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─Nos han aprobado el realojo de los Balogun.
Se asomó al despacho de su jefa y ella se sacó las gafas y la miró frunciendo el ceño.
─Los Balogun ─repitió─. La familia nigeriana que nos derivaron de Belfast.
─¿Van a pagarlo ellos?
─No, lo hemos gestionado a través de la Cruz Roja, aunque he conseguido que el Welfare State[5] les mantenga el Universal Credit[6] seis meses más.
─Buen trabajo, Isabelle.
─Era lo mínimo que nos podían dar después de sacarlos de Irlanda del Norte con los puesto.
─Ya, pero tú eres la única que se molesta en pelearlo. Enhorabuena.
─Solo hago mi trabajo. ─miró la hora─. Mathias y Clare se van a ocupar del traslado, yo tengo hora al médico y no puedo saltármela.
─¿Qué te pasa?, ¿estás bien?
─Tengo control rutinario con mi endocrina, estoy perfectamente. No te preocupes.
─¿Y qué pasó con el regalo de cumpleaños para Pat?, ¿lo has resuelto?
─No he podido pagar el que me apetecía, así que se quedará en una cenita y un jersey de cachemire que he visto en Grafton Street.
─Ya te advertí que la agencia de viajes de tu amiga Caitlin era carísima.
─Me ofreció un montón de descuentos, pero, aun así, no me pareció sensato sacrificar mi tarjeta de crédito por un fin de semana en la Cala Goloritze. Otra vez será.
─¿Y a través de Internet?, mi hija consigue unas gangas increíbles.
─Lo sé, si hay miles de viajes baratos a sitios muy bonitos, pero Pat ya se los conoce casi todos y, además, dice que no le apetece viajar. En fin… ─suspiró─. Me voy al médico, vuelvo en cuanto acabe. Hasta luego.
─Adiós, cielo.
Salió del despacho a la carrera para volar al St. James’s Hospital, el hospital universitario de Dublín donde se trataba la Diabetes tipo 1 que padecía desde los doce años.
Es decir, en la práctica, llevaba media vida teniendo que parar el mundo para correr a sus controles rutinarios con la endocrina o a Urgencias por algún susto inesperado; aunque en realidad no se podía quejar,
porque llevaba la diabetes estupendamente controlada y sus dosis diarias de insulina le permitían tener una vida plena y perfectamente normal, como la de cualquier otra persona de su edad.
Salió de la sede central del Departamento de Protección Social de Irlanda, desde donde se gestiona el sistema público de servicios sociales; desde la atención a personas vulnerables, con dependencia, discapacidad, mayores, infancia y familia,
y donde trabajaba desde que había terminado la carrera de Trabajo Social a los veintidós años, y decidió ir en coche al hospital, porque le quedaba en la otra punta de Dublín y no estaba para perder el tiempo.
Accionó la alarma y la llave electrónica, que llevaban fallando una semana, gracias a Dios funcionaron y se montó en su Dacia Spring aceptando que no podía escaquearse más y que necesitaba llevarlo al taller de su primo cuanto antes, porque cualquier día, como él le había advertido varias veces,
se iba a caer todo el sistema eléctrico y el coche la iba a dejar tirara en mitad de la nada, porque la mayor parte de sus visitas a domicilio se hacían muy lejos de la ciudad.
Enfiló por la R132 camino de Store Street y le pidió a Alexia que llamara a Pat para saber cómo lo estaba pasando en Londres, donde tenía varias reuniones de trabajo y donde llevaba ya cuatro días sin dar señales de vida.
─Hola, belleza ─Respondió él al sexto tono de llamada y ella sonrió─ ¿Qué tal estás?
─Yo bien, gracias, camino del hospital, ¿y tú?
─¿Te has puesto mala?
─No, voy a un control rutinario con mi endocrina. ¿Qué tal por Londres?
─Genial, trabajando mucho. Creo que será un viaje de lo más frutífero. ¿Quieres que te lleve algún regalito?
─Me bastará con verte el día de tu cumpleaños.
─Hala… ─resopló─. Eso no será posible, cielo, mi idea es quedarme por aquí hasta el próximo lunes. Ya sabes que este año quiero pasar por alto el dichoso cumpleaños.
─Vaya, pues…
─Estamos buscando dos lavaplatos y un pinche de cocina nuevo para el restaurante del 3Arena ─cambió de tema de forma radical y ella parpadeó─, si tienes entre tus clientes a alguien que encaje con este perfil, manda los currículos a Sean y les daremos preferencia.
─No son clientes, son usuarios.
─Qué más da, seguro que me has entendido ¿Entonces todo bien?, porque tengo que irme a…
─Sí, todo bien, solo quería saber de ti, te marchaste hace cuatro días y no me has mandado ni un mensaje.
─Si no te llamo o no te mando mensajes es porque todo está en orden y estoy muy ocupado, necesito espacio y no estoy para pensar en el teléfono. Londres siempre es una locura y esta vez he venido sin Sean, así que, mucho peor.
─Vale.
─Te llamo cuando vuelva a Dublín y… hazme un favor, olvídate del puñetero cumpleaños de una vez. Nunca me ha hecho gracia celebrarlo y este año mucho menos, ¿de acuerdo?
─De acuerdo.
─¿El coche te sigue dando problemas?
─Hace un rato me ha costado quitar la alarma, pero se ha puesto en marcha con normalidad.
─Eso te pasa por ir de progre con un coche eléctrico y encima de la gama más baja. No se puede ahorrar con los vehículos, Isabelle, es peligroso.
─Lo sé, pero es lo que me puedo permitir y hasta ahora ha ido perfectamente.
─Llama a Sean y pregúntale por su tío Alan, tiene un concesionario de coches muy fiable cerca de Swords y seguro que te da un buen dinero por el Dacia y te apaña la compra de algo de segunda mano, pero mucho mejor y más sólido. Hazme caso.
─Me gusta mi coche y no pienso cambiarlo. ─Respondió seca, porque odiaba que a veces la tratara con tanta condescendencia, y él se echó a reír.
─Tú misma, corazón, pero cuando ese cacharro te deje tirada en alguna zona rural, a mí no me llames.
─No lo haré, no te preocupes.
─En fin, te dejo, tengo una reunión dentro de media hora y ya voy tarde. Cuídate. Adiós.
Le colgó, dejándola con la palabra en la boca, y sintió ese agujero en el centro del pecho que a veces (demasiadas veces), se le abría cuando hablaba con él o cuando trataba de razonar con él, porque Patrick Byrne, que en teoría era el hombre más simpático y adorable de Dublín,
a veces podía transformarse en un auténtico capullo.
Uno intransigente y autoritario, uno que no le prestaba atención y que la hacía sentir como una niñata irresponsable.
Se detuvo en un semáforo y se restregó la cara con las dos manos, haciendo un esfuerzo consciente para no enfadarse, para no dar importancia a todos esos detalles relacionados con su “prometido” que conseguían sacarla de quicio, como el tono paternalista que utilizaba a veces con ella,
y con otras personas; o esa forma que tenía de reivindicar continuamente su espacio y su independencia, aunque estuvieran hablando de un simple mensaje para avisar que había llegado a Londres y se encontraba bien.
─Con la única chica que podría casarme es con Isabelle ─Le había explicado a sus padres unos días después de pedirle matrimonio─, porque es tan autónoma como yo, vamos, que no me necesita para nada, como yo tampoco la necesito a ella, y eso me tranquiliza.
─Si no te necesita y tú a ella tampoco, ¿para qué casarse, Patrick? ─Le había preguntado su padre con calma y él se había quedado mudo unos treinta segundos.
─¿Por qué no?, ya tengo treinta y seis años, es hora de sentar la cabeza y su hija es perfecta para mí.
Aquella respuesta, que había soltado sin pestañear en el salón de su casa, a punto había estado de mandar al traste su relación, porque le había parecido no solo torpe y superficial, también de un nivel inaceptable de narcisismo, sin embargo,
lo había pasado por alto y se había tragado el rapapolvo posterior de sus padres sin abrir la boca; por lealtad y porque lo quería, porque estaba segura de que aquello solo era una pose.
Un poco de postureo de macho alfa que estaba acostumbrado a soltar por inercia a todo el mundo, no porque lo pensara realmente.
Desde ese día sus padres no querían saber nada de Patrick Byrne.
No lo podían ver ni en pintura y se negaban en redondo a que lo invitara a las comidas dominicales o a cualquier otro evento familiar en el que tuvieran que relacionarse con él.
Una decisión firme e irrevocable que solo le dolía a ella (a Pat le daba exactamente igual) y que dificultaba bastante la normalidad y las buenas relaciones familiares.
─¡¿Isabelle?!
Una mujer la llamó en el parking del hospital cuando estaba cerrando el coche, saltó y se giró a tiempo de ver Caitlin Fitzgerald acercándosele con los brazos abiertos.
─Caitlin, qué sorpresa, ¿cómo estás?
─Hola, guapa, todo perfecto, gracias ¿Qué tal tú?, ¿vienes a visitar a alguien?
─Tengo cita con mi endocrina.
─¿Va todo bien?
─Si, es que soy diabética y de vez en cuando paso los controles de rigor. ¿Y tú qué haces aquí?
─Vengo a ver a Ewan… ─Le hizo un gesto hacia el edificio del St. James Hospital─. Tiene una hora libre y hemos quedado en la cafetería.
─Lo siento, no sé quién es Ewan.
─Claro, perdona. ─se echó a reír─. Ewan MacLeod, mi ex, es cardiólogo y trabaja aquí. ¿Qué tal está Pat?, el sábado pasado coincidí con él en casa de Connor y Lara, pero se marchó en seguida.
─¿El sábado pasado? ─La miró un poco perpleja, porque se suponía que él ya estaba en Londres el sábado por la mañana, y Caitlin la animó a entrar en el hospital.
─Creo que se iba en seguida a Londres por un tema de trabajo.
─Ah, sí, claro, y sigue allí, están pensando en abrir un local en Knightsbridge.
─Algo de eso me comentó Sean. Espero que les vaya bien, porque Londres es una jungla y los impuestos son criminales. Yo quería abrir una oficina de la agencia allí, pero me aconsejaron que no lo hiciera sino quería arruinarme antes de los dos años.
─Creo que se los dice todo el mundo, pero ellos ya tienen seis locales de éxito en Dublín y según parece necesitan expandirse.
─¿Y qué pasó con el viaje a Cerdeña?, ¿finalmente no te has animado a regalarle la escapada a la Cala Goloritze?
─No y ya es muy tarde, el cumple es el próximo domingo.
─Vaya, qué pena, es un sitio precioso y muy romántico.
─No me cabe la menor duda. Me pondré a ahorrar, a ver si puedo regalárselo el año que viene.
─Por el dinero no te preocupes, podemos buscar…
─No, muchas gracias, Caitlin ─la interrumpió─. No se trata solo de dinero, también se trata de que no le apetece nada celebrar su cumpleaños, ni viajar, así que mejor que no lo haya comprado. Tal vez te llame el próximo año para organizar algo con más tiempo.
─Cuando tú quieras… ─saludó a alguien con la mano─. Ahora tengo que dejarte, Isabelle, Ewan me está esperando.
─Claro, claro, hasta otra.
La siguió con los ojos y la vio acercarse a un tipo alto y muy atractivo que no llevaba una bata blanca, pero que tenía toda la pinta de ser su novio el cardiólogo.
Observó cómo se saludaban con un abrazo y esperó a que entraran en la cafetería antes de moverse hacia los ascensores.
Caminó por el vestíbulo principal mirando la hora y de pronto se detuvo para considerar lo que le acababa de decir sobre Pat, que al parecer había estado en Greystones el sábado, cuando se suponía que ya estaba en Londres trabajando.