Sean (Dublín 1) 1
8%

1

El Peil Ghaelach, o Fútbol Gaélico, es uno de los cuatro juegos gaélicos regulados por la Asociación Atlética Gaélica (los otros son el Hurling, el Balonmano Gaélico y el Rounders), se trata de un juego en equipo originario de Irlanda y desde 1887 es el deporte más popular del país.

Sumamente rápido y físico, combina elementos del fútbol, el rugby y el baloncesto, y se juega con quince jugadores en un campo rectangular con porterías en forma de H.

Los irlandeses adoran el Fútbol Gaélico y las finales de la Copa Sam Maguire, el campeonato más importante la isla, puede reunir a más de ochenta y dos mil espectadores en su catedral, el Croke Park de Dublín, sin embargo, sigue siendo una disciplina amateur.

Un deporte que exige un potente entrenamiento físico y mental, que levanta pasiones y que llena estadios, incluso capaz de convertir a algunos de sus jugadores en estrellas más rutilantes que Cristiano Ronaldo o Messi, sin embargo, un deporte al que tienes que empezar a renunciar poco a poco,

en cuanto te haces adulto y tienes que pensar en tu futuro, en una estabilidad, en la vida; como le había pasado a él mismo, que llevaba jugando al Fútbol Gaélico desde los tres años y que a los treinta y cinco, se iba alejando cada vez más de él.

Observó los libros de cuentas y la información fiscal que le había enviado el gestor, y se apartó del ordenador agotado, aunque no llevaba ni una hora trabajando en la oficina.

Se levantó de un salto y se asomó a la ventana para mirar la lluvia que había empezado a azotar el cristal, y pensó en ponerse ropa de deporte y marcharse a entrenar al campo del Fingal Ravens, su equipo oficial desde que tenía seis años, y que se encontraba en Rolestown,

muy cerca de la casa de sus padres en Swords.

En el Fingal siempre había gente entrenando y sabía que tenía las puertas abiertas a cualquier hora, que podía pasarse allí todo el día si quería… lástima que tuviese que trabajar, porque el gestor necesitaba su firma urgentemente para seguir avanzando.

Regresó al escritorio, se sentó, respiró hondo y pinchó sobre la pantalla del ordenador para terminar de leer todos los documentos que le había enviado.

Los firmó digitalmente y se los reenvió con un Ok, luego miró sus cuentas de correo electrónico con la esperanza de encontrar alguno de la Universidad de Dublín, que ya lo había entrevistado dos veces para el puesto de entrenador de su equipo de Fútbol Gaélico, y al no ver nada al respecto,

siguió repasando su bandeja de entrada hasta que se topó con un correo de Isabelle Reagan.

Todo su mundo, incluido su corazón, se detuvo.

Pegó la espalda a la butaca, tragó saliva y lo abrió un poco desconcertado, porque ellos no solían comunicarse a través de ese medio.

En realidad, no solían comunicarse a través de ningún medio, no por culpa de ella, desde luego, sino por culpa suya, que prefería mantener una educada distancia hacia la prometida de su mejor amigo.

“Hola, Sean ─decía─, espero que estés bien. Te escribo porque estoy organizando una fiesta de cumpleaños para Pat, él no quiere celebrar nada, pero he decidido hacer una fiesta sorpresa en algún sitio que sea importante para él. ¿Me podrías orientar? Su hermana cree que es muy mala idea,

¿tú qué opinas? Yo creo que sería bonito distraerlo un poco. Si tienes alguna idea de dónde podríamos celebrarla, te agradecería que me lo contaras. Un abrazo, Isabelle”.

Leyó el mensaje un par de veces y pensó lo mismo que Nicola, la hermana mayor de Pat: era una pésima idea organizar una fiesta sorpresa si prácticamente seguían de duelo por la muerte repentina de su abuelo materno. Se atusó la barba de tres días, se sentó mejor y le respondió:

“Hola, Isabelle, estoy con Nicola. Pat no está para fiestas y además odia las sorpresas. Su abuelo acaba de fallecer y ya sabes que para él era como su padre. Mejor deja la celebración para el año que viene, ¿no te parece? Es lo que yo haría. Sean”

Lo envió y al instante se sintió fatal, porque estaba siendo demasiado borde con ella.

Hizo amago de enviarte otro email con unas disculpas, pero se arrepintió y lo dejó correr, total, en el fondo y en la forma era lo que pensaba y prefería ser honesto.

Si no le gustaba la honestidad, pues que no lo buscara a él para darle consejos.

─Tío…

Pat entró en el despacho sin llamar y él saltó y cerró el ordenador.

─¿Qué pasa?

─No hay nada que hacer con el St. Colmcilles.

─¿A qué te refieres? ─Se puso de pie y se estiró mientras su amigo se aproximaba al escritorio con una carpeta en la mano.

─Vengo de una reunión con la junta directiva, ¿recuerdas?

─Ah, sí, claro… disculpa, es que estoy un poco disperso ¿Qué les pasa ahora?, la oferta es lo que ellos querían.

─Eso creíamos, pero no quieren ceder. Yo creo que están esperando pasta de alguna parte, porque no es normal que en medio de la ruina que se les está viniendo encima, sigan rechazando nuestras propuestas.

─La teoría de mi padre es que no quieren vender, que solo buscan un socio capitalista y parece que va a tener razón.

─¿Qué tal si pasamos al Plan B con Connor?

─Connor no quiere meterse en más inversiones.

─No tiene que meterse, solo tiene que aparecer en la oferta de compra. Seguro que les tranquiliza un poco más que un famoso nacional forme parte del grupo inversor que quiere comprar su club.

─Se lo comentaré, pero no me gustaría entrar en el St. Colmcilles mintiendo. Además, te voy a decir una cosa, si de verdad quisieran vender el club, ya nos lo habrían vendido a nosotros, que para eso llevamos más de veinticinco años jugando al Fútbol Gaélico.

─Igual tienes razón, hermano.

Cogió una botella de agua de la nevera, la abrió y se desplomó en un sofá mirándolo a los ojos.

─Si no nos lo quieren vender a nosotros, que somos de Swords y imreoirí peile[4], es que igual tu padre tiene razón y no se lo quieren vender a nadie.

─De momento, no moveremos más ficha y esperaremos. Ahora tienen la pelota sobre su tejado y si quieren algo que nos llamen ellos, ¿te parece?

─Me parece.

Estiró las piernas y Sean de sentó y se concentró nuevamente en el ordenador.

─Isabelle me ha preguntado otra vez por la fecha de la boda. ─Le soltó de repente y él lo miró sin levantar la cabeza─. Creo que no es cosa suya sino de sus padres, pero igualmente me tiene frito.

─¿Frito por qué?

─Porque no quiero casarme todavía.

─No haberle pedido la mano delante de cien personas.

─Era Nochevieja, joder, íbamos todos borrachos y fue un impulso involuntario.

─¿Impulso involuntario?, pusiste rodilla en tierra y ella, que yo recuerde, no había bebido ni champán, así que…

─¿Ahora te vas a poner de su parte?

─Solo intento ser objetivo.

─Madre de Dios ─Resopló.

─Llevas dos años saliendo con ella, hace un mes le pediste matrimonio y ahora es normal que pregunte por una fecha para la boda. Estoy de tu parte, pero no puedo dejar de entender la suya.

─No llevamos dos años saliendo juntos, el primer año solo era una amiga y…

─Lo que sea ─lo interrumpió─, el caso es que te arrodillaste delante de medio Dublín para pedirle matrimonio y ahora te toca apechugar. Fin de la historia.

─La primera sorprendida de oírte defender su posición sería Isabelle, ¿sabes?, ella jura que te cae fatal.

─Yo solo defiendo lo que me parece justo, no tiene nada que ver con ella.

─Vale, de acuerdo, pero necesito que ahora mismo te pongas solo de mi parte y me ayudes a decidir qué hacer.

─Esto es muy sencillo, Patrick. Si la propuesta de matrimonio era sincera, deja ya de marearla y pon la puñetera fecha de la boda de una vez. Si por el contrario estás arrepentido, sé un hombre y anula el compromiso, así de fácil. No la hagas perder más el tiempo.

─Qué fácil es decirlo.

─Tú me has preguntado.

Lo miró a los ojos y Pat se quedó mudo, observándolo fijamente, casi sin parpadear, y él movió la cabeza y volvió a centrarse en el trabajo sin intención de seguir charlando sobre su dichosa boda, hasta que el silencio se hizo tan incómodo, que no le quedó más remedio que hablar.

─¿Qué?

─¿Por qué no te gusta Isabelle?

─Nunca he dicho que no me guste Isabelle ─todo lo contrario, pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta─. No sé a qué viene eso ahora.

─Viene por lo que te he dicho antes: ella jura que te cae fatal.

─Eso es absurdo.

─Eres una de las personas más educadas y cordiales que conozco, Sean Really, salvo con ella. Con ella es verla y darte la vuelta. Todo el mundo se ha dado cuenta.

─¿Todo el mundo?, ¿qué mundo? ¿Acaso seguimos en el colegio? ─frunció el ceño─. Somos adultos e Isabelle me parece una chica encantadora y muy agradable. No me gusta ni me deja disgustar, para mí solo es tu novia.

─A eso me refiero. ─Se puso de pie.

─¿A qué?

─A esa distancia rara con la que la tratas o te refieres a ella, pero, ¿sabes qué?, me da igual. Ya os iréis haciendo amigos porque, cuando me case con ella, pasará a ser parte de la familia y no te quedará más remedio que quererla.

─¿Entonces cuándo te vas a casar?

─Muy gracioso.

─No es broma.

─Ya te iré informando.

─Perfecto. ─respiró hondo, decidido a cambiar de tema─. Necesitamos contratar dos camareras, una para The Liberties y otra para The Green Rainbow, ¿las podrías entrevistar tú?, yo tengo mucho lío.

─¿Por qué no lo dejamos en manos de Pam?, ella tiene mejor instinto que yo para la selección de personal.

─No quiere asumir toda la responsabilidad, me ha pedido expresamente que uno de los dos la acompañe en la primera criba.

─Vale, pues, que me llame y lo coordinamos.

─Llámala tú y os ponéis de acuerdo. ¿Ok?

Apartó los ojos de la pantalla y lo observó hasta que él resopló y asintió, dejando claro que le venía fatal perder una tarde o una mañana eligiendo al nuevo personal que necesitaban urgentemente para dos de sus seis locales.

─Vale, papá, ahora la llamo.

─Gracias.

─Me voy a jugar al golf con Seamus O’Brian. Comeremos en el club, por si quieres pasarte más tarde.

─No creo que pueda, pero lo tendré en cuenta.

─Tú mismo, chavalín. Adiós.

─Adiós.

Lo siguió con la mirada, lo vio traspasar la puerta del despacho y volvió a sus cosas, dando por hecho que tendría que apretarle las tuercas si pretendía que llamara a Pam y se preocupara de las entrevistas de trabajo.

Patrick Mungo Byrne era así, el mejor relaciones públicas que se podía soñar, el mejor jefe de sala, el más divertido y entusiasta, sin embargo, la otra cara de la moneda de un empresario la llevaba fatal.

Odiaba las responsabilidades, las reuniones, los libros de cuentas, los balances o el trato con los proveedores.

En resumen: podía llenar cualquier local de Dublín solo con su presencia, pero jamás podías contar con él en el día a día y menos aún para meterse en la oficina y ayudarlo a sacar adelante la empresa.

A su favor tenía que no engañaba a nadie, y menos a él, que ya sabía que iba a ser así cuando habían decidido fundar Cairde S.L.para cumplir su sueño de ser empresarios de la noche dublinesa, no obstante, aunque desde el principio se habían adjudicado, sin abrir la boca,

unos papeles bien determinados (Pat iba a conseguir hacerse con los locales que necesitaban y atraer a la clientela mientras él se iba a centrar en la gestión y el gobierno de todo el negocio), el invento empezaba a hacer aguas y él a agotarse,

porque a veces era muy duro cargar con todo el peso de un proyecto que era a medias, aunque su socio parecía haberlo olvidado y continuaba, seis años después de haberlo iniciado, sin mostrar el más mínimo interés por lo que se hacía en ese despacho.

Como si toda la maquinaria funcionara sola, por inercia, y no gracias al trabajo de un pequeño equipo de personas que estaban bajo su responsabilidad y que se dejaba la piel para organizar y mantener el óptimo nivel de sus seis locales repartidos por todo Dublín.

─Hola…

Alguien tocó la puerta, la entornó y se asomó a la oficina con precaución. Él la miró sin levantar la cabeza y en cuanto vio aparecer la preciosa cara de Isabelle Reagan se puso de pie.

─¿Isabelle?, ¿qué tal?, Pat acaba de marcharse.

─Contaba con que no estuviera, necesito hablar contigo a solas, por favor.

─Claro, tú dirás ─Le ofreció un asiento, pero ella negó con la cabeza.

─No, gracias, no puedo quedarme, estoy en medio de una visita.

─se le acercó con una sonrisa y él sin querer retrocedió─.

Mi compañera me está esperando en el coche, solo venía a confirmar lo del cumpleaños de Pat.

Creo que tienes razón en lo que me has dicho en tu email, no lo había visto así, pero…

bueno… me ha venido muy bien el consejo. Muchas gracias.

─De nada.

─Lo he tanteado un poco, me ha confesado que lo único que quiere es desconectar y me he acordado de tu amiga Caitlin. A lo mejor no puedo regalarle una fiesta sorpresa, pero sí una escapadita original de esas que organiza su agencia.

─Buena idea.

─¿Tiene días libres?, es para elegir una fecha concreta.

─No llevo su agenda, pero en lo que respecta a la empresa, ya sabes que siempre va por libre.

─Vale y… ¿me podrías pasar el contacto de Caitlin?, no me acuerdo de su apellido y no nos intercambiamos los teléfonos cuando nos conocimos, así que…

─Ahora te lo paso.

Sacó el teléfono móvil para mirarlo en la agenda, encontró el contacto de Caitlin Fitzgerald y se lo mandó en un mensaje de WhatsApp.

─Ya lo tienes

─¿Sigues usando WhatsApp? ─Le preguntó riéndose y leyendo el mensaje, y él entornó los ojos─. Gracias, Sean, eres un sol y lamento el atraco, no quería interrumpir tu trabajo. Me voy en seguida.

─No hacía falta venir hasta aquí, solo bastaba con llamarme por teléfono.

─Lo sé, pero íbamos camino de Darndale y aproveché el viaje.

─Muy bien.

─Genial, entonces me marcho y muchas gracias. Ahora mismo llamaré a Caitlin.

─Su agencia es de alto standing y tiene escapadas muy originales, espero que encuentres una a la medida de Pat.

─Ya te contaré. Hasta luego.

─Adiós.

No la acompañó a la salida, como habría hecho con cualquier otra persona, y volvió a su asiento sintiéndose fatal por no poder controlar esas reacciones tan extrañas que tenía delante de ella. Reacciones que respondían a dos motivos muy concretos.

Primer motivo: lo ponía muy nervioso, lo sacaba de su zona de confort y había sido así desde que se habían conocido hacía un par de años.

Segundo motivo, y el más importante, prefería pasar por maleducado, por borde o descortés, por distante, a que ella, o cualquier otra persona de su entorno, se diera cuenta de que llevaba dos años enamorado de la novia de su mejor amigo.