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─¡Mierda!

Se despertó inquieto y con resaca, las cortinas del dormitorio abiertas de par en par y toda la luz de la mañana acribillándole las pupilas.

Respiró hondo, giró sobre sí mismo para mirar el techo y entonces lo recordó todo: había cerrado el club de Temple Bar muy tarde y se había marchado a casa andando y acompañado.

Acompañado por una amiga cuyo nombre era incapaz de recordar.

Fuera quién fuese, al menos no se había quedado a dormir, pensó, estirándose con toda la cama para él solo, porque en su casa no dormía nadie y, por muchas copas que llevara encima, siempre se acordaba de dejárselo bien claro a sus “amistades” femeninas.

Cerró los ojos decidiendo dormir un poco más, ya que no tenía nada que hacer hasta el mediodía, respiró hondo y fue entonces cuando una voz lo sacó de golpe de su agradable zona de confort.

─Sean, Sean, Sean, venga… ¡Sean!

─¡Jesucristo!

Exclamó, sentándose en la cama y mirando a su amiga Brook Kelly, una azafata de vuelo estadounidense a la que solía ver al menos una vez al mes y que, por lo visto, había decidido romper las reglas y quedarse a pasar la noche con él.

─¿Cómo es que sigues aquí, Brook?

─Se ha cancelado mi vuelo y me he quedado para prepararte unas tortitas, amor.

─Muchas gracias, pero no desayuno tortitas desde que iba al colegio ─se pasó la mano por la cara─ ¿A qué hora dices que sale tu próximo vuelo?

─Aun no te lo he dicho, mi vida, porque no tengo ni idea, pero imagino que después de comer.

─Muy bien. ─se levantó y se dirigió al cuarto de baño─. Voy a darme una ducha y me voy corriendo al gimnasio, tú puedes marcharte cuando quieras.

─¿De verdad no vas a desayunar conmigo?, ¿no te apetece un buen polvo matutino?

─Entre semana tengo mucha prisa por las mañanas, Brook.

─Para el sexo nunca tienes prisa, Sean Reilly, ¿qué te pasa?

─Pasa que tengo cosas qué hacer antes de irme a trabajar. ─Entró en el cuarto de baño y ella lo siguió.

─Ok, no te agobies. Ya sé que no te gusta nada ver a tus ligues nocturnos por la mañana, me voy en seguida, pero antes tengo que hacerte una pregunta importante.

─Tú dirás.

─He estado en una clínica de fertilidad de Nueva York.

─¿Y?

─Al fin he empezado con el tratamiento para hacerme una inseminación artificial.

─Me alegro por ti.

Respondió por inercia y dándole la espalda; abrió el grifo de la ducha y se metió debajo del chorro de agua caliente cerrando los ojos.

─Muchas gracias, pero ahora tengo otro problema.

─Si necesitas dinero, puedo echarte un cable.

─Te lo agradezco, pero no es eso, Sean, acabo de recibir la liquidación de mi divorcio y no me hace falta.

─¿Entonces qué pasa?

─Necesito un donante. Te lo he pedido a ti alguna vez y sigues sin contestarme.

La miró frunciendo el ceño, porque no era cierto que no le hubiese dado una respuesta inmediata a una pregunta tan seria, y ella se cruzó de brazos.

─Te he dicho varias veces que no, Brook. Te he explicado que, aunque me siento halagado por la propuesta, yo no puedo ser tu donante.

─Quedamos en que te lo pensarías mejor.

─No hay nada que pensar. Lo siento mucho.

─Joder, creía que eras mi amigo, Sean.

─Y lo soy, pero la amistad no me obliga a tener que donarte mi esperma. ¿Por qué no te buscas un candidato en los Estados Unidos?

─Porque quiero un hijo con sangre irlandesa. A más pura, mucho mejor.

─Eso suena un pelín racista.

─Me da igual, yo soy nieta de irlandeses y quiero el hijo de un irlandés. No veo cual es el problema.

─Si no ves el problema, tú misma, pero ese donante no seré yo.

Salió de la ducha empezando a sentirse realmente incómodo, porque no era la primera vez que tenía una conversación semejante, se puso el albornoz y cogió el cepillo de dientes para volver a la habitación.

─Además, también hay irlandeses en Nueva York y bancos de esperma en Dublín con donantes de aquí, así que…

─No quiero un donante anónimo, Sean, te quiero a ti.

─Brook… ─se giró, le clavó los ojos y ella dio una patada en el suelo─. No se trata solo de ti o de lo que tú quieras, se trata de algo demasiado importante como para tomárselo a la ligera.

─No seas paranoico, todo el mundo lo hace. No estoy buscando un padre para mi hijo, ni una pensión alimenticia, ni siquiera te quiero en nuestras vidas, solo te estoy pidiendo un poco de tu material genético. Tampoco es para tanto.

─Para mí sí lo es.

─¿Por qué?

─Por convicción, por principios, por decisión. Si un día tengo hijos, quiero criarlos yo y estar presente en sus vidas.

─Me parece perfecto, te dejaré participar en todo.

Guardó silencio y respiró hondo buscando una respuesta sencilla y a la vez amable, pero como no la encontró, le dio la espalda con intención de bajar a la cocina.

─Te deseo mucha suerte, Brook, pero yo no voy a participar en este proceso. Lo siento mucho.

─Eres más egoísta de lo que pensaba.

─Es lo que hay.

─Vete a la mierda.

Soltó furiosa, cogió su abrigo y se acercó a la cama para recuperar la bandeja con el desayuno. Caminó hacia la puerta del dormitorio y de pronto se detuvo en el umbral y se giró para mirarlo de arriba abajo.

─Espero que tengas en cuenta que podría haberme acostado contigo sin protección hasta que me dejaras embarazada. También podría haberte robado el semen y no te habrías dado ni cuenta. Da gracias a Dios de que yo sí te considero un amigo, soy leal y no he querido engañarte.

─Madre mía… ─movió la cabeza mirando al cielo─. Será mejor que te vayas, Brook.

─Y tú será mejor que medites sobre lo que me estás haciendo, cabrón cruel e insensible.

─No te estoy haciendo nada, no tengo ninguna obligación de….

Cerró la boca al observar cómo levantaba la bandeja con el desayuno y antes de poder detenerla, la estampaba contra la pared del pasillo, dejando un reguero de tortitas, nocilla, café y zumo de naranja por toda la alfombra.

Buscó sus ojos y ella le enseñó el dedo corazón antes de girarse con teatralidad para bajar las escaleras a la carrera.

Él se puso una mano en el pecho y contó hasta diez para no caer en la trampa y acabar montando una disputa que no lo conduciría a nada.

Esperó con calma a oír cómo cerraba la puerta principal y solo entonces salió al pasillo para recoger el estropicio.

Por escenas como esa no intimaba con nadie, ni le pedía a nadie que se quedara a dormir en su casa, porque al final las cosas siempre se torcían, surgían las confusiones, y alguien acababa gritando y deseándole lo peor.

Ya lo había sufrido demasiadas veces a lo largo de su vida.

Tantas veces, que había establecido unas reglas inamovibles para poder vivir con algo de paz: nada de compromisos o relaciones estables, nada de sexo de larga duración, nada de dormir acompañado y nada de cercanía sentimental.

En resumen, lo único que podía ofrecer a las mujeres era buen sexo sin compromiso y sin ataduras.

La que lo entendía se quedaba y la que no, ahí tenía la puerta, porque él no pensaba claudicar.

Bajó corriendo a la cocina para buscar la aspiradora, unas bayetas y una bolsa de basura, y se encontró con todo patas arriba.

Brook ni siquiera había limpiado el recipiente donde había preparado la mezcla de las tortitas y encima le había quemado una sartén de las buenas.

La cafetera se le había desbordado, no había tirado las naranjas del zumo y hasta los huevos los había abandonado sobre el fregadero.

Hostia puta, soltó metiéndolo todo al lavavajillas. Tiró los restos a la basura, limpió la vitrocerámica y la encimera, y corrió nuevamente a la segunda planta para ocuparse de la moqueta y de la pared, que se habían manchado sobre todo de café y zumo de naranja.

Observó con angustia el destrozo, porque él era, no pensaba negarlo, un obseso de la limpieza y el orden, y decidió que lo más sencillo sería pintar la pared y cambiar la moqueta. Lo que le iba a ocupar todo el día y parte del fin de semana.

Se puso manos a la obra preguntándose ¿qué hubiese pasado si en lugar de ser su casa hubiese sido la de Brook?

, y, ¿si en lugar de ser ella la que hubiese tirado una bandeja llena de comida contra el suelo hubiese sido él?

, ¿qué hubiese pasado?, pues, seguramente que habrían acabado en una comisaría, sin embargo, ahí estaban, ella tranquilamente camino de su hotel y él de rodillas limpiando el pasillo de su dúplex.

Era injusto, pero no se iba a quejar. Primero, porque no había pasado nada tan grave y segundo, porque aquello le iba a permitir no volver a verla, ni a sentirse en el compromiso de pasar tiempo con ella cuando volaba a Dublín.

Una dinámica que había surgido de un encuentro fortuito en Nueva York hacía unos cuatro años y que ella había establecido como una rutina inamovible.

De hecho, desde su punto de vista, él le debía obediencia, entrega y atención, porque había sacrificado sus rutas habituales para ir a verlo a Irlanda todos los meses; aunque él nunca le había pedido que hiciera semejante sacrificio.

─Hola, Pam.

Respondió al teléfono sin dejar de limpiar la pared y su encargada lo saludó con su entusiasmo habitual.

─Hola, jefe, ¿qué tal?, ¿piensas venir por aquí?

─Sí, pero más tarde, he tenido un percance en casa y estoy un poco liado.

─¿Estás bien?, ¿qué ha pasado?

─Nada que no se arregle con un poco de pintura. ¿Tú qué tal?, ¿necesitas algo?

─No, solo comentarte que esta mañana han venido los tres recomendados de Isabelle y los he cogido a los tres porque me han dado muy buena espina y nunca está de más tener personal de reemplazo.

─¿Qué recomendados de Isabelle? ─se enderezó y le prestó más atención.

─Los que Pat le pidió para los puestos de lavaplatos y pinche de cocina. Son tres chavales extranjeros con bastante experiencia en hostelería. ¿No sabías nada?

─No, pero si tú crees que valen para los puestos, me parece perfecto.

─Genial, solo era eso.

─¿Qué pasa con los permisos de trabajo?, los queremos a todos con contrato.

─Eso lo gestionará la propia Isabelle porque son usuarios suyos. También me habló de reducciones fiscales por contratar a personas vulnerables, etc.

─Sí, sí, ya lo sé ─suspiró─, de eso ya se ocupa Helen. Gracias por avisar.

─Si necesitas ayuda para pintar, me avisas ─Se echó a reír.

─Se agradece, pero creo que me apaño solo. Luego te veo.

─Hasta luego.

Le colgó pensando en Pat, que siempre, siempre, se las arreglaba para que otras personas asumieran sus responsabilidades, en este caso, la búsqueda de nuevo personal, y sin querer su mente voló (como casi siempre) hacia Isabelle Reagan, que además de ser una trabajadora social muy comprometida,

era increíblemente eficaz, proactiva y responsable. Tan diferente a Pat, que daba miedo.

Recogió los artilugios de limpieza y decidió bajar al trastero para ver si le quedaba algún bote de pintura de la reciente reforma del piso.

Se montó en el ascensor y cerró los ojos evocando la preciosa imagen, de la deslumbrante novia de Pat, a la que habían conocido juntos durante el Festival de Glastonbury hacía dos años, cuando habían acudido para acompañar y apoyar a su hermano Connor en uno de sus conciertos multitudinarios.

En la carpa VIP se la habían presentado unos amigos irlandeses y el flechazo (para él al menos) había sido instantáneo y brutal, tanto, que se había puesto nervioso como un colegial y le había tenido que pedir a su hermana Éire que intercediera por él y la invitara a la fiesta posterior al

concierto.

Afortunada, o desgraciadamente, según se mirara con la distancia de los años, ella había aceptado la invitación y se había presentado en la celebración con una amiga, y todo había ido de maravilla.

No les había costado nada conectar, ni charlar, ni contarse su vida como si fueran viejos amigos.

Aquello había fluido con una sencillez increíble y prometedora, hasta que había aparecido en escena Patrick Byrne y, antes de darse cuenta, se la había arrebatado delante de sus propios ojos.

La segunda vez que se la había encontrado ya estaban en Dublín y Pat se la había presentado como su novia, incluso en privado le había pedido que la convirtiera en su amiga, pero él nunca había podido tratarla como a sus otras amigas. No podía, porque se había enamorado de ella nada más verla.

Esa circunstancia tan incontrolable, y novedosa para él, lo había ido alejando de ella poco a poco, al punto de que ni siquiera podía mirarla a los ojos, mucho menos mantener una charla normal y corriente de amigos, por lo tanto, había optado por evitar sistemáticamente cualquier encuentro, cita,

compromiso o celebración en la que Isabelle estuviera presente.

Algo a todas luces inaceptable, y como decía su hermana, injusta para los dos, sobre todo para Isabelle, que no tenía culpa de nada.

─Deberías ser honesto y decirle lo que sientes por ella.

Le había soltado una día Éire al verlo interactuar con Isabelle en una fiesta, y él la había mirado con los ojos abiertos como platos.

─No me mires así, Sean, tú estás enamorado de esa chica desde que la conociste en Glastonbury. Tu error fue no contárselo a Pat en su momento, porque si se lo hubieses dicho, nos hubiésemos ahorrado este drama innecesario.

─¿Qué drama?

─La negación no te ayuda a avanzar, cariño, pero allá tú.

─Yo no estoy negando nada, yo…

─Sean, ser sincero puede ser una liberación, piénsatelo.

Y se lo había pensado, en realidad, llevaba pensándoselo desde hacía mucho tiempo, pero nunca había encontrado el beneficio de incomodar a Isabelle con sus sentimientos infantiles, corriendo el riesgo, de paso, de perderla para siempre.