos vemos en Temple. Si sé algo del desaparecido, te aviso.
─Gracias, guapis.
─Isa…
─Dime. ─Respondió entrando en el portal.
─De todas maneras, perdona que te lo diga, pero esto es inaceptable, este tío va de mal en peor y encima te hace ir hasta Dún Laoghaire sola, cuando este asunto ha sido idea suya.
─Lo sé, Viv, soy consciente.
─Bueno, al menos eres consciente, eso me tranquiliza. En fin, nos vemos dentro de un rato.
─Hasta ahora.
Le colgó, entró en su casa, llamó a Dallas y no le respondió nadie, saludó a su gato y se fue a la cocina para renovarle el agua y ponerle la comida. Cogió el teléfono y marcó otra vez el número de Pat, que en esta ocasión estaba “apagado y fuera de cobertura”.
Tiró el móvil sobre la encimera y se fue directamente al cuarto de baño para darse una ducha rápida y cambiarse de ropa tranquila, respirando hondo y sin pensar en nada.