Sean (Dublín 1) PRÓLOGO
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Sean (Dublín 1)

Sean (Dublín 1)

Por Emma Madden

© inepub.com

PRÓLOGO

─He venido muchas veces a este local y me encanta. No tenía ni idea de que fuese tuyo.

Caitlin Fitzgerald, prima de su nueva cuñada y una chica con la que había tenido un affaire hacía unos cinco años, entró en el club de The Liberties, la zona emergente del centro de Dublín, cercana al College Green y al Phoenix Park, sonriendo y saludando a todo el mundo.

Él la siguió haciendo lo mismo y la condujo directamente a su reservado.

─No es solo mío, somos dos socios, pero sí, es un local estupendo.

─Hola, Sean. ─Pam los recibió al final del pasillo.

─Hola, ¿qué tal va todo?

─Todo bien ¿No era hoy la fiesta por la boda de Connor?

─De fiesta poco, más bien un encuentro familiar del que Caitlin y yo nos hemos escapado. ─se la señaló─. Caitlin Fitzgerald, prima de la mujer de Connor. Caitlin, esta es Pam Kelly, nuestra encargada.

─Creo que ya nos conocemos ¿no? ─Preguntó Pam y Caitlin se le acercó para darle dos besos.

─Claro que sí, tú eres una de las hermana de Gus Kelly, nos presentaron en su boda.

─Exactamente, qué alegría verte por aquí.

─Esta ciudad es un pañuelo.

Soltó Connor moviendo la cabeza, porque era cierto que en la capital de la República de Irlanda se conocía todo el mundo, no en vano, en su centro urbano solo vivían unas quinientas mil personas; un millón y medio en toda su área metropolitana.

Cinco millones cuatrocientos mil ciudadanas y ciudadanos irlandeses en todo el país.

En realidad, Dublín era un pañuelo muy pequeño.

─Le diré a Gus que te he visto. En fin, ¿qué os pongo para beber?

─Yo quiero un Gin-tonic, por favor. ─Apuntó Caitlin entrando en el reservado.

─A mí tráeme una Guinness, Pam. Muchas gracias.

Se desplomó en una butaca frente a Caitlin, que era tan guapa como su prima Lara, y suspiró mirándola a los ojos.

─¿Cómo es eso de que tú eres una Guinness pero no te has criado con la familia Guinness?

─¿De verdad quieres saberlo?, porque no es nada extraordinario.

─Quiero saberlo todo.

─Está bien. ─miró al techo y luego movió la cabeza─.

Mi madre, Honor Guinness O’Donnell, tuvo un romance fuera del matrimonio y nací yo.

Ya tenía casi cuarenta años y el affaire le costó el divorcio y otros cientos de problemas que la empujaron a dejarme en manos de mi padre, que era muy joven, pero que no dudó en hacerse cargo de todo.

Ella renunció a mi custodia y yo me fui con él a Edimburgo para criarme con mi familia paterna.

─¿No la veías nunca?

─Sí, regularmente venía a Dublín para quedarme con mis abuelos y coincidía con ella, aunque nunca fue una madre muy afectuosa, la verdad.

─Tragó saliva─. Luego, cuando cumplí los catorce años, a mi padre le salió un trabajo estupendo pero algo inestable en Australia y mi abuela Gwen le pidió que me dejara con ella mientras se asentaba allí.

Me vine a Dublín, acabé el colegio aquí y estudié la carrera en el Trinity College sin necesidad de marcharme a Sidney.

─Vaya, yo a esa edad hubiese matado por irme a vivir a Sidney.

─Me encantaba ir de vacaciones, pero mi vida estaba aquí, con mis abuelos, mis primos.

─¿Y quién es tu ancestro Guinness más famoso?

─Edward Cecil Guinness, primer conde de Iveagh, cuarto hijo de Sir Benjamin Lee Guinness, a su vez, nieto del fundador de la cervecera, Arthur Guinness.

─¿Ese es el Edward Guinness que sale en la serie de Netflix?

─El mismo ─puso los ojos en blanco─, el que encarna Louis Partridge. Ojalá mi tatarabuelo hubiese sido tan guapo como el actor.

─Aquí tenéis, chicos.

Una camarera apareció con la ronda y unas patatas fritas, los dos se la agradecieron y brindaron antes de seguir charlando.

─Por Connor y Lara, los nuevos señores Reilly. Mucha salud y mucho amor para ambos.

─Sláinte[1]!

─Seguro que les irá de cine. ─Sean asintió y la animó a seguir hablando─. ¿Y Escocia?, en la fiesta mencionaste…

─Que estuve viviendo allí hasta hace poco. ─Lo interrumpió─. Y es verdad, pero fue por amor, no por voluntad propia.

─Madre mía… ─Se echó a reír.

─Cuando acabé la universidad me fui de viaje iniciático a la India y allí conocí a uno de Saint Andrews, ¿te lo puedes creer?

Nos enamoramos, nos comprometimos y nos instalamos en Edimburgo.

Estuvimos allí unos seis años, hasta que a él le hicieron una oferta de trabajo en el St. James’s Hospital de Dublín y decidimos mudarnos a Irlanda.

─¿O sea que estabas comprometida cuando nos enrollamos en casa de Kevin McGuire? ─Le sonrió y ella soltó una carcajada.

─Sí, pero no, estábamos en medio de una de nuestras crisis. Tuvimos mil quinientas en siete años de noviazgo.

─¿Seguís juntos?

─No, rompimos hace cuatro meses.

─Lo siento.

─Gracias, pero ya es hora de dejar de hablar de mí. Ahora te toca a ti contar tu historia, Sean Reilly.

─Mi historia es muy aburrida.

─Me da igual, yo también quiero saberlo todo.

─Está bien… ─suspiró ─soy el cuarto de cinco hermanos, mi madre, antes de jubilarse, era enfermera y mi padre trabajaba en un banco, llevan cuarenta años casados y viviendo en Swords.

Cuando tenía catorce años, uno de mis hermanos se convirtió en una celebridad local, al poco tiempo en una estrella del rock mundialmente conocida y eso nos cambió la vida a todos.

─Me lo imagino, aquello fue una auténtica revolución.

─Sobre todo para nuestra vida privada. Desde que Connor salió en la tele todo se puso patas arriba, empezamos a estar más expuestos, la gente nos reconocía y quería acercarse a nosotros, conocer a mi hermano, etc.

─Qué mal.

─Sí, hasta que aprendes a gestionarlo es duro, pero luego es parte de tu normalidad y, además, afortunadamente, la locura no duró demasiado.

Connor dejó For by Five tras cinco años en la cresta de la ola, regresó a Irlanda y se construyó otra vida.

El interés empezó a decaer y las chicas gritando, la prensa persiguiéndote mientras jugabas al fútbol o las novietas que solo te querían por tu hermano mayor se esfumaron y nos dejaron en paz.

─No me lo puedo creer, ¿las novietas te hacían eso? ─Le sonrió y él se echó a reír.

─Te lo juro. Mi pobre hermana pequeña solo tenía diez años por aquel entonces y en el colegio sus amigas la perseguían y trataban de sobornarla para que les presentara a Connor. Todo el mundo nos quería solo por nuestro hermano.

─Tú tampoco se lo habrás puesto muy fácil, porque con tu pinta y siendo una estrella del fútbol gaélico, seguro que no te has quedado atrás en número de fans y de amigas locas por conocerte.

─No se puede comparar. ─Le guiñó un ojo─ ¿Tu padre sigue viviendo en Australia?, allí hay muchos fans del fútbol gaélico y del Hurling[2]

─Se ha jubilado y ha vuelto a vivir a Escocia, pero sigue teniendo casa en Sidney y cuando echa de menos el clima sale corriendo para allá.

─Si yo fuera él haría lo mismo.

─El calor a veces es sofocante, yo prefiero escaparme a Portugal. ─Tomó un sorbo de su Gin-Tonic y guardó silencio hasta que decidió seguir preguntando─. ¿Por qué has dejado de jugar al Peil Ghaelach[3]

─No lo he abandonado del todo, simplemente he tenido que priorizar en el trabajo. Sigue siendo no profesional y hay que comer.

─¿A los entrenadores tampoco les pagan?

Escuchó la pregunta, pero dejó de prestar atención en cuanto apareció en su campo visual la figura de una persona que llevaba esperando desde que habían entrado en el local, incluso desde antes de entrar en el local, porque si había decidido invitar a Caitlin Fitzgerald allí,

había sido precisamente con la intención de poder verla a ella, a Isabelle Reagan, y de paso, que ella lo viera a él acompañado.

─¿Sean?... ¡Sean!

Caitlin elevó el tono y él reaccionó y la observó con cara de pregunta.

─Dime.

─¿Se puede saber quién es? ─Le señaló a Isabelle con el pulgar y él respiró hondo─. Te has quedado mudo y obnubilado.

─¿Yo?, para nada.

─¿Quién es?

─No es lo que estás pensando.

─Me da igual que sea tu novia o tu amiga especial, ¿eh? No he venido aquí para ligar contigo, ahora somos familia, chaval.

─Vale, es bueno saberlo.

─Mira, ahí viene a saludarte.

Levantó la cabeza y fijó los ojos en Isabelle Reagan, que se les estaba acercando majestuosamente con esas piernas interminables que tenía; su pelo suelto y ondulado cayendo sobre los hombros; su sonrisa luminosa, su preciosa tez color caramelo…

esa forma que tenía de moverse tan elegante y que solía paralizarlo.

Se puso de pie para recibirla como correspondía y Caitlin resopló moviendo la cabeza.

─Isabelle, ¿qué hay? ─Saludó muy tranquilo y manteniendo las distancias.

─Todo bien, gracias, Sean, qué sorpresa verte por aquí a estas horas. Pat y yo estábamos dando por hecho que seguías en Greystones con Connor y Lara.

─Hemos pasado el día allí, pero nos hemos escapado temprano. ¿Dónde está Pat?

─Ha salido a fumar.

─Ahora lo veo ─Le sostuvo la mirada hasta que se acordó de su acompañante, que los estaba observando muy atenta, y dio un paso atrás─. Disculpad, os presento. Esta es Caitlin Fitzgerald, prima hermana de Lara.

─Hola, encantada, Caitlin.

─Y Caitlin, esta es Isabelle Reagan, la prometida de Pat Byrne. Mi socio y uno de mis mejores amigos.